miércoles, 7 de enero de 2009

Aún no es el momento

ROSANA ROMÁN
Lo cuento porque se lo debo. A pesar de que muchas veces intenté disuadirlo para que dejara de ir al casino, fui yo quien lo inicié y eso corroe mi conciencia.
Hace cuatro años, después de la tradicional cena navideña, propuse a varios compañeros de trabajo ir al casino a tomar una copa y jugar un rato.
Ramiro no había ido nunca y se resistía un poco, pues no era de los que gustan de gastar por gastar, pero finalmente la presión de todos triunfó. Lo pasamos bien y, lo que es peor, ganamos.

“La suerte del novato” decíamos todos y Ramiro, por lo general callado y poco expresivo, hablaba y hablaba con la euforia típica del “subidón”.
Después de aquel día, empezó a ir al casino con frecuencia. Tanto, que sus ganancias y pérdidas hicieron de él un ser inestable: tan pronto lo veías por la oficina serio y cabizbajo como conversador y risueño, invitando a todo el mundo en la máquina del café.
Un día me senté a hablar con él seriamente. Para entonces ya se había vendido el coche porque no podía pagar las letras. Pero me di cuenta de que nada de lo que dijera podría convencerlo para que dejara de jugar.

- No te preocupes –dijo- es sólo un juego. Cuando quiera me retiro, pero aún no es el momento.
- ¿Cuándo lo será, Ramiro, cuando estés arruinado?
- No, hombre, no seas melodramático. Es cierto que a veces pierdo, pero otras gano -decía mientras encendía un cigarrillo, cosa que me sorprendió porque antes no fumaba. No dije nada para no interrumpirlo-. Mira, hoy por hoy, es el placer que más me satisface, Si lo pienso bien, no conozco ninguno de ellos que salga gratis. Así que, si gano y pierdo y quedo a la par, resulta que es un chollo.

Me quedé sin argumentos, no porque no los hubiera, sino porque no encontré ninguno capaz de competir con su razonamiento.
Poco después empezó su decadencia. Comenzó a beber más de la cuenta, a deber a todo el mundo, lo echaron de la empresa por desfalco y lo último que me contaron es que, en un descuido de su madre, había vendido sus joyas.
Hace poco quedamos. Él dijo que a “hacer una cerveza”. Yo sabía que solo quería sablearme una vez más.
Ese día me confesó que no podía parar, que ni siquiera le interesaba el dinero, que lo que necesitaba era el breve espacio de tiempo en el que la bolita giraba y giraba desacelerando y cortándole el aliento. Que ganar sólo suponía obtener el dinero necesario para volver a tener la oportunidad de repetir ese momento.
Le di doscientos euros que llevaba encima y le dije que eran los últimos, que no necesitaba que me los devolviera, sino simplemente que saliera de mi vida.
Esa misma noche ganó 20.000 euros. Fue a casa e hizo varios montones con los billetes. Metió el dinero en sobres y fue anotando en ellos los nombres de sus acreedores. También hubo uno para mí. Luego, antes de pegarse un tiro, dejó una nota breve: “Ahora es el momento”.

6 comentarios:

  1. Que forma más drástica de acabar con la ludopatía....
    El final no es verosímil para mí. Un adicto como Ramiro,le importa tres bledos, devolver sus deudas y quedar bien.
    Si la diosa Fortuna tiene a bien visitarle, incitándole con un mísero golpe de suerte, Ramiro continuará tentándola hasta la última ficha, sin calibrar las consecuencias.
    A veces, la gente es sana, buena, honesta, fuerte, porque no se le han presentado oportunidades para dejar de serlo.
    Siempre es buen MOMENTO para intentar comprender y abrir puertas a los "débiles" o a los que son distintos a nosotros.

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  2. Los perdedores no saben aceptar las victorias. Salen por patas. Con su pan se lo coman.

    Fabián R.

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  3. Por eso mismo no invito a nadie a compartir mis vicios. Yo soy difícil de arrastrar hacia el abismo, pero a ellos se les va la mano y me quedo sin amigos.

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  4. El final de la ludopatía, alcoholismo y drogadicción suele ser muy miserable, con personas que han hecho añicos su condición de humanos. Las historias concluyen como decide su autor, y tu has buscado una vía rápida, menos abrupta en donde Ramiro, en un oasis de lucidez decide quedar bien la sociedad de su entorno y, sabedor de la degradación que le espera, decide cortar por lo sano. Nada a objetar.
    Lo que sí he encontrado a faltar, tú que sabes erizar la sensibilidad del lector, es una mayor descripción o profundización en detallar la regresión de Ramiro, a través de la visión de su relator amigo.
    Comprendo que en el espacio relativamente corto que os dais los Karcomos no pueda entrarse a detalles excesivos.
    Yo propondría historias por entregas, cuya espera inquiete e intrigue.
    Pero, como siempre, la nota es alta, me ha gustado la historia.

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  5. RESPUESTA

    Porque todos somos a veces débiles y a veces fuertes. Porque a pesar de conocer a fondo la miseria que encierra la adicción, y aun a riesgo de presentar un final “raro”, prefiero quedarme con el lado honesto que también lo hay. Porque me gusta saber que alguien me lee. Gracias por vuestros enriquecedores comentarios.

    Rosana Román

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  6. ¿Por qué un final "raro"? la vida es sorprendente siempre... ¿por qué no puede acabar así? hay muchos caminos y personas diferentes... y hay momentos de acciones íntimas ("buenas o malas"). Buen broche¡¡
    El Trasgu

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