sábado, 23 de mayo de 2009

Una viuda atípica

LOLA ENCINAS
De regreso del cementerio y antes de despedirse, todos los amigos y parientes le reprocharon (unos a la cara y otros con sutiles indirectas) el excesivo control sentimental que había mantenido durante la ceremonia, así como una actitud muy fría y distante inusual, desde su punto de vista, sobre todo tratándose del funeral de Eugenio, su marido.
Lamentaban profundamente que su comportamiento no hubiera sido el de la típica y desconsolada viuda, que no hubiera besado y salpicado profusamente con lágrimas, mocos y suspiros a todo bicho viviente (aunque no lo dijeron, todos lo pensaron).
Es más, a hurtadillas o en petit comité, comentaban que cuando se acercó al féretro para despedirse, observaron en su mirada un insultante brillo a la vez que una inoportuna sonrisa, pruebas evidentes de que nunca le había amado.
Ellos sí le amaban, por eso no podían contener el llanto ni las alabanzas ante la irreparable pérdida. Consideraban a su amigo un ser humano extraordinario e irreemplazable, un mesías hecho carne, y les desesperaba no poder seguir disfrutando de su presencia.
Ella sabía a ciencia cierta que nunca había sido “santo de su devoción” (en este caso, santa). No lo había sido de ellos, y no digamos de su familia.
Notaba en sus miradas la desconfianza y el peso de una sentencia.

La creían responsable de la muerte de Eugenio. Siempre la habían visto y tratado como a una intrusa, como una amenaza; alguien que podía desbaratar las armónicas y férreas relaciones tejidas en el tiempo, fundamentadas en gustos y aficiones comunes, pero sobre todo, en una particular filosofía sobre el futuro del mundo y sus habitantes.
Formaban un círculo hermético y elitista, difícil de traspasar; se mantenían alertas ante cualquier atisbo de intromisión.
Esta postura no estaba pactada de antemano, ni figuraba en los estatutos fantasma del grupo, sino que de forma espontánea estaba presente en actos individuales y colectivos, de manera que en todos se reflejaba animadversión ante los extraños.
Eugenio rompió la norma establecida cuando se enamoró de Amalia y la presentó al colectivo como su futura mujer.
La mayoría no entendieron por qué un hombre como él había buscado fuera del grupo a alguien a todas luces inferior e incapaz de proporcionarle la felicidad que podría haber hallado en alguna de sus integrantes.
Pero conocían a Eugenio y sabían que cuando tomaba una decisión era irrevocable.
No podían permitirse la baja de uno de sus integrantes más carismáticos y significativos.
Una vez más, todos como si fueran uno, por el respeto y el gran aprecio que le profesaban, simularon una falsa y discreta cordialidad.
Amalia, que siempre demostró ser una mujer inteligente, les correspondió de igual forma.
Aparentó una progresiva adaptación al grupo, mostrando interés y admiración así como una incipiente comunión con sus dogmas.
En realidad lo que hizo fue disfrazar los temores y la repugnancia que le producían aquellos descerebrados con su ideología fundamentalista.
Por lo que decidió quedarse suspendida, en permanente vigía.
Sabía que tarde o temprano llegaría su momento.
Eugenio al principio había imaginado que la integración podría conllevar algún que otro conflicto por parte de ambos, pero a tenor de como se iban desarrollando los acontecimientos, se sentía muy feliz.
Aquel día, al llegar a casa, Amalia se apresuró a recoger sus pocos enseres. No le llevó mucho tiempo, era experta en no acumular cosas inútiles.
Sólo le quedaba hacer la llamada en la que le concretarían el punto de encuentro.
Anochecía en el viejo y abandonado aeropuerto cuando se apeó del taxi. El contacto no tardó en llegar, la puerta de la nave se abrió y antes de ascender por la escalerilla tendió con sumo cuidado el recipiente a su compañero.
Las primeras felicitaciones por el éxito de su misión las recibió mientras se desnudaba de su apariencia para adoptar su verdadera imagen.
No había duda de que el análisis y el estudio exhaustivo de la materia gris de Eugenio les iba a aportar importantes claves para la investigación. Conocer las conexiones neuronales de un líder terrícola sería de gran utilidad para próximas incursiones.
Miles de agentes esperaban las últimas consignas.
El Consejo ya había decidido la fecha de la invasión del planeta.

5 comentarios:

  1. Al íntimo planeta de nuestras individualidades llegan a veces los invasores. Tan sibilinamente como Amalia llega a la Tierra.


    Eugenio sucumbe al encanto letal de Amalia.
    Así ocurre con el amor y por eso se adjetiva con palabras temibles: fulminante, eterno, loco.
    No hay amigos que reconduzcan al enamorado hacia el camino que él mismo eligió.
    Se borra la inteligencia, se anula la religión, no hay más verdad que esa mentira.

    Me gustan los relatos que se escapan a la intención del autor. No todos tienen esas alas poderosas.

    PD ¿De qué planeta te hicieron llegar la foto?

    ResponderEliminar
  2. Cuantas preguntas sugiere el cuento... tantas como misterios tiene la historia.
    Me encanta tu capacidad de imaginar mas allá, por eso tus finales son siempre sorprendentes. Bravo Lola.

    ResponderEliminar
  3. ...y investigarán su masa gris y clonarán a Eugenio; convirtiéndolo en el mismo ser querido por todos. En su mesías . Entonces Amalia, lejos de los absurdos humanos podrà vivir felizmente con su amado, eso sí, en otra galaxia...No había sitio para ellos en la tierra.

    ResponderEliminar
  4. Abajo el sectarismo!!! Abajo los intraterrestres!!! Abajo esta galaxia!!!

    ResponderEliminar
  5. sorpresa? o es que la invasión es deseable?

    me ha quedado un regusto a preguntas sin respuesta.

    muy bueno, precisamente por eso, porque da para pensar en ello.

    ;)

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar