lunes, 18 de mayo de 2009

Protección

ROSANA ROMÁN
La ropa de Pedro descansa sobre su cama como si estuviera esperándole. Ha pensado tantas veces en este día que ahora que ya ha llegado le parece mentira. Mira con nostalgia el tejano de marca y la camisa blanca. En los últimos cinco años, sólo se los ha puesto dos veces, para ir a juicio; el resto del tiempo, han permanecido en una caja de cartón a la espera de una ocasión importante. Ahora teme que se le hayan quedado pequeños. Ha pasado muchas horas en el gimnasio moldeando los pectorales y los muslos para mantenerse en forma.
Un joven se asoma a su celda:
-Qué envidia me das, tío..., ¿a qué hora te vas?
-Estoy esperando la salida, sólo falta la firma del director.
-¿Qué vas a hacer con el chándal Nike azul?
Pedro recuerda cuando se lo regalaron a él y con una sonrisa le contesta:
-Pues dártelo a ti, eres el primero que me lo pide, ¿quieres algo más?
-Bueno, ya que lo dices, me hacen falta camisetas.
Saca de su estante tres camisetas de deporte y se lo entrega todo.
-Gracias, tío, lo guardaré de recuerdo. Espero que nos veamos cuando yo salga.
-Vendré a verte antes y te dejaré dinero en peculio para tabaco.
-Eso se dice pero luego no se hace, ya sabes...
-Te doy mi palabra.
Se abrazan. El joven sale sin hablar, antes de que la emoción le traicione.

Pedro comienza a vestirse. Se enfunda el pantalón vaquero y aunque le queda ajustado puede abrochárselo. Ya más tranquilo, continúa organizando sus cosas personales.
Está decidido a seguir con la costumbre que hay en prisión: dejar atrás todo lo prescindible y repartir las prendas entre los internos. Es un ritual para desprenderse del pasado, como partir de cero, sin lastre. Los más supersticiosos creen que trae mala suerte seguir poniéndose la misma ropa que se ha usado en cautiverio; en cualquier caso, pocos son los que se la llevan.
Extiende la camisa y observa unas líneas muy marcadas por donde ha estado plegada; aun así, la prefiere a cualquier otra prenda. Se la pone y se la abrocha lentamente empezando por abajo. Con cada botón que cierra, le parece estar concluyendo un asunto. Atrás quedan cinco años de soledad, botón, un delito saldado, botón, el miedo a los otros internos, botón, la vergüenza ante su familia, botón, la adicción a las drogas, botón.
Oye su nombre por el altavoz, se apresura a meter los faldones por dentro del pantalón y se dirige hacia la salida.
Ya en la calle, lo primero que hace es respirar hondo; lo segundo, buscar su reflejo en un escaparate. Necesita reconocerse, reencontrarse. Por fin ve frente a él a un joven con tejanos, uno que se confunde con los muchos que pasan por allí, y eso le reconforta. Sin rumbo fijo se pierde entre la multitud, protegido por el anonimato.

7 comentarios:

  1. Hoy voy a ser el contrapunto a la visión optimista y reparadora de tu relato.

    Me gusta pero me debato entre el deseo y la razón.

    Por una parte me gusta pensar que tu protagonista ha sacado provecho de su castigo, incluso se ha preparado fisicamente, ha hecho amigos ¿?, tiene remordimientos y siente verguenza de su comportamiento por el dolor ocasionado a la familia.
    Ya en la calle se reconoce como uno más, como uno de tantos...
    Se ha descolgado de las drogas y vuelve hecho un hombre nuevo, reinsertado y dispuesto a dar lo mejor de sí a la sociedad.

    Es bonito. Si fuera verdad....

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  2. Qué pánico salir de nuevo a la calle.
    Cada uno en su rincón, por tremendo que sea, llega a creer que maneja su vida.
    Con las puertas abiertas se sale al exterior, pero también se queda expuesto a todo lo que se nos viene encima.

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  3. muy bien escrito, rosana. quizás de los mejores que he leido tuyos. me gusta!! :)

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  4. Me gusta el cuento, parece muy cotidiano y real, felicidades

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  5. Saludos Rosana. Me ha gustado el relato. Muy visual l preparación de la salida.

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  6. La verdad es que salir al mundo no es fácil, es curioso como una persona puede sentirse más segura dentro que fuera, pero a veces es así.
    Zobruja lo concreta genial.
    Lola, sólo Lola: has imaginado más de lo que se pretende mostrar, quién sabe si sucumbirá de nuevo a las drogas y cuanto tardará...
    Anónimo: El cuento pretende mostrar una realidad cotidiana, qué bien que a ti te haya inspirado lo mismo.
    Noemozica, gracias por tus ánimos, ya me has dicho esto en otras ocasiones, será que me voy superando a los cuentos anteriores, o quizas que no los recuerdas. jeje. En cualquier caso se agradece la lectura. Te debo mi visita a tu blog.
    Puigmal: Seguro que la historia te suena cercana (por tu trabajo), por eso, tu opinión me anima aun más.
    Gracias a todos/as por vuestros comentarios. Desnudarse y vestirse a veces da el mismo pudor por eso las opiniones amables tambien "protegen".

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  7. La sensación única de respirar la libertad después del encierro a veces merece pasar por el túnel.

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