sábado, 18 de abril de 2009

En defensa del amor

LOLA ENCINAS
Mi bagaje amoroso era bastante amplio y variopinto, no en vano venía practicando desde los diecisiete años.
He conocido a muchos hombres y a todos los he disfrutado con mayor o menor satisfacción.
Ninguno es igual a otro. Se parecen en algunas cosas pero siempre hay algo que los hace distintos.
Sentía curiosidad por observar sus comportamientos. Nada me complacía más que ver su confusión ante mis iniciativas y su pena cuando los despedía.
Me llamaron de todo y de muchas formas pero a mí me gustaba autodefinirme como una simple investigadora de amantes.
Aunque a estas alturas considero que he alcanzado, como mínimo, un doctorado.
Por eso, cuando conocí a Manolo, con sólo mirarle supe que era el hombre de mi vida. Lo pude corroborar cuando follamos por primera vez.
Era bello y salvaje como un animal. Nunca había conocido a nadie igual.

Me hacía traspasar la barrera que separa el dolor y el placer en un segundo.
Venció mi cuerpo y doblegó mi espíritu, se adueñó de todo.
Mi voluntad dejó de existir desde el primer día. Sólo él mandaba en mi vida y en mis actos.
Los dos éramos muy felices, hasta que apareció ella.
De nuevo bastó una mirada para que me diera cuenta del peligro. Él le había sonreído de forma especial y ella le había correspondido con descarada coquetería, ignorando mi presencia.
Aquella misma noche, después de amarnos hasta la extenuación, planeé la desaparición de la osada intrusa.
Todo salió como estaba previsto. Era domingo, celebración de San Antonio de Padua, patrón de los albañiles. La urbanización estaba desierta. Aproveché un momento en que me dio la espalda. Fue un golpe certero, no sufrió.
Mi destreza me permitió construir con rapidez un muro perfecto, digno de un avezado arquitecto.
Tuve un poco de compasión y le dejé las manos libres para que se las pudiera calentar cuando alguien encendiera la chimenea de aquella desangelada y solitaria mansión.
Anochecía cuando regresé a casa, al lado de mi amor.
Mi único y verdadero amor.

7 comentarios:

  1. Si se lo tomó tan a pecho, algo debía tener Manolo, jijiji. Excelente relato y mejor foto.

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  2. Imagino a San Antonio de Padua en su peana, agradeciendo sonriente los rezos a sus pupilos.
    Mientras, la encelada amante se estrena con una lapidación perfecta.
    Qué detalle el de las manos. Claro que para lo que podría rascar...

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  3. RAQUEL...
    Me ha encantado, hay pasión,sexo, violencia, ...
    La perfecta amantis.
    Construyamos el sexo perfecto.
    Crea a tu propio amante 10.0. Creeme, acabará siendo virtual y añorarás más si cabe aún a Manolo.
    Mmm..cosas de la "modernidad".
    Mi Manolo ya duerme conmigo...amo y deseo a la misma persona...Quim.
    Te quiero Lola, yo más!

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  4. ¡Menudo relato de novela negra!
    Desde pequeño que había leído cuentos en los que había emparedamientos, siempre me ha dado mucho repelús la posibilidad de acabar acolchando una pared.

    Está bien defender el amor y ser coherente con tus investigaciones doctorales, pero, contigo poca broma, amiga mía. ¡Darte la espalda tiene su peligro!

    Yo que soy un poco masón,me ha hecho gracia que invocaras a ese supuesto patrón de los albañiles.

    Relato muy imaginativo y ácido, marca de la casa, felicidades.

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  5. Con lo que cuesta encotrar un macho así, como para dejarlo escapar, normal la reacción de la protagonista, no podía hacer otra cosa.
    Muy bien llevado el relato, oncreto y directo,me encanta cuando te mueves en las distancias cortas.

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  6. Hola Lola, veo que no te estas con chicas. Lapidar a las robonas de novios, ja ja ja, buena salida de la prota. Muy Bueno. SALUDOS.

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  7. rectifico comentario anterior "chicas" por "Chiquitas"

    un saludo

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