domingo, 16 de noviembre de 2008

El cebo humano

ROSANA ROMÁN
Cuando escuché el aullido de aquel lobo algo dentro de mí salió corriendo. Sin embargo, yo permanecí inmóvil, aterrado y en el más absoluto de los silencios. Fue en aquellos momentos cuando me di cuenta del grave error que había cometido aceptando la propuesta del cazador.
Confieso que la idea de convertirme en el cebo de un lobo es tan disparatada como atractiva. A mí, que siempre me ha gustado jugar con el riesgo y vivir situaciones límite, me produjo un escalofrío pensar en ese reto, ese pulso a “lo salvaje” que subiría el nivel de mi adrenalina y, de paso, el de mi ego.

Siempre he sido un buen corredor. Tengo mi habitación llena de trofeos ganados en diferentes ediciones de carreras regionales. Una vez corrí la Jean Bouin en Barcelona y quedé muy bien clasificado; por eso pensaron en mí cuando se habló de un cebo humano con el que poder tender una trampa al lobo que tenía aterrada a toda la comarca.
Hacía un año que merodeaba por aquí y se había intentado todo lo humanamente posible para cazarlo. Mientras tanto, el animal, que tenía una inteligencia sobrenatural y rasgos asesinos, se paseaba burlón asustando a la gente, atacando los ganados y las granjas, e incluso había estado a punto de matar a un niño.
Fue entonces cuando decidieron hacer una batida todos los cazadores de la zona y poner precio a su cabeza.
Alguien propuso contratar a un rastreador experto llamado Santiago Jiménez cuya fama de cazador de lobos se extiende por toda la Cordillera Cantábrica. Una vez estuvo con Félix Rodríguez de la Fuente ayudándole a filmar un reportaje sobre el lobo ibérico, que se hizo muy famoso. En aquella ocasión, evidentemente, no cazó ningún animal, pero su colaboración fue fundamental para poder acercarse a ellos. Conocía bien sus guaridas, sus horarios, sus costumbres y todo lo necesario para tomarles la delantera.
Cuando decidió aceptar el trabajo de cazar al lobo, se informó bien sobre todos los intentos que se habían hecho hasta entonces. Con un tono grave y firme dijo: “Necesitamos un cebo humano, o nunca lo cogeremos”.
De entrada, la idea pareció descabellada, pero cuando se habló de alguien que pudiera correr a gran velocidad, todo el mundo estuvo de acuerdo en que ese alguien sólo podía ser yo.
Quizás por eso me sentí halagado. Confieso que también me tentaron los seis mil euros que me ofrecieron por ello. Una cosa estaba clara: esa hazaña la compartiríamos a partes iguales el cazador y yo. Pasaría a la posteridad por mi valor y mi capacidad física. No estaba mal, sobre todo para un chico de un pueblo de mil habitantes perdido entre los Picos de Europa.
Según Jiménez, la cosa era fácil y yo tendría todas las garantías para protegerme.
El plan consistía en llegar hasta la zona donde se sospechaba que el lobo tenía la guarida y esperar a que empezara a anochecer. Debía embadurnarme con sangre de un carnero para atraer su atención y, en el momento en que lo percibiera, lanzar una bengala para avisar de la posición a los cazadores. Después de eso mi misión consistía en correr, correr todo lo deprisa que pudiera, jaleando para que el lobo me persiguiera. Del resto se encargaban ellos, y yo no debía parar hasta que cobraran la pieza. Si no era testigo de ese momento, una bengala me avisaría del fin del animal y por tanto de la aventura.
- Pero... ¿y si lo pierden?, ¿y si no consigo quitármelo de encima?-pregunté indeciso.
- Tendrás una pistola para defenderte – dijo el cazador -; claro que para que sea eficaz has de disparar desde cerca, pero si necesitas usarla será porque lo tienes prácticamente encima. Te enseñaré los puntos más vulnerables.
En aquel momento me pareció un plan atrevido e ingenioso, y por eso acepté.
El domingo siguiente, que era el día señalado, preparé una pequeña mochila con algo de comida, agua, un frasco de sangre, la bengala y la pistola y me adentré en el bosque cuando el sol todavía estaba alto.
Tuve un mal presentimiento desde el principio. Caminar por el bosque no me daba la misma seguridad que hacerlo sobre el asfalto y aunque practicaba campo traviesa, la frondosidad de la zona alta (mayor de lo que recordaba) y la irregularidad del terreno me hacían más vulnerable. Con la emoción de la aventura subestimé estos detalles tan importantes.
Todo ocurrió muy deprisa. Estaba untándome la sangre del carnero por todo el cuerpo cuando, al levantar una pierna, resbalé y caí rodando por un terraplén. A mis pies, una gran abertura parecía querer tragarme igual que acababa de hacer con la mochila y todo su contenido. Rodó hacia abajo con tanta prisa que no pude recuperarla; apenas pude sujetarme a las raíces de un árbol para evitar precipitarme yo también al vacío.
Me sentí abandonado. La bengala para avisar y la pistola para defenderme habían desaparecido, estaba anocheciendo ya y en aquel momento pensé en las jugadas que te hace a veces la vida sin más ni más. Estaba tan asustado que no podía pensar, tenía que salir de allí. Se trataba de correr, correr, eso me habían dicho. Daba igual que no oyera todavía al lobo, su aliento calentaba mi nuca y toda mi columna vertebral desde hacía rato.
Intenté incorporarme pero no pude porque un latigazo de dolor quemó mi pierna. La observé con dificultad ya que la noche iba cayendo cada vez más deprisa; mi pierna estaba en una posición extraña, vuelta del revés, torcida, como si fuera un miembro ajeno a mí. Cuando comprendí que la tenía rota, oí el aullido del lobo; y aquella fría noche sin luna se cerró sobre mí como una helada mano que me hubiese atrapado para siempre. Sabía que ya no podría escapar.

6 comentarios:

  1. ¿Atractivo ser el cebo de un lobo? ¿Para subir la adrenalina y el ego? Le está bien empleado. Ven, lobo,ven. Aquí, aquí. Mira quién hay aquí. Míralo qué quieto está...

    http://es.youtube.com/watch?v=-7iN7PH6ADo

    Un buen texto.

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  2. No, si se veía venir...
    Gracias por este homenaje a los seguidores del Amigo Félix que se quedaron en el camino.
    Me parece un relato cargado de visibilidad, naturalidad y personalidad. O sea, que según quien no tiene ya nada que enseñarte.

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  3. Un relato así, sólo podía salir de un a mente como la tuya, aventurera, valiente,segura,solidaria,generosa.
    No sé si pasarás a la posteridad, ni si llegarás a ser famosa. Pero para mí, eres un ejemplo y te admiro mucho por como manejas tu vida, incluso aunque no comparta muchas ideas ni actitudes, pero siempre son más las cosas que nos unen, que las que nos separan.
    Este cuento, es uno de mis favoritos.

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  4. Este hombre cebo me recuerda al Rambo de las películas, pero este es mucho más real. Tiene miedo y lo manifiesta. Es un personaje de carne y huesos.
    Se cree.
    Saludos.

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  5. Querida autora:

    Me lo he pasado muy bien leyendo tu relato.
    Bien estructurado y equilibrado en sus diferentes fases de la narración.
    Original y entretenido, engancha, de principio a final, al ávido lector que quiere conocer cómo acaba toda esa montería.

    Contiene una ironía que no aflora explícitamente pero que guarda mucha crítica social, y empresarial si me apuras.
    La historia puede parecer un cuento destinado a niños; en todo caso calará más al adulto que la lee que al infante que la escucha.
    Como no cierras del todo el final, cada lector podrá buscar su propia moraleja.

    En cualquier caso es una historia que critica nuestra falta de humildad y nos azota en esa faceta tan humana de autosuficiencia y prepotencia.
    Algo de licantropía debe tener el ser humano, que hasta llegamos a decir aquello de que el hombre es un lobo para el hombre.

    Podríamos proponer a estos buscadores del oso de los pirineos que se untaran de miel; tal vez tendrían más éxito. ¡Pero que se cuiden de no resbalar!

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