sábado, 22 de noviembre de 2008

La visita

LOLA ENCINAS
El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz, así como la humedad, que taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre, un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, un oasis etílico y de compadreo, simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, pero no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy al fondo, a una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, así como los cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos; a un lado, hombres en busca de compañía y cháchara proporcionadas por mujeres que, recostadas en la barra, cubren necesidades propias y ajenas, vaciando y llenando sus depósitos con la droga del olvido.
Como es habitual, nadie repara en mi presencia, una vez más soy un privilegiado espectador de la vida, los actores desfilan ante mí interpretando el guión que, la mayoría de veces, eligen voluntariamente.
Ahí está él, tendrá unos 25 años aunque parece mayor, los estragos de la mar y el sol han hecho mella en la piel de su rostro.
El tabernero se niega a servirle la nueva copa que le ha pedido y le reclama el pago de lo servido. Con gesto pueril y fanfarrón saca su abultada cartera del bolsillo trasero. Se nota que acaba de cobrar su último viaje.
(Según he oído comentar, ha tenido mucha suerte, se ha salvado por los pelos del accidente que tuvo en el barco hace dos días).
Al final, paga a regañadientes y sale de la taberna, dando tumbos, a enfrentarse con la noche y el frío.
Dos marineros que han estado pendientes de la escena, salen también, tras él.
Y como se acerca la hora, también yo me uno a la comitiva.
Los dos hombres caminan más rápido y más seguros que el chico, que tambaleándose avanza y retrocede. Yo procuro guardar una cierta distancia para no ser descubierto. Pronto le alcanzan, le flanquean, el muchacho les mira sorprendido y sonriente, ellos sacan de sus bolsillos dos hojas que iluminan la calle con su brillo, entran y salen varias veces del cuerpo con la misma rapidez con la que ellos recogen la cartera y se pierden en la bruma.
Me acerco a la desmadejada figura, que yace en el suelo herida de muerte… Me mira, creo que me reconoce, su agónica mirada me suplica que le deje, que aún es pronto, que tiene muchas cosas pendientes por hacer...
Pero le digo que esta vez no puede eludir su destino, igual que yo debo llevar a cabo la misión encomendada, la de ampliar y renovar la tripulación del universo, un año más.

8 comentarios:

  1. Bienvenida a bordo. Has pasado a engrosar la tripulación karcómica y espero encontrarte muy a menudo en alguno de los túneles que transito raramente sola y preferiblemente en compañía de otros.
    Tu estreno da cuenta del lado macabro de tu imaginación. Espero otros: el tierno, el cómico, el fantástico, el excesivo, el íntimo.
    Feliz travesía, colega.

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  2. Bienvenida, Lola.
    Me gusta la discreción con que aparece en tu relato la muerte.
    Ella se limita a esperar, para hacer su trabajo.
    No es ella quien da miedo.
    En todo caso, sus sicarios: una navaja en ciertas manos, un turismo desbocado, un órgano averiado, una colección de células rebeldes...
    Me gusta, también, ese paréntesis malicioso que no presagia nada bueno (eludir el destino una vez, vale, pero... ¡¡¡dos veces!!!, ni de broma).
    ¿Te he dado ya la bienvenida?

    Vicente

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  3. Querida autora:

    ¿Qué hace una chica como tu, en un sitio como este?

    No se puede negar la originalidad del relato. Un protagonista blanco que regresa de un viaje, de su particular cruzada. Un ambiente materialista atestado de vicio, concupiscencia y vida, en donde los personajes ríen, lloran, gritan, juegan, sufren y ejecutan su cometido a las órdenes del protagonista negro.

    Que bueno, la personalidad del que relata la historia, a la vez que negro protagonista, no queda desvelado hasta el final.

    La muerte, al son de un navajero Maki Navaja, aunque con la misma frialdad de un Bergman en su séptimo sello, no perdona. Nuestro horror, en este caso, no es la peste, el juicio final o la existencia de dios, sino el miedo a lo desconocido.

    A todos nos quedan muchas cosas por hacer. A ti, seguir escribiendo estas historias magníficas y a nosotros envidiarte cochinamente y leer con delectación tus carcomidas historias.

    Un besos y adelante con las hachas.

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  4. Hola Lola, siempre Lola.
    En el Barco Karcoma se viaja en calma, la tripulación amiga hace que las travesias sean agradables. Te estrenas en el blog, aunque ya llevas corrido mucho mundo con Karcoma.
    No te viene ni nos viene de nuevo esa frescura especial que tienes para inventar y explicar historias.
    Hasta Pronto. un abrazo.

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  5. Me alegra que te subas a nuestro barco y hayas encontrado tu lugar. Ya sabes que este cuento siempre me ha gustado mucho. Pero como dice zobruja, tienes otras facetas que mostrarnos, estoy deseosa de leerte en el blogg. Bienvenida amiga.

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  6. Salvo el fatal desenlace de tu historia, todo lo demás lo viví ayer mismo, a la noche, en una taberna hasta la que me acerqué, de este puerto del Cantábrico en el que estoy este fin de semana.
    Hoy llueve también y veo el mar, ahí al fondo, mientras escribo, díscolo y embravecido.

    Saludos.

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  7. Una buena pintura. Nos haces "ver" el ambiente, con detalles de claro-oscuro, para sorprendernos al final con la muerte personificada.
    Seguiré tus relatos.
    El Trasgu

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