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Mostrando entradas de marzo, 2009

Una tarde de domingo (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓMis abuelos vivían en una casa de planta baja. Tenía cinco habitaciones repartidas a los lados de un pasillo largo que terminaba en un patio. Un porche seguido de dos árboles, y después el camino estrecho que llevaba a las gallinas y al huerto. Había también unas escaleras por las que se subía a la azotea, donde mi abuela tendía la ropa.
Muy cerca de la casa, en la misma calle, estaba la fabrica de levadura donde mi abuelo trabajó hasta jubilarse. De allí salía levadura prensada en paquetes, que se distribuían a panaderías de toda la península.
En la fabrica vivía permanentemente un matrimonio, amigos de mis abuelos que hacían la función de conserjes de la empresa.
Los domingos nos dejaban, a mi hermano y a mí, circular con nuestras bicicletas por las calles de la fabrica, que estaban vacías de camiones y personal. Sólo quedaban algunos trabajadores a quienes, por turno, les tocaba estar de guardia.
Recorríamos kilómetros de asfalto bien pulimentado, carreras s…

El padrino (MG)

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MARIA GUILERA
Tú lo sabías desde el día en que me viste entrar por esa puerta.
Lo sabías. A las cuatro palabras que cambiamos te diste cuenta de quién era yo. De que tenía más gracia que tu hija, de que sabría tratar con los clientes mejor que tu mujer.
Y a la semana ya habías comprobado que hacía las cuentas más deprisa que tu yerno, el que se pasa las horas en el ordenador y parece que hace y no pega sello.
Pero claro, cómo le iba a pasar la mano por la cara a toda la familia yo, la pariente pobre, la que llegaba del pueblo con una mano delante y otra detrás. La espabilada que se había sacado la formación profesional en lugar de quedarse a cuidar de las cabras, en lugar de seguir con el negocio de los quesos. Lo de negocio es un decir, que con lo de la Comunidad Europea nos fastidiaron bien.
Te hice caso, tonta de mí. Me creí que con vosotros iba a progresar, a labrarme un porvenir, que decían mis pabres, los inocentes.
Vaya cómo te admiraban.
Tu padrino, ese sí que sabe. Se fue con…

La dorment bella (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
Al bell mig del bosc una mitja dotzena d’éssers diminuts ploren desconsoladament en silenci. Rodegen un taüt blanc que conté una donzella. És d’una bellesa tan extraordinària que avergonyeig mirar-la de fit a fit. És d’una puresa massa elevada per ser mirada pels nostres ulls plebeus. La llarga i recollida cabellera d’or espurneja sota els raigs d’un sol de mitja tarda, el delicat dibuix dels llavis, no del tot tancats, ensenya unes blanques dents a joc amb una sedosa pell de neu. Una pau profunda i desassossegadora embolcalla el grup.
Pel caminoi d’atapeïda herba que duu fins a la cleda del bosc cavalca un cavaller. Quan hi arriba descavalca del cavall acompanyat del dringar metàl·lic d’armes i armadures. El petit cercle s’obre per deixar-lo passar. Ningú diu res. No calen les paraules. El cavaller no pot contenir-se davant de tanta bellesa malaguanyada. S’ajup i li dona un petó cast. Després la mira, com donant el darrer adéu. I quan ja està punt d’enfilar-se al cava…

Principio y fin (VA)

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VICENTE APARICIO
Un hombre escribió un cuento. Alzó la vista y, sentado como estaba a un pequeño escritorio de madera en aquella humilde habitación donde se alojaba, a través de la ventana vio la esquina del mar. Arrancó del bloc la hoja que acababa de llenar de palabras y la depositó con cuidado sobre una bandeja.
No durmió bien aquella noche. Al día siguiente el hombre reescribió el cuento. Su espíritu exaltado por la majestuosa luz de la mañana brilló de inspiración durante horas. El esfuerzo realizado fructificó en un nuevo texto, en el que tres, cuatro, como máximo cinco o seis estudiadísimas variaciones aportaron por fin a la historia los matices que ésta parecía reclamar. Sonrió satisfecho, miró por la ventana y puso el nuevo escrito, casi idéntico pero distinto, al lado del anterior.

A la mañana siguiente, el hombre escribió el cuento una vez más. Cuando dio por concluida su tarea, concretada tras muchas cavilaciones en media docena de cambios casi imperceptibles, volvió a deja…

La pelea (LE)

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LOLA ENCINAS
No me arrepentía de haber sido tan drástica al apearme, pero si he de ser sincera, a medida que pasaba el tiempo me replanteaba mi impetuosa reacción.
Los dos pilotos rojos se iban perdiendo en la oscuridad.
Una rabia impotente se mezclaba con mis lágrimas, las mejillas me ardían a pesar del frío existente. Mis dientes empezaron a castañetear involuntariamente.
Tal vez mi estado físico y anímico pudo desencadenar la discusión con Carlos, aunque eso no le eximía de su comportamiento egoísta. No me encontraba bien, estaba convaleciente de una faringitis aguda, que se había agravado nada más llegar. Gracias a la medicación la fiebre había desaparecido pero la afonía persistía.
La situación era bastante surrealista: me encontraba en un país extranjero, en una desértica carretera rural, con los pies helados y doloridos. Me senté con resignación en un mojón que marcaba el km. 38 con la mirada fija en el punto por donde había desaparecido el coche, esperando su pronto regreso.

P…