miércoles, 30 de septiembre de 2009

Fulgencio

VICENTE APARICIO
Anoche llegué a Camarlés. Nada ha cambiado mucho aquí. Eso ya lo sabía antes de venir.
Camarlés es siempre casi el mismo sitio, el mismo año, la misma hora del día. Si hablamos del viento, Camarlés es una piedra, nunca un grano de arena. También las rocas conocen la angustia, la erosión que rasca el silencio del paisaje cuando las agujas del reloj caminan. Incluso las rocas tienen tímpanos.
El viento aúlla en Camarlés. La gente busca a menudo el resguardo de los portales, los ribazos, las cantinas. Los parroquianos juegan a las cartas y fuman puros que elevan hacia el techo espesas volutas de humo.
Un par de horas después de mi llegada pregunté por Fulgencio en la cantina.
Es lo que hago cada vez que vengo.
Me apeo del tren semivacío que me trae hasta aquí, recorro el trayecto cuesta abajo hasta el hostal, ceno una taza de caldo y un par de piezas de fruta que me sirve la patrona, enciendo un cigarrillo y espero a que llegue el momento de preguntar.
¿Alguien ha visto por aquí a Fulgencio?

El más viejo del lugar es, las más de las veces, el único que reacciona; tímidamente, eso sí. Levanta las cejas hacia sus compañeros de mesa, encoge los hombros en un gesto involuntario y, como si no hubiera oído nada, prosigue con la partida. Se acostumbra uno, aquí, a ese tipo de respuestas. Pasado un rato, un par de manos más tarde, quizás, cuando repito la pregunta, el mismo hombre deja caer al suelo un rastro de ceniza y pronuncia una letanía de palabras huecas, que yo podría recitar de memoria, sílaba a sílaba, antes de bajarme del tren.
Todo el mundo sabe, me dice después de tragar saliva, que Fulgencio Martín Benítez dejó Camarlés hace ya muchos años a lomos de un caballo blanco y todo el mundo sabe, también, que nadie ha vuelto a tener noticias suyas jamás.
Me mira entonces el anciano, quizás por primera vez en toda su vida, y su mirada afrentosa, solemne como sus palabras, no me parece muy convincente.
¿Por qué nos preguntas eso ahora, forastero?
Todo el mundo sabe que Camarlés es mi patria. Prefieren, aun así, seguir considerándome un extraño. Un extranjero. No seré yo quien se lo reproche.
Me voy a la cama temprano, pero siempre me cuesta dormir.
Me levanto con el sol, meto en el zurrón las provisiones que la patrona ha dispuesto para mí antes de acostarse y emprendo el camino.
La recta que nace en Camarlés es la más larga de la provincia. Se necesitan unas cuantas horas para recorrerla a pie de punta a punta. A ambos lados no hay más que tierra roja, piedras y una línea de árboles desnudos que subraya los límites del asfalto. A veces, nubes. En la mitad exacta del trayecto se destaca, en el margen derecho según se va caminando, un árbol distinto a los demás. Más encorvado, más grande, más nítido. En su tronco grueso , a media altura, puede uno divisar desde muy lejos la inconfundible figura de un caballo de color blanco que brilla impregnada en su corteza. Siempre parece recién pintada. El vecindario de Camarlés se reúne ahí todos los días del mundo a la hora en que más alto está el sol. Rodillas en tierra, rezan.
Me detengo al pie del árbol y espero.
Ni mi peor enemigo podría acusarme de impaciencia.
Las horas pasan.
El viejo de la cantina, probablemente, aparece el primero. Al principio es apenas un punto vacilante que se aproxima despacio hacia mí desde la lejanía del paisaje. Cuando el viento empieza a soplar, puedo distinguir ya los signos que el cansancio dibuja en su rostro. El dolor, la resignacion, de nuevo ese gesto artificial de desafío.
Nunca me río, pero no es por falta de ganas, sino por respeto.
Cuando llega el caballo (un caballo grande, blanco, limpio), nos subimos los dos a su grupa sin pronunciar palabra e iniciamos un trote ligero a través de la tierra dura y caliente, en perpendicular a la carretera.
El viento arrecia.
Durante muchos kilómetros nos traerá el eco de los cánticos que Camarlés, postrado a los pies del árbol recién pintado, repite cada día a la misma hora desde que se marchó Fulgencio.
Me hace gracia la tozudez de su fe, su rabiosa ignorancia, pero jamás me río de ellos.
El viejo, agarrado a mi cintura, tiembla y permanece callado como un muerto.
A nuestras espaldas, por entre los huecos que deja el repiqueteo de los cascos del caballo, el silbido del viento, el canto litúrgico de Camarles arrodillado, se oye un tic tac imposible que parece salido de las mismas piedras.
Parece mentira que siempre consigan olvidarme, parece mentira que no recuerden quién soy.

11 comentarios:

  1. Uf, me ha pillado que no se que decirte. Lo he leído dos veces, pero estoy un poco espesa. Así,de pronto, un temblor de reflexión...la fe mueve montañas, dicen

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  2. Agarrarse a la cintura de quién preferimos ignorar. Emprender un camino sin retorno. Pasar a engrosar las filas de los eternos exiliados.

    Algún día, en una hora que no queremos ver señada en ningún reloj, todos marcharemos de Camarlés.

    Muy bien contado, Vicente.

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  3. Celebro el nuevo relato, Vicente.
    Un poco de simbolismo en medio de la vida real siempre viene bien al espíritu.
    Pues sí, a todos nos ha de llegar nuestro Camarlés. Pero así de entrada, de visita, se antoja un buen lugar para visitar de vez en cuando, para descansar, para purgarse un poquito del día a día...
    Un abrazo, Vicente.
    Jose.

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  4. Elegir el exilio. Ir por la vida sin ser molestado y sin ser visto si es posible...y un rumor de fondo:no me olviden por favor!Recuerdenme quien soy!

    Un relato muy profundo Vicente. Me gustó mucho.
    Laura Bs. As.

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  5. sí me gusta. por qué no me iba a gustar?? me gusta mucho, de fet!!

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  6. -"Jopetas", como diria Marcel.
    -¡¡Que bueno!!
    El relato desprende poesia, y da ganas de leerlo y releerlo muchas veces. Un Saludo Vicente.

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  7. Sus inesperadas y no siempre deseadas visitas, rompen nuestra monotonía para obligarnos a iniciar un trayecto sin equipaje y sin retorno.
    Un duro y largo viaje que todos tratamos de retrasar.
    Por eso, no es de extrañar que aunque el visitante sea un paisano y viejo conocido, se le siga considerando un forastero al que no se le da la bienvenida.
    Tal vez por nuestra ignorancia o por la potencia del viento.

    (Otra "visita anual"... pero de tierra adentro)

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  8. Sí, lo conocía, pero he disfrutado aun más volviéndolo a leer. Es pura poesía y está contado con una fuerza y a la vez una delicadeza admirables. Me ha encantado, como todo lo que escribes.

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  9. Hi ha una nostàlgia del passat i una més extranya, que és del que encara no ha passat però de la que tenim certesa d'haver ja viscut. Potser aquesta és la més poderosa de totes les saudade que podem sentir.

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  10. Mercè, la fe mueve montañas y sobre todo las deja quietas

    Bruja, la única hora que cuenta es la de mañana; la cintura buena a la que agarrarse son los proyectos: que no nos falten

    Jose, Camarlés es eso: purga, fonda y espíritu

    Laura, lo mejor es no hacer ruido, pero siempre ha de sonar algo

    Noemozica, pensé que te molestaría el estilo recargado, como en aquel cuento del hombre que escribía
    siempre la misma historia; me alegro de que no

    Jopetas, gracias, puigmal y marcel

    Solo lola, vamos creando escuela, ¿quién es el siguiente?

    Pantera, gracias y a por el próximo: ¿te atreves con tu "visita anual"?

    Ningú, nostalgia de lo que ocurrió, de lo que ocurrirá y de lo que no ocurrirá nunca; tenemos saudade para dar y vender

    GRACIAS a todos por leer lo que se escribe y por la compañía que hacen vuestras palabras

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  11. Este relato tiene algo encantador. A veces creo estar leyendo al colombiano Pablo Montoya Campuzano. Su texto se conecta, de alguna manera, con la novela Lejos de Roma. Allí hay una exploración basta de la idea de exilio. Sería bueno que consusltaran la novela de que es conciderado "la promesa literaria colombina". Un saludo...

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