domingo, 13 de septiembre de 2009

Curiosidades

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Hoy, como otras veces, he salido a la escalera de incendios a fumarme un cigarrillo. Recuerdo que fue aquí precisamente donde empecé a fijarme en el bloque de enfrente.
El trabajo asfixia, cansa, agota y cabrea. ¿O es la especie humana la que cansa y absorbe la fuerza, el ánimo, el humor?
Me alivia ensuciarme el cuerpo de distintos alquitranes. ¡Qué bien entra el humo, cuando lo necesitas! Por la boca, por la sangre, por los pulmones. Fuuuuuuuuu.
El espacio para fumadores es reducido, un rellano de la escalera. Queda muy cerca del otro edificio. A través de los barrotes, pueden divisarse las vidas ajenas.
Entre calada y calada, de pie, rascando unos pocos minutos al trabajo, hace unos días me detuve a observar.
En el bloque de enfrente un vecino tenía tres tazas de café en el alféizar de la ventana.

Durante días, salía a la misma escalera a tragarme el humo de un cigarrillo y veía que las tres tazas siempre estaban allí. En reposo, quietas, no parecían abandonadas sino colocadas con intención.
Pasaban las semanas y las tres tazas continuaban en el mismo lugar. No divisaba si llenas o vacías, y eso, aunque os parezca absurdo, me inquietaba, al igual que su presencia. ¿Por qué tres tazas en una ventana? ¿Qué contendrán? ¿Estarán vacías?

Un día que el trabajo me permitía más tiempo, me colé en el edificio de enfrente. Subí hasta la azotea. Por suerte la puerta estaba abierta.
Desde allí vería la escalera de incendios donde yo estaba unos minutos antes, y si miraba hacia abajo, con un poco de suerte, podría divisar la ventana donde estaban esas pequeñas vasijas ¡Anhelaba tanto saber qué contenían!

Las divisaba pero no las veía bien. No estaba segura de si en su interior había líquido o no.
Ya que estaba allí no podía irme sin saberlo. Me puse de puntillas, dejando medio cuerpo inclinado hacia abajo.
-¡Sí!, ¡efectivamente! Hay líquido -me dije-. Y por el color diría que es café.
Intenté cerciorarme del todo inclinando aún más mi cuerpo hacia abajo, pues no estaba dispuesta a irme sin toda la información. Me incliné un poco más todavía, incluso creí oler el aroma, mmm...
De repente perdí el equilibrio. No dominaba mi cuerpo y eso me precipitó al vacío. No recuerdo más.
Desperté en el hospital rodeada de familiares. Y de mi jefe.
La recuperación, con yeso, fue de seis meses. A mi jefe todavía le debo una aclaración, que no me pide, pero intuyo que me reclama.

Hoy sigo fumando y saliendo al rellano de la escalera de incendios. Desde allí no veo más que retales, y debo atar mi mente que se va con el humo del cigarrillo y sigue a las gentes y se introduce por puertas y ventanas con la intención sana de curiosear y sorber fracciones de otras vidas.

5 comentarios:

  1. El tabaco mata lentamente. El café provoca infartos.
    Pero la curiosidad es la mayor de las asesinas. Tan potente, que no la olvidamos a pesar de haber sido su víctima.

    Como siempre, el divagar de tus reflexiones nos abre la ventana a un mundo distinto. El que ven tus ojos.

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  2. Com sempre. Gràcies Vicente, per les teves correccions i la foto, que és fantàstica.

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  3. Mientras lo leía pensaba no, no puede ser, no se caerá al vacío. Pero sí, te atreviste y eso me gusta de ti. Las situaciones atrevidas a las que sometes a tus personajes. Tomo nota y gracias

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  4. Lanzar pensamientos, reflexiones, ideas... a la vez que el humo de un cigarrillo, pensar en ese corto espacio de descanso en nuestra vida, en la ajena, dejar la mente en blanco, curiosear, especular, imaginar, proyectar...
    El hecho de salir a fumar un cigarro es sólo una excusa para liberar la imaginación.

    La tuya es libre y sorprendente en cada relato. Me gusta!!!

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  5. Fumar és un plaer, però un cafè i una cigarreta són una atracció irresistible, són inseparables. Ens hi tirariem de cap. Quantes vegades ho fem cada dia?

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