martes, 28 de abril de 2009

Extraterrestre

VICENÇ DEL HOYO
Sóc una extraterrestre. Visc dins del cos d’una dona casada amb dos fills: en Bruno i la Maria. El destí és juganer, es complau a oferir dificultats. El meu cos treballa en un hospital, pediatria infantil és l’especialitat que ostenta la porta del meu despatx. Éssers en construcció, tant a casa com a la feina. No sé de quin planeta vinc, crec que deu ser Vulcà, a jutjar pel foc que sento dins. Del que sí estic segura és que és molt llunyà. Tampoc sé com he vingut a parar a aquí. Fa sis mesos vaig descobrir la meva veritable procedència. Va ser una matinada. Després de tota una llarga guàrdia hospitalària, plena de quadres virals, galteres i algun fals diagnòstic de meningitis, vaig sortir a fumar a la terrassa que els metges fumadors tenim habilitada a la darrera planta de l’hospital. A trenc d’alba la ciutat encara dormia, la sentia mandrejar just abans de llevar-se. Una línia resplendent a l’horitzó, a les cruïlles cremava el verd o el vermell, bategava el silenci, el fum de la cigarreta s’enfilava i amb ell m’alliberava del frenesí laboral, vital. De sobte vaig descobrir que no era tota sola a la terrassa.
-No creus que no trobarem un escenari millor?
M’ho va preguntar l’Eduard, un traumatòleg amb qui havíem compartit moltes intervencions.
-Millor? Per a què?
L’Eduard se’m va acostar, em va posar el braç sobre les espatlles i em va dipositar un petó als llavis.

Després un altre i un altre. Eren petons petits, suaus i tous. Quan per fi els meus llavis es van estovar i es van obrir, ell va posar la punta de la llengua. Just en aquell instant vaig adonar-me que era extraterrestre. El que em passava en aquell moment res tenia a veure amb la vida que havia dut el meu cos els darrers trenta anys. Tot m’era estrany. Jo no era la que creia que era. Havia parasitat un cos. Un inexplicable i absurd cos que duia una vida que res tenia a veure amb mi. Aquell petó em va connectar amb vivències molt antigues, de la infantesa i de l’adolescència. Era un viatge pel temps i l’espai a un planeta molt llunyà. No recordava que un petó pogués provocar aquelles transgressores sensacions. Des dels catorze anys, quan en vaig donar i rebre el primer, no recordava haver experimentat res de semblant. Vint-i-set anys de matrimoni amb en Xavier no m’han ofert, ni tan sols, una llunyana oportunitat d’evocar l’eco del moment fundacional de l’amor. Sembla impossible que accions tan similars, com una fugissera carícia, un fugaç i senzill petó pugin evocar sensacions tan divergents.
Des del dia de la terrassa, m’he adonat que visc dins d’un cos que no és el meu. Aquest cos té una vida que no és la meva. Durant aquests mesos he viscut atemorida. No m’he atrevit a fer res per tal de no delatar-me. Tenia por que no descobrissin que no sóc ella. Ni el Bruno ni la Maria poden adonar-se. Massa entretinguts amb les seves coses, les classes, els extraescolars, els amics. Però la Maria és la més observadora.
-Què fas llegint el diari, mare?
Se n’adona que la mare d’abans mai tenia per costum asseure’s i llegir.
-Què té d’estrany? No tinc dret a estar informada?-Em defenso.
Però és que amb el diari a les mans, asseguda al sofà, és com connecto amb el meu planeta. El diari és l’excusa per seure. Les notícies ni les veig. Tanco els ulls dissimuladament i deixo que brolli tot el lligam que tinc amb les antigues sensacions .
Sospito que algun dia hauré de prendre una resolució. Un dissabte duré els nens amb la mare del meu cos, i sortirem a sopar amb en Xavier. Li revelaré la meva condició d’extraterrestre. I espero que, malgrat les limitacions dels terrícoles, sigui capaç de comprendre les inabastables aspiracions dels que provenim de llunyanes estrelles.

jueves, 23 de abril de 2009

Chicles

VICENTE APARICIO
Maite y yo hemos ido hoy al cine. Habíamos quedado en la plaza Universidad. Mientras caminábamos por la ronda de Sant Antoni, nos hemos besado. Nos queremos. Maite sabía a fresa, a chicle de fresa.
Esa es la razón por la que me he acordado de Cristina.
Cristina me contó algo una vez. Dijo que era importante para ella. No sé dónde debíamos de estar, pero recuerdo perfectamente que sacó del bolso un paquete de chicles de fresa y se metió uno de ellos en la boca. Entonces le vino a la memoria, supongo, y me lo explicó.
Ella y su chico iban en el coche. Cristina conducía. Tenían uno de esos días tontos en que lo más probable es discutir. Era fin de semana y él estaba a su lado en silencio, ofendido, con la vista fija adelante, más allá del cristal. Ella tampoco decía nada. Conducía y mascaba chicle, un chicle de fresa. No solían discutir. Sus peleas no duraban. Quiso pedirle perdón sin saber muy bien por qué, por poner de su parte, quizás, pero se tropezó con una mirada dura, demasiado hostil. Se despistó un momento, el tiempo justo para que ocurriera. -Ten cuidado, ¿es que no lo estás viendo? Cristina dio un frenazo brusco, insuficiente para impedir el golpe. Un hombre cayó al suelo. -Tú eres imbécil.

Se quedó mirando a aquel hombre a través del cristal, sin poder reaccionar, moviendo las mandíbulas. Él ya había salido del coche. -¿Te vas a quedar ahí como una lela? Ayudaron a aquel hombre a levantarse. Se marchó sin poner problemas. No había sido nada. Solo el susto. -Estarás contenta. Por primera vez, gritó: -¡Y tira de una vez el maldito chicle! Normalmente él no era así. Dentro del coche, más calmado, le pidió disculpas. -Lo siento, cariño, no te enfades. No te lo vas a creer, pero la culpa la tiene el chicle. -¡¡¡El chicle!!! ¿Estás de coña? -Odio los chicles, ese olor dulzón se me mete... -se señaló las sienes-, es superior a mí, no puedo soportarlo. - Maravilloso: el ‘señor’ odia los chicles. ¡Primera noticia! Cinco meses juntos y ahora... ¡ahora la culpa la tienen los chicles! Se sacó el suyo de la boca y lo tiró al suelo por la ventanilla, desafiante. -Madura, chaval. Madura. Aparcaron. La acompañó a casa. No hablaron, ni se dieron la mano. Aquel día todo cambió, me dijo Cristina. Aún estuvieron juntos unas cuantas semanas, pero algo se había roto.
Todo esto me lo contó Cristina hace un par de años. Me gustaba Cristina. Me volvía loco en aquella época, pero ella nunca quiso nada conmigo, ni siquiera cuando lo dejaron. Éramos buenos amigos, hablábamos mucho, nos contábamos cosas importantes. Y ya está.
A Maite y a mí nos ha encantado la película. Hablaba de una pareja que ve como poco a poco sus sueños se esfuman. El amor se acaba y se transforma en silencios, en peleas, en desprecios. Lo clásico. Mientras estaba en el cine me he vuelto a acordar de Cristina. La vida, por suerte, no es tan intensa como las películas. No se junta todo en hora y media. La vida siempre continúa. Las cosas pasan, y luego vienen otras.
Cristina no me quería. Una verdadera lástima. Nunca la besé y ahora ya nunca podré hacerlo, porque Cristina ya no está. La vida te enseña cosas.
Ahora quiero a Maite, mucho, y sé que nuestro amor se calmará con el tiempo, y que será un poco más aburrido, pero también estoy seguro de que no se estropeará nunca. Sí, estoy convencido. Así es como lo sentía hoy al volver del cine, caminando junto a ella por la ronda de Sant Antoni, cuando ha sacado del bolso su paquete de chicles..
Le he apretado la mano, reclamando su atención, y ella ha entendido que quería que se parase junto a la pared. Nos hemos dado otro beso.
Los chicles saben muy bien al principio. Da gusto masticarlos. Están frescos, limpios... Después se vuelven insípidos y cansan, como si fueran bolas de carne.
El aliento de Maite era una provocación y no he podido contenerme. He buscado con mi lengua el chicle y lo he traído de su boca a la mía. En un principio no era esa mi intención, pero me lo he tragado. Me lo he tragado a propósito y lo he notado bajar por mi garganta. Entonces ella me ha ofrecido su lengua con un descaro al que no estoy acostumbrado. En plena calle, como si no nos mirara nadie. Sabía a fresa. Ácida, lasciva. Mía. Algo parecido a la felicidad. Una cosa tan simple.

sábado, 18 de abril de 2009

En defensa del amor

LOLA ENCINAS
Mi bagaje amoroso era bastante amplio y variopinto, no en vano venía practicando desde los diecisiete años.
He conocido a muchos hombres y a todos los he disfrutado con mayor o menor satisfacción.
Ninguno es igual a otro. Se parecen en algunas cosas pero siempre hay algo que los hace distintos.
Sentía curiosidad por observar sus comportamientos. Nada me complacía más que ver su confusión ante mis iniciativas y su pena cuando los despedía.
Me llamaron de todo y de muchas formas pero a mí me gustaba autodefinirme como una simple investigadora de amantes.
Aunque a estas alturas considero que he alcanzado, como mínimo, un doctorado.
Por eso, cuando conocí a Manolo, con sólo mirarle supe que era el hombre de mi vida. Lo pude corroborar cuando follamos por primera vez.
Era bello y salvaje como un animal. Nunca había conocido a nadie igual.

Me hacía traspasar la barrera que separa el dolor y el placer en un segundo.
Venció mi cuerpo y doblegó mi espíritu, se adueñó de todo.
Mi voluntad dejó de existir desde el primer día. Sólo él mandaba en mi vida y en mis actos.
Los dos éramos muy felices, hasta que apareció ella.
De nuevo bastó una mirada para que me diera cuenta del peligro. Él le había sonreído de forma especial y ella le había correspondido con descarada coquetería, ignorando mi presencia.
Aquella misma noche, después de amarnos hasta la extenuación, planeé la desaparición de la osada intrusa.
Todo salió como estaba previsto. Era domingo, celebración de San Antonio de Padua, patrón de los albañiles. La urbanización estaba desierta. Aproveché un momento en que me dio la espalda. Fue un golpe certero, no sufrió.
Mi destreza me permitió construir con rapidez un muro perfecto, digno de un avezado arquitecto.
Tuve un poco de compasión y le dejé las manos libres para que se las pudiera calentar cuando alguien encendiera la chimenea de aquella desangelada y solitaria mansión.
Anochecía cuando regresé a casa, al lado de mi amor.
Mi único y verdadero amor.

domingo, 12 de abril de 2009

Podía escoger

ROSANA ROMÁN
Podía escoger. Eso me dijeron. Y en aquel momento ese privilegio se convirtió en desasosiego.
Después de seguir la Ley durante Eras, de habitar docenas de galaxias y de asimilar el aprendizaje que mi Esencia acordaba en cada nueva oportunidad, ahora, por fin, podía escoger.

Pensé entonces que no hay nada más fácil que seguir la Norma, dejarse llevar por la inercia de los acontecimientos y aceptar propuestas. «Todo es evolución», me repetía a mí misma cuando las cosas se ponían difíciles: «Todo es evolución». Bajo ese lema maté y morí incontables veces, abandoné y me abandonaron, me traicionaron, negaron e ignoraron repetidamente, aunque el vacío nunca parecía suficiente. Bajo ese lema acepté mi destino y eficazmente lo llevé a término.
Pero ahora podía escoger, me dijeron, y, durante los siete días que duró mi reflexión, me despertaba con la garganta atenazada, gritando para liberarme en el oscuro silencio del cosmos que sólo devolvía mi eco. Seguía asustándome el eterno vacío del Todo.
El tribunal se reunió de nuevo a mi alrededor. Mi aspecto debía ser deplorable, a juzgar por la infinita compasión de sus miradas.
-Pensábamos que habías alcanzado la Fuente y que por fin te quedarías en Casa -dijeron con solemnidad-, pero ahora lo dudamos. ¿Tienes algo que decir?
Yo no pude dar una respuesta. Había escogido no escoger, aunque me engañaba, pues, en realidad, callando había hecho ya una elección. Como otras veces, escuché en mi interior la insistente voz que siempre truncaba el ansiado descanso en el momento más inoportuno. Era una voz lejana pero tenaz, y preguntaba, siempre preguntaba lo mismo: ¿Y quién quiere perfección?
Y de nuevo se impuso el Ciclo.

lunes, 6 de abril de 2009

Garrapatas

MARC BALLESTER
Las garrapatas atacan por igual a todos los perros, desconocen el sacrosanto origen de sus dueños, de los canes de estirpe insigne, de lo oscuros que son los callejones. Son bichos asquerosos que aprovechan el calor para exhibirse gordos y orondos, oportunistas.
Hace poco, en televisión, coincidieron dos noticias sobre bichos tan diferentes como iguales.

Por una parte, un grupo de multimillonarios que sin vergüenza aparente mostraban lo ocioso de su tiempo, un lento transcurrir por los océanos a bordo de un transatlántico de lujo al que solo se puede acceder si se forma parte de una excluyente comunidad: los residentes. Todo está preparado para su uso y disfrute: casinos, salas de fiesta, biblioteca, restaurantes, tenis, pádel, golf y griferías que, de tanto como relucen, se podría afeitar uno en su reflejo.
Por otra parte, un grupo de pobres de diferentes nacionalidades, sin rumbo, sin posesiones, sin somier, ni agua corriente, que llegaron a los cuarteles de Sant Andreu y se instalaron en ellos tras haber atravesado océanos o cordilleras en el interior de un contenedor, tras una lona de camión, en patera o en avión, los más afortunados con un visado para tres meses.
Los viejos -qué casualidad que la mayoría de los residentes del barco fuesen tan mayores- estaban preocupados por realizar un curso que les enseñara a afrontar el estrés por ser tan ricos y a aceptarse a sí mismos con su condición de biennacidos, multimillonarios y accionistas de las cosas más variopintas.
En cambio los jóvenes -que se atrevieron a salir de casa empujados por un espejismo, azuzados por el hambre, los disparos y el miedo-, se debatían resignados contra un laberinto de leyes que no entendían porque les dolía la espalda de dormir en el suelo, les olía la ropa a podrido de tanto sudar sin jabón, estaban estreñidos por no comer fibra.
Qué estúpidos -pensarán algunos-, desconocen lo bueno de la dieta mediterránea, son flacos y morenos y seguro que se aprovechan. Pero aunque intento no verlos apagando la tele, el estómago me traiciona, y me gustaría aterrizar con un helicóptero en el lujoso barco y alojarlos a todos juntos, morenos y gordos, flacos y viejos, accionistas y miserables. Que al despertar hubiera un campamento sobre el hoyo siete, una fogata junto al green, la ropa tendida en la red de la pista de tenis. Y todos saciando su hambre en el bufé libre, y retozando en el jacuzzi.
Los poseedores, garrapatas de sangre y dinero, se afianzarían en sus dominios y declararían la guerra a los ácaros, esa guerra que ya empezaron paseando y proclamando su triunfo, su bienestar, sus cuerpos hinchados de sangre ajena.