domingo, 28 de diciembre de 2008

La línea de tiza

MARC BALLESTER
No quiero contar según qué cosas. No quiero hablar de determinadas situaciones y no soporto que me pregunten sobre ellas. No se equivoquen y vayan ustedes a pensar que se trata acaso de grandes secretos, de misterios insondables o de males ocultos. No, qué va, son de lo más normal, tan normales como la vida y la muerte. Pero quizás necesiten algo, algún detalle con el que soñar y saciar su sed de chismes. ¿Para qué? ¿Acaso no durmieron bien? Siempre con lo mismo.

Creo que para solucionar estos insomnios se podría trazar con tiza en el suelo una línea discontinua y después repartir a las personas en función de si desean saber algo de los otros o si, por el contrario, lo que les hierve entre pecho y espalda son las ganas de contar. Seguro que unos correrían decididos hacia un lado y, al contemplar a los que se quedaron tras la línea, decidirían al instante que se han equivocado y que prefieren estar del otro lado, del lado de los que cuentan, por ejemplo, pero al alcanzar la otra orilla y contemplar que aquel o aquella a quien le iban a contar algo crucial les ha seguido y está también dispuesto a explicar... ¡horror!, aquello se convertiría en un traspasar la línea a cada segundo, como en un paso cebra de una calle céntrica. Unos hacia un lado, otros hacia el otro, y en medio el caos, la confusión, caminos sin retorno, porque hasta que no se encuentran en la otra acera no pueden regresar. Y si, por un casual, descubren que a quien le quieren preguntar o explicar coincide por fin enfrente suyo, le hablan o preguntan sobre un tema. Pongamos por ejemplo aquel día en que llegaron tarde al trabajo. Y entonces se disponen a contar toda la verdad, solo la verdad: su verdad. Y resulta que ella, o él, le pregunta a otra persona algo muy importante; por ejemplo, si le gustó el regalo. Y mientras ustedes se exprimen explicando lo más importante de sus vidas, aquel a quien le dirigen el discurso pierde el tiempo con si le gustó o no el libro, la blusa o la cerámica vallisoletana. Lo peor de todo es que saben seguro que no volverán a coincidir en tan idónea situación comunicativa, y que luego ella o él insistirá y le preguntará a alguien que está a su lado otra nueva gilipollez.
Al final, cansados, cruzarán de nuevo la línea, la calle, la frontera, y querrán preguntarle a ella (ahora sí, siempre es ella) y coincidirán, de nuevo, con el merluzo que estuvo antes a su lado. Pero ahora es peor, ahora lo ven de frente y además les contesta algo tan raro como su cara. La verdad es que estoy cansado y tal vez no lo entiendan, pero lo que más agota es ir de un lado a otro intentando contar historias para después levantar la cabeza y descubrir que nadie prestó atención. ¿Qué me dicen a esto? ¿Eh? ¿Eeeeehhh?

2 comentarios:

  1. Cuánta verdad encierran tus palabras,Marcos...
    A veces nos sobra la paciencia y prestamos atención a necedades e incluso mostramos excesivo interés, mientras ignoramos la palabra enriquecedora de nuestro lado. Puntualmente,escuchar chismes ajenos,ayuda a olvidar los propios problemas.
    Nos morimos por hablar, pero es dífícil encontrar el interlocutor idóneo,en el momento oportuno.
    La buena comunicación,es muy compleja,todos queremos ser escuchados y no "oídos", pero estamos dispuestos a hacer lo mismo?.
    Una vez más,tener amigos,buenos amigos,es un privilegio.

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  2. Qué difícil es pensar solita, y qué suerte tener a estos filósofos tan cerca, abriéndonos los ojos y dejándonos luego solos y dándole vueltas a lo que hemos visto.
    Ahí está Marcos, con las manos todavía blanquecinas después de usar la tiza. Nos mira, dibuja luego en su cara esa media sonrisa y piensa que no aprenderemos nunca.

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