lunes, 28 de diciembre de 2009

Tal vez me equivoqué


NATÀLIA LINARES
Estoy en la puerta del restaurante fumándome un cigarro con Pepe, el único de mis compañeros que es de aquí. Los demás hemos emigrado desde nuestros países esperando mejorar.
Hace tres años que llegué y todavía tengo días en que me siento sola, muy sola, aunque hace unos meses conseguí la reagrupación de  mis hijos. Mi hombre se quedó en el poblado. No quiere venir, ni yo quiero que lo haga. A él le va bien quedarse allí trabajando el campo, y con la Verónica, con la que tiene un menester escondido desde hace tiempo.
A mí aquí me tratan bien. Pepe me está contando que pasará el fin de semana con su madre y sus hermanos. Pronto terminamos el pitillo y regresamos al trabajo. A Pepe le queda bien el gorrito del uniforme. Le oculta la calva y hace que te fijes más en sus ojos, que son verdes y muy expresivos.
Nuestra especialidad es la hamburguesa en todas sus variedades, junto con las patatas fritas, las alitas de pollo y el pescadito frito. Todo ello a gusto del consumidor. Les gusta mucho cómo las cocino.
La plancha siempre está caliente.
Pepe viene de lavarse las manos y se dispone a descongelar paquetes de pollo. Yo ya estoy en la plancha, acabo de atarme el delantal.
Hoy hace calor y hay mucho trabajo. Muchos clientes. La semana pasada Mario avisó de que esta no vendría, precisamente esta.
-Otra burguer y un nº 4.
Trabajamos rápido.
-Un 8 con un plus de queso.
A veces mis gotas de sudor caen encima de lo que cocino, El sudor cae de la frente y resbala por mi nariz. De nada sirve el gorrito, así que mi ardor y mi esfuerzo van a la mesa 13.
-Plato 10 para llevar.
-Prepara dos más para llevar.
Esta vez les obsequio con ración doble de mi vigor y mi tesón .
Pepe está preparando salsas y ensaladas. Yo estoy con tres platos a la vez: huevo frito aquí, patatas acá y allá, ese con doble de queso, la cebolla que no se me queme.
Tal vez me equivoqué. O tal vez no. Un impulso de superación me llevó hacia la aventura. Mis hijos no me lo perdonarán nunca. Aunque aquí tienen de todo, ellos eran más felices en casa.
-Un especial nº 5.
Este se lo llevan con toque especial de mi deseo, mi ansia y mi perseverancia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Tengo un secreto y muchas ganas de contarlo


MARIA GUILERA
Ayer, un rato antes de cerrar, el jefe me dejó un sofá en el almacén. Dijo que el camión pasaría a recogerlo por la mañana.
No era un sofá nuevo, pero estaba bien cuidado. Le eché un vistazo y luego me senté en él. Era cómodo, muy grande, de color verde oscuro.

Patricia me llamó al móvil y me preguntó a qué hora pensaba ir al bar, que ya llevaba un rato esperando y su madre le había dicho que no llegara muy tarde.
Entonces se me ocurrió, en ese momento, y se lo dije. Que se viniera al almacén, que la esperaba.
Al principio ella no quería, pero insistí un poco.
Venga mujer, que si no fuera importante no te lo iba a pedir.

Tardó casi una hora. Para distraerme archivé unos albaranes que llevaban esperando semanas, casi desde que entré a trabajar. A mí no me importa trasladar muebles, montarlos, ni barrer el suelo. Pero meterme en aquel despacho de apenas cuatro metros cuadrados y ordenar papeles no me gusta. Es como volver al instituto y enfrentarme a las carpetas medio vacías, llenas de apuntes que nunca acabé de entender. Pero bueno, ayer era distinto. Lo guardé todo y luego me dio por pensar en quién se habría sentado en el sofá. A lo mejor una pareja de recién casados, los dos mirando la tele bien juntos, o tumbados. Incluso podría ser que más tarde hubiera habido niños saltándole encima.

Patricia me hizo una llamada perdida y levanté la puerta metálica. Estaba nervioso.
Tengo una sorpresa, le dije.
Había pensado en vendarle los ojos, pero no tenía con qué. La llevé hasta el sofá.
Qué te parece.
Se encogió de hombros. No sé, me contestó.
La abracé y le di besitos en la oreja. Eso le gustaba mucho. Se dejó hacer, pero en seguida quiso saber por qué la había hecho venir.
Es muy tarde, ya sabes que tengo que llegar pronto a casa. Puso morritos para decirlo.
No sabía cómo enfocárselo. En lugar de pasar el rato con los albaranes podría haber pensado cómo decirle que teníamos un sofá y estábamos solos. Le dije al oído
Bueno, pero tendremos un ratito, no.
Cómo dices, habla más alto.
Me senté y la cogí por la cintura. Me miró algo sorprendida, con esa expresión de niña pequeña que pone a veces. Estaba de pie frente a mí, con la cabeza inclinada y sujetándose el pelo con las manos.
Qué, dime qué quieres, me preguntó.
Pero me di cuenta de que ella ya lo sabía, porque también habló muy bajito.
Se sentó sobre mis piernas y nos besamos. Me gustaba la piel de mi novia, ella quería que yo la llamara así, mi novia. Me gustaba el contacto de sus mejillas frías y muy suaves. Me gustaba toda ella.
Se tumbó en el sofá y me agarró los hombros.
Mira a ver si hay una manta por ahí, dijo.
Fui al otro extremo del almacén y cogí un par. Eran ásperas y no estaban limpias. Pusimos una sobre el sofá y nos tumbamos. La abracé y cerré los ojos. Nos quedamos quietos y me pareció que nos latía el corazón a la vez.
Metió las manos por debajo del jerséi y me acarició la espalda. Casi sin tocarme, como si lo hiciera con las yemas de los dedos, de arriba abajo y parándose en la cintura. Allí cruzaba los brazos y me abrazaba. Yo esperaba a que volviera a empezar, estaba muy quieto y podía escuchar mi respiración. También la suya.
Nadie me había tocado así desde que mi madre dejó de hacerme masajes cuando no podía dormir, y de eso hacía ya mucho tiempo.
De pequeño me costaba coger el sueño. Era un niño miedoso. Y tuve tres padres, uno tras otro.
A los doce años se acabaron los padres y llegó mi abuela para cuidarnos. Eso le dijo a mamá, he venido para cuidaros, esto no puede seguir así.
Y se quedó en casa con nosotros. Ya nunca más cené cereales con cacao, ni volví a quedarme el último en la escuela, sin nadie que viniera a buscarme. Tampoco pasé más tardes de domingo solo en el cine, ni volvieron a colgarme la llave de casa al cuello por si no había nadie al regresar.
Mi abuela se quedó conmigo cuando mamá se marchó a Suiza de vacaciones. Me acuerdo de la postal que nos mandó, con unas montañas nevadas y un niño con un sombrero.
Un día la abuela me dijo que íbamos a cambiar de habitación. Yo en el dormitorio grande y ella en mi cuarto. Que me compraría unas estanterías y una mesa grande para que pudiera estudiar y que, si yo quería, podría colgar las fotos de la NBA en las paredes.
Y las de motos también, le pregunté muy triste.
Sí hijo, lo que quieras.

El caso es que recordar a mi madre me cambió el ánimo y me sentí raro.
Patricia seguía abrazada a mí y dijo, qué te pasa.
Cómo pudo notarlo.
Nada. Tengo frío, es mejor que nos vayamos.
Ella no preguntó nada y se puso el abrigo. Yo tenía muchas ganas de explicarle a mi novia toda mi vida y en aquel sofá hubiera podido hacerlo. Pero se estaba haciendo tarde.
Abrígate, Patrícia, le dije. Nos vamos a helar en la moto.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Pregunta


VICENÇ DEL HOYO
—Sí, jo sí!
Ho va escoltar al passar pel davant de l’entrada del banc que hi havia just a sota de l’oficina del registre de la propietat intel·lectual. No va ser la frase sinó el to, el que va fer que es detingués. Havia estat un ofegat xiuxiueig. Va dubtar. Duia sota el braç dues novel·les i un voluminós plec de contes que havia escrit els darrers anys. Ara que havia decidit presentar-los a concursos i fer-los circular per editorials calia que els tingués legalment inscrits. Però l’olfacte literari l’atreia cap a aquell rusc situat a pocs metres de seu destí.
Un home alt i voluminós acompanyat per una noia amb una ostentosa perruca rossa discrepaven sobre la necessitat o conveniència d’entrar a l’oficina bancària. L’home duia una llarga i sinistra funda negra que semblava contenir una recta i afamada canya de pescar. Li penjava de l’esquena. Ell volia marxar i ella estava decidida a entrar.
La desbordant i malaltissa imaginació de l’escriptor el llastrava. No podia aixecar els peus de l’entrada de l’oficina. Contemplava hipnòtic l’escena. El cervell en redactava el guió. Se li havien ocorregut mitja dotzena de preguntes a les quals els convenia la resposta inicial. Podria haver estat una pregunta reptadora:
—Estàs a punt per assaltar el banc?
O, pel contrari, una de més esporuguidora:
—Que potser vols anar a la presó?
Malgrat que no li agradava, hi havia la possibilitat d’una de molt innocent:
—Què duus la llibreta d’estalvis?
Podria ser que fos una de més especulativa:
—Creus que ens concediran el préstec?
Posats a imaginar, podria ser que la pregunta, formulada amb accent estranger, hagués estat:
—Egstàs seggura de gue aguesta gés la botiga on vegnen hams i esquer?
Però l’escriptor fantasiós creia que la pregunta que millor encaixava amb el to de la veu que havia sentit al escoltar la resposta era:
—Estàs disposat a morir?
Aquesta va ser la raó per la qual, per fi, va entrar a l’oficina. Més que per buscar respostes, va ser per descobrir la pregunta. En realitat, hauríem de dir per confirmar la pregunta. No estava disposat a abandonar fàcilment les certeses deduïdes.
L’oficina estava plena. L’escriptor no podia entendre per què. Ningú no tenia aspecte de jubilat. Tampoc recordava que fos final de mes. Però els van fer lloc, a la parella. L’home es va allunyar unes passes de la noia i es va despenjar la funda de la canya de pescar. Però qui acaparava l’atenció dels pacients clients era ella. No només per la falsa cabellera groga. Serà per l’insinuant vestit curt augmentat pel generós escot, especulava el nostre escriptor. Tot tenia un aire fals, teatral. Ella mirava a tots i a ningú. Ell havia desplegat, no un aparell de pesca, sinó un llençol amb lletres escrites lligat a dos bastons. La noia li’n va prendre un i entre els dos van estendre la pancarta.
Hi va haver un moment de silenci. Després la fressa de la indiferència va pujar de volum. Des de la seva ubicació, l’escriptor de contes només podia identificar senceres dues paraules: COBDÍCIA i HIPOTECA. Va notar dins seu que una incipient decepció lluitava per brollar. Però la incredulitat no la deixava néixer. Just quan els dolors de part de la decepció prenien protagonisme va sentir un sec espetec. El pescador de canya ara havia tret de la funda una escopeta curta i havia disparat un tret intimidador.
La fortuna va fer que fos l’estomac del novel·lista el que hagués d’hostatjar el plom. El pescador tenia bona punteria. La bala havia triat l’individu més prescindible. La sang li va regalimar panxa avall. El plec de fulls continents de totes les històries somiades es va escampar pel terra. Un silenci mineral oprimia l’oficina. L’olor del fum planava a mitja alçada. Les històries no van trigar gaire a estar xopes de sang del malaguanyat artista; trist per sentir morir les frases ofegades de sang. Hauria volgut veure els mots volant, com ocells que s’escapen de la gàbia. Per fi un somriure li va brollar als llavis. Ara podia precisar amb exactitud quirúrgica la pregunta que no havia arribat a percebre. Obtenia la recompensa de la pau. Havia aconseguit arribar al final de la història:
—Estàs disposat a morir per curiositat?

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Primer amor


ROSANA ROMÁN
En cuanto la vio supo que era ella. Desde la barra la observó mientras cruzaba el bar para sentarse a la mesa. Su belleza madura no le había cambiado la fisonomía. La hubiera reconocido en cualquier lugar, pero jamás había pensado en la posibilidad de reencontrarla allí, en su cafetería de la Estación Central, leyendo un libro y tomando café.
Nunca había tenido tanto interés en asistir a la escuela como en primer y segundo grado de primaria, los dos cursos que impartía la maestra más joven y bonita del colegio.
No había vuelto a pensar en ella en años, pero mirándola descubrió que había estado más presente en su vida de lo que imaginaba. Reconocía en ella a todas las mujeres con las que se había relacionado sentimentalmente.
La revivió junto al encerado, haciendo con tizas de colores primorosos dibujos con los que ilustraba a sus alumnos: las partes de una flor, el corazón humano…
Y escuchaba de nuevo los pacientes consejos que le daba al corregir su ortografía: “La h de ayer, guárdala para hoy”.
Le parecía estar oliendo aún su perfume fresco, que él aspiraba con disimulo. Notaba los dedos posándose en su cabeza y entrelazándose en el pelo en un intento de ordenar sus cabellos rebeldes. “Muy bien, Juanito, sigue así, muy bien presentado”, le decía ella sin imaginar la cantidad de veces que había repetido la página para dejarla pulcra y conseguir así el premio de su caricia.
Recordaba el amor que le inculcó por los libros, la forma de abrirlos y de tratarlos con sumo cuidado, como si escondieran un tesoro. Siempre rodeada de ellos, igual que ahora, sumergida en su lectura mientras bebía distraídamente el café.
¿Le reconocería? Estaba seguro de que no. Cómo iba a reconocerlo treinta años después. ¿Cuántos alumnos habrían pasado por sus clases? Ni siquiera le parecía posible que recordara su nombre. No, no iba a pasar por eso, prefería perder la oportunidad antes que arriesgarse a sentir la bochornosa realidad del olvido.
Pero por fin se armó de valor y se acercó a ella por detrás. Aspiró buscando el aroma que conservaba en su memoria. No era el mismo perfume de entonces, aunque también le gustó.
-¿Desea alguna cosa más? -le dijo mientras buscaba anhelante su mirada.
-No, gracias.
En ese momento anunciaron un tren por megafonía. Ella cerró el libro, se levantó y se dirigió con su maleta de ruedas hacia la puerta. Él la abrió para dejarla pasar y, cuando la tuvo cerca, no pudo evitar que las palabras escaparan de su boca precipitadamente:
-El bar es mío.
Ella parpadeó. “Enhorabuena”, dijo sonriente, y se mezcló entre la gente camino del tren. Antes de torcer hacia el andén la vio pararse un momento y girarse hacia la cafetería. Él seguía todavía allí, sujetando la puerta, y la despidió con la mano. Ella le devolvió el saludo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El cigarro más importante de mi vida


VICENTE APARICIO 
Suena el timbre. Abro la puerta.
- Hola, Cristina. Te presento a Eugênia -dice Jorge.
¿No se le caerá la cara de vergüenza?
Hemos invitado a Jorge a cenar. Que yo sepa, iba a venir solo, pero está claro que trae compañía. Y qué compañía. Menudo cuerpazo tiene la niña. Será cabrón. Míralo ahí plantado, como si no hubiera roto un plato en su vida. ¡Eugênia! ¿Y eso cómo se pronuncia?
-Encantada, Eu-gênia, estás en tu casa -digo. Algo hay que decir, ¿no?
-Obrigada -contesta.
Vamos por el pasillo. Qué cabrón. Desde luego, no se puede decir que tenga mal gusto. Qué culo, por dios, casi me gusta a mí.
Entramos en la cocina. Carlos lleva puesto el delantal de cuadros blancos y amarillos que le regalaron los del curro. Cuando hay invitados, él prepara la cena. Así puede presumir de ser un hombre interesante.
- Hola, chicos. ¿Cómo estás, Eugênia? -dice Carlos. ¡No, si aún se conocerán y todo!- No, no, no hace falta que contestes, ya te veo: estás para mojar pan. -Le da un repaso de arriba abajo y luego me mira y me guiña un ojo, como si a mí también tuviera que hacerme gracia. Pongo una sonrisa lo bastante falsa como para que le quede claro que detesto esos comentarios apestosos. No sirve de nada, nunca va a dejar de hacerlos.
Nos sentamos a la mesa. Carlos sirve el rissotto. Está bueno, se le da bastante bien. El vino está mejor todavía. Lo ha traído Jorge. Tiene buen gusto, el cabrón. Para el vino, para vestir y para las tías, por lo que se ve. ¿No quieres tópico? Toma una brasileña.
Me gusta la camisa de Carlos. Es azul, pero de un azul que no está nada visto, medio gris, y sin una sola arruga. Al muy guarro, con esa percha, todo le sienta bien. Ella lleva una blusa roja que le marca los pezones, y el escote es como para detenerla. Cuando se dan el pico, me pongo enferma. Qué cabrón.
Carlos se levanta, se lleva los platos sucios y va a por el segundo. No consiente que los demás se levanten. Yo me encargo de todo, dice siempre. Lo que tú quieras, pienso yo.
- Tú debes ser brasileña -le digo a Eugênia.
- De Rio de Janeiro. ¿Se nota? -Se agarra por debajo las tetas. Impresiona ver cómo tiemblan. Se ríe y al reírse me enseña la dentadura. Parece que haya estado sacándole brillo.
¿De qué coño se ríe?
- ¿Y a qué te dedicas, Eu-gênia? -pregunto amablemente.
- Soy bailarina. Trabajo en la noche, jajaja. Bares, discos... A veces en el teatro, pero esto está muito difícil. - Y vuelve a enseñarme los dientes.
La verdad es que es simpática. Cortita, pero simpática.
- ¿Y hace mucho que os conocéis?
- Dos semanas -dice Jorge.
Dos semanas no es mucho tiempo para presentarse a cenar con alguien en casa de tu mejor amigo, me parece a mí. Yo no lo haría, desde luego. Y menos, dadas las circunstancias. Alucino.
Carlos trae la carne. Ha hecho carrilleras de cerdo. Al oporto. Mientras las pone en los platos, se mancha el delantal y también la camisa. Ha servido cuatro trozos. Cuatro: ni tres ni cinco. ¿Se puede saber por qué no me ha avisado de que Jorge no venía solo?
No sé muy bien cómo, pero la noche va pasando. De vez en cuando nos miramos  los cuatro y sonreímos. Los temas estrella son las favelas, lo que nos llevaríamos a una isla desierta, Kaká y las habilidades gastronómicas de mi señor esposo. Él y la brasileña son los que más hablan. Hago como que les presto atención. Jorge evita mirarme, tanto como puede.
Eugênia anuncia que va al lavabo y desaparece taconeando. Carlos recoge los restos del segundo plato.
Nos hemos quedado solos.
Estoy como un flan. Me cruzo de brazos y le interrogo apoyándome en ese clásico movimiento de la barbilla:
-¿Tú qué?
- Yo qué... de qué -contesta con todo su morro.
No lo llevamos bien.
Me levanto y pongo los brazos en jarra.
- Así que ahora tienes novia. ¡Cómo puedes ser tan cabrón!
- Cris, por favor, que nos van a oír -me dice con cara de asombro, el muy cínico.
- ¿Por favor? ¿No te da vergüenza? ¡Ahora resulta que tiene miedo de que le oigan! -Mientras hablo, irritada, me doy cuenta de que lo hago en voz baja y eso me irrita más aún. Sigo hablando, porque no puedo dejar de decir lo que tengo que decir, pero aun así no consigo subir el volumen-. Que nos van a oír, dice. ¡Ja! Qué gracia me haces. ¿Quién se ha presentado aquí con esa... muñeca hinchable? ¿Miedo? Qué imbécil que soy. Lo que tendrías que tener es vergüenza. No lo entiendo, te lo juro, no entiendo cómo se puede ser tan capullo. ¿Se puede saber dónde narices tienes la... decencia?
Está muy serio. Me desafía. Me desafía con su silencio y con la cara de asco que pone. ¡Encima!
Suponiendo que tenga alguna intención de contestar, no tengo ocasión de comprobarlo.
- Me gustan los... los..., cómo se dice, ...cuadros que tienes en el baño -dice Eugênia al llegar- . Son lindos. ¿Dónde los has comprado?
Los compré en un chino de mierda, pienso.
- Los compré aquí al lado, en un chino -digo.
¡Joder!
Tomamos el postre, un poco de cava y café. La tarta de siempre hoy no está acertada. Demasiado tiempo en el horno. Y se le ha ido la mano con el borracho.
Nos despedimos.
- Cariño, ¿friegas tú hoy los platos? -me dice Carlos bostezando cuando ya se han marchado.
Va a fregar tu prima.
Voy yo al lavabo.
Hago pipí y me aguanto con las manos la cabeza.
Antes de esta asquerosa noche pensaba que estaba a punto de tomar una decisión. La decisión más importante de mi vida. ¿No habíamos quedado en eso? Pero resulta que no había nada que decidir. Resulta que no había nada de nada.
Qué bien.
Cuando llego a la habitación, mi marido me dice muy serio:
- Menuda jaca se ha buscado el cabrón de Jorge.
Estoy muy cansada.
- Tienes razón, menudo cabrón.
- ¿Y ahora por qué dices eso?
No le debe de gustar cómo utilizo yo la palabra.
- ¿Por qué no me avisaste de que iba a venir la tal Eugênia?
- Porque no lo sabía. -Se encoge de hombros. Dice la verdad, no sabe ni mentir.- Cariño, ¿por qué le has llamado cabrón?
- ¿¿Cómo sabías su nombre??
- Pues porque me ha hablado de ella un montón de veces, Cris, qué importa eso. Si hace meses que se la tira. ¿Has visto cómo está la chavala?
Ella, no lo sé. Yo, sí sé cómo estoy.
- ¿¿¿Por qué has hecho cuatro trozos de carne??? -Me doy cuenta de que estoy gritando.
- Cristina, haz el favor, ¿se puede saber qué te he hecho? A mí no me hables así, ¿me oyes? Pensé que igual la traía. Se me ocurrió, hostia, déjame en paz, ¡¡¡yo qué sé!!!
Me pongo de espaldas a él en mi lado de la cama, lo más lejos que puedo. Pasa algún tiempo. El colchón chirría. Noto sus manos en mis pechos.
- Carlos, por favor, estáte quieto -Hablo en voz muy baja, pero él me oye perfectamente y vuelve a su sitio.
Al cabo de unos minutos, le oigo roncar en la habitación. Yo estoy en el sofá del comedor y acabo de encender un cigarrillo. El humo entra en mis pulmones. Respiro hondo. No toso. Y eso que hace ocho años que no fumo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Buenas vecinas


LOLA ENCINAS
-¿Ha visto, María, qué revuelo de gente? ¡Están todas las cadenas de televisión!
-Pues sí, ¡está hasta el director de La Caixa! Cualquiera diría que hay para tanto.
-Mujer, si le tocaran los millones que le han tocado a ella…
-¡Bah, ha tenido mucha suerte! Cada mes se gastaba la pensión en la lotería, en los ciegos y en otras mandangas y luego iba a pan pedir. Me lo dijo la del quinto, que se la encontró varias veces cuando iba a echar la quiniela del marido. Cuando sale de casa, aunque sólo sea para ir a buscar el pan o comprar en el Mercadona, parece una marquesa, siempre de peluquería y pintarrajeada. El caso es aparentar lo que no se es.
-Es verdad, yo a veces he coincidido con ella y he tratado de tener una conversación, ya sabe, como hacemos nosotras, pero siempre tiene prisa y me deja con la palabra en la boca para ir a lo suyo. Como si los demás no tuviéramos también cosas que hacer… Es bastante estúpida y poco sociable.
-Pues imagínese lo que hará a partir de ahora, ni saludará. Eso pasa con los muertos de hambre, cuando les tocan cuatro perras, miran a los demás por encima del hombro y si te he visto no me acuerdo. Y esa, es una de ellos.
-Pues ella se lo pierde. Se deben tener buenas relaciones con las vecinas, que en esta vida nunca se sabe a quién puedes necesitar… Por cierto, me dijo la presidenta de la comunidad que tiene varios recibos pendientes de pago.
-Pues claro, ¡no los va a deber! ¡No le digo que se funde la paga en vicios!
-Bueno, pues ahora ya no tiene excusa para no pagar, incluso con intereses. La dejo, que hoy viene mi nieto a comer. A ver si algún día tenemos suerte y nos toca a nosotras… Ya sabe, no hay justicia en este mundo. Dios le da pan a quién no tiene dientes...
-Quite, quite. Hablando de refranes y dichos, tengo otro que da en el clavo: todas las zorras tienen suerte… Y yo, prefiero ser pobre y honrada toda la vida.
-Diga que sí  y yo también. Hasta mañana, Luisa.
-Adiós, María.

martes, 24 de noviembre de 2009

El cuerpo


MARC BALLESTER 
Este es el CUERPO de la frase, aunque ER es el centro (quién lo diría) rodeado de un CU y un PO muy pronunciados que lo flanquean como esfinges dormidas y que le permiten ere que ere crecer y crecer, y del cuerpo original pasados unos instantes tan solo atisbamos un ER cada vez más gigantesco, casi monstruoso. Si le damos tiempo, y aunque no se lo demos también, el ER se expande e invade el centro de la ciudad y expulsa al mar los barrios portuarios y luego los barrios altos los catapulta por la cresta de las montañas que están más allá de los arrabales, y el centro, a golpes de ER ER ER se alza, engorda y engulle todo lo que encuentra a su paso. Desaparecen las grandes avenidas, plazas y parques; primero los céntricos y más tarde, sin dar tiempo a evacuar ni a huir, los hospitales, colegios y comisarías (esto está bien, lo de las comisarías engullidas es rematadamente bueno y necesario), por fin la alcaldía también desaparece, eso sí, entre la E y la R, en el corazón mismo de la palabra, y pasados los días, cuando todo y todos han sido devorados (porque recordemos que el CUERPO necesita alimentarse para crecer) el cuerpo decide morderse la C y luego la O, en primer lugar de una forma tímida, casi por compromiso y tras degustarse a sí mismo (como quien se muerde con vergüenza las uñas de un pie) se zampa toda la C, la U, la P, la O y la E, quedando una R monumental, que ocupa el epicentro del mapa, negando toda existencia a su alrededor y ronroneando, ahora sí ahora también, ronroneando, redondoneando, royendo, erre que erre, enredándose, roneándose, horneándose, ro, re, rrrr...

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Dura jornada


NATÀLIA LINARES
Hacía años que la doctora Saymach trabajaba en el más prestigioso hospital de la ciudad. Allí practicaba interminables sesiones de psicoanálisis. Los pacientes se agolpaban en su agenda esperando sus diagnósticos de prestigio.
Un viernes acudió a su consulta una nueva paciente. Una mujer joven. Su aspecto se correspondía con la típica estampa de quien lleva a cabo dos jornadas de trabajo. En casa y fuera de ella. 
-Y bien, usted dirá -dijo la doctora a la nueva paciente- Carmen, ¿verdad? ¿Se llama Carmen?
La paciente asintió con la cabeza.
-¿Cómo te sientes, Carmen? ¿No tienes ganas de hablar?
La doctora dominaba todas las técnicas de acercamiento. Interrogaba poniendo las vidas ajenas en cuestión, de manera que conseguía que los pacientes confesaran sus vivencias más dolorosas.
Cada paciente era víctima del odio, los recelos, iras, desolaciones, envidias, egoísmos, frustraciones que la ciudad encerraba y aglomeraba en una jaula de gentes maltratadas por la idiosincrasia humana.
Carmen notó en el hombro derecho la mano amable de la doctora.
Llevaban quince minutos de consulta, sin que Carmen hubiera dicho una sola palabra.
-Háblame de ti, Carmen. Qué me dices. ¿Trabajas? ¿Tienes hijos? ¿Pareja? ¿Por dónde empezamos?
Carmen la miró fijamente, su cara se hinchó aguantando una gran arcada. Sin poder controlarlo, vomitó. Su boca se abrió asemejándose a una serpiente boa que escupiera insectos negros. Su cabeza se inclinaba hacia atrás por la presión del surtidor. No podía refrenar la fuerza con la que aquella masa informe se escapaba de su interior.
El despacho se llenó de aquel magma. La doctora intentó liberarse a manotazos. Una revista científica que cogió de la estantería le servía de arma atizadora. Abrió la ventana a fin de descargar el ambiente.
Por suerte la boca se cerró y Carmen se desvaneció.
Quedó en el suelo durante minutos.
Se incorporó al lado de la doctora Saymach.
Y se despidió.
–Adiós. Me he quedado como nueva. No en vano hablan tan bien de usted. Hasta la próxima.
Acto seguido la doctora Saymach llamó a su secretaria, le ordenó que anulara todas sus visitas y que reservara un vuelo. Se cogía unos días de vacaciones.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Ácaros


MARIA GUILERA
El niño tenía alergia a los ácaros y el médico me dijo que debía dormir en una habitación sin polvo. Sin una mota de polvo.
Los ácaros están en la alfombra, me dijo. En las cortinas, en la colcha. Hay que sacar todo esto.
Sin cortinas la habitación me parecía otra. Mi madre había comprado la tela, tenían un estampado de barquitos de colores. La colcha hacía juego con ellas. La quité también.
Por mucho que las lave no perderán el color, nos había dicho el dependiente.
Mi madre murió antes de que yo las pusiera en la lavadora.

Íbamos de cara al verano, no me pareció mal sacar ya la alfombra. La enrollé para subirla al altillo, pero luego me dio pereza pedirle la escalera a la vecina y la dejé en el rellano. La portera me dijo que el rellano no era un trastero.
Si quiere tirar la alfombra, espérese al primer martes de mes. Un poco de civismo.
Me lo dijo con rabia, como si quisiera vengarse. Pero yo no recordaba tener nada pendiente con ella.
Por la noche bajé la alfombra a la calle y la dejé al lado del contenedor.
Esa noche el niño tuvo un ataque de asma terrible.
Tú hazles caso a todos, me dijo Santi. Tú, hala, a tirar la casa por la ventana. Y mira.
Yo tenía ganas de llorar. Sobre todo por las cortinas.
Una vecina me dijo que los colchones eran un nido de microbios y que me enviaría a su hermana para que me hiciera una demostración con un aspirador especial antiácaros que era lo mejor contra el asma. Una demostración sin compromiso. Y que no me iba a creer la mierda que tenía en casa.
Me lo compré a plazos, porque era carísimo. Pero lo necesitaba.
Aspiré los colchones, las almohadas y las paredes. Cuando cambiaba el filtro me parecía ver millones de ácaros retorciéndose. Enseguida los echaba a la basura.
Cada día descubría una cosa nueva para aspirar. El sofá, las sillas, los muebles. Todo hasta el fondo y por dentro, allí donde nunca antes había entrado.
También aspiraba la ropa, la mochila y los zapatos.
Al niño le aspiraba al salir de casa y al regresar del colegio. Tenía menos ataques, pero me parecía cada vez más delgado.
Aspiré unas láminas enmarcadas del recibidor y se rompieron las telas. Las tiré antes de que volviera mi marido, porque las había pintado su padre y nos la sregaló en el primer aniversario. No quería líos de familia. Pero también había tirado yo las cortinas que cosió mi madre, eso fue de lo primero. Así que estábamos en paz.
Las pantallas de las lámparas también se rompieron, pero ya eran viejas.
Dejé las bombillas a la vista y quedaba el comedor como de pobre. Me daba igual, menos ácaros.
Pasaba dos o tres veces el aspirador por el baño. Pelos, polvo, porquería. Cómo habíamos podido vivir así.
Lo que no podía limpiar con el aspirador antiácaros, lo tiraba al contenedor.

El niño parecía un poco triste sin los juguetes. De peluches, ni hablar. Las piezas pequeñas del Lego se las tragó el aspirador.
Tienes que entenderlo, hijo. Es por tus ataques.
Un día Santi se llevó al nene con sus padres. Me dijo, tú estás como una cabra, te has vuelto una obsesa.
Le dije que lo hacía por nuestro hijo, pero me doy cuenta de que hay otra cosa, no sé qué es.
Porque sigo aspirando lo poco que queda en casa.
Son ellos o yo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Filla meva


VICENÇ DEL HOYO 
No sé què em porta a dir-te això, potser són coses de l’edat, o potser del caràcter del teu germà, però la veritat, filla meva, és que et trobo molt a faltar. M’agradaria sentir la teva veu greu i pausada pels passadissos de casa. De ben segur que et pentinaries com la teva mare i et faries obstinadament un serrell corbat amb el que voldries amagar el teu preciós front del que, tinc la més absoluta certesa, t’avergonyiries, com ella. Mai hauries d’haver renunciat a ser la filla gran! Amb la teva assenyada vida ens hauries fet sentir orgullosos. No hi ha dubte que et barallaries amb el teu germà. Ell ho necessita. Està creixent com un nen mimat per culpa de la teva absència. No ha de negociar amb ningú, no ha aprés a compartir, sempre acapara tota l’atenció. I, en especial, qui més et necessita és la teva mare. Ella que tant d’esforç ha destinat a ensinistrar-nos, amb tan poca recompensa, està mancada d’una veritable amiga, algú a qui confessar-li els inesperats desànims, les inconfessables febleses i amb qui compartir les alegries sobtades. Tu no hi seràs per jugar aquest paper. Una dona condemnada a viure en un món masculí sorollós i poc receptiu a les subtileses. I, jo? Un pare que no podrà sentir la tendra abraçada d’una noia jove, ni podrà mai oferir una desinteressada protecció paternal a les inevitables angoixes d’una jove. I, nosaltres? Amb qui compartirem l’afeblidora vellesa quan el teu germà hagi volat?
No saps el mal, el dolor que ens causa la teva absència?
Per què no has nascut, filla meva?

domingo, 1 de noviembre de 2009

Estación central


ROSANA ROMÁN
Los últimos viajeros fueron abandonando la estación hasta dejarla vacía.
Llegó el turno entonces para los limpiadores, que volvieron a dar vida a los andenes.
Varios trabajadores pasaban la mopa a la vez abarcando el vestíbulo central. Caminaban en paralelo, todos a un tiempo, como si interpretaran la coreografía de una danza silenciosa.
Raúl se encontraba en un extremo y deslizaba la basura tratando de empujar también sus preocupaciones, como si apartándolas lograra borrar aquella etapa de su vida, aburrida y monótona a causa de su trabajo.
Mientras pasaba la mopa topó con una maleta que parecía olvidada junto a un banco. Iba a retirarla cuando, un poco más allá de donde se encontraba, acurrucada en el suelo descubrió a su propietaria.
-¿Está bien? -dijo amablemente.
La joven asintió pero no se movió, ni siquiera cuando el hombre pasó el cepillo a pocos centímetros de ella.
-¿Ha perdido el tren? Puede descansar en la sala de espera, estará más cómoda.
-Gracias –dijo mientras se incorporaba y se hacía cargo de su equipaje. Pero una vez en pie, no parecía decidirse a tomar ninguna dirección. Su mirada lánguida se perdía en un punto indeterminado.
Él le indicó con el brazo extendido.
-Hacia allí los que van al sur y hacia allá los que van al norte. ¿A dónde va usted?
-A ninguna parte, ¿sabe usted donde está eso?
-Le queda un poco lejos, al final de esta vía, aproximadamente.
Los dos rieron al unísono. Por un momento sus ojos sonrientes se cruzaron aunque la mirada de ella se apagó de nuevo en seguida.
-¿De verdad no sabe a dónde ir?
- Aún no. ¿Qué me aconseja?
- Al sur, siempre al sur, en busca del sol.
La joven, agradecida, recuperó su rumbo. Raúl, silbando, se incorporó a la danza del grupo.

martes, 27 de octubre de 2009

La piedra caliente


VICENTE APARICIO
Leyre se deja llevar. Las escaleras mecánicas chirrían; a lo mejor se quejan porque se aburren, querrían averiarse. Leyre ha venido en metro (línea roja, fin de trayecto) y ahora está arriba, al aire libre, en la plaza donde los niños juegan y las mamás charlan, menos pendientes de su columpio (ya no se balancean, ya casi no arriesgan) de lo que quieren hacer ver. Al cruzar la plaza, una calle por donde los coches pasan a izquierda y derecha, coches de colores nuevos. Y más allá, siempre hacia el oeste, el descampado donde en abril ponen la feria, música festiva, niños y niñas que despiertan al sexo, zapatos manchados de tierra. Leyre camina y camina. Va hacia alguna parte.
El terreno propone al caminante, muy al principio, el incentivo de una ligera pendiente, contra la monotonía. Leyre entiende pronto que es una trampa, una leve nota de cansancio que se volverá ruido de fondo. Camina siempre hacia el oeste, y desde un rincón (siempre hay rincones, da igual la geometría) los gatos exhiben su curiosidad, su distante soberbia. Cuando hace rato que el paseo es una gran planicie de color paja, Leyre se empieza a hartar. Dolor de zapatos, cardos, olor a estiércol. Si tuviera quince años, se descalzaría. Apoyaría las plantas de los pies en el suelo, sentiría la longitud completa de sus pies a cada paso, temblando de emoción. Caminar cansa.
Si mira al frente, aún es de día. Cuando la feria, un río de gente; ahora nadie. Leyre se estremece. Los juncos, a su alrededor, han ganado altura. Plantas, tallos, maleza... A lo mejor los descampados son más amables cuando una puede alargar la vista hasta donde quiere; a lo lejos, siempre hay un infinito. Leyre ha olvidado a dónde va. Ha pisado una piedra. Se ha hecho una pregunta. Siempre le gustó tirar piedras: verlas como saltan, elegantes, a ras de agua, y como se esconden entre las hierbas después de cruzar el río.
¿Qué hago aquí?, se ha preguntado.
Y entonces, exhausta, se ha detenido.
La luz se ha revestido de un tono más preocupante, aunque el atardecer aún ha de hacerse esperar. Son los árboles y sus sombras, tan cerca, lo que más cansa de todo. Leyre se ha sentado en el suelo y ha guardado la piedra en el bolsillo de la chaqueta. Un souvenir, un amuleto. Si se parara a pensar, concluiría que ahora mismo no puede recordar en qué dirección está la parada de metro, el extremo oeste de la línea roja. No piensa (no piensa en eso: se ha prometido mantener a raya a los fantasmas). No tiene hambre ni sueño. De su garganta mana el principio de una canción que no recuerda haber oído nunca antes. Está sola ahí en medio y, contra lo que podría esperar, se sabe dueña de un inmenso poder. No una nana, ni un himno, no una musiquilla de feria, no una melodía aristocrática envuelta en violines y algodón. Una sencilla canción, apenas tres o cuatro notas que se suceden nítiidamente, despacio, y vuelta a empezar. Al cabo de unos minutos, pocos, Leyre ha oído un ruido dentro de la garganta, muy cerca de los oídos.
En algún lugar, un susurro de ramas agitándose. Pisadas que presagian un cambio, algo que por alguna razón a Leyre no le parece una amenaza. Frente a ella, la evidencia de un ser que no estaba previsto. Un ser fuera de toda lógica. Un palo de escoba hace las veces de esqueleto. El esqueleto (una estructura) viste harapos, el recuerdo de una pasada elegancia. Hay un casco en su cabeza filamentosa, un casco de astronauta, y sobre los hombros, una negra capa raída. No estaba previsto, pero Leyre tiene de él, con toda seguridad, una experiencia previa. En la espalda, al darse la vuelta, una cruz roja bordada. Después una reverencia, el rostro grave, rodillas a tierra. Y una voz que dice (una voz inconfundiblemente humana): «Debes regresar». Y no dice nada más. «Debes regresar». Embelesada como una niña que atiende a un cuento (que atiende a un cuento como si las palabras fueran el mundo), no tiene ninguna intención de comprender. Sabe, sin embargo, que es mentira. Que no es verdad. Que lo que está sucediendo no está sucediendo, que los espantapájaros no existen. Que no existen los astronautas, ni los fantasmas, que no existe casi nada. Acaricia con la yema del dedo índice la yema de su dedo pulgar. Las yemas son suyas; existen, ellas sí. Levanta la mano, el dedo casi recto a un palmo de su cara, y entorna los ojos, no del todo. Con la misma yema borra un poco de aire, en el lugar adecuado (en el área de influencia de unas coordenadas concretas), y así consigue borrar del paisaje también toda esa incongruencia. Pero no era esa su intención, o eso se dirá luego a sí misma. Un rubor pálido acude a sus mejillas. No quería hacerlo, pero no tuvo más remedio. La.súbita desaparición de un ser tan poco creíble (la intervención milagrosa de la goma mágica) ha dibujado en su cara un estupor de bebé a quien su padre, traicionado por la emoción, le retiró el estímulo con demasiada brusquedad. «Debes regresar», dice un eco que ha tardado algunos segundos de más en desandar el camino. Y Leyre sigue sin comprender. A veces preferiría ser como un bebé, poner cara de sorpresa, ignorarlo casi todo; protestar llorando con vehemencia, depender absolutamente de alguien que te quiera. No hacer daño nunca. No pesar.
Leyre se echa a andar. El camino de vuelta es más ralo, más despejado. Apenas algún que otro charco alegra la monotonía del paisaje, y los maullidos de los gatos. Camina siempre hacia el oeste y sin embargo, ahí tiene la calle, por la que ahora no pasa ningún coche (y es aún de día). Mira a un lado y a otro antes de cruzar, pues Leyre siempre ha tenido miedo de morir atropellada por un conductor sin brújula (arrollada por un columpio sin control, secuestrada por un espantapájaros sin habla.). Hay bancos vacíos en la plaza, y columpios. Ahí tiene también la boca del metro, por la que se deja engullir sin oponer resistencia, casi se diría que con prisas.
Dentro del vagón, la música regresa; son, no cabe duda, tres o cuatro notas. Como que está completamente sola, deja a su garganta que haga lo que quiera; a lo mejor habría que jugar más a menudo, jugar a lo que a una le diera la gana. El tren arranca, atraviesa el túnel, se detiene. Se abren las puertas. Leyre advierte que ha llegado a una estación donde no ha estado nunca antes, como si en un breve lapso de tiempo alguien hubiera sido capaz de prolongar la línea roja. Una prolongación hacia atrás (pues ella tomó la dirección correcta).
Una mujer entra en el vagón. Una mujer guapa, de piel blanca, muy maquillada; zapatos de tacón rojos, blusa blanca, falda negra. Un pañuelo rojo, también. El corazón de Leyre late con fuerza. Mete las manos en un bolsillo: la piedra está caliente. Sonríe, aliviada, pues la piedra está caliente, y empieza de nuevo a cantar.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La maldición de Pamela y su té verde


LOLA ENCINAS
No somos amigas, sólo nos conocemos por haber coincidido en varios castings, en los que, a pesar de quedar entre las finalistas, ninguna de las dos hemos conseguido trabajo.
Esta vez se trata de un spot televisivo para una importante empresa de ropa interior y lencería.
En el casting de hoy se han presentado más de setenta chicas. Tras varias selecciones y cribas hemos quedado Pamela y yo como finalistas.
No quiero pecar de vanidosa pero creo que en esta ocasión la suerte me va a sonreír y voy a ser yo la elegida.
Pronto entraremos a la sesión fotográfica. Mi mánager me presenta a Ricardo Riera, gerente de la firma. Es un hombre muy interesante y amable.Me invita a tomar un café, aunque me pido una botella de agua, ya que estoy muy nerviosa.
Me dice que está casi seguro de que voy a ser la nueva imagen de la colección otoño-invierno, que tengo muchas posibilidades y que hará lo que esté en su mano para que así sea.
Le llaman por teléfono y se despide con un prometedor “Hasta luego”
Pamela, que estaba en el otro lado de la barra, se acerca. Es evidente por su expresión que aunque no ha podido oírnos, ha intuido toda nuestra conversación.
Me pregunta si estoy nerviosa, le digo que sí y me ofrece un té de importación muy sabroso y con propiedades relajantes que ella suele tomar. Con una sonrisa levanta su taza y me dice: “Por el éxito, que gane la mejor”. Cortésmente correspondo a su brindis. Nos fumamos un cigarrillo y volvemos al estudio.
Ella entra la primera a la sesión fotográfica. He de reconocer que es muy guapa y fotogénica.
De pronto, me encuentro indispuesta. Mi abdomen se ha convertido en un volcán. Posiblemente el agua o el té me han sentado mal. Pido que me disculpen y me voy volando al servicio.
Pierdo la noción del tiempo. Es imposible levantarme del inodoro, cada vez que intento incorporarme, recibo el aviso de una nueva “erupción”… y vuelvo a quedarme sentada.
Al rato, oigo la voz de Pamela al otro lado de la puerta,
-Joana, ¿te encuentras bien?
-Sí, ahora mismo salgo -le digo con un hilo de voz.
-No te preocupes, querida. Al ver que te encontrabas mal, Ricardo tenía una reunión urgente y no podía esperarse, me ha dicho que te mejores y que ya te llamará. Ah, por cierto -ha añadido-, espero que te alegres por mí... Me han elegido como modelo de la nueva campaña, o sea que no tengas prisa en salir.

sábado, 17 de octubre de 2009

Me gusta estar aquí


MARC BALLESTER
Desde lo alto todos los barrios son cuadrículas con mejor o peor trazado, con accidentes geográficos que modifican y desvían las calles y avenidas. Los parques desde arriba se asemejan a clapas áridas que según la época del año se visten de colores, y rompen con los aburridos tejados y azoteas. La ciudad que nos ocupa, durante doce meses no cambia de color, siempre es gris, un gris roto por el blanco de las olas al deshacerse en la orilla de la playa o por los cargueros que navegan ría adentro. Junto al agua, rodeada de parterres y arbustos, divisamos la silueta de un monumento de color bronce. Distinguimos: cabeza, espalda, una pierna extendida y los brazos en paralelo que estiran una losa. La altura nos impide ver el rostro y el abdomen, pero su postura denota esfuerzo y tensión, imaginamos que la otra pierna queda oculta bajo el cuerpo, flexionada, como cogiendo impulso para saltar hacia delante. Si eso es cierto el cuerpo empuja y no estira como habíamos pensado. Retomamos altura y el cuerpo recobra su justa medida y lugar: pequeño y arrinconado.

Olerás el mar, eso te dijeron, pero se olvidaron de especificar que no lo verías. El que diseñó este parque no pensó en ti, bueno, en ti sí, pero no en tus ojos. Te colocaron de cara a unos arbustos, así puedes comprobar el efecto de la brisa marina y el salitre sobre ellos y extrapolarlo a tu espalda e imaginar el color verdoso que debe haber adquirido, lejos del bronce original. Luego gritarás al sentir como los enamorados esculpen sus nombres torpemente en tu vientre, pero tus labios permanecerán sellados; entonces llorarás, y la fina lluvia rodará por tu metálica mejilla.

¿Y la plaza? Me prometieron una plaza, un lugar céntrico e importante, donde estuviese a la vista de todos, donde los jóvenes treparían a mis espaldas portando banderolas rojiblancas si el Bilbao ganaba de nuevo la liga. Mi autor creyó y me hizo creer que sería importante. Que se olviden de él es normal, suele suceder, pero dejar que los pájaros defequen en mi cráneo y que los desheredados duerman y orinen a mis pies, es, sobre todo, decepcionante. ¿Eh? ¿Qué significan esos operarios? ¿Y ese martillo neumático? ¡No! ¡Alto! Si me gusta estar aquí, ¡eh, paren! ¡Aaaah!

domingo, 11 de octubre de 2009

Fin de fiesta



MARIA GUILERA
Eran casi las cuatro de la madrugada y los últimos amigos acababan de marcharse. Les habían ayudado a llevar los platos a la cocina, pero en la mesa quedaban vasos, copas y algunas tazas de café.
-Déjalo. Mañana lo recogeremos. Estoy muy cansado.
-Mañana lo recogeré -respondió ella muy bajo, pero no tanto como para que Juan no llegara a oírla.
-Martina, por favor.
-Por favor qué.
-Que no empecemos. Podríamos acostarnos sin discutir. Por una vez, solo por una vez.
-Estás borracho.
-Eso es verdad. Vámonos a la cama.
-Eso, vámonos a la cama. Y mañana te haré un zumo para tu resaca.
-Nunca en la vida me has preparado un zumo.
-Bueno. Si tú lo dices.

Se levantó de la silla y le señaló con el dedo. Miraba a un punto fijo, en el brazo del sofá.
-Mis padres traerán a los niños a las doce. A ver si estás decente a esa hora y das la imagen de padre ejemplar.
-Martina, me caigo de sueño.
-Te caes de sueño y eso es lo importante.
-Pero qué te he hecho yo.
-Nada. Tú nunca haces nada. Yo soy la que inventa cosas, la maniática, la que se queja sin razón. Una neurótica.
-Nunca he dicho eso de ti. No entiendo nada, cariño.

La vio quitarse los zapatos y empujarlos hacia un lado de la mesa. Luego entró en la cocina y regresó con una bandeja. Empezó a colocar los vasos y las copas despacio. Juan la miraba. Tenía la espalda morena. Le había caído un tirante del vestido, el del hombro derecho.
Sintió que debía hacer algo, no sabía qué exactamente, pero se le acercó.
Martina siguió recogiendo aunque la bandeja estaba ya tan llena que no parecía caber nada más.
Él le subió el tirante. Fue un gesto triste.
Sintió como la piel de Martina se erizaba. Soltó la taza de café que tenía en las manos, cayó sobre una copa y se rompieron las dos piezas.
-Perdóname, perdóname -dijo Juan.

Ella lo dejó allí, con los cristales rotos y el olor a tabaco. Fue hacia el dormitorio pisando el suelo con rabia.
-Siempre lo fastidias todo -murmuró.

Juan salió al balcón y deseó no haber dejado de fumar.
Ojalá no le hubiera hecho caso a su médico y sus pulmones siguieran acumulando mierda. Ojalá estuviera enfermo, muy enfermo, y ella tuviera que cuidarle, atenderle día y noche, hablarle con cariño.
Le gustaría notar que le ocultaba la verdad, escucharla, sin que ella lo supiera, cómo les pedía a los niños que no hicieran ruido. Para no molestar a papá.
Morirse y que ella llorase en su entierro y el remordimiento no la dejara dormir.
Miró hacia el otro lado de la calle. En la casa de enfrente un gato salía por la ventana. Le pareció que le miraba fijamente.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sòlides conviccions


VICENÇ DEL HOYO
Aturat davant del semàfor vermell. Al final de qualsevol carrer, sempre hi ha un semàfor vermell. Es posa verd, pots passar, però només fins que el proper semàfor et barri el pas. Sempre pendent que et donin, momentàniament, pas. Un altre cop aturat. El decorat és una teranyina de carrers sempre idèntics, com els passadissos d’un laberint. Malgrat que hi passis mil vegades, és impossible sentir cap mena de familiaritat. Vianants clònics caminen per les voreres o travessen els carrers. Autobusos escarlates que transporten bustos humans creuen davant meu.
De sobte, sento com si s’hagués produït un canvi.

Tot és igual que fa un moment, però és com si algun element essencial del mecanisme del món hagués deixat de funcionar. Sembla com si tots els objectes fossin de cera i un inexplicable i sobtat aire sufocant fongués aquest decorat. Els negres neumàtics dels cotxes es van dissolent i desinflant sobre l’asfalt fins que els automòbils queden aturats desordenadament sobre el carrer que es deforma tot sol. Els angulosos i rectilinis edificis racionalistes suavitzen el seu aspecte arrodonint les formes. Els malaltissos i famèlics arbres ploren fulles com si fossin gotes. Veig com els vianants disminueixen la velocitat i l’alçada. Estan ensorrats fins als genolls. Els baixos dels abrics toquen ja el terra. Els colors de les coses no estan esmorteïts, són vius com si fossin els llampants colors de figures de plastilina. I això crea un contrast entre el que els està succeint a les coses i l’aspecte que adquireixen. És com si abans de dissoldre’s els objectes mostressin un aspecte més viu que mai.
Agafat al volant com qui s’aferra a una convicció, noto que la duresa de la goma i el plàstic que embolcalla aquest cercle cedeix igual que les meves certeses sobre les coses. M’impaciento, no puc continuar sense fer res, veient com es fon el món com si fos una escultura de gel. No puc creure que això estigui succeint, però alhora tinc la molesta sospita que no m’enganyo. Ingènuament intento connectar la ràdio, pensant que si això és cert, algun reportatge especial emetran. Però l’aparell es desfà, el botó del volum queda entre els meus dits, enganxós com una unça de xocolata. Noto una pessigolleig a la boca. Quan l’obro, salten totes les dents, les atrapo al vol amb les dues mans. M’han caigut totes les dents, però he estat a temps per atrapar-les, podia haver estat pitjor. És com una blanca corona sobre les mans. No s’han desenganxat entre elles, com si formessin part d’una dentadura postissa. Penso que si aconsegueixo mantenir-les així, un hàbil odontòleg podrà tornar-les a enganxar a les meves genives. Mai més tornarà a ser el mateix, però potser no es notarà. Les diposito acuradament sobre el seient del costat.
Torno a mirar a l’exterior i no em sorprèn gens veure que cap conductor ha sortit del seu vehicle. Veig algunes cares dins dels marcs arrodonits de les finestres, són cares silencioses, resignades. ¿Com pot ser que no estiguin desesperats? ¿Han entès alguna cosa que jo encara no? ¿Ja sabien que això podia passar?
Me n’adono que no és suor el que em regalima per la cara i el coll. Adreço la mirada al seient del costat i contemplo que les dents estan escampades, com grans d’arròs. Perdo tota esperança. Ara sé que mai, tant si hi ha demà com si no, res tornarà a ser igual.
Com una pedra que cau sobre un estany, els clàxons esborren la visió. El semàfor està verd. Avanço.
N’estic segur: mai no podré deixar de sentir una angoixant olor a cera cremada.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Fulgencio

VICENTE APARICIO
Anoche llegué a Camarlés. Nada ha cambiado mucho aquí. Eso ya lo sabía antes de venir.
Camarlés es siempre casi el mismo sitio, el mismo año, la misma hora del día. Si hablamos del viento, Camarlés es una piedra, nunca un grano de arena. También las rocas conocen la angustia, la erosión que rasca el silencio del paisaje cuando las agujas del reloj caminan. Incluso las rocas tienen tímpanos.
El viento aúlla en Camarlés. La gente busca a menudo el resguardo de los portales, los ribazos, las cantinas. Los parroquianos juegan a las cartas y fuman puros que elevan hacia el techo espesas volutas de humo.
Un par de horas después de mi llegada pregunté por Fulgencio en la cantina.
Es lo que hago cada vez que vengo.
Me apeo del tren semivacío que me trae hasta aquí, recorro el trayecto cuesta abajo hasta el hostal, ceno una taza de caldo y un par de piezas de fruta que me sirve la patrona, enciendo un cigarrillo y espero a que llegue el momento de preguntar.
¿Alguien ha visto por aquí a Fulgencio?

El más viejo del lugar es, las más de las veces, el único que reacciona; tímidamente, eso sí. Levanta las cejas hacia sus compañeros de mesa, encoge los hombros en un gesto involuntario y, como si no hubiera oído nada, prosigue con la partida. Se acostumbra uno, aquí, a ese tipo de respuestas. Pasado un rato, un par de manos más tarde, quizás, cuando repito la pregunta, el mismo hombre deja caer al suelo un rastro de ceniza y pronuncia una letanía de palabras huecas, que yo podría recitar de memoria, sílaba a sílaba, antes de bajarme del tren.
Todo el mundo sabe, me dice después de tragar saliva, que Fulgencio Martín Benítez dejó Camarlés hace ya muchos años a lomos de un caballo blanco y todo el mundo sabe, también, que nadie ha vuelto a tener noticias suyas jamás.
Me mira entonces el anciano, quizás por primera vez en toda su vida, y su mirada afrentosa, solemne como sus palabras, no me parece muy convincente.
¿Por qué nos preguntas eso ahora, forastero?
Todo el mundo sabe que Camarlés es mi patria. Prefieren, aun así, seguir considerándome un extraño. Un extranjero. No seré yo quien se lo reproche.
Me voy a la cama temprano, pero siempre me cuesta dormir.
Me levanto con el sol, meto en el zurrón las provisiones que la patrona ha dispuesto para mí antes de acostarse y emprendo el camino.
La recta que nace en Camarlés es la más larga de la provincia. Se necesitan unas cuantas horas para recorrerla a pie de punta a punta. A ambos lados no hay más que tierra roja, piedras y una línea de árboles desnudos que subraya los límites del asfalto. A veces, nubes. En la mitad exacta del trayecto se destaca, en el margen derecho según se va caminando, un árbol distinto a los demás. Más encorvado, más grande, más nítido. En su tronco grueso , a media altura, puede uno divisar desde muy lejos la inconfundible figura de un caballo de color blanco que brilla impregnada en su corteza. Siempre parece recién pintada. El vecindario de Camarlés se reúne ahí todos los días del mundo a la hora en que más alto está el sol. Rodillas en tierra, rezan.
Me detengo al pie del árbol y espero.
Ni mi peor enemigo podría acusarme de impaciencia.
Las horas pasan.
El viejo de la cantina, probablemente, aparece el primero. Al principio es apenas un punto vacilante que se aproxima despacio hacia mí desde la lejanía del paisaje. Cuando el viento empieza a soplar, puedo distinguir ya los signos que el cansancio dibuja en su rostro. El dolor, la resignacion, de nuevo ese gesto artificial de desafío.
Nunca me río, pero no es por falta de ganas, sino por respeto.
Cuando llega el caballo (un caballo grande, blanco, limpio), nos subimos los dos a su grupa sin pronunciar palabra e iniciamos un trote ligero a través de la tierra dura y caliente, en perpendicular a la carretera.
El viento arrecia.
Durante muchos kilómetros nos traerá el eco de los cánticos que Camarlés, postrado a los pies del árbol recién pintado, repite cada día a la misma hora desde que se marchó Fulgencio.
Me hace gracia la tozudez de su fe, su rabiosa ignorancia, pero jamás me río de ellos.
El viejo, agarrado a mi cintura, tiembla y permanece callado como un muerto.
A nuestras espaldas, por entre los huecos que deja el repiqueteo de los cascos del caballo, el silbido del viento, el canto litúrgico de Camarles arrodillado, se oye un tic tac imposible que parece salido de las mismas piedras.
Parece mentira que siempre consigan olvidarme, parece mentira que no recuerden quién soy.

jueves, 24 de septiembre de 2009

¡Sorpresa, sorpresa!

LOLA ENCINAS
Me sentía muy feliz con mi nueva relación. Después de varios fracasos amorosos, estaba segura de haber encontrado al hombre de mi vida.
Tomás era tan distinto a los anteriores…, tal vez un poco rudo y primitivo, pero en vez de considerar esas cosas como defectos, me parecían un añadido a su atractiva personalidad. Estaba un poco harta de ambigüedad y disertaciones filosóficas, necesitaba llenar mi vida con la sencillez y la pasión de un simple mecánico tornero.
Hacía tres meses que salíamos. Cada noche parecía la primera, estábamos locos el uno por el otro.
El tiempo se me pasaba volando estando con él.
Vivía saboreando nuestras citas y ansiando la hora de volver a encontrarnos.
Aquella mañana me dijo que tenía un pedido urgente que servir y que nos veríamos un poco más tarde de lo habitual.

En un principio, el retraso me contrarió un poco, pero al instante pensé que me serviría para llevar a cabo un plan sorpresa.
Desde la oficina llamé al restaurante y reservé mesa. Al salir del trabajo me fui de compras, llegué a casa cargada de bolsas, extendí sobre la cama el vestido, la ropa interior y los preciosos zapatos de charol.
¿Os he dicho que el calzado es mi debilidad?
A Tomás le encantan mis zapatos; es lo último que me quita, cuando nos desnudamos.
Me di un baño y empecé a arreglarme. Me encontré especialmente bien cuando me miré al espejo.
Paré un taxi y fui a recogerle al taller, esbocé una sonrisa pensando en el impacto que provocaría mi inesperada visita.
Cuando llegué, el encargado me dijo que Tomás acababa de salir a buscar una pieza pero que volvería enseguida. Su cara denotó cierta contrariedad, ya que estaba a punto de cerrar e irse. Le dije que no me importaba quedarme sola a esperarle, que se fuera tranquilo. Me lo agradeció mucho y se fue enseguida.
Me puse a curiosear por las distintas dependencias del local.
Adosado a la pared, al lado de una ventana descubrí una especie de baúl metálico para guardar herramientas. Estaba semivacío, lo que me dio la idea: me escondería dentro hasta que llegara. Cuando lo estaba haciendo, la pesada tapa de hierro cayó sobre mi cabeza y no recuerdo nada más.
¿Creéis que Tomás se habrá llevado una sorpresa al verme?

sábado, 19 de septiembre de 2009

Ausencia

ROSANA ROMÁN
Desde que se fue, una masa amorfa invade su vida.
Ni siquiera podría asegurar cuándo ocurrió. Solo que de repente el vacío se adueñó de ella al llegar la noche. Por más que lo intenta no recuerda el día ni la hora en que sucumbió al abandono, pero sabe que es real porque ya nada ha vuelto a ser lo mismo.
La música de los objetos ha desaparecido: los platillos de las tapas de las cazuelas, el tintineo del triángulo al caer agua en un vaso, el trombón al cargarse el agua del depósito del baño, el ritmo de la lavadora al centrifugar…
Desde que se fue, pasa los días invadida por la melancolía. Permanece ociosa todo el tiempo y no come o come, cuando le apetece, lo que le apetece, sin atención ni límite.
Ayer batió el récord: tres días sin probar bocado. Por fin se levantó en medio de la noche y saqueó la nevera. Empezó por lo comestible no cocinable, pero cuando llevaba media hora, un terrible dolor de estómago la obligó a devolver todo lo ingerido. Sentada junto a la taza del váter, se puso a llorar desconsoladamente.
Después de aquello, por primera vez en mucho tiempo, hoy se ha atrevido a mirarse al espejo.

La primera impresión la ha horrorizado y como un vampiro ha huido de su vista. Arrastrando los pies y con la espalda encorvada se ha metido en la ducha, se ha lavado el cabello, se ha aplicado desodorante y crema hidratante, se ha peinado secándose la melena y se ha desquitado frente al espejo haciéndole un corte de mangas.
Enfundándose un pantalón tejano, ha salido a la calle. No puede estar muy lejos, dice en voz alta para darse ánimos, y sale en su búsqueda.
Ha recorrido media ciudad deteniéndose en los lugares que solía frecuentar, sin resultado. Bibliotecas, conferencias, exposiciones, parques y hasta el claustro de la Catedral. Se ha dejado llevar por las callejuelas del barrio antiguo y en una solitaria plaza ha gritado su nombre con todas sus fuerzas. Nada.
De vuelta a casa en metro, escruta en todos los rostros que parecen observarla. Nada le resulta familiar, ni siquiera ella misma se reconoce. Sumida en sus pensamientos, casi se pasa de estación. La puerta se cierra apenas ha saltado al andén y se queda allí parada, mirando como los vagones pasan ante ella cada vez más deprisa.
Ya en casa, deja las llaves sobre la consola del recibidor y se descalza con un gesto de alivio. Si vuelves no tendrás que marcharte nunca más, dice en voz alta, y al llegar al salón descubre en la penumbra una presencia en la butaca que está junto a la ventana.
- ¿Dónde estabas?, oye con sorpresa.
- ¿Dónde va a ser?: buscándote.
- Yo no me he movido de aquí. Eras tú la que habías desaparecido hace meses.
- Lo sé, lo sé. pero me costaba tanto volver…
- ¿Es cierto lo que has dicho en el pasillo?
- Sí, lo prometo.
Se sienta en la butaca y ya todo parece en orden. Mira tras los cristales desde donde se ven las vías. Un tren de cercanías pasa en ese momento y suenan con ritmo las maracas. Ella sonríe.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Curiosidades

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Hoy, como otras veces, he salido a la escalera de incendios a fumarme un cigarrillo. Recuerdo que fue aquí precisamente donde empecé a fijarme en el bloque de enfrente.
El trabajo asfixia, cansa, agota y cabrea. ¿O es la especie humana la que cansa y absorbe la fuerza, el ánimo, el humor?
Me alivia ensuciarme el cuerpo de distintos alquitranes. ¡Qué bien entra el humo, cuando lo necesitas! Por la boca, por la sangre, por los pulmones. Fuuuuuuuuu.
El espacio para fumadores es reducido, un rellano de la escalera. Queda muy cerca del otro edificio. A través de los barrotes, pueden divisarse las vidas ajenas.
Entre calada y calada, de pie, rascando unos pocos minutos al trabajo, hace unos días me detuve a observar.
En el bloque de enfrente un vecino tenía tres tazas de café en el alféizar de la ventana.

Durante días, salía a la misma escalera a tragarme el humo de un cigarrillo y veía que las tres tazas siempre estaban allí. En reposo, quietas, no parecían abandonadas sino colocadas con intención.
Pasaban las semanas y las tres tazas continuaban en el mismo lugar. No divisaba si llenas o vacías, y eso, aunque os parezca absurdo, me inquietaba, al igual que su presencia. ¿Por qué tres tazas en una ventana? ¿Qué contendrán? ¿Estarán vacías?

Un día que el trabajo me permitía más tiempo, me colé en el edificio de enfrente. Subí hasta la azotea. Por suerte la puerta estaba abierta.
Desde allí vería la escalera de incendios donde yo estaba unos minutos antes, y si miraba hacia abajo, con un poco de suerte, podría divisar la ventana donde estaban esas pequeñas vasijas ¡Anhelaba tanto saber qué contenían!

Las divisaba pero no las veía bien. No estaba segura de si en su interior había líquido o no.
Ya que estaba allí no podía irme sin saberlo. Me puse de puntillas, dejando medio cuerpo inclinado hacia abajo.
-¡Sí!, ¡efectivamente! Hay líquido -me dije-. Y por el color diría que es café.
Intenté cerciorarme del todo inclinando aún más mi cuerpo hacia abajo, pues no estaba dispuesta a irme sin toda la información. Me incliné un poco más todavía, incluso creí oler el aroma, mmm...
De repente perdí el equilibrio. No dominaba mi cuerpo y eso me precipitó al vacío. No recuerdo más.
Desperté en el hospital rodeada de familiares. Y de mi jefe.
La recuperación, con yeso, fue de seis meses. A mi jefe todavía le debo una aclaración, que no me pide, pero intuyo que me reclama.

Hoy sigo fumando y saliendo al rellano de la escalera de incendios. Desde allí no veo más que retales, y debo atar mi mente que se va con el humo del cigarrillo y sigue a las gentes y se introduce por puertas y ventanas con la intención sana de curiosear y sorber fracciones de otras vidas.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Error angelical

MARC BALLESTER
Vuelvo a casa, no sin antes compartir olores y empujones con un sinfín de personas. La puerta del metro y mi hombro se funden en un abrazo asfixiante. Entre una telaraña de brazos, bolsas y paraguas, intento ojear un periódico. Portada, Tarragona, maleta. Tema del Día, Espanya, pisotón. Opinión, Poble Sec, perdone. Internacional, Paral.lel, bostezo. Política, Drassanes, walkmans. Sociedad, Catalunya, acordeón. Sociedad... o ¿sería más correcto, El Caso? «Pena leve para un hombre que creía legal violar a su mujer». ¡¿Qué?! Mis ojos desorbitados descubren aún más: «La Audiencia de Tarragona falla que el condenado cometió sólo un error al pensar que se puede forzar a la cónyuge».

Diagonal, descargamos, me siento. Asombroso, el erróneo marido sólo ha sido condenado a dos años de prisión por repetidas violaciones a su propia esposa. Passeig de Gràcia, turistas, mochilas. Tiene gracia, el nombre del violador es Ángel; una denominación que corresponde a un espíritu creado por Dios para su ministerio. Alado, desnudo y de inocua sexualidad; que se muestra ignorante ante el Divino Juez, y este, rebuscando entre las Leyes del Pentateuco, encuentra que el artículo 6 bis a) del Código Paradisíaco Penal rebaja la responsabilidad del angelito, ya que obraba, según él, dentro del marco del matrimonio. Es ahí, en la tierra, donde la mujer, costilla, apéndice o subalterna (escoger según se prefiera) puede recibir relaciones/violaciones sin que ello constituya un ataque a su libertad sexual.
Fontana. ¿Qué es peor: descubrir que los ángeles tienen sexo o que nos regimos con leyes dictadas por Mefistófeles? Errores aparte, ¿no será un problema de sordera e invidencia cerebro-cultural que le impide al serafín escuchar y captar el rechazo de su pareja, que le hizo necesario cerciorarse a golpes y finalmente penetrarla, anal y vaginalmente? Lesseps, cabreado, me bajo.

martes, 1 de septiembre de 2009

Carícies

VICENÇ DEL HOYO
“…Ese sentimiento de felicidad no se presenta de forma tan plena ni siquiera en los momentos del éxtasis amoroso. No se trata más que de una luz resplandeciente, de un rayo que ilumina el paisaje de tu vida, un rayo que te ayuda a ver el “instante”, algo que es igual a la vida entera, el espacio entre dos aniquilaciones.
Quien no haya vivido un instante así en sus relaciones vitales con el mundo, se ha perdido una de las mayores aventuras de la vida, difícilmente explicable.”
Sándor Márai, «Confesiones de un burgués»


A les coses se les pot conèixer de moltes maneres. Per la vista la majoria, per l’oïda moltes, per l’olor i el gust unes poques, i només un reduït grup pel tacte. Gairebé totes les coses que es poden veure es poden tocar, però rarament la visió substitueix el tacte. Ni tan sols ofereixen coneixements complementaris. En un món on es valora la vista per sobre de la resta dels sentits vaig trigar uns anys a descobrir que no sempre passa que nosaltres produïm un coneixement de l’objecte a través d’uns mitjans que són els sentits sinó que a vegades, si estem prou atents, podem descobrir que són les coses les que ens permeten que ens coneixem a nosaltres mateixos a través de la nostra sensibilitat, i que això passa més amb el tacte que amb cap altre sentit.
Feia temps que vigilava els pits de la Yvonne. La meva companya era especial, com que era anglesa no estava sotmesa als repressors colls tapats de monja que s’estilaven quan jo anava a l’institut. Ella lluïa uns despreocupats escots atrevits que tenien el poder de la hipnosi. La biologia havia estat generosa amb les seves glàndules mamàries, i jo, que en aquella època no havia trepitjat mai un museu ni obert un llibre d’art, sense saber-ho actuava com un espectador davant de la mutilada Victòria de Samotràcia, per exemple.
De bon principi vaig tenir mala consciència pels meus interessos estètics. Així que vaig dissimular-los. Em vaig convertir en un obstinat espia secret d’aquella serralada. Veure, no es veia molt, el que sí podia fer era imaginar, conjeturar, és a dir, somiar. Em sentia com un paleontòleg que és capaç de reconstruir un gegantesc dinosaure a partir d’una petita dent desenterrada; jo, a partir d’una fugaç visió de com dues protuberàncies insinuen una càlida vall fosca, també era capaç de recrear tot l’exemplar.
Però el destí em va atorgar un rar privilegi, despertar del somni.

Va ser durant la revetlla de Sant Pere del darrer any a l’institut. Va ser al final de la festa. Ella havia estat tota la nit de cares llargues. Àlex, el seu xicot, s’havia passat la nit ballant amb una altra noia. Potser la Yvonne havia begut massa, o tal vegada estava emprenyada, o les dues coses alhora. La qüestió és que en un racó fosc del terrat, darrera dels dipòsits d’aigua de l’edifici, ella em va arraconar i amb la camisa mig descordada es va oferir. Primer tímidament, després amb més decisió vaig explorar aquell vast continent contingut en dues muntanyes. Mai les meves mans han tocat res capaç de generar un trasbals tan immediat i que hagi perdurat tant de temps en la meva memòria. Cap seda, cap teixit, cap marbre podrà mai igualar aquella experiència de la nit de Sant Pere.
I com totes les vivències colpidores, va ser fugaç. Al dia següent la Yvonne es va reconciliar amb el seu xicot, l’estiu es va pansir abans de començar i jo, al poc temps, vaig canviar de barri.
D’ella no ha perdurat ni el discret perfum, ni el contagiós riure, ni tan sols els expressius gestos, sinó que ella ha viscut a totes les carícies en què les meves mans han participat.

lunes, 13 de julio de 2009

La mujer del profesor de Historia

MARIA GUILERA
Encontré un papel doblado entre los exámenes que me dejaste para que te ayudara a corregir.
Allí estaba escrito tu nombre, después una coma y debajo una sola línea. Decía, no puedo aguantar más, acaba la clase y vámonos a tu despacho. Mmmm…
Lo peor de todo eran esas consonantes repetidas.
No había ningún nombre debajo. Así que tuve que revisar todos los trabajos para descubrir cuál de ellos tenía esa letra, la del papel doblado. Había dos muy parecidas.

No te dije nada. Estábamos juntos, tú en la mesa y yo en el sillón. Tú cómodo, yo no.
Me quedé mirándote y levantaste la vista. Tus ojillos de conejo tras las gafas.
Qué, nos vamos a la cama, ratoncito.
Y tú, rata de cloaca, pensé.

No pude dormir. Tenía una mezcla feroz de rabia y tristeza, o quizá de rabia y más rabia. Te miraba y tenía ganas de despertarte, de preguntarte desde cuándo, cuánto tiempo hacía que te habías liado con Mmm.

Por encima de todo quería los detalles, la historia completa. Quién dio el primer paso, quién provocó, quién fue el más decidido. Quizá tenías fama de enamorar a las alumnas, era probable que de un curso a otro se corriera la voz, incluso que algunas se matricularan en tu asignatura con el propósito de seducirte o de ser las elegidas.
Qué papel jugabas, el de profesor ingenuo, el de niño grande o eras quien llevaba las riendas.

Resistí tres días y dos noches. Solamente.
No podía esconderte más tiempo que lo sabía.
Tú me soltaste pero qué dices, por favor, pero ya estamos otra vez.
Entonces saqué el papel doblado y me pareció que estaba haciendo el ridículo.
Y esto qué, eh, esto qué.
Me mirabas con una sonrisa tranquila, como si te hiciera gracia, igual que cuando yo te hablaba de política. Igual que cuando cantaba en la cocina. Yo desafino.
Yo hablaba y hablaba y tú no me contestabas. Te encogías de hombros.
Qué quieres que te diga, si es que no hay nada de nada, de verdad. No sé qué es este papel.

Entonces dijiste ven aquí, anda, ven aquí.
Esa era la frase. Yo me transformaba de juez en acusada y lloraba un poco, me acurrucaba entre tu hombro y tu brazo, la cabeza debajo de tu axila. Me apretabas y te movías un poco, como cuando se quiere dormir a un niño. Me consolabas de los delitos que tú habías cometido y yo me dejaba hacer.

Esa no era la primera vez que imaginaba cosas a partir de indicios.
Luego me tranquilizabas y se me olvidaba.
Yo tenía imaginación y algo de miedo, porque estaba casada con un profesor atractivo que daba clases en la facultad de Historia, rodeado de chicas que tenían diez o quince años menos que yo, que sabían hablar mejor que yo, que interpretaban la política mejor y que incluso, seguro, sabían cantar.

Pero esa vez me guardé la prueba. Y fui a la facultad cuando tú estabas en Madrid, en uno de esos seminarios fantasma a los que yo no te acompañaba porque no valía la pena, porque estabas encerrado y salías a las tantas y con dolor de cabeza, y total eran tres días y mejor que me quedara en casa. Claro, claro que sí.

Fui con el pelo lavado y el papel en el bolsillo de atrás de los vaqueros. Con una bolsa en bandolera y zapatillas de deporte. Como ellas.
Y ahora qué.
Caminé un rato mirándolas a todas, podría ser cualquiera de esas niñas. Qué más daba. Me parecían casi iguales.
Qué hacía yo allí, desafinando.

Volví a casa. Miraba por la ventanilla del tren los apeaderos, los lados de la vía con hierbas altas, las casas nuevas y los muros de contención. Y me parecía que a la ida no había pasado por allí.
Esto no se lo contaré a nadie, pensé.

Al llegar puse la lavadora.
Eché a lavar los pantalones sin vaciar los bolsillos.

miércoles, 8 de julio de 2009

Mi hermana Carolina

VICENTE APARICIO
Mi hermana se llama Carolina. Qué valiente es. El otro día se metió con Juanma Perales, el chulo de mi clase. A la salida del colegio lo estuvimos esperando. Yo estaba muy nervioso.
- Hola, chaval, ¿cómo te llamas? -dijo Caro.
- Juanma.
- Ni hablar, chavalín, nadie se llama Juanma. Quiero el nombre completo.
Juanma hizo así con los hombros, porque es bastante chulo. Pero mi hermana tiene tres años más que nosotros. Cuando quiere, te mira de una forma...
- Juan Manuel Perales.
- Así me gusta más, Juanma. De todas formas, seguro que puedes hacerlo mejor. Veamos: Juan Manuel Perales, y qué más.
Juanma no dijo nada. Se mordía las uñas y tenía la cara muy seria. Normalmente siempre se está riendo. Burlándose de alguien.
- ¿Es que no tienes lengua?
Entonces mi hermana se puso muy cerca de él. Mucho.
- Fresnadillo.
- No te oigo, chaval.
- FresNaDiLlo.

- Gracias, Juanma -Estaba rojo como un tomate. Seguro que algún día se iba a vengar de mí. Me pegaría y me llamaría chivato delante de todos. Ya sabía yo que hubiera sido mejor no decirle nada a Caro, pero es que él dijo que mamá es una puta-. ¿Sabes una cosa? Me gustan tus apellidos. Te sientan bastante bien. Lástima que aún nos falte uno antes de que puedas marcharte. -Me hubiera gustado decirle a Caro que parase ya, pero no me atreví. Siempre me pasa lo mismo-. El tercer apellido es el más difícil. A ver si lo haces bien y nos vamos a casa. Repasemos: te llamas Juan Manuel, Perales, Fresnadillo... y qué más.
- Nada más. Juan Manuel Perales Fresnadillo -dijo Juanma, vacilando un poco otra vez.
Caro volvió a ponerse muy cerca de él.
- ¿Nada más? ¡Cómo que nada más! -Y le pegó una colleja-. ¿Es que todavía no te han enseñado que todas las personas tenemos tres apellidos? El primero, el de tu padre. -Levantó el dedo gordo-. El segundo, el de tu madre. -Levantó el índice-. Y el tercero, el que te ponen los amigos -El dedo de en medio-. Yo y Alfredo somos tus amigos, ¿verdad, Juanma? ¿Verdad Que Sí?
- Sí.
- Pues Alfredo y yo decimos que tú te llamas Juan Manuel, Perales, Fresnadillo, Caraculo. ¿Lo has entendido?
Juanma Perales me iba a pegar una paliza.
- ¿Lo Has Entendido?
-Sí.
- Entonces, ¿cómo te llamas exactamente?
-Juan Manuel, Perales, Fresnadillo,... Ca... Cara... Caraculo.
-Eres un chavalín muy listo, Juanma. Mola que en la clase de mi hermano haya niños como tú.
Y entonces nos fuimos.


Yo no quería hacerlo, pero de camino a casa me puse a llorar. Caro se enfadó mucho y me llamó «cobarde asqueroso». Después, cuando mamá llegó a casa lloré otra vez.
- Lo que me faltaba. ¿Y ahora qué le pasa a este niño?
- Nada -dijo Carolina-, lo único que le pasa al enano es que es tonto. Pero no pierdas el tiempo, nunca se le va a pasar.
- Dios mío, tengamos la fiesta en paz. Os juro que no tengo el día, así que haced el favor de portaros bien. No quiero volver a oíros. Ni al uno ni al otro, ¿de acuerdo?
Papá vino mucho más tarde. Estaba triste. Llevaba así unos días. A la hora de la cena, se sentaba en su sitio, miraba el telediario, se dejaba la comida en el plato casi sin probarla y no decía nunca nada. Le habría preguntado qué le pasaba, pero yo no sé preguntarle esas cosas a papá. Mamá casi no le hablaba tampoco, ni siquiera para darle la bronca.
- Qué asco de familia -dijo Caro mientras se comía el plátano del postre.
Entonces mamá le dio un bofetón muy fuerte. Pero muy fuerte. En mi casa siempre estamos discutiendo, pero nunca nos habían pegado. A ninguno de los dos.


Por la noche no me podía dormir.
- Alfre, ¿estás despierto?
- Sí.
- Si Caraculo vuelve a meterse con mamá o te hace algo, dímelo a mí. No tengas miedo. Yo sabré lo que hay que hacer. ¿Vale?
- Vale, no te preocupes.
Pero yo no me fiaba. Intentaba no pensar en eso.
- Oye, Caro, ¿te duele la cara?
- No, bobo, cómo va a dolerme. Solo que no tengo sueño.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
No paraba de acordarme todo el rato de Juanma Perales.
- Oye, Caro, ¿yo tengo tres apellidos?
- Mira que eres tonto, Alfredo.
Mi hermana me insulta muchas veces, pero es la persona más valiente que conozco.
Al final sí que me dormí.

viernes, 3 de julio de 2009

Tío Alberto

LOLA ENCINAS
Estuve toda la tarde ultimando los detalles. La casa estaba como los chorros del oro, gracias a la ayuda de Manuela y de dos mujeres del pueblo que la habían ayudado. Dos días fueron suficientes para convertir una vieja y triste casona en un lugar acogedor. Lo antiguo también tiene su encanto.
Reflexioné sobre los motivos que me habían impulsado a invitar a mi hermano y a su familia para que pasaran el verano conmigo. Llegué a varias conclusiones, entre ellas que el paso y el peso de los años nos hacen añorar el pasado y a las personas queridas.
La soledad, vieja amiga y compañera, me ha vuelto a visitar el último invierno.
Cuando murieron mis padres, superé la pérdida mejor de lo que pensaba.
En cambio, la traición de Luisa me costó más tiempo, tal vez porque el orgullo tarda más en cicatrizar que el amor.
El sonido del claxon, que anunciaba su llegada, me sacó de mis pensamientos. Bajé presuroso y feliz a recibirlos.


Ya hacía un mes de su llegada. Los días pasan muy deprisa cuando están llenos de vida y actividades, excursiones, paseos por el río, charlas interminables, reconciliaciones pendientes, perdones y agradecimientos, ejercicios de memoria… todo ello aderezado con las risas y los juegos de los niños, que reclaman nuestra atención.
Desde el primer día sentí una profunda conmoción muy difícil de explicar.
La frágil presencia de Julia, la hija mayor de mi hermano, contrastaba con su profunda y sabia mirada. Sus doce años estaban llenos de dulzura y belleza.
Su imagen inundaba cada segundo de mis días y mis noches. Me resultaba casi imposible disimular la atracción que me inspiraba, un deseo insano y enfermizo, desconocido para mí hasta entonces. Tenía que hacer ímprobos esfuerzos para que mis ojos no me delatasen. Mis manos desmayadas trataban de rozar su tersa y cálida piel. Anhelaba la despedida nocturna para que sus labios se posaran sobre mi mejilla.
Una tarde, mi hermano, su mujer y los pequeños fueron de compras a la ciudad, ya que quedaban pocos días para su partida. Julia dijo que no se encontraba bien y que no quería ir, pero que fueran ellos y que yo la cuidaría.
A la hora de la siesta no pude reprimirme más y sigilosamente abrí la puerta de su habitación. Sólo quería observar su sueño…
La habitación estaba en penumbra y ella, despierta sobre la cama, miraba aburrida hacia la ventana mientras sus piernas desnudas jugueteaban con las sábanas; afortunadamente, no me vio ni me oyó.
Pero yo sí ví mi interior y oí como se aceleraban mis latidos.
Aquel día pude frenar mis oscuros impulsos, pero no quise volver a tentar la suerte. Cogí un papel del escritorio para escribirle una breve nota a mi hermano y la dejé sobre el mueble de la entrada para que la viera en cuanto llegase.
Querido hermano:
Una llamada imprevista hace que tenga que viajar urgente e ineludiblemente, sin esperar vuestro regreso. Julia está durmiendo tranquila, parece que está mejor. No sé cuánto tiempo me retendrá este asunto, vosotros seguid con lo previsto, no cambiéis vuestros planes. Han sido unos días inolvidables para mí, gracias a vuestra visita. En cuanto pueda, tendrás más noticias. Abrazos y besos para todos, os quiere...
Alberto.


Mi hermano se compró un apartamento en la costa al que van siempre los fines de semana y en vacaciones.
Julia lleva varios años yendo de intercambio por Europa para aprender idiomas, se ha echado un novio londinense y se queda a vivir en Inglaterra.
Yo vendí la casa y me compré un piso en Madrid.

domingo, 28 de junio de 2009

Flores en la carretera

ROSANA ROMÁN
De un tiempo a esta parte y cada vez con más asiduidad proliferan, que no crecen, flores en el asfalto. Se pueden ver a veces frescas, otras ya marchitas y, cuando pasa un tiempo prudencial, se sustituyen por unas de plástico. Alguien desea recordar tozudamente que allí, en aquel punto, algún allegado perdió la vida.

Soy representante y viajo continuamente por las carreteras de media España. Por eso, ver flores en cualquier curva me molesta profundamente. Es algo visceral que no acierto a comprender. Será porque me obliga a levantar el pie del acelerador y me invita a pensar en quién debía de ser la persona que se empotró contra la valla. Cuando reflexiono, pienso que no está mal, que esta práctica funciona mejor que cualquier campaña de prevención de la DGT. A lo mejor son ellos los que las colocan como medida disuasoria. Pero no, sé que las muertes son ciertas, que allí se produjeron un día o una noche cualquiera, y pienso en milésimas de segundo si habrá sido un intrépido joven en una moto, un abuelo inseguro, una mujer distraída, alguien con una copa de más.
Almas que quizás vaguen sin saber que han muerto debido a la fulminante rapidez del impacto.
Yo viajo mucho, ya lo he dicho antes, y aunque visito a muchos clientes, el vacío se apodera de mí al caer la noche y verme obligado a dormir en cualquier hostal de carretera. Es un vacío de nada, de abismo, de oscuridad.
Ni siquiera sé si me importa, ni siquiera sé si echo en falta a mi mujer, a la que ni recuerdo cuánto hace que no veo. En esas noches largas de pasar es cuando busco compañía femenina. No hay nada más sórdido que un polvo en una habitación de carretera, amores irreales, pocas palabras, pocas confesiones, pocos preámbulos. Una vez acabo, sólo deseo aprovechar el sopor para entregarme al sueño. La única entrega que no me asusta. Me da igual si la mujer se queda o se va, siempre que no me moleste.
Y vuelta a la carretera, y esa continua niebla... Visitas con palabras huecas, cada uno en su papel, yo intentando vender, el otro resistiéndose a comprar. Una copa, una concesión siempre menor que la que esperaba... He de dejar este trabajo, me mata.
Hoy he pasado por una carretera conocida, tan conocida que a veces uno baja la guardia en la conducción. Dicen que estadísticamente, cuanto más se conduce por el mismo lugar, más posibilidades hay de tener un accidente, pero eso es una grandísima tontería
De nuevo flores, justo en un punto donde ya las he visto otras veces. Hoy me apetece bajar del coche y acercarme a mirar. Será porque me suena el lugar. Creo, sí, creo que hace un tiempo tuve un pequeño accidente en esa misma curva. Sigue allí, con una señal de velocidad máxima que nadie obedece. Leo: “A mi querido esposo, siempre te recordaré”. Sí, aquí mismo fue, tuve más suerte que ese infeliz. Yo, después de aquello...., después de aquello..., no consigo recordar qué pasó después de aquello.