lunes, 30 de marzo de 2009

Una tarde de domingo

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Mis abuelos vivían en una casa de planta baja. Tenía cinco habitaciones repartidas a los lados de un pasillo largo que terminaba en un patio. Un porche seguido de dos árboles, y después el camino estrecho que llevaba a las gallinas y al huerto. Había también unas escaleras por las que se subía a la azotea, donde mi abuela tendía la ropa.
Muy cerca de la casa, en la misma calle, estaba la fabrica de levadura donde mi abuelo trabajó hasta jubilarse. De allí salía levadura prensada en paquetes, que se distribuían a panaderías de toda la península.
En la fabrica vivía permanentemente un matrimonio, amigos de mis abuelos que hacían la función de conserjes de la empresa.
Los domingos nos dejaban, a mi hermano y a mí, circular con nuestras bicicletas por las calles de la fabrica, que estaban vacías de camiones y personal. Sólo quedaban algunos trabajadores a quienes, por turno, les tocaba estar de guardia.
Recorríamos kilómetros de asfalto bien pulimentado, carreras sin obstáculos en las que podíamos ir a toda la velocidad que nuestras fuerzas nos permitían.

Detrás de la nave industrial había un pozo de agua y un depósito de agua muy grande elevado sobre un soporte metálico. En el proceso de fermentación industrial se precisaba mucha agua. Y esa era la explicación del bidón gigante.
Pegada al depósito ascendía una escalera estrecha para un adulto, pero a la medida del pie de dos niños como nosotros, de cuatro y seis años.
Siempre nos había llamado la atención saber qué se cocía allí arriba.

Un día encontramos abierta la puerta de hierro por la que se accedía al interior de la nave industrial. Había varios obreros. Tal vez se tenía que doblar la producción e hizo falta que ese domingo se trabajara. La chimenea humeaba un humo denso y blanquecino que olía a algo avinagrado, recuerdo el olor muy intenso.
Mi hermano y yo decidimos que ese era el día para encaramarnos al bidón cisterna y subir las escaleras.
Al llegar arriba descubrimos una vista fantástica . Se podía ver el mar y el campanario de la iglesia. Nos pusimos la mano en la frente haciéndonos de visera e imitando el gesto de piratas y descubridores.
Con las manos improvisábamos un catalejo o unos prismáticos. Y fue con los prismáticos con lo que vimos algo extraordinario. Nos quedamos asombrados al ver nuestra primera cigüeña.
Había construido el nido en la cúpula de la nave industrial, enfrente de donde nosotros nos encontrábamos
Fue un gran descubrimiento para nosotros y un orgullo que un pájaro enorme anidara en la fábrica donde pasábamos tantas tardes de domingo.
Bajamos con rapidez del depósito y eufóricos cogimos las bicicletas del suelo y pedaleamos muy fuerte hasta llegar a casa de los abuelos.

Nuestras caras nos delataron. La noticia de la cigüeña contada por nosotros tuvo como resultado que mi madre llamara a los bomberos, quienes bajaron al animal dándole un cobijo más adecuado.
No nos libramos de la reprimenda por haber subido donde no debíamos, pero eso pasó como si nada. Lo importante fue nuestro descubrimiento.

lunes, 23 de marzo de 2009

El padrino

MARIA GUILERA
Tú lo sabías desde el día en que me viste entrar por esa puerta.
Lo sabías. A las cuatro palabras que cambiamos te diste cuenta de quién era yo. De que tenía más gracia que tu hija, de que sabría tratar con los clientes mejor que tu mujer.
Y a la semana ya habías comprobado que hacía las cuentas más deprisa que tu yerno, el que se pasa las horas en el ordenador y parece que hace y no pega sello.
Pero claro, cómo le iba a pasar la mano por la cara a toda la familia yo, la pariente pobre, la que llegaba del pueblo con una mano delante y otra detrás. La espabilada que se había sacado la formación profesional en lugar de quedarse a cuidar de las cabras, en lugar de seguir con el negocio de los quesos. Lo de negocio es un decir, que con lo de la Comunidad Europea nos fastidiaron bien.
Te hice caso, tonta de mí. Me creí que con vosotros iba a progresar, a labrarme un porvenir, que decían mis pabres, los inocentes.
Vaya cómo te admiraban.
Tu padrino, ese sí que sabe. Se fue con los catalanes, hija, que de las piedras hacen panes. Y aquí quedamos nosotros, con la casa y el rebaño, que parecía lo seguro. Y mírale a él, el que se fue a la aventura, vaya restorán que tiene, de señoritos.

Y aquí me tienes, detrás de la barra con la cafetera y los vermús, un mes tras otro, guiñándome tú el ojo de vez en cuando para que esté contenta, para que crea que te tengo de mi lado, que el día menos pensado me vas a quitar el delantal y el gorrito y me darás el lugar que me toca, el de chef, que para eso estudié por correspondencia y estuve de prácticas, trabajando sin cobrar durante un año, que se dice pronto, un año, sí señor.
Y encima agradeciendo, que no a todo el mundo le dejan pasearse entre los fogones del Azurmendi, ni mirar de cerca al maestro, ni apuntarse las recetas de tapadillo, ni bajar a las bodegas con la sommelier, lo más estirado que ha parido madre. Pero saber de vinos sabía, eso se lo reconozco.
Y todo para qué.

Me dijiste en el funeral de mi padre que eras mi padrino, que me dejara ya de estrellas Michelin y me fuera contigo a Barcelona, que allí estaba el negocio de la familia y yo era tu sobrina, sangre de tu sangre.
Qué hacía yo sola en el norte, con la de atentados que hay.
Tu tía siempre sufriendo cuando los echan por la televisión, me decías. Tu tía y yo te mentamos más de una vez, el día menos pensado le alcanza una bomba de los de la eta.
Los de la eta, los de la eta. Si allí estaba yo mejor que ni sé.
Pero para qué me quieres, a ver, si no me sacas provecho.
Calzonazos, eso es lo que eres, que no te atreves a ponerlos sobre la mesa y decirle a la pava de tu hija que tome modelo de mí, que ya les digo a los clientes sisplau, pamtomaca i caprofiti, y ella ni media palabra y lleva aquí seis años.
Calzonazos, que no te sabes imponer ni cantarle las cuarenta a tu mujer, que la mata la envidia de no haber parido una chavalita apañada como yo. Con los que os habéis gastado en la prima y qué poco le aprovecha. Si me hubiérais mandado a mí a Francia por estas que te hacía maravillas. Suflés y lo que me echaran, faltaría más.

Sabes lo que te digo, que hasta aquí hemos llegado. Que me ha dicho la María de Cal Mingo que cuando quiera en su fonda tengo un sitio. Que no sabe por qué os aguanto.
Pues allá que me voy, que ni falta me hace a mí la sangre de mi sangre. Me cambio, vaya que sí. A la esquina de enfrente, a la competencia.
Así mismo te lo diré, si no mañana, pasado, pero de esta semana no pasa.
Pues vaya padrino me cayó en suerte, más me valiera que me hubiera llevado a cristianar un gitano.

lunes, 16 de marzo de 2009

La dorment bella

VICENÇ DEL HOYO
Al bell mig del bosc una mitja dotzena d’éssers diminuts ploren desconsoladament en silenci. Rodegen un taüt blanc que conté una donzella. És d’una bellesa tan extraordinària que avergonyeig mirar-la de fit a fit. És d’una puresa massa elevada per ser mirada pels nostres ulls plebeus. La llarga i recollida cabellera d’or espurneja sota els raigs d’un sol de mitja tarda, el delicat dibuix dels llavis, no del tot tancats, ensenya unes blanques dents a joc amb una sedosa pell de neu. Una pau profunda i desassossegadora embolcalla el grup.
Pel caminoi d’atapeïda herba que duu fins a la cleda del bosc cavalca un cavaller. Quan hi arriba descavalca del cavall acompanyat del dringar metàl·lic d’armes i armadures. El petit cercle s’obre per deixar-lo passar. Ningú diu res. No calen les paraules. El cavaller no pot contenir-se davant de tanta bellesa malaguanyada. S’ajup i li dona un petó cast. Després la mira, com donant el darrer adéu. I quan ja està punt d’enfilar-se al cavall, veu com les parpelles es mouen agitadament, i finalment s’obren els ulls. Un desconcert es dibuixa a totes les cares.

-Qui ha estat l’imbècil que ha gosat petonejar-me?
-Perdoneu, bella donzella, he pensat que ja havíeu fet el traspàs i...
-Però, tu d’on carai surts?
-Passava per aquí i no me n’he pogut estar al sentir-me commogut per l’escena.
-Però de què estàs parlant? Commogut! Ets tan estúpid com per a que et commogui la visió d’una dona dormint? No has pensat que molestaves?
-No sé què respondre, adorable donzella, tanta bellesa ha colpit el meu cor i ha fet brollar unes gotes d’amor pur i desinteressat.
-Seràs imbècil! L’amor és una secció de ventes dins dels grans magatzems. Amor, amor, ... pobre babau! De quin conte de fades surts? No te n’adones que Amor és una marca de profilàctics?
-No sé què respondre, estic astorat.
-Malparit! M’has despertat! No pots imaginar el que m’ha costat adormir-me. Vull dormir, el meu cutis ho necessita. Almenys he de dormir setze hores diàries. He de dormir, dormir, ... i no puc estar per punyeteres visions d’un carallot.
-Demana, adorable princesa, allò que pugui compensar els perjudicis que t’hagi causat, i seràs compensada.
-Ja que tu ho proposes, t’ho demanaré: necessito unes píndoles per dormir. Les Orfidal poden servir.
El cavaller, un cop enfilat a dalt del seu cavall, el fa girar buscant el camí que el durà a la ciutat. Lleuger se’n va a la més propera farmàcia de guàrdia.

lunes, 9 de marzo de 2009

Principio y fin

VICENTE APARICIO
Un hombre escribió un cuento. Alzó la vista y, sentado como estaba a un pequeño escritorio de madera en aquella humilde habitación donde se alojaba, a través de la ventana vio la esquina del mar. Arrancó del bloc la hoja que acababa de llenar de palabras y la depositó con cuidado sobre una bandeja.
No durmió bien aquella noche. Al día siguiente el hombre reescribió el cuento. Su espíritu exaltado por la majestuosa luz de la mañana brilló de inspiración durante horas. El esfuerzo realizado fructificó en un nuevo texto, en el que tres, cuatro, como máximo cinco o seis estudiadísimas variaciones aportaron por fin a la historia los matices que ésta parecía reclamar. Sonrió satisfecho, miró por la ventana y puso el nuevo escrito, casi idéntico pero distinto, al lado del anterior.

A la mañana siguiente, el hombre escribió el cuento una vez más. Cuando dio por concluida su tarea, concretada tras muchas cavilaciones en media docena de cambios casi imperceptibles, volvió a dejar que su vista se perdiera en la esquina del mar, y una hoja del bloc fue nuevamente arrancada.
Así ocurrió durante días, meses, años.
El primer bloc fue reemplazado por uno nuevo, las hojas sueltas fueron pasando meticulosamente de la bandeja a una carpeta marrón. Y las carpetas fueron rellenando sin prisa primero un cajón, más tarde estanterías completas.
El insomnio se convirtió en el fiel compañero de aquel hombre que vivía en una humilde pensión desde cuya ventana se veía una esquina del mar.
Una mañana, a la hora en que el primer rayo de luz atravesaba oblicuamente la habitación y devolvía a la vida el pequeño escritorio de madera, los estantes alineados de carpetas, la estancia entera... el hombre permaneció quieto en su camastro.
Cuando el casero despertó, el hombre todavía estaba allí.
En la ambulancia llegaron un médico y un crítico literario.
El médico se hizo cargo de la situación con diligencia profesional, tomó el pulso del hombre y dijo circunspectamente: «Un hombre ha muerto. Descanse en paz.».
El crítico literario se interesó, más que por el desventurado cadáver, por una hoja escrita que descansaba sobre una bandeja, en el escritorio. La leyó con suma atención y dijo: «Ajajá.». Guiado por un certero olfato, se aplicó a continuación a la tarea de inspeccionar la colección de carpetas marrones. Sacó papeles, examinó meticulosamente el devenir serpenteante de aquellos textos, se dibujó en su rostro el rubor mal disimulado de la emoción. No le fue difícil llegar, por fin, hasta el primer cuento, aquel que una lejana mañana, tantos años atrás, había dado comienzo a la serie. El crítico leyó ahora ese amarillento relato, con el mismo concentrado detenimiento, y tan pronto hubo finalizado la lectura, no pudo dejar de exclamar: «¡He encontrado un tesoro, una obra maestra!». Admirado y excitado, aún cotejó varias veces el primer y el último escrito antes de guardarlos en un compartimento de su maleta.
Al día siguiente, el hombre y sus papeles -la inmensa mayoría de sus papeles- fueron ceniza en el mar.

lunes, 2 de marzo de 2009

La pelea

LOLA ENCINAS
No me arrepentía de haber sido tan drástica al apearme, pero si he de ser sincera, a medida que pasaba el tiempo me replanteaba mi impetuosa reacción.
Los dos pilotos rojos se iban perdiendo en la oscuridad.
Una rabia impotente se mezclaba con mis lágrimas, las mejillas me ardían a pesar del frío existente. Mis dientes empezaron a castañetear involuntariamente.
Tal vez mi estado físico y anímico pudo desencadenar la discusión con Carlos, aunque eso no le eximía de su comportamiento egoísta. No me encontraba bien, estaba convaleciente de una faringitis aguda, que se había agravado nada más llegar. Gracias a la medicación la fiebre había desaparecido pero la afonía persistía.
La situación era bastante surrealista: me encontraba en un país extranjero, en una desértica carretera rural, con los pies helados y doloridos. Me senté con resignación en un mojón que marcaba el km. 38 con la mirada fija en el punto por donde había desaparecido el coche, esperando su pronto regreso.

Perdí la noción del tiempo, tal vez pasó una media hora o quizás más, el caso es la espera, me pareció eterna. Por fin los deseados faros aparecieron en el horizonte.
Me puse en medio del camino, de espaldas y con los brazos cruzados. Era la demostración gráfica de que mi cabreo inicial se había ido acrecentando. Mentalmente repasaba los reproches y palabras con que le iba a regalar los oídos, ya que debido a mi afección era imposible gritarle.
Noté pararse el motor y sus faros proyectaron mi figura sobre el asfalto, no giré la cabeza.
De pronto, dos pares de manos se aferraron fuertemente a mis brazos y me elevaron varios centímetros del suelo. Miré incrédula a los extraños, eran dos fornidos hombres vestidos de blanco que, indiferentes a mis ahogados gritos y protestas, me introdujeron con rapidez en la ambulancia..
Cruzaron varias frases entre sí, en un idioma desconocido. Uno de ellos se puso al volante, el otro apretó las correas que sujetaban mi cuerpo a la camilla y acto seguido descargó en mis venas una jeringa.
Mis párpados se volvieron de plomo, los efectos del hipotético tranquilizante empezaban a hacer efecto, mis agitaciones por desasirme de las ataduras cada vez eran más débiles. En un postrer intento antes de la derrota, giré mi cabeza hacia el cristal biselado y vi cruzar el coche de Carlos, que volvía para recogerme.
Llegaba demasiado tarde...
Empecé a llorar desesperadamente. Volví a mirar por el cristal. Entre los arbustos descubrí agazapada a una joven mujer, de rubia y larga melena como la mía, vestida de blanco como yo. El odio y el horror estaban impresos en su mirada, de nuevo otra coincidencia.
Antes de que mis ojos se cerraran, un luminoso letrero se grabó en mis retinas. No hacía falta traducción, se entendía perfectamente: era el final del trayecto, mi destino, SANATORIO MENTAL.