domingo, 28 de junio de 2009

Flores en la carretera

ROSANA ROMÁN
De un tiempo a esta parte y cada vez con más asiduidad proliferan, que no crecen, flores en el asfalto. Se pueden ver a veces frescas, otras ya marchitas y, cuando pasa un tiempo prudencial, se sustituyen por unas de plástico. Alguien desea recordar tozudamente que allí, en aquel punto, algún allegado perdió la vida.

Soy representante y viajo continuamente por las carreteras de media España. Por eso, ver flores en cualquier curva me molesta profundamente. Es algo visceral que no acierto a comprender. Será porque me obliga a levantar el pie del acelerador y me invita a pensar en quién debía de ser la persona que se empotró contra la valla. Cuando reflexiono, pienso que no está mal, que esta práctica funciona mejor que cualquier campaña de prevención de la DGT. A lo mejor son ellos los que las colocan como medida disuasoria. Pero no, sé que las muertes son ciertas, que allí se produjeron un día o una noche cualquiera, y pienso en milésimas de segundo si habrá sido un intrépido joven en una moto, un abuelo inseguro, una mujer distraída, alguien con una copa de más.
Almas que quizás vaguen sin saber que han muerto debido a la fulminante rapidez del impacto.
Yo viajo mucho, ya lo he dicho antes, y aunque visito a muchos clientes, el vacío se apodera de mí al caer la noche y verme obligado a dormir en cualquier hostal de carretera. Es un vacío de nada, de abismo, de oscuridad.
Ni siquiera sé si me importa, ni siquiera sé si echo en falta a mi mujer, a la que ni recuerdo cuánto hace que no veo. En esas noches largas de pasar es cuando busco compañía femenina. No hay nada más sórdido que un polvo en una habitación de carretera, amores irreales, pocas palabras, pocas confesiones, pocos preámbulos. Una vez acabo, sólo deseo aprovechar el sopor para entregarme al sueño. La única entrega que no me asusta. Me da igual si la mujer se queda o se va, siempre que no me moleste.
Y vuelta a la carretera, y esa continua niebla... Visitas con palabras huecas, cada uno en su papel, yo intentando vender, el otro resistiéndose a comprar. Una copa, una concesión siempre menor que la que esperaba... He de dejar este trabajo, me mata.
Hoy he pasado por una carretera conocida, tan conocida que a veces uno baja la guardia en la conducción. Dicen que estadísticamente, cuanto más se conduce por el mismo lugar, más posibilidades hay de tener un accidente, pero eso es una grandísima tontería
De nuevo flores, justo en un punto donde ya las he visto otras veces. Hoy me apetece bajar del coche y acercarme a mirar. Será porque me suena el lugar. Creo, sí, creo que hace un tiempo tuve un pequeño accidente en esa misma curva. Sigue allí, con una señal de velocidad máxima que nadie obedece. Leo: “A mi querido esposo, siempre te recordaré”. Sí, aquí mismo fue, tuve más suerte que ese infeliz. Yo, después de aquello...., después de aquello..., no consigo recordar qué pasó después de aquello.

4 comentarios:

  1. la bruixa de provença28 de junio de 2009, 17:26

    El relato tiene un tono que me lleva hasta los programas que, de pequeña, escuchaba desde la cama.
    La música me indicaba los momentos de terror, de suspense. Quizá no distinguía las palabras, pero el clima conseguía que me tapase con las sábanas y que, sin embargo, no pudiera dejar de escuchar.
    Me has dado la oportunidad de seguir la historia sin perderme nada y, aunque con muchos años de retraso, compruebo que mi instinto me guiaba bien: valía la pena aguzar el oído.

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  2. Recuerdo que la primera vez que oí este relato, no lo entendí.
    Hoy me he recreado en cada palabra, en cada adjetivo , en las frases , en todo.
    Es genial, como describes esa vida paralela en la que creemos estar y no estamos, en la fuimos y ya no somos...
    Me gusta mucho. Una visión original de ver y tocar muchas teclas y que todas armonicen en una sola y bella sinfonía.

    ¡Cuánto vales, nena!

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  3. Qué buen relato expresionista con su niebla, su carretera perdida, su fantasma. Muy bien.

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  4. Nunca me han gustado las flores en las cunetas.
    A veces te encuentras algunas atadas en medio de una curva
    Da más miedo pensar en el peligro, en el que se ha expuesto:
    el familiar/amigo, que en el accidente.
    Nunca me han gustado las flores en las cunetas, por que se desfiguran, cambian de color, se pudren, queda un pegote de mal gusto que tapa la vista, por ejemplo :de un prado verde o de un acantilado con mar al fondo y algún velero.
    El texto me recuerda a historias que contábamos de adolescentes, entre amigos/as, en noches lluviosas de campamentos. Historias que dan miedo, unen, y agudizan la imaginación.
    Saludos

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