lunes, 2 de marzo de 2009

La pelea

LOLA ENCINAS
No me arrepentía de haber sido tan drástica al apearme, pero si he de ser sincera, a medida que pasaba el tiempo me replanteaba mi impetuosa reacción.
Los dos pilotos rojos se iban perdiendo en la oscuridad.
Una rabia impotente se mezclaba con mis lágrimas, las mejillas me ardían a pesar del frío existente. Mis dientes empezaron a castañetear involuntariamente.
Tal vez mi estado físico y anímico pudo desencadenar la discusión con Carlos, aunque eso no le eximía de su comportamiento egoísta. No me encontraba bien, estaba convaleciente de una faringitis aguda, que se había agravado nada más llegar. Gracias a la medicación la fiebre había desaparecido pero la afonía persistía.
La situación era bastante surrealista: me encontraba en un país extranjero, en una desértica carretera rural, con los pies helados y doloridos. Me senté con resignación en un mojón que marcaba el km. 38 con la mirada fija en el punto por donde había desaparecido el coche, esperando su pronto regreso.

Perdí la noción del tiempo, tal vez pasó una media hora o quizás más, el caso es la espera, me pareció eterna. Por fin los deseados faros aparecieron en el horizonte.
Me puse en medio del camino, de espaldas y con los brazos cruzados. Era la demostración gráfica de que mi cabreo inicial se había ido acrecentando. Mentalmente repasaba los reproches y palabras con que le iba a regalar los oídos, ya que debido a mi afección era imposible gritarle.
Noté pararse el motor y sus faros proyectaron mi figura sobre el asfalto, no giré la cabeza.
De pronto, dos pares de manos se aferraron fuertemente a mis brazos y me elevaron varios centímetros del suelo. Miré incrédula a los extraños, eran dos fornidos hombres vestidos de blanco que, indiferentes a mis ahogados gritos y protestas, me introdujeron con rapidez en la ambulancia..
Cruzaron varias frases entre sí, en un idioma desconocido. Uno de ellos se puso al volante, el otro apretó las correas que sujetaban mi cuerpo a la camilla y acto seguido descargó en mis venas una jeringa.
Mis párpados se volvieron de plomo, los efectos del hipotético tranquilizante empezaban a hacer efecto, mis agitaciones por desasirme de las ataduras cada vez eran más débiles. En un postrer intento antes de la derrota, giré mi cabeza hacia el cristal biselado y vi cruzar el coche de Carlos, que volvía para recogerme.
Llegaba demasiado tarde...
Empecé a llorar desesperadamente. Volví a mirar por el cristal. Entre los arbustos descubrí agazapada a una joven mujer, de rubia y larga melena como la mía, vestida de blanco como yo. El odio y el horror estaban impresos en su mirada, de nuevo otra coincidencia.
Antes de que mis ojos se cerraran, un luminoso letrero se grabó en mis retinas. No hacía falta traducción, se entendía perfectamente: era el final del trayecto, mi destino, SANATORIO MENTAL.

6 comentarios:

  1. Original como los maestros, inquietante como tus escritos, me gusta como ligas todos los elemenos. El cuento es bueno y se que lo veré publicado algún día.
    Pobre muchacha, sobre todo por lo de la faringitis aguda, eso de no poder hablar nos mata,por lo menos a ti y a mi. Besos.

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  2. Qué miedo, qué miedo, qué miedo da la locura (de los demás).
    En la última promoción de alumnos de Edgar A. Poe, te dieron Matrícula, no?

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  3. ¿Quién puede decir de la locura otra cosa que no sea "la diferencia"?
    ¿Dónde empieza?
    ¿Qué la distingue, sin ambigüedades ni contradicciones, de la cordura?
    Creo que has descrito muy bien el tránsito por esa difuminada línea, sobre la que tantos circulan, acaso sin saberlo, en ambas direcciones.

    Una altra cabra.

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  4. Bien estructurado; entras a saco en el tema sin ambages ni florituras, con ello se consigue el inmediato interés del lector. Luego explicas someramente las circunstancias del personaje, indispensables para hacernos a la idea del alcance de su situación. Finalmente cierras el relato.

    La historia tiene sin duda el aire enérgico e imperativo que sueles dotar a tus personajes. Es este caso su misma rigidez y seguridad en si mismos hace que la protagonista peque de prepotencia o de candidez, por no decir de osadía. En un país desconocido, quedarse a solas en una carretera en medio de la nada, para luego dar la espalda a las luces de un coche, sin ni siquiera averiguar se era el del compañero, ... ole con sus cataplines. La historia misma la castiga. La penitencia queda acorde al pecado.

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  5. (sorry; se cortó)

    En resumen una historia bien estructurada, perfectamente creíble, personajes muy reales y plausible en su conjunto. Gusta, a pesar del final un poco ácido, del tipo al que gusta presentar a la autora.

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  6. Hola!
    Soy estudiante de Diseño y nos han pedido que realizemos una fotohistoria corta, crees que sea posible basarme en tu relato? es en verdad muy bueno!
    Por supuesto que te daría los créditos debidos y las gracias infinitiamente...

    Claudia

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