lunes, 19 de enero de 2009

El cromo de José Carrete

VICENTE APARICIO
Andrés Castro acaba de marcharse.
Hace unos años, de ningún modo me hubiera referido a él empleando su nombre y su apellido: Andrés era simplemente Andrés. El tiempo pasa, y cambia algunas cosas.
Cuando la semana pasada recibí su llamada, me hizo ilusión.
-Hola, soy Andrés, ¿te acuerdas de mí?
Cómo olvidar a Andrés. Cómo olvidarlos a todos... Éramos jóvenes, compartíamos una pasión poco común, la pasión de la escritura, y buena parte de lo mejor de nuestras vidas giraba en torno a ella. Leíamos, escribíamos, hablábamos sobre lo que leíamos y sobre lo que escríbiamos y alrededor de ese fuego ardía una amistad. Una camaradería franca y fácil, irrepetible. Un tiempo mítico, imposible de olvidar.
¿Çué pasó? Nada en concreto, supongo. Hace más de diez años que no sabía nada de ninguno de ellos.
Andrés Castro ha escrito un libro.
-He terminado mi novela. Por fin... Me gustaría conocer tu opinión. Tu opinión autorizada.
«Autorizada». ¿Autorizada por quién? ¿Por el público que compra mis libros como si fueran rosquillas? ¿Por las críticas que me adulan o por las que me despellejan?
Le dije que sí, que no faltaba más.
La novela de Andrés Castro es una novela excelente.

Excelente quiere decir excelente. Ya me gustaría, haberla escrito yo.
La prosa de Andrés siempre sobresalió por encima de las de todos nosotros, sin excepción. No me da ningún apuro reconocerlo. Tenía madera. Podría haberse labrado una carrera como escritor a poco que hubiera sido capaz de vencer sus miedos, o su falta de ambicion, o su inconstancia.
Y sin embargo, ahí lo tienes.
-Trabajo en una empresa de seguros, me gano bien la vida, no me quejo.
Yo, en cambio, soy un escritor de éxito.
El comedor de mi casa es más grande que muchos pisos. Tengo un jardín con piscina, vistas inmejorables de la ciudad, tres coches, un gimnasio en el sótano, una bodega digna de envidia, dos asistentas, una bella mujer, cuatro hijos, dos divorcios...
Soy un hombre con suerte, un escritor célebre, una voz «autorizada».
Soy también un escritor atascado: hace tiempo que me aburro escribiendo y, por lo tanto, no escribo. No es grave: tarde o temprano, se me pasa.
La novela de Andrés Castro se titula «Coleccionistas». Habla de un hombre que, a los cuarenta y pocos años, emprende con la alegría de un niño la aventura de una colección de cromos.
La colección de cromos es uno de los tópicos a los que un escritor novato suele lanzarse empujado por una peligrosa compañera de viaje: la nostalgia de la infancia. El pasado, lo que pudo haber sido y no fue.
La historia de la colección de cromos desemboca de forma casi irremediable en la épica o la lírica del último cromo. Qué paso con el cromo difícil, el cromo que no tenía casi nadie.
Andrés Castro, por supuesto, no ha cometido ese error.
Yo sí lo hubiera hecho, aunque en realidad no se podría hablar de un error, pues lo habría hecho a propósito. Mi editor y mis lectores esperan lo que hay que esperar. Yo trabajo para no defraudarles.
Él no.
En la novela de Andrés Castro, la colección de cromos es solo una excusa para hablar de cómo un hombre maduro recupera el entusiasmo en un momento crucial de su vida. No hace falta contar más: a la buena literatura le importan más bien poco los temas, las reseñas, los argumentos.
Me pregunto si yo sería capaz, a estas alturas, de escribir una novela excelente.
¿Sería capaz de poner toda la carne en el asador y arriesgarme a modificar la imagen que todos se han formado ya sobre mí? ¿Dejaría de ser un escritor atascado, dejaría de aburrirme así?
La verdad es que no me atrevo a abandonar la comodidad de lo que ya funciona. No me atrevo a ser más ambicioso y, en consecuencia, me aburro. No es la primera vez que me pasa. Hace meses que no escribo más de tres líneas seguidas.
¿Cómo escribiría yo una novela sobre una colección de cromos?
Todos hemos sido niños.
Guardo en una caja mis álbumes de cuando yo lo era. El primero de todos, el de la liga de fútbol 1975-76. Conservo, por supuesto, aquella colección: en la portada, Iríbar, el portero del Bilbao; por dentro, Irureta, Satrústegui, Ayala, Rubén Cano, Cruyff, Camacho, Esnaola...
Mi novela tendría que entretenerse en los detalles, ser exhaustiva y melodramática, regodearse en los recuerdos, rescatar al niño que fui y dejé de ser...
El cromo más difícil era el de José Carrete, un lateral que entonces jugaba en el Real Oviedo.
En mi clase solo lo tenía Javi Vila. Decía que se lo había cambiado a su primo por un montón de cromos repetidos. Javi Vila era un buen chaval, un poco tonto y muy fantasioso, y en un principio nadie creyó ni una palabra de lo que dijo. Hasta que un día trajo a clase el álbum con el cromo de Carrete pegado en la parte superior izquierda de la página del Real Oviedo. Tuvimos que rendirnos a la evidencia.
Entre los sobres que mi padre me compraba en el quiosco y los cromos que yo intercambiaba con los compañeros de clase, mi colección pronto estuvo casi acabada.
Pero faltaba, cómo no, un cromo. El cromo de José Carrete.
Así que mi padre y yo fuimos un domingo al paraíso de los coleccionistas, el mercado de Sant Antoni.
Preguntamos por el cromo difícil a un hombre vestido con una bata azul
- Han tenido mala suerte -nos dijo-. Hoy he traído doce y me los han quitado de las manos. ¿Ven a aquel niño de allí? Acaba de llevarse el último.
La historia se repitió de forma similar en todas las paradas donde preguntamos por el dichoso cromo.
Volvimos a casa con las manos vacías.
No era tan grave. Simplemente, habría que madrugar un poco más el domingo siguiente.
O bien, en caso de que mi impaciencia me impidiera esperar toda una semana completa, quizás se presentara la ocasión de hacerse con el cromo del imbécil de Javi Vila...
Estos serían, probablemente, los principales ingredientes con los que yo podría empezar a escribir una novela sobre una colección de cromos.
Pero ¿cómo convertir una historia común, basada en mis propias vivencias, en una experiencia irrepetible para los lectores? ¿Cómo retratar una generación, una clase social, una época? ¿Cómo arrancar los mejores adjetivos de la pluma de los críticos más severos?
- Mira, Andrés, te voy a ser todo lo sincero que mi conocimiento del sector y nuestra vieja amistad me permiten. Tu novela es excelente. Te felicito sinceramente. Sin embargo, es tan buena que, por extraño que parezca, no creo que vayas a poder publicarla. Hoy en día, el mercado busca más que nunca productos de consumo rápido, ligeros y un poco grandilocuentes. No es mi intención desanimarte, pero sí hacerte tocar con los pies en la tierra. Tienes talento, siempre lo tuviste y tú lo sabes o por lo menos deberías saberlo. Pero yo en tu lugar emplearía mis próximas energías en escribir otra novela, una novela más superficial, menos ambiciosa. Solo sería un objetivo provisional, un medio que podría servirte para alcanzar más tarde tu verdadera meta. Cuando hayas publicado un primer libro, quizás podrás conseguir que te editen esta otra novela y quién sabe si unas buenas cifras de ventas con ella. Me sabe mal decirte esto, Andrés, pero las cosas son así. Hazme caso, tómatelo como un buen consejo. Y sobre todo, no olvides nunca que me encanta «esta» novela.
No me gusto a mí mismo cuando me pongo a dar discursos.
Andrés Castro acaba de marcharse.
Hace un clima especialmente agradable esta primavera, así que hemos estado charlando sentados en el cenador, junto a la piscina. Me ha contado que todos ellos dejaron de verse hace tiempo, aunque tiene noticias de la mayoría. Me ha explicado que su mujer es holandesa y que tienen tres hijas. Me ha hablado sobre lo mucho que ha representado en su vida atreverse a retomar el reto de escribir su vieja novela. Me ha pedido disculpas por el atrevimiento de recurrir a mí después de tantos años.
Andrés sigue siendo un buen tipo, una persona amable y con principios, y yo podría apostar mi mano a que nunca escribirá esa otra novela.
Ayer pasé por el Registro de la Propiedad Intelectual: «Coleccionistas» pronto será oficialmente un texto mío.
Aquella vez no pude esperar al domingo siguiente. Convencí a mi madre de que me dejar ir a jugar a casa de Javi Vila y arranqué de su sitio el cromo de José Carrete. En su camiseta de color azul, a la altura del pecho, al lado del escudo, puedo ver ahora mismo, en la parte superior izquierda de la página del Real Oviedo de mi álbum de cromos de la liga de fútbol 1975-76, una generosa mancha de sudor.

7 comentarios:

  1. Penetrante y duro. Simple, en el buen sentido de la palabra. Real? UYYY, que miedo!!
    Vivira Jose Carrete? Le contara a alguien que el fue un jugador de futbol mediocre, glorioso por lo dificil que fue conseguir su estampa de coleccionista? Deberias buscarlo por facebook. Igual te llevas alguna sorpresa y le puedes enviar el link a este relato en el que vuelve a ser protagonista por motivos alejados de sus artes futbolisticas, no?

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  2. Buf!! ¡qué duro!
    He de confesar, que mal que me pese, me he visto a mí mismo como el niño que una vez robó ese cromo. Sin embargo, también recuerdo, que ese niño se arrepintió después, y todavía lo hace.
    Todavía lo recuerdo, de tal forma, que mi conciencia nunca me ha dejado copiar "Coleccionistas". Y eso me llena de orgullo.

    Otro apunte: creo que el buen trabajo, no está reñido con el reconocimiento, y no hay que caer por ahí. Lo que pasa es que no basta con un buen trabajo. Hacen falta muchas otras cosas, a veces cosas que no nos gustan, o que no se nos dan tan bien...

    Jose

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  3. "...el cromo difícil..." yo tambien fui de pequeña al Mercat de Sant Antoni con mi madre, en busca del dichoso cromo. EN mi caso era en busca de cromos que pegaba en un album de Fauna Salvaje.
    SAludos.

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  4. Me costaba mucho acabar los álbumes de cromos, pero no le puse demasiado interés...,
    Me gusta mucho tu relato, el paralelismo entre las actitudes de robo de cromo y novela.
    Detesto a tu protagonista, triunfador a costa de los demás.
    No tiene ningún escrúpulo hacia sus amigos, está solo y en el fondo sabe que es un perdedor con suerte, aunque tenga el cromo de CARRETE.
    La ambición le pasará factura.
    Seguro!!!!

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  5. Què cabròn! Me gusta cuando describes asì los personajes. Me refiero a la manera, la estrategia. En este relato es casi perversa. Ademças haces que el narrador abra la puerta de todo un universo, de una manera de entender los valores i la ètica. Èl, que dice que no sabrìa convertir una inspiraciòn en retrato social. Para eso estabas tu, escribièndo el texto de verdad, con el fin de dejar a ese llenahojas de èxito en evidencia. El paralelismo entre la manera de conseguir el cromo y còmo se aprovecha del trabajo de otro (humilde, acude a pedir consejo)està muy bien. Sigue asì, amigo mìo, aunque las barricadas ya no estèn de moda, vale la pena lucir integridad cuando se tiene a rebosar. Y honestidad, como la que regalas siempre. Olè el Carrete (ni idea...) del cromo y las cosas bien hechas y con cariño. Abrazos

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  6. No m'allargaré perquè penso exactament el mateix que la Mercè!

    Gràcies per l'estona.

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  7. Siempre es difícil escribir a un protagonista cínico y sin escrúpulos, pero cuando se le coje tanta aversión al leerlo, significa que nos lo has transmitido muy bien, como alguien real, detestable, porque malo es que te roben el copy de una novela,pero robarle a un niño el cromo más buscado de la colección no tiene nombre.Me ha encantado.

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