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Mostrando entradas de octubre, 2009

La piedra caliente

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VICENTE APARICIO
Leyre se deja llevar. Las escaleras mecánicas chirrían; a lo mejor se quejan porque se aburren, querrían averiarse. Leyre ha venido en metro (línea roja, fin de trayecto) y ahora está arriba, al aire libre, en la plaza donde los niños juegan y las mamás charlan, menos pendientes de su columpio (ya no se balancean, ya casi no arriesgan) de lo que quieren hacer ver. Al cruzar la plaza, una calle por donde los coches pasan a izquierda y derecha, coches de colores nuevos. Y más allá, siempre hacia el oeste, el descampado donde en abril ponen la feria, música festiva, niños y niñas que despiertan al sexo, zapatos manchados de tierra. Leyre camina y camina. Va hacia alguna parte.
El terreno propone al caminante, muy al principio, el incentivo de una ligera pendiente, contra la monotonía. Leyre entiende pronto que es una trampa, una leve nota de cansancio que se volverá ruido de fondo. Camina siempre hacia el oeste, y desde un rincón (siempre hay rincones, da igual la geom…

La maldición de Pamela y su té verde

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LOLA ENCINAS
No somos amigas, sólo nos conocemos por haber coincidido en varios castings, en los que, a pesar de quedar entre las finalistas, ninguna de las dos hemos conseguido trabajo.
Esta vez se trata de un spot televisivo para una importante empresa de ropa interior y lencería.
En el casting de hoy se han presentado más de setenta chicas. Tras varias selecciones y cribas hemos quedado Pamela y yo como finalistas.
No quiero pecar de vanidosa pero creo que en esta ocasión la suerte me va a sonreír y voy a ser yo la elegida.
Pronto entraremos a la sesión fotográfica. Mi mánager me presenta a Ricardo Riera, gerente de la firma. Es un hombre muy interesante y amable.Me invita a tomar un café, aunque me pido una botella de agua, ya que estoy muy nerviosa.
Me dice que está casi seguro de que voy a ser la nueva imagen de la colección otoño-invierno, que tengo muchas posibilidades y que hará lo que esté en su mano para que así sea.
Le llaman por teléfono y se despide con un prometedor “H…

Me gusta estar aquí

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MARC BALLESTER
Desde lo alto todos los barrios son cuadrículas con mejor o peor trazado, con accidentes geográficos que modifican y desvían las calles y avenidas. Los parques desde arriba se asemejan a clapas áridas que según la época del año se visten de colores, y rompen con los aburridos tejados y azoteas. La ciudad que nos ocupa, durante doce meses no cambia de color, siempre es gris, un gris roto por el blanco de las olas al deshacerse en la orilla de la playa o por los cargueros que navegan ría adentro. Junto al agua, rodeada de parterres y arbustos, divisamos la silueta de un monumento de color bronce. Distinguimos: cabeza, espalda, una pierna extendida y los brazos en paralelo que estiran una losa. La altura nos impide ver el rostro y el abdomen, pero su postura denota esfuerzo y tensión, imaginamos que la otra pierna queda oculta bajo el cuerpo, flexionada, como cogiendo impulso para saltar hacia delante. Si eso es cierto el cuerpo empuja y no estira como habíamos pensado. Re…

Fin de fiesta

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MARIA GUILERA
Eran casi las cuatro de la madrugada y los últimos amigos acababan de marcharse. Les habían ayudado a llevar los platos a la cocina, pero en la mesa quedaban vasos, copas y algunas tazas de café.
-Déjalo. Mañana lo recogeremos. Estoy muy cansado.
-Mañana lo recogeré -respondió ella muy bajo, pero no tanto como para que Juan no llegara a oírla.
-Martina, por favor.
-Por favor qué.
-Que no empecemos. Podríamos acostarnos sin discutir. Por una vez, solo por una vez.
-Estás borracho.
-Eso es verdad. Vámonos a la cama.
-Eso, vámonos a la cama. Y mañana te haré un zumo para tu resaca.
-Nunca en la vida me has preparado un zumo.
-Bueno. Si tú lo dices.

Se levantó de la silla y le señaló con el dedo. Miraba a un punto fijo, en el brazo del sofá.
-Mis padres traerán a los niños a las doce. A ver si estás decente a esa hora y das la imagen de padre ejemplar.
-Martina, me caigo de sueño.
-Te caes de sueño y eso es lo importante.
-Pero qué te he hecho yo.
-Nada. Tú nunca haces nada…

Sòlides conviccions

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VICENÇ DEL HOYO
Aturat davant del semàfor vermell. Al final de qualsevol carrer, sempre hi ha un semàfor vermell. Es posa verd, pots passar, però només fins que el proper semàfor et barri el pas. Sempre pendent que et donin, momentàniament, pas. Un altre cop aturat. El decorat és una teranyina de carrers sempre idèntics, com els passadissos d’un laberint. Malgrat que hi passis mil vegades, és impossible sentir cap mena de familiaritat. Vianants clònics caminen per les voreres o travessen els carrers. Autobusos escarlates que transporten bustos humans creuen davant meu.
De sobte, sento com si s’hagués produït un canvi.

Tot és igual que fa un moment, però és com si algun element essencial del mecanisme del món hagués deixat de funcionar. Sembla com si tots els objectes fossin de cera i un inexplicable i sobtat aire sufocant fongués aquest decorat. Els negres neumàtics dels cotxes es van dissolent i desinflant sobre l’asfalt fins que els automòbils queden aturats desordenadament sobre e…