sábado, 31 de enero de 2009

Bolsos Magdalena

MARIA GUILERA
A veces saldría corriendo. No sé hacia dónde.
A veces, mientras me quedo, pienso en mi primera huida.

Yo estaba arrimada a la pared mientras mi compañera, agachada frente a la puerta metálica, abría el candado antirobo.
La acera era muy estrecha y ella estaba gorda, así que su trasero impedía el paso a la gente. Mujeres que iban al mercado, sobre todo.
Mañana pruebas tú, me dijo. Así, si un día llegas antes no tendrás que esperar. Fíjate, primero una vuelta a la derecha y luego giras al revés.
Me entró una tristeza muy grande.
No me quedo, Patro, me tengo que ir.

Ella me miró sin preguntarme nada. Con la uña sacó un anuncio de cerrajería pegado a la puerta. La ayudé a subirla, esperé hasta que hubo encendido las luces y me fui.

Había empezado a trabajar en Bolsos Magdalena hacía solamente un mes y a pesar de que la encargada era amable, a pesar de que vender no se me daba mal y no me importaba entregar el sueldo en casa, me sentía muy desgraciada.
Mi novio me decía que era normal, que a todos nos pasaba lo mismo. Qué te crees, trabajar es duro. Lo del instituto era la buena vida. Eso se acabó, ahora toca hacer lo que te dicen un día tras otro.

Era eso. Un día tras otro, toda la vida.

Si encuentras un marido con un buen pasar, te quitará de la tienda, me consolaba mi abuela. Lo mejor para la mujer es quedarse en casa.

Eso tampoco me animaba.
Anduve hasta la estación de Fontana y cogí el metro en dirección al centro. Caminé Rambla abajo hasta llegar al puerto y me senté en las escaleras, tan cerca del agua que podía ver el alquitrán flotando y el olor se me colaba por los agujeros de la nariz.

No podía volver a Bolsos Magdalena nunca más.
Cómo se lo contaría a mis padres, cómo les diría que yo no quería trabajar, que estaba segura de que podía hacer algo mejor que enseñar billeteros de piel sintética, paraguas plegables y maletas de viaje.

Al regresar a casa me encontré a mi hermana en la escalera.
No he ido a la tienda. No quiero ser dependienta.
Bueno, no te preocupes. Ya lo diré yo.

Lo soltó mientras estábamos comiendo, con el televisor encendido. Me acuerdo que mi padre siguió mirando las notícias.
Pues a ver qué haces, comentó, porque si te quieres matricular en la facultad, o en donde sea, tienes que darte prisa.

Mi madre suspiró porque quería comprarse un bolso el sábado, que empezaban las rebajas.

miércoles, 28 de enero de 2009

El que podria haver passat

VICENÇ DEL HOYO
- Procura no excitar-te i descansar -li vaig dir al meu pare-. No recordes el que t’ha aconsellat el metge?
- Els consells dels metges tenen el mateix valor que els dels tartamuts, quan per fi els acaben de dir ja els he oblidat- em va respondre-. Tu creus que un jovenet acabat de sortir de la facultat em pot alliçonar sobre el que cal fer quan s’està a punt d’agafar les vacances definitives?
- Tu sempre tan optimista!- va saltar la meva germana-. Tens una subtil manera de fer-te la víctima.
- Tu sempre tan llesta, i opinant sobre tot. Tens una subtil manera de no enfrontar cap situació- digué el meu pare amb un to rugós i mastegant les paraules-. Filla meva, no sé si ho saps, m’estic morint. Em volien operar del pàncrees, i ho han provat. Han obert, han vist el que hi havia, i han tornat a tancar. No val pena. No hi ha res a fer. Em pots dir en què consistiria una visió pessimista o optimista dels fets?

Just en aquell moment vaig sentir una estranya sensació d’irrealitat, d’estar representant una obra de teatre, fins i tot vaig mirar les parets blanques, a l’armari, buscant una càmera, sentia que ens filmaven, com si algú volgués fer un experiment amb nosaltres. Potser van ser els nervis de la tensió acumulada a causa de l’operació o, tal vegada, era el pes punyent per haver tancat la boca tota la vida. La qüestió es que no sé com ni d’on em va sortir allò.
- Tens raó, morir-se no és ni pessimista ni optimista, senzillament passa. A què venen tants escarafalls? Especialment per a tu, que sembla que t’hagis estat preparant tota la vida per abandonar-la. No hi ha hagut dia en la nostra vida que no ens hagis recordat que la vida és efímera i que hem d’estar preparats per morir. Doncs ara tens ocasió de fer-ho. Acomiada’t amb dignitat i deixa’t de queixar d’una punyetera vegada.
Ho vaig dir tot seguit. Sense respirar però sense entrebancar-me. Era un retret llargament covat. Tan bon punt vaig callar va entrar la imfermera, va mirar el nivell i la velocitat amb què el líquid li entrava per la vena. També va verificar el volum de líquid groc acumulat en una bossa que hi havia a un costat del llit. Va deixar a la tauleta un got de plàstic amb dues píndoles.
- No se n’oblidi de prendre-les. Són de les que el faran descansar.
- Ho necessitaré -va respondre el pare-. Potser em convindria una ració doble.
- Potser, però més val no abusar- va respondre la infermera abans de tancar la porta.
El silenci va retornar a l’habitació. Malgrat que era mitja tarda, la llum artificial era imprescindible a la cambra. Una feridora llum blanca.
- Teniu raó, m’he equivocat en moltes coses. Voldria haver estat un altre. Segurament no he estat un bon pare per a vosaltres.
La meva germana va començar a remenar la bossa buscant alguna cosa. Les llàgrimes li regalimaven galtes avall.
- No creus que és massa tard per verbalitzar-ho? Ets el nostre pare i això és tot. Si et vas equivocar o no, a hores d’ara ja no té importància. El que ara compta és el temps que ens queda.
No sé on havia estat guardada aquesta lucidesa. A partir d’aquell moment vàrem passar la tarda recordant anècdotes mil vegades explicades de la nostra infantesa. També vàrem recordar la mare. Vist ara, amb la perspectiva que el temps dóna, va ser com si haguéssim fet una posada en comú de les nostres vivències i records. Com si ens volguéssim assegurar que tots compartiríem els mateixos records a partir d’aquell moment. Aquella tarda va ser veritablement el definitiu comiat. Tots vàrem riure, plorar, gemegar, sospirar i fondre’ns en un abraçada compartida. Fins que, entrada la matinada, les imfermeres ens van recomanar que deixéssim descansar el malalt. Ens van dir que una apendicitis ja no mereixia un llarg postoperatori. Però que havia de descansar.
No ens ho podíem creure. Però mai vàrem saber la veritat. Si va ser el seu caràcter hipocondríac el que el va trair, o la mala llet consubstancial a la seva manera de ser. Als dos dies tornava a ser a casa. Ell encara va viure uns anys més. Però mai va tornar a ser el mateix. Era com si ja no hi fos, es va convertir en una mena de fantasma. Ens vèiem de tant en tant, dinàvem plegats per Nadal, celebràvem els aniversaris junts, però mai es va repetir un moment d’idèntica intimitat. Va morir al llit d’un hospital. Una pulmonia. Ho va fer amb dotze anys de retard.

lunes, 19 de enero de 2009

El cromo de José Carrete

VICENTE APARICIO
Andrés Castro acaba de marcharse.
Hace unos años, de ningún modo me hubiera referido a él empleando su nombre y su apellido: Andrés era simplemente Andrés. El tiempo pasa, y cambia algunas cosas.
Cuando la semana pasada recibí su llamada, me hizo ilusión.
-Hola, soy Andrés, ¿te acuerdas de mí?
Cómo olvidar a Andrés. Cómo olvidarlos a todos... Éramos jóvenes, compartíamos una pasión poco común, la pasión de la escritura, y buena parte de lo mejor de nuestras vidas giraba en torno a ella. Leíamos, escribíamos, hablábamos sobre lo que leíamos y sobre lo que escríbiamos y alrededor de ese fuego ardía una amistad. Una camaradería franca y fácil, irrepetible. Un tiempo mítico, imposible de olvidar.
¿Çué pasó? Nada en concreto, supongo. Hace más de diez años que no sabía nada de ninguno de ellos.
Andrés Castro ha escrito un libro.
-He terminado mi novela. Por fin... Me gustaría conocer tu opinión. Tu opinión autorizada.
«Autorizada». ¿Autorizada por quién? ¿Por el público que compra mis libros como si fueran rosquillas? ¿Por las críticas que me adulan o por las que me despellejan?
Le dije que sí, que no faltaba más.
La novela de Andrés Castro es una novela excelente.

Excelente quiere decir excelente. Ya me gustaría, haberla escrito yo.
La prosa de Andrés siempre sobresalió por encima de las de todos nosotros, sin excepción. No me da ningún apuro reconocerlo. Tenía madera. Podría haberse labrado una carrera como escritor a poco que hubiera sido capaz de vencer sus miedos, o su falta de ambicion, o su inconstancia.
Y sin embargo, ahí lo tienes.
-Trabajo en una empresa de seguros, me gano bien la vida, no me quejo.
Yo, en cambio, soy un escritor de éxito.
El comedor de mi casa es más grande que muchos pisos. Tengo un jardín con piscina, vistas inmejorables de la ciudad, tres coches, un gimnasio en el sótano, una bodega digna de envidia, dos asistentas, una bella mujer, cuatro hijos, dos divorcios...
Soy un hombre con suerte, un escritor célebre, una voz «autorizada».
Soy también un escritor atascado: hace tiempo que me aburro escribiendo y, por lo tanto, no escribo. No es grave: tarde o temprano, se me pasa.
La novela de Andrés Castro se titula «Coleccionistas». Habla de un hombre que, a los cuarenta y pocos años, emprende con la alegría de un niño la aventura de una colección de cromos.
La colección de cromos es uno de los tópicos a los que un escritor novato suele lanzarse empujado por una peligrosa compañera de viaje: la nostalgia de la infancia. El pasado, lo que pudo haber sido y no fue.
La historia de la colección de cromos desemboca de forma casi irremediable en la épica o la lírica del último cromo. Qué paso con el cromo difícil, el cromo que no tenía casi nadie.
Andrés Castro, por supuesto, no ha cometido ese error.
Yo sí lo hubiera hecho, aunque en realidad no se podría hablar de un error, pues lo habría hecho a propósito. Mi editor y mis lectores esperan lo que hay que esperar. Yo trabajo para no defraudarles.
Él no.
En la novela de Andrés Castro, la colección de cromos es solo una excusa para hablar de cómo un hombre maduro recupera el entusiasmo en un momento crucial de su vida. No hace falta contar más: a la buena literatura le importan más bien poco los temas, las reseñas, los argumentos.
Me pregunto si yo sería capaz, a estas alturas, de escribir una novela excelente.
¿Sería capaz de poner toda la carne en el asador y arriesgarme a modificar la imagen que todos se han formado ya sobre mí? ¿Dejaría de ser un escritor atascado, dejaría de aburrirme así?
La verdad es que no me atrevo a abandonar la comodidad de lo que ya funciona. No me atrevo a ser más ambicioso y, en consecuencia, me aburro. No es la primera vez que me pasa. Hace meses que no escribo más de tres líneas seguidas.
¿Cómo escribiría yo una novela sobre una colección de cromos?
Todos hemos sido niños.
Guardo en una caja mis álbumes de cuando yo lo era. El primero de todos, el de la liga de fútbol 1975-76. Conservo, por supuesto, aquella colección: en la portada, Iríbar, el portero del Bilbao; por dentro, Irureta, Satrústegui, Ayala, Rubén Cano, Cruyff, Camacho, Esnaola...
Mi novela tendría que entretenerse en los detalles, ser exhaustiva y melodramática, regodearse en los recuerdos, rescatar al niño que fui y dejé de ser...
El cromo más difícil era el de José Carrete, un lateral que entonces jugaba en el Real Oviedo.
En mi clase solo lo tenía Javi Vila. Decía que se lo había cambiado a su primo por un montón de cromos repetidos. Javi Vila era un buen chaval, un poco tonto y muy fantasioso, y en un principio nadie creyó ni una palabra de lo que dijo. Hasta que un día trajo a clase el álbum con el cromo de Carrete pegado en la parte superior izquierda de la página del Real Oviedo. Tuvimos que rendirnos a la evidencia.
Entre los sobres que mi padre me compraba en el quiosco y los cromos que yo intercambiaba con los compañeros de clase, mi colección pronto estuvo casi acabada.
Pero faltaba, cómo no, un cromo. El cromo de José Carrete.
Así que mi padre y yo fuimos un domingo al paraíso de los coleccionistas, el mercado de Sant Antoni.
Preguntamos por el cromo difícil a un hombre vestido con una bata azul
- Han tenido mala suerte -nos dijo-. Hoy he traído doce y me los han quitado de las manos. ¿Ven a aquel niño de allí? Acaba de llevarse el último.
La historia se repitió de forma similar en todas las paradas donde preguntamos por el dichoso cromo.
Volvimos a casa con las manos vacías.
No era tan grave. Simplemente, habría que madrugar un poco más el domingo siguiente.
O bien, en caso de que mi impaciencia me impidiera esperar toda una semana completa, quizás se presentara la ocasión de hacerse con el cromo del imbécil de Javi Vila...
Estos serían, probablemente, los principales ingredientes con los que yo podría empezar a escribir una novela sobre una colección de cromos.
Pero ¿cómo convertir una historia común, basada en mis propias vivencias, en una experiencia irrepetible para los lectores? ¿Cómo retratar una generación, una clase social, una época? ¿Cómo arrancar los mejores adjetivos de la pluma de los críticos más severos?
- Mira, Andrés, te voy a ser todo lo sincero que mi conocimiento del sector y nuestra vieja amistad me permiten. Tu novela es excelente. Te felicito sinceramente. Sin embargo, es tan buena que, por extraño que parezca, no creo que vayas a poder publicarla. Hoy en día, el mercado busca más que nunca productos de consumo rápido, ligeros y un poco grandilocuentes. No es mi intención desanimarte, pero sí hacerte tocar con los pies en la tierra. Tienes talento, siempre lo tuviste y tú lo sabes o por lo menos deberías saberlo. Pero yo en tu lugar emplearía mis próximas energías en escribir otra novela, una novela más superficial, menos ambiciosa. Solo sería un objetivo provisional, un medio que podría servirte para alcanzar más tarde tu verdadera meta. Cuando hayas publicado un primer libro, quizás podrás conseguir que te editen esta otra novela y quién sabe si unas buenas cifras de ventas con ella. Me sabe mal decirte esto, Andrés, pero las cosas son así. Hazme caso, tómatelo como un buen consejo. Y sobre todo, no olvides nunca que me encanta «esta» novela.
No me gusto a mí mismo cuando me pongo a dar discursos.
Andrés Castro acaba de marcharse.
Hace un clima especialmente agradable esta primavera, así que hemos estado charlando sentados en el cenador, junto a la piscina. Me ha contado que todos ellos dejaron de verse hace tiempo, aunque tiene noticias de la mayoría. Me ha explicado que su mujer es holandesa y que tienen tres hijas. Me ha hablado sobre lo mucho que ha representado en su vida atreverse a retomar el reto de escribir su vieja novela. Me ha pedido disculpas por el atrevimiento de recurrir a mí después de tantos años.
Andrés sigue siendo un buen tipo, una persona amable y con principios, y yo podría apostar mi mano a que nunca escribirá esa otra novela.
Ayer pasé por el Registro de la Propiedad Intelectual: «Coleccionistas» pronto será oficialmente un texto mío.
Aquella vez no pude esperar al domingo siguiente. Convencí a mi madre de que me dejar ir a jugar a casa de Javi Vila y arranqué de su sitio el cromo de José Carrete. En su camiseta de color azul, a la altura del pecho, al lado del escudo, puedo ver ahora mismo, en la parte superior izquierda de la página del Real Oviedo de mi álbum de cromos de la liga de fútbol 1975-76, una generosa mancha de sudor.

domingo, 11 de enero de 2009

Manolo el chatarrero

LOLA ENCINAS
- ¿Tá prepará? Pos empiezo a contarle mi historia, tome nota.
Me llamo Manolo Ruiz, como mi padre, y soy chatarrero, también como mi padre.
Nací en un pueblo de Las Hurdes, allá en Extremadura, tengo 58 años, somos 12 hermanos, yo soy el del medio, el que hace seis y el primero de los machos.
Hay cinco por encima mío y otros cinco por debajo. Las de arriba son todo hembras. ???
La probe de mi madre murió cuando parió a mi Antoñito, que tié ahora 50. Vivimos toos menos la Petra, que era la primera, la que nos hizo de madre cuendo se fue la de verdad, tuvo que pelear con toos sin la ayuda de naide.
Siempre que m’acuerdo de ella, la veo pelando patatas pal puchero, atizando la lumbre, barriendo o yendo con un balde a lavar al río…¡Fue muy duro pa ella!, ahora me doy cuenta… Nosotros, los pequeños, pasábamos el día fuera de casa, jugando o buscándonos la vida.
A mi padre apenas lo veíamos por casa, sólo venía a traer unos pocos cuartos pa que mi hermana pudiera comprar, o alguna cosa que pudiera servir pa mueblar la casa. Luego desaparecía otra temporada, pero sabíamos de él por Paco, el de la furgoneta , era el que repartía los encargos que la gente le hacía.
- ¡Joer, éramos más pobres que las ratas!

¿Va apuntando? Vale, pos sigo.
Con cuatro tablones y unos trozos de uralita, que fiumos a buscar a las afueras, onde habían unas naves industriales, hicimos una chabolita guapa, tenía dos “habitaciones”, una pa la cocina y otra pa dormir. Teníamos seis "camas", dormíamos de dos en dos, así tabamos más calenticos, la Petra dormía en la cama de mis padres con mi "Antoñito" (se merecía la comodidad). Pa mi padre había un camastro al lao de la lumbre, tapao con una colcha de flores, parecía un sofá. taba proibío sentarnos allí.
¿Nuestra ropa? Pos, la colgámaos en unos ganchos que yo clavé en la paret. La ropa güena y la de casa, se la guardaba en un baúl que mi madre heredó de su güela.
Cuando teníamos que mear o evacuar, ¿que cómo hicíamos? Pos fácil, cerca de la casa había un algarrobo y ese era nuestro “cuarto de baño”.
Cuando nos bañábamos teníamos un barreño grande, mi Petra calentaba agua y primero se bañaban los pequeños y después toos los demás, a lo último ya estaba un poco guarra, pero nos las apañabamos, con buena voluntad…
Cuando murió mi padre… ¿le he contao como fue? ¿No?
Pos como le he dicho era chatarrero, pero tuvo un accidente y lo tuvo que dejar, nosotros tavía éramos muy zagales pa seguir con el negocio, pero un día, en el bar, conoció a un señorito de la capital que tenía muchas tierras y ganao, y taba buscando un pastor, mi padre s’ofreció y le dio el trabajo, no le pagaba mucho, pero la verdad es que el viejo ya estaba un poco jodío.
Bajaba una vez por semana de la sierra, pero una vez pasaron unos días y, al ver que no venía, fuimos a buscarle y le encontramos tieso en la cabaña, cuando llegaron los de la ambulancia, dijieron que había sido un “farto del corazón”.
Después de eso, los hermanos nos fuimos separando, unos se quedaron en el pueblo con algunos parientes, la Petra tenía mozo y se casó joven y se fue pa Badajoz, pa ella fue un alivio la muerte del viejo. Yo me vine pa Barcelona, a casa de mi tío Luis, que era hermano de mi padre y s’abia quedao aquí cuando hizo la mili. Comida y techo no me faltaban, pero pronto me puso a currelar de aprendiz en un taller de un amigo suyo, sacaba pa mis gastos y pa ayudar a la casa.
Yo no sé de leer ni de escribir, ¿sabe usted?, no fui a la escuela. Pero no he tenío problema pa salir adelante, aquí no faltaban los trabajos pal que quisiera, pero un día cuando volvía del curro, al pasar por un “container” ví muchas cosas tirás que podían servir pa vender o pa usar, me acordé de mi padre y empecé con la chatarra. Creo que lo llevaba en las venas, ¡¡¡no ha llovido ná desde entondes!!! Y ya ve, fue una buena decisión, he prosperao, ende luego trabajando como un cabrón, pero tengo mi pisito, con agua corriente y luz, mi cocina de butano, mi tele, mi nevera, mis muebles y, gracias a Dios, no me falta ni una cerveza ni un trozo de pan pa llevarme a la boca.
¿Que por qué la he llamao pa contarle esto? Pos verá, el domingo taba un poco mal, un poco mareao, me caí por la escalera y una vecina llamó al médico de urgencias del seguro, tardó dos horas, pero vino. Me puso en el pecho y en la espalda eso que se cuelgan de los oidos, me tocó la barriga dando unos golpecitos, me hizo abrir la boca y sacarle la lengua, me miró los ojos y empezó a hacerme muchas preguntas, que si vivía solo, que si venía alguien a limpiar la casa y hacerme la comida y más cosas que no m’acuerdo.
A mí tanta monserga me empezó a preocupar, y me dejó mal el cuerpo, me dio unas pastillas y me dijo que a la semana fuera al ambulatorio, a que me viera el de cabecera.
No pude aguantar más y le dije, ta bien doctor, ya m’ancuentro mejor, pero ¿qué tengo?, ¿es grave? Me miró a mí y a la habitación, y me paece que dijo que tengo el “síncope de Sistógenes” y que a lo mejor me tenían que internar.
O sea que me acojonó y pensé, pos antes de morirme tengo que contarle mi vida a alguien, pa que se sepa y pa que le sirva de ejemplo, que siempre se pué mejorar.
¿Lo ha apuntao too?

miércoles, 7 de enero de 2009

Aún no es el momento

ROSANA ROMÁN
Lo cuento porque se lo debo. A pesar de que muchas veces intenté disuadirlo para que dejara de ir al casino, fui yo quien lo inicié y eso corroe mi conciencia.
Hace cuatro años, después de la tradicional cena navideña, propuse a varios compañeros de trabajo ir al casino a tomar una copa y jugar un rato.
Ramiro no había ido nunca y se resistía un poco, pues no era de los que gustan de gastar por gastar, pero finalmente la presión de todos triunfó. Lo pasamos bien y, lo que es peor, ganamos.

“La suerte del novato” decíamos todos y Ramiro, por lo general callado y poco expresivo, hablaba y hablaba con la euforia típica del “subidón”.
Después de aquel día, empezó a ir al casino con frecuencia. Tanto, que sus ganancias y pérdidas hicieron de él un ser inestable: tan pronto lo veías por la oficina serio y cabizbajo como conversador y risueño, invitando a todo el mundo en la máquina del café.
Un día me senté a hablar con él seriamente. Para entonces ya se había vendido el coche porque no podía pagar las letras. Pero me di cuenta de que nada de lo que dijera podría convencerlo para que dejara de jugar.

- No te preocupes –dijo- es sólo un juego. Cuando quiera me retiro, pero aún no es el momento.
- ¿Cuándo lo será, Ramiro, cuando estés arruinado?
- No, hombre, no seas melodramático. Es cierto que a veces pierdo, pero otras gano -decía mientras encendía un cigarrillo, cosa que me sorprendió porque antes no fumaba. No dije nada para no interrumpirlo-. Mira, hoy por hoy, es el placer que más me satisface, Si lo pienso bien, no conozco ninguno de ellos que salga gratis. Así que, si gano y pierdo y quedo a la par, resulta que es un chollo.

Me quedé sin argumentos, no porque no los hubiera, sino porque no encontré ninguno capaz de competir con su razonamiento.
Poco después empezó su decadencia. Comenzó a beber más de la cuenta, a deber a todo el mundo, lo echaron de la empresa por desfalco y lo último que me contaron es que, en un descuido de su madre, había vendido sus joyas.
Hace poco quedamos. Él dijo que a “hacer una cerveza”. Yo sabía que solo quería sablearme una vez más.
Ese día me confesó que no podía parar, que ni siquiera le interesaba el dinero, que lo que necesitaba era el breve espacio de tiempo en el que la bolita giraba y giraba desacelerando y cortándole el aliento. Que ganar sólo suponía obtener el dinero necesario para volver a tener la oportunidad de repetir ese momento.
Le di doscientos euros que llevaba encima y le dije que eran los últimos, que no necesitaba que me los devolviera, sino simplemente que saliera de mi vida.
Esa misma noche ganó 20.000 euros. Fue a casa e hizo varios montones con los billetes. Metió el dinero en sobres y fue anotando en ellos los nombres de sus acreedores. También hubo uno para mí. Luego, antes de pegarse un tiro, dejó una nota breve: “Ahora es el momento”.