lunes, 6 de abril de 2009

Garrapatas

MARC BALLESTER
Las garrapatas atacan por igual a todos los perros, desconocen el sacrosanto origen de sus dueños, de los canes de estirpe insigne, de lo oscuros que son los callejones. Son bichos asquerosos que aprovechan el calor para exhibirse gordos y orondos, oportunistas.
Hace poco, en televisión, coincidieron dos noticias sobre bichos tan diferentes como iguales.

Por una parte, un grupo de multimillonarios que sin vergüenza aparente mostraban lo ocioso de su tiempo, un lento transcurrir por los océanos a bordo de un transatlántico de lujo al que solo se puede acceder si se forma parte de una excluyente comunidad: los residentes. Todo está preparado para su uso y disfrute: casinos, salas de fiesta, biblioteca, restaurantes, tenis, pádel, golf y griferías que, de tanto como relucen, se podría afeitar uno en su reflejo.
Por otra parte, un grupo de pobres de diferentes nacionalidades, sin rumbo, sin posesiones, sin somier, ni agua corriente, que llegaron a los cuarteles de Sant Andreu y se instalaron en ellos tras haber atravesado océanos o cordilleras en el interior de un contenedor, tras una lona de camión, en patera o en avión, los más afortunados con un visado para tres meses.
Los viejos -qué casualidad que la mayoría de los residentes del barco fuesen tan mayores- estaban preocupados por realizar un curso que les enseñara a afrontar el estrés por ser tan ricos y a aceptarse a sí mismos con su condición de biennacidos, multimillonarios y accionistas de las cosas más variopintas.
En cambio los jóvenes -que se atrevieron a salir de casa empujados por un espejismo, azuzados por el hambre, los disparos y el miedo-, se debatían resignados contra un laberinto de leyes que no entendían porque les dolía la espalda de dormir en el suelo, les olía la ropa a podrido de tanto sudar sin jabón, estaban estreñidos por no comer fibra.
Qué estúpidos -pensarán algunos-, desconocen lo bueno de la dieta mediterránea, son flacos y morenos y seguro que se aprovechan. Pero aunque intento no verlos apagando la tele, el estómago me traiciona, y me gustaría aterrizar con un helicóptero en el lujoso barco y alojarlos a todos juntos, morenos y gordos, flacos y viejos, accionistas y miserables. Que al despertar hubiera un campamento sobre el hoyo siete, una fogata junto al green, la ropa tendida en la red de la pista de tenis. Y todos saciando su hambre en el bufé libre, y retozando en el jacuzzi.
Los poseedores, garrapatas de sangre y dinero, se afianzarían en sus dominios y declararían la guerra a los ácaros, esa guerra que ya empezaron paseando y proclamando su triunfo, su bienestar, sus cuerpos hinchados de sangre ajena.

3 comentarios:

  1. Tu cabreo frente a la injustícia social es proporcional a la magnitud de las diferencias.

    Qué bien lo dijiste, Marcos. Tal como lo sentías.

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  2. Me ha encantado. Se puede decir de otra manera, pero no mejor ni más claro. Viva tu imaginación que por un momento le da vacaciones de lujo al emigrante, algo impensable que sin embargo tu te atreviste a imaginar y contar. Gracias por la sacudida necesaria.

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  3. Quina visió tan madura de la vida la del Marcos! surten una pila de valors a cada lletra del relat, obra digna d'un gran autor com ell.

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