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Mostrando entradas de febrero, 2009

Sobrevivir

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ROSANA ROMÁN
“Eres una ignorante”, me dijo mientras se sentaba a la mesa. Todo porque cuando llegó me vio disfrutando con un vídeo antiguo del Tricicle.
– Para ti la vida es tan simple que no me extraña que seas feliz.
– ¿A qué viene eso ahora, justo en el momento de ponernos a cenar?– le dije dolida.
– A nada, no lo entenderías – concluyó con su tono prepotente.
Yo bajé el televisor; lo bueno que tiene ver a mimos es que no hace falta el sonido. Por un momento apagué también el eco de alrededor, para no seguir escuchando a Mario. Me concentré solo en los gestos magistrales de los tres mimos que en una isla imaginaria pescaban y luchaban por sacar algo del agua que al parecer tenía una fuerza tremenda. Me devolvieron la sonrisa y el ánimo para continuar.

Como cada noche al llegar, se quitó los zapatos y los colocó ordenadamente bajo la butaca del dormitorio. Uno junto al otro, con una simetría que siempre me había sorprendido. Luego llevó la ropa sucia al baño y se puso el pijama.
Serví la s…

El ballet

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MARC BALLESTER
Al contrario que a su madre el ballet era el fragmento de la película que menos le gustaba a Bernardo López. La habían visto tantas veces en vídeo que él sabía que justo ahí en el tercer palco a mano derecha, tras un travelling de la cámara sobre la platea y el escenario, James Fridiorobik se arrodillaría una vez más y declararía su amor eterno a Ana Zimmerman, y que la actriz no le respondería ni apartaría sus ojos de la bailarina principal, y dejaría que su pretendiente abandonase en silencio el teatro, para más tarde envenenarse en una lóbrega pensión.

Bernardo conocía bien la excesiva duración de la secuencia, la falsa agonía del protagonista, y conocía también la repetida reacción de su madre, Fernanda Clara Ramírez, que lloraría a moco tendido y necesitaría seis u ocho pañuelos de papel que la acompañarían el resto del largometraje hechos una pelota y amontonados en el sofá. Bernardo aprovecharía entonces para ejecutar su plan. Al tiempo que Fridiorobik mezclase la …

Buitres de ciudad

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
La sala era una tribuna acristalada por donde entraban los rayos de sol. Acondicionaron una mesa redonda. Alberto abrió un ventanal. Se oía a los pájaros y con la brisa de mayo se sirvieron refrescos y bebidas alcohólicas.
El aroma de la tarta de arándanos alertaba a cualquier alma hambrienta. María estuvo todo el día en la cocina; cuando terminó la guarnición, llevó la tarta a la mesa.
Acomodaron al abuelo centenario en un rincón cerca de una ventana. En la reunión se hablaba de cosas banales. Sin escucharse los unos a otros, seguían una conversación de posturas correctas. Todos estaban dispuestos a estarse allí el tiempo necesario.

El abuelo era el señor Mayoral, que de joven había emigrado junto a su esposa en busca de fortuna hacia las antiguas colonias españolas de América. La pareja tuvo una única hija nacida en tierras extranjeras. Fueron años de gran sacrificio y trabajo en los que amasaron una gran fortuna.
El mismo Alberto puso música a su gusto. Eva cort…