jueves, 28 de mayo de 2009

Mi hermano Alfredo

VICENTE APARICIO
Mi hermano se llama Alfredo. Tiene tres años menos que yo. No entiendo cómo puede ser tan tonto, parece mentira que sea mi hermano.
Ayer se pasó toda la tarde fastidiándome, como todas las tardes hasta que papá y mamá llegan del trabajo. Quería jugar conmigo, claro. Sus juegos me aburren, son tan infantiles. Pero no podéis imaginar lo pesado que puede llegar a ser. Al final me tuve que rendir.
- Está bien, jugaremos. Pero mando yo. Seremos una familia. Yo seré mamá y tú serás papá.
- ¡¡¡Bieeeeeeeeeen!!!!
El muy bobo siempre grita cuando se sale con la suya.
Tuve una idea genial: podía ser divertido.
Di un bostezo muy largo.
- ¡Hala, a la cama!
Me encanta darle órdenes. Él se quedó con la boca abierta, porque aún eran las seis de la tarde.
-No te hagas el remolón, Nacho, te lo tengo dicho. Que luego, por las mañanas, no hay quien te levante.
-Yo no me llamo Nacho.
-Ya lo sé, Alfredo, mira que eres tonto.

Fuimos a la habitación de matrimonio. En el pasillo, lo cogí por la cintura, como hacen los enamorados, pero luego lo solté, porque papá y mamá nunca se cogen así.
Nos metimos debajo de las sábanas y apagamos la luz.
Qué risa.
La cama de papá y mamá es genial. Es súper ancha y súper larga, porque papá mide uno noventa y pico. Cuando te metes dentro, no se acaba nunca.
- Nacho, cariño, tienes que hablar con tu hermana.
Alfredo no me contestó. Debía tener miedo a meter la pata, supongo.
-¿No ves que su marido le come el coco? Cualquier día de estos nos colocan a la abuela, ya verás. Y entonces qué hacemos, eh. Qué hacemos.
Le oía respirar a mi lado, debajo de las sábanas, pero el muy bobo seguía sin decir nada. Estaba todo muy oscuro.
- ¿En qué quedamos? ¿Quieres jugar conmigo o no quieres jugar conmigo?
- Raquel, es que este juego es muy difícil.
¡Qué insoportable es el enano!
- Fastidiarnos, eso es lo que haremos. Como que tú, Nacho, eres un calzonazos, tendremos que cuidar a la abuela, como si no tuviéramos nada más que hacer. Que la cuide ella, que no ha pegado ni golpe en toda su vida.
Entonces Alfredo se puso a llorar.
Estuve a punto de encender la luz y rendirme otra vez, pero no me dio la gana. Estaba enfadada, lo reconozco. No hay manera de pasárselo bien con este niño. Es un llorica, y solo sabe jugar a estupideces.
Estuvimos un rato callados los dos.Yo no pensaba volver a hablar, desde luego. Que hablara él.
- Cariño, ¿estás dormida?
- Pues claro, ¿es que no lo ves?
- Perdona, cariño, buenas noches.
Y me dio un beso en la frente.
- ¿Vas a hablar con tu hermana o no vas a hablar con tu hermana?
- Es que... Es que mi hermana eres tú. ¿Por qué no jugamos a otra cosa?
- Mira, niño, tú eres tonto.
Me fui a ver la tele.
Con lo chulo que era el juego.
Cuando mamá llegó a casa, encima nos dio la bronca por habernos metido en su cama.
- Ha sido culpa de Alfredo. ¿Qué querías que hiciera? Ya sabes lo pesado que se pone.
Y el muy imbécil ni siquiera me llevó la contraria.

sábado, 23 de mayo de 2009

Una viuda atípica

LOLA ENCINAS
De regreso del cementerio y antes de despedirse, todos los amigos y parientes le reprocharon (unos a la cara y otros con sutiles indirectas) el excesivo control sentimental que había mantenido durante la ceremonia, así como una actitud muy fría y distante inusual, desde su punto de vista, sobre todo tratándose del funeral de Eugenio, su marido.
Lamentaban profundamente que su comportamiento no hubiera sido el de la típica y desconsolada viuda, que no hubiera besado y salpicado profusamente con lágrimas, mocos y suspiros a todo bicho viviente (aunque no lo dijeron, todos lo pensaron).
Es más, a hurtadillas o en petit comité, comentaban que cuando se acercó al féretro para despedirse, observaron en su mirada un insultante brillo a la vez que una inoportuna sonrisa, pruebas evidentes de que nunca le había amado.
Ellos sí le amaban, por eso no podían contener el llanto ni las alabanzas ante la irreparable pérdida. Consideraban a su amigo un ser humano extraordinario e irreemplazable, un mesías hecho carne, y les desesperaba no poder seguir disfrutando de su presencia.
Ella sabía a ciencia cierta que nunca había sido “santo de su devoción” (en este caso, santa). No lo había sido de ellos, y no digamos de su familia.
Notaba en sus miradas la desconfianza y el peso de una sentencia.

La creían responsable de la muerte de Eugenio. Siempre la habían visto y tratado como a una intrusa, como una amenaza; alguien que podía desbaratar las armónicas y férreas relaciones tejidas en el tiempo, fundamentadas en gustos y aficiones comunes, pero sobre todo, en una particular filosofía sobre el futuro del mundo y sus habitantes.
Formaban un círculo hermético y elitista, difícil de traspasar; se mantenían alertas ante cualquier atisbo de intromisión.
Esta postura no estaba pactada de antemano, ni figuraba en los estatutos fantasma del grupo, sino que de forma espontánea estaba presente en actos individuales y colectivos, de manera que en todos se reflejaba animadversión ante los extraños.
Eugenio rompió la norma establecida cuando se enamoró de Amalia y la presentó al colectivo como su futura mujer.
La mayoría no entendieron por qué un hombre como él había buscado fuera del grupo a alguien a todas luces inferior e incapaz de proporcionarle la felicidad que podría haber hallado en alguna de sus integrantes.
Pero conocían a Eugenio y sabían que cuando tomaba una decisión era irrevocable.
No podían permitirse la baja de uno de sus integrantes más carismáticos y significativos.
Una vez más, todos como si fueran uno, por el respeto y el gran aprecio que le profesaban, simularon una falsa y discreta cordialidad.
Amalia, que siempre demostró ser una mujer inteligente, les correspondió de igual forma.
Aparentó una progresiva adaptación al grupo, mostrando interés y admiración así como una incipiente comunión con sus dogmas.
En realidad lo que hizo fue disfrazar los temores y la repugnancia que le producían aquellos descerebrados con su ideología fundamentalista.
Por lo que decidió quedarse suspendida, en permanente vigía.
Sabía que tarde o temprano llegaría su momento.
Eugenio al principio había imaginado que la integración podría conllevar algún que otro conflicto por parte de ambos, pero a tenor de como se iban desarrollando los acontecimientos, se sentía muy feliz.
Aquel día, al llegar a casa, Amalia se apresuró a recoger sus pocos enseres. No le llevó mucho tiempo, era experta en no acumular cosas inútiles.
Sólo le quedaba hacer la llamada en la que le concretarían el punto de encuentro.
Anochecía en el viejo y abandonado aeropuerto cuando se apeó del taxi. El contacto no tardó en llegar, la puerta de la nave se abrió y antes de ascender por la escalerilla tendió con sumo cuidado el recipiente a su compañero.
Las primeras felicitaciones por el éxito de su misión las recibió mientras se desnudaba de su apariencia para adoptar su verdadera imagen.
No había duda de que el análisis y el estudio exhaustivo de la materia gris de Eugenio les iba a aportar importantes claves para la investigación. Conocer las conexiones neuronales de un líder terrícola sería de gran utilidad para próximas incursiones.
Miles de agentes esperaban las últimas consignas.
El Consejo ya había decidido la fecha de la invasión del planeta.

lunes, 18 de mayo de 2009

Protección

ROSANA ROMÁN
La ropa de Pedro descansa sobre su cama como si estuviera esperándole. Ha pensado tantas veces en este día que ahora que ya ha llegado le parece mentira. Mira con nostalgia el tejano de marca y la camisa blanca. En los últimos cinco años, sólo se los ha puesto dos veces, para ir a juicio; el resto del tiempo, han permanecido en una caja de cartón a la espera de una ocasión importante. Ahora teme que se le hayan quedado pequeños. Ha pasado muchas horas en el gimnasio moldeando los pectorales y los muslos para mantenerse en forma.
Un joven se asoma a su celda:
-Qué envidia me das, tío..., ¿a qué hora te vas?
-Estoy esperando la salida, sólo falta la firma del director.
-¿Qué vas a hacer con el chándal Nike azul?
Pedro recuerda cuando se lo regalaron a él y con una sonrisa le contesta:
-Pues dártelo a ti, eres el primero que me lo pide, ¿quieres algo más?
-Bueno, ya que lo dices, me hacen falta camisetas.
Saca de su estante tres camisetas de deporte y se lo entrega todo.
-Gracias, tío, lo guardaré de recuerdo. Espero que nos veamos cuando yo salga.
-Vendré a verte antes y te dejaré dinero en peculio para tabaco.
-Eso se dice pero luego no se hace, ya sabes...
-Te doy mi palabra.
Se abrazan. El joven sale sin hablar, antes de que la emoción le traicione.

Pedro comienza a vestirse. Se enfunda el pantalón vaquero y aunque le queda ajustado puede abrochárselo. Ya más tranquilo, continúa organizando sus cosas personales.
Está decidido a seguir con la costumbre que hay en prisión: dejar atrás todo lo prescindible y repartir las prendas entre los internos. Es un ritual para desprenderse del pasado, como partir de cero, sin lastre. Los más supersticiosos creen que trae mala suerte seguir poniéndose la misma ropa que se ha usado en cautiverio; en cualquier caso, pocos son los que se la llevan.
Extiende la camisa y observa unas líneas muy marcadas por donde ha estado plegada; aun así, la prefiere a cualquier otra prenda. Se la pone y se la abrocha lentamente empezando por abajo. Con cada botón que cierra, le parece estar concluyendo un asunto. Atrás quedan cinco años de soledad, botón, un delito saldado, botón, el miedo a los otros internos, botón, la vergüenza ante su familia, botón, la adicción a las drogas, botón.
Oye su nombre por el altavoz, se apresura a meter los faldones por dentro del pantalón y se dirige hacia la salida.
Ya en la calle, lo primero que hace es respirar hondo; lo segundo, buscar su reflejo en un escaparate. Necesita reconocerse, reencontrarse. Por fin ve frente a él a un joven con tejanos, uno que se confunde con los muchos que pasan por allí, y eso le reconforta. Sin rumbo fijo se pierde entre la multitud, protegido por el anonimato.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Las manos del abuelo

MARC BALLESTER
¡Caramba!, la única foto que tengo del abuelo y no se le ven las manos. Por mi madre sé que era zapatero. Manos curtidas por mil y un remiendos. Manos lejanas por la guerra. Manos que no escribieron nunca a los que tras el glorioso alzamiento nacional no alcanzaron el exilio. ¿Por qué no escribiste, abuelo? Ahora, al menos, podría opinar sobre tu letra, enviarla a un grafólogo, sí, uno de esos que por un módico precio perfilan el carácter de un desconocido. Porque así, en esta foto oscura, cabizbajo, no pareces sino alguien que huyó; pero no por querer luchar por algo mejor o por conservar la vida, que puestos a elegir son objetivos muy loables, sino por miedo; pero no miedo a la muerte ni al régimen, sino a los tuyos, a tus hermanos, hijos y nietos (que aún no existían).
Por cierto, para manos aquellas, las del abuelo de Heidi: afables, fuertes y cariñosas. Siempre veía los capítulos, sábado a sábado.

Los pies no me llegaban al suelo, por lo que los cruzaba encima del sofá. Ahora no puedo cruzar las piernas en el sofá, no caben. Me duelen los dedos gordos de los pies, he de ser más cuidadoso al comprar zapatos. Zapatos baratos. Zapatos de oferta. Carne de oferta. Cultura de oferta. Textil, planta tercera. Tras la cartelera del diario, sexo de oferta. Sexos grandes, pequeños, agresivos o turísticos. Sexo internacional. ¡Caray!, se tienen que saber demasiados idiomas: francés, griego, y mi padre empeñado en que estudiara el maldito inglés. Juanito se llamaba el profesor delgado y amanerado que consiguió que aprobara aquel largo verano de sol y calabazas. Ruperta, ¿quién no la recuerda? Mis amigos siempre hacían bromas, porque en esa época yo entré en el mundo laboral, en una pequeña empresa que respondía al nombre de Ruperto. Esa relación no podía terminar más que con una soberana calabaza, y al paro; eso sí, de la mano de don Cicuta y compañía. Compañía General de Aguas. ¿Cómo es posible que suba tanto el recibo?... Me cago en el recibo del agua, el de la luz y otros menesteres.
Mauricio, un viejo amigo mío, utilizaba en el retrete los recibos del banco. Decía que los que causaban más diversión mental y mejor limpiaban eran esos, los de los números rojos del banco, que te amenazan con los intereses del descubierto. Me imagino al banquero en cuestión, enviando orgulloso y pletórico de poder esas misivas intimidatorias. Pues no se iba a quedar boquiabierto el pentium chupatintas ese, si recibiera por correo certificado los adeudos de mi amigo Mauricio, o los del señor Ruiz ese tan obeso, ese que, según dicen, reventó de tanto estreñimiento. Mi amigo Mauricio no tiene abuelo. Le pregunté el otro día por la mano de su abuelo y me contestó que sí, que pese a no conocerlo, su mano sí que la conocía. Me contó que un día, rebuscando entre las empanadillas y las coliflores congeladas, en la cocina materna, encontró lo que supuso una, dos, tres, cuatro..., ¡no!..., cinco salchichas; pero que, al freírlas apresuradamente, descubrió un anillo con el sello de la familia, y grabada en la parte externa, una leyenda que más o menos decía así: «...A mi nieto Mauricio, de su abuelo el dedos largos». Como siempre, viniendo de Mauricio, me creí solo una parte. Por supuesto, un hijo nunca guardaría la mano de su padre junto a las empanadillas, sino colgando de un buen gancho junto al jamón, como aquellos de pata negra que mi abuelo asía fuertemente con los dedos, esos que no se ven en esta maldita foto que tengo colgada en el váter detrás las facturas del teléfono, el gas y la electricidad.

viernes, 8 de mayo de 2009

Sr. Roberto

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
-¿Cómo se encuentra de sus sabañones, señor Roberto?
-Nada, nada, el médico no les dio importancia. Se hizo el sordo y mira tú la absurdidad que me hizo: el papel para el oftalmólogo. Se ve que alguien le ha dicho que no voy.
-Que no va, ¿adónde?
-Al oftalmólogo, ¿no se lo digo?
-Pero hombre, ¿cómo va a ser eso?
-Que sí. Lo que yo le diga. La última vez que fui a visitarme de la vista, me pasó consulta un estudiante. En fin, eso a mí no me pareció bien. Allí pone Hospital Universitario. Y resulta que los alumnos visitan como si fueran médicos.
-¿Está seguro de eso?
-Mire. Le diré que el chico que me atendió, que podría ser mi nieto, me soltó una perorata diciendo que yo tenía cataratas. ¡¡¡Habráse visto el mequetrefe!!! ¡¡¡Si yo no he tenido nunca cataratas!!!

- Pero, cómo es usted. ¿No sabe que con la edad puede que tenga cataratas?
-¡¡Que no!! ¡¡Sabré yo lo que tengo!! Yo tengo degeneración macular húmeda, como mi amigo Fernando, que cuando lee le llora el ojo. Y a mí me pasa igual. Y me dijo que me iba a hacer una fotografía. ¿Y sabe que le dije?
-Pues no.
-Le dije que era un niñato y que a mí no me tomaba el pelo. Cogí la puerta y me largué. Se quedó patatieso. Ja ja ja. En fin. Por eso le digo, que alguien se ha debido chivar a mi médico de cabecera y ahora insiste en que vaya al oftalmólogo. Alguien me vigila. Se lo dije al practicante. Para que me levanten la camisa, no voy.
-Me parece que usted debe contentar mucho a los médicos.
-Pero si no saben nada. Son unos matasanos. Antes sí que salian buenos médicos de las universidades, ahora ya no es lo mismo.
-Claro, sr. Roberto, los tiempos cambian.
¿Que si cambian? Mira, hoy he querido ir al ambulatorio a confirmar los datos del practicante.
-¿Qué datos?
-Tensión, diabetes, peso, todo eso. Y el chico que siempre me atiende no estaba. ¿Sabes quién me ha atendido? Un paquistaní.
-Pero hombre, ¡¡qué más da!! Habrá hecho su trabajo, igual que otro. Eso es la globalización.
-Pues no me he quedado contento, sabes. Porque ellos cuentan diferente y los cálculos seguro que los hace equivocados. Así que me he ido a la farmacia, me he esperado sentado en una silla hasta que no hubiera nadie y le he pedido al farmacéutico que me tomara la tensión, la diabetes y me pesara, y me ha dicho que no lo podía hacer, que me lo hiciera yo o me fuera al ambulatorio. Eso en otra época no pasaba.
-Vaya, señor Roberto, lo noto muy decaído y pesimista. Va, que lo acompaño a dar un paseo. ¿Le apetece?
-Sí, sí. y de paso nos tomamos una cerveza y unos callos en el bar del Ramón.
- Pero ¿usted ya puede tomar eso?
-¿Cómo? Yo tomo lo que me apetece, estamos apañados si un medicucho me ha de decir a mí lo que puedo o no tomar.
-Bien, ja ja ja. Usted, genio y figura hasta la sepultura.
-¿Qué dice?
-Nada, nada, que está usted hecho un chaval.
-Ja ja ja, ¿sabes que eres muy simpática?
-Sí, sí, porque soy bibliotecaria y no médico, que si no ya veríamos.

domingo, 3 de mayo de 2009

Casualidades

MARIA GUILERA
Subí al autobús, que tenía el aire acondicionado funcionando a pesar de que los primeros días de mayo eran, todavía, bastante frescos. Sería que la gente se impacientaba por tener ya el verano a su disposición y la Compañía de Transportes Metropolitanos, siempre atenta a las exigencias del usuario, ponía de su parte lo que podía. Intenté abrigarme apretando los brazos alrededor de mi cuerpo que se helaba por momentos.
Miré a mí alrededor y, casualmente, vi a dos mujeres que estaban en la misma posición que yo. Magnífico. Empezaba a funcionar el Ejercicio de Alerta Ante las Casualidades que Paul Auster me había propuesto en su último libro de relatos. Era cierto, lo único indispensable para captar los detalles era la Atención Continuada y la Educación en la Receptividad. Llevaba unos días ensayando y con alegría empezaba a notar que, a los primeros resultados, casi ni tenidos en cuenta, se añadían otros y otros más con una continuidad excitante.
Bajé una parada antes de lo habitual: no resistía aquella temperatura polar y empezaba a dolerme la garganta.
Y, ¿qué había justo enfrente de aquella estación de autobús en lo que nunca antes había reparado? Una Farmacia. Pero no sólo eso, ¿qué anunciaba el inmenso rótulo del escaparate? Pastillas Valda, lo mejor para el dolor de garganta, un clásico que ya no hacía falta comprar en Andorra.
Por supuesto entré, segura de que el anuncio era premonitorio de alegrías casuales mucho mayores. Y sí, allí estaba el farmacéutico. Inspeccioné con detenimiento su rostro en busca de algún detalle familiar. Él me miraba interrogante y quizás algo extrañado por mi silencio. Mi mente estaba tan abierta e interesada ante la posibilidad de encontrar una nueva casualidad, que ni siquiera le dirigí la palabra.
–¿Está afónica? –me preguntó.
¡Dios mío! ¿Cómo era posible? Entre los cientos de posibilidades que podían haberme llevado allí, eligió la única cierta, la real.

Ni cefalea, ni mareos, ni estreñimiento, ni diarrea, ni insomnio, ni ansiedad, ni bajada de azúcar, ni colesterol elevado. Tampoco fiebre, vértigo, alergia, malestar general, contracción muscular, atonía primaveral, fatiga. No: yo había entrado allí ni tan siquiera por una afonía, sino por la posibilidad de padecerla dada mi natural tendencia. Y él lo sabía.
Sonreí al farmacéutico: -Afirmativo.
Salí con una caja de Lizipaína y otra de Bucometasana. Nunca se sabe. Y un par de cajitas de Valda en homenaje al Reclamo Subliminal.
Fui andando a casa y, sin saber exactamente por qué, pensé en mi vecino, el aspirante a actor, que estaba pendiente del resultado de un cásting. Me lo había comentado en el ascensor hacía unos días.
El colmo: al llegar, le encontré en el portal.
–¡Sí, sí, sí! Sabía que te encontraría -le dije.
-Qué suerte- me respondió.- He olvidado la llave.
-Si no llega a ser porque he bajado del autobús una parada antes, no coincidimos. Pero no me extraña.
-¿Por…?
-Tengo un poder- le contesté sinceramente-. Y es posible, casi seguro, que tú también lo tengas.
-¡Qué va!- me dijo algo desanimado.- Soy un normal.
-Eso es que no estás atento a lo que ocurre a tu alrededor. Tienes un potencial no desarrollado -le comuniqué mientras abría el buzón-. Está comprobado científicamente que el cerebro humano trabaja un millón, o incluso dos, por debajo de sus capacidades.
-¿Tanto? –se admiró mi vecino aspirante a actor.
-Sí, créeme. Sólo se trata de entrenarte en ver los pequeños detalles y buscar en ellos las respuestas. Por cierto -dije en una rápida asociación de ideas-, ¿has tenido respuesta a la prueba del otro día?
Mi vecino negó con la cabeza y cerró la puerta del ascensor. Empezó a ojear los sobres que había recogido cuando, de repente, observé con mi recién adquirida perspicacia, un cambio en su expresión.
-Carlitos, Carlitos, no me digas que…
-¡Sí! Es de la agencia… qué nervios… ¡No me atrevo a abrirla, no me atrevo!
-Tranquilo. Si quieres entro en tu casa y la leemos juntos. Y no te preocupes -le calmé con el aplomo que me daba mi previsión de acontecimientos-. Sólo pueden pasar dos cosas.
-Por favor, por favor. No sabes lo importante que es esto para mí.

Ya sentados en las sillitas de skay de su cocina, le tomé las manos y le miré a los ojos. Notaba algo nuevo en mi interior. Incluso mis gestos habían cambiado. Eran lentos, afectuosos, pero con un toque de autoridad. Era perfectamente consciente de la ascendencia que tenía sobre mi vecino aspirante a actor. Le miré enviándole toda la energía que podía transmitir. Energía positiva, naturalmente.
-Ábrela. No tengas miedo.
-¿De verdad?
-Como te he anunciado en el rellano –le dije suavemente - sólo pueden pasar dos cosas. Y las dos positivas. Si te aceptan, estarás en el primer estadio de tu carrera, en el inicio de tu trayectoria profesional. De lo contrario, tendrás la posibilidad de fortalecerte ante la adversidad. Algo que, como actor, va a serte muy necesario en adelante.

Rasgué el sobre, él no se atrevía. Saqué la carta y leí mental y rápidamente.
Le miré a los ojos. Su destino estaba en mis labios.
-Opción dos, cariño.
Le abracé y sentí en mi pecho la sacudida de un pequeño sollozo fruto de la nula resistencia al fracaso de mi vecino que yo ya había intuido anteriormente.

-Mira, Carlitos-le dije-, si te hubieran elegido te habrías ido de juerga a celebrarlo o estarías llamando por teléfono a medio mundo. En cambio, así, pasaremos la noche en mi casa hablando de temas interesantes y profundos. Tengo unas cervecitas y rollitos de primavera con salsa agridulce.
Todo tiene un porqué y nada es producto del azar, créeme.

Carlitos se sorbía los mocos y me causaba una ternura deliciosa.
Le cogí de la mano y le subí a mi piso.
Gracias, Paul Auster, pensé mientras tiraba la carta a la papelera del rellano.