domingo, 30 de noviembre de 2008

Un cuchillo jamonero

VICENTE APARICIO
¿Habeís llevado alguna vez un cuchillo dentro de un vagón del metro? Un vagón hasta arriba de gente y el cuchillo dentro de una bolsa del Caprabo, me refiero. Un cuchillo cogido por el mango, dentro de la bolsa, con la hoja hacia abajo, las manos pegadas a los costados...
Yo sí.
Me lo dio mi hermana. Fue el día en que se fue a vivir a Nueva Zelanda. El día antes, mejor dicho. El día en que fui a su casa a decirle adiós.
¿Qué se le habrá perdido a esta en Nueva Zelanda?
- Oye, Jose, ¿tú tienes en tu casa un cuchillo como dios manda? Mira, niño, mira tú qué maravilla -me dijo después de abrir un cajón y enseñarme un cuchillo jamonero con una pinta estupenda-. Si lo vas a usar, prefiero que te lo quedes tú. A saber quién vendrá a vivir aquí.
- Trae p’acá -le dije.
¿Sabéis cortar jamón? Para cortar bien jamón no hace falta tener ningún máster, pero sí que se necesita un buen cuchillo, un cuchillo como el de Ester.
- Tendrás que dejarme una bolsa -le dije-. No vaya a ser que me confundan con un asesino en serie.
Hice como si clavara en al aire una cuchillada jamonera.
Entonces ella trajo la bolsa del Caprabo y yo le di un par de besos y me marché. Ya le vale, a Ester. Mira que irse a Nueva Zelanda.

El metro iba hasta los topes. Parecíamos sardinas en lata.
Yo había hecho un nudo con las asas de la bolsa para que el cuchillo no estuviera muy a la vista, pero la verdad es que aun así me sentía ridículo llevando un cuchillo en una bolsa del Caprabo como si fuera la cesta de Caperucita. Así que me pareció que empuñarlo por el mango, bocabajo, dentro de la bolsa, y con la hoja pegada a mi muslo era la mejor opción, la menos comprometedora.
Ya sé que no pasa nada, pero qué queréis que os diga.
Ester está en Nueva Zelanda porque se ha enamorado de un tipo y se ha ido a vivir con él. Toda la vida en Lavapiés y, de un día para otro, a tomar por saco. Lanzo esta pregunta: ¿puede una persona normal enamorarse de alguien durante unas vacaciones de veinte días y tener decidido enviarlo todo a tomar por saco antes de aterrizar en el vuelo de regreso?
Opino que no, por muy largo que sea el vuelo.
¿Habéis estado a punto de clavarle un cuchillo a alguien en un vagón del metro? ¿Habéis estado a punto alguna vez?
El metro, cuando va lleno, huele que alimenta. Lo guarra que es la gente. Mira que yo viajo siempre en transporte público, pero todo ese olor concentrado a humanidad... me saca de quicio.
Aquel día, el día del cuchillo, había un chavalito cerca de mí que hacía una peste de mil demonios. Olía tan asquerosamente mal que, aunque el metro iba hasta los topes, se había formado a su alrededor una especie de cordón de seguridad. Yo, con mi cuchillo pegado al muslo derecho, estaba justamente en el perimetro exterior del cordón.
Algunos pasajeros ponían cara de impaciencia; otros se reían entre dientes.
Ester siempre ha sido mas rara que un perro verde. Si los viajes interplanetarios estuvieran a la orden del día, ella se habria enamorado de un extraterrestre, por supuesto, pero es que además habría sido un extraterrestre de Plutón. Como si lo viera. Podéis creerme si os digo que no bromeo.
El caso es que el niño, no contento con atufar el vagón entero, encima armaba un escándalo de tres pares de narices. Estaba jugando con el móvil. A juzgar por el ruido que armaba el trasto aquel, tenía que tratarse de algo relacionado con la guerra mundial. Obuses, o algo por el estilo.
En la estación de Callao subió una señora de unos cuarenta y tantos. Tras abrirse paso como pudo entre la gente, se quedó parapetada justamente entre el chavalito y yo, dentro de la franja de seguridad. Pronto pude ver como arrugaba la nariz. Movía las aletas disimuladamente y después la expresión de su cara se contraía hasta parecer una alcachofa un poco pasada.
- Joven -le dijo en un momento dado-, ¿no le da a usted vergüenza armar el escándalo que está armando? Somos todos trabajadores, ¿sabe usted? -añadió a continuación, y debo confesaros que yo todavia le doy vueltas a esa ultima frase.
El chaval, sin dejar de apretar las teclas del teléfono como un poseso, le contestó:
«No me ralles.»
Qué admirable respuesta. Que eficacia. Tres palabras: «No-me-ralles.» Ni siquiera se molestó en levantar la vista. Y siguió dale que te pego con el móvil, armando un estruendo bélico descomunal, como si tal cosa.
La mujer alcachofa se puso de los nervios. Empezó a gesticular. Empezó a soltar el clásico discurso sobre la juventud de hoy en día y los valores y adónde vamos a ir a parar... Todo ese rollo.
Y dale, y venga, y venga y dale, y el chaval con una actitud chulesca sin decir ni mu y todo el mundo mirándose y poniendo caras como diciendo ya ves tú, el niñato, o qué pesada, la tía, según miraras a izquierda o derecha, y la mujer dale que dale con la juventud y los valores y yo que hacía rato que hubiera desconectado, si no fuera porque, mientras salia veneno de su boca, con el sofoco la mujer no paraba de refregar el culo contra mi costado, y yo, entre la olor a podrido que llegaba del otro lado de la franja de seguridad, la emisión en directo de la Guerra de las Galaxias y los refregones, entre una cosa y la otra estaba... estaba... estaba a punto de fugarme a Nueva Zelanda.
Fue entonces cuando levanté el cuchillo.
Noté que la mano se aferraba al cuchillo y se levantaba con un movimiento seco.
- Mecagüen la hostia -dije en voz alta con aquel trasto en alto, dentro de la bolsa, y se hizo un silencio ensordecedor-. Usted -dije señalándola a ella-, escúcheme bien. Uno: o deja usted su trasero quieto o le juro que mañana salimos en los periódicos. Dos: cállese la boca. Y tres: en la próxima estación se me baja del vagón sin chistar. En cuanto a ti -le advertí al mofeta-, tienes dos opciones: o apagas el móvil ahora mismo o te lo comes antes de llegar a Plaza de España. ¿Me habéis entendido los dos? -dije a modo de conclusión-, ¿He hablado suficientemente claro?
Me entendieron a la primera.
Ella se bajó en Plaza de España. El chaval quiso poner cara de decir «No me ralles», me juego lo que queráis, pero se quedó mirando la bolsa del Caprabo y prefirió no enterarse de lo que vale un peine.
Joder, qué nervios.



Había restricciones de agua. Puse a tope la bañera. Me hice un trabajito.
Sonó el teléfono.
Hola, mamá -dije, resoplando aún.
La salud de mamá es de hierro. Tiene setenta y tantos años, pero su edad mental está entre quince y... doce.
Disparó sin compasión uno de sus monólogos surrealistas. Prefiero no entrar en detalles. Cuando empezó a hablarme de su último ligue, la interrumpí.
- ¿Has hablado con Ester últimamente?
No había hablado con ella.
- Se ha ido a vivir al extranjero, mamá -le informé.
«¿Y los niños?», preguntó ella, que no pareció extrañarse con la noticia. Tampoco parecía preocupada.
Me quedé pensando. Qué fuerte, no se me había ocurrido pensar en los niños. Debían de estar con su padre, ¿no?.
- Yo qué sé, mamá. Pregúntaselo a ella.
Menuda familia.
«Tu hermana es muy capaz de haberse largado por ahí sin los niños, ¿te das cuenta?, debe creerse que tiene aún doce años», dijo mi madre en tono de reproche.
Volví a quedarme pensando. Se me ocurrió una contestación billante.
- No me ralles -le dije, y a duras penas pude contener la risa.
Colgué.
Entonces clavé el cuchillo jamonero en el sofá, sin sacarlo de la bolsa del Caprabo.
- Mecagon la hostia puta -dije.



Han pasado tres meses y ayer hablé por primera vez con Ester. El tipo del que se enamoró es un imbécil. Por ahora no piensa en volverse a España. En primer lugar, porque no tiene pasta para el billete de vuelta; en segundo lugar, porque está perdidamente enamorada de un músico australiano que va a hacerse famoso y inmensamente rico el día menos pensado. Desde que se fue, Ester aún no hablado con mamá, porque mamá es una histérica y ojalá se muera. Los niños están con su padre, que es un cabronazo pero se ocupa de ellos bastante bien dentro de lo que cabe.
Yo estoy aquí sentado en mi sofá, que ha quedado bien chulo con su hermosa raja en el lomo. Lástima que nunca venga nadie aquí. Encima de la mesa tengo un platito de jamón recién cortado, una botella de aceite de oliva virgen extra y una copa de vino que no se la salta un galgo. Estáis todos invitados. No tenéis ni idea de lo que os perdéis si no probáis este jamón. ¿Hay algún imbécil en el mundo a quien no le guste el jamón?
Hasta hoy no había vuelto a usar el cuchillo. Corta que te cagas.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La visita

LOLA ENCINAS
El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz, así como la humedad, que taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre, un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, un oasis etílico y de compadreo, simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, pero no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy al fondo, a una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, así como los cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos; a un lado, hombres en busca de compañía y cháchara proporcionadas por mujeres que, recostadas en la barra, cubren necesidades propias y ajenas, vaciando y llenando sus depósitos con la droga del olvido.
Como es habitual, nadie repara en mi presencia, una vez más soy un privilegiado espectador de la vida, los actores desfilan ante mí interpretando el guión que, la mayoría de veces, eligen voluntariamente.
Ahí está él, tendrá unos 25 años aunque parece mayor, los estragos de la mar y el sol han hecho mella en la piel de su rostro.
El tabernero se niega a servirle la nueva copa que le ha pedido y le reclama el pago de lo servido. Con gesto pueril y fanfarrón saca su abultada cartera del bolsillo trasero. Se nota que acaba de cobrar su último viaje.
(Según he oído comentar, ha tenido mucha suerte, se ha salvado por los pelos del accidente que tuvo en el barco hace dos días).
Al final, paga a regañadientes y sale de la taberna, dando tumbos, a enfrentarse con la noche y el frío.
Dos marineros que han estado pendientes de la escena, salen también, tras él.
Y como se acerca la hora, también yo me uno a la comitiva.
Los dos hombres caminan más rápido y más seguros que el chico, que tambaleándose avanza y retrocede. Yo procuro guardar una cierta distancia para no ser descubierto. Pronto le alcanzan, le flanquean, el muchacho les mira sorprendido y sonriente, ellos sacan de sus bolsillos dos hojas que iluminan la calle con su brillo, entran y salen varias veces del cuerpo con la misma rapidez con la que ellos recogen la cartera y se pierden en la bruma.
Me acerco a la desmadejada figura, que yace en el suelo herida de muerte… Me mira, creo que me reconoce, su agónica mirada me suplica que le deje, que aún es pronto, que tiene muchas cosas pendientes por hacer...
Pero le digo que esta vez no puede eludir su destino, igual que yo debo llevar a cabo la misión encomendada, la de ampliar y renovar la tripulación del universo, un año más.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El cebo humano

ROSANA ROMÁN
Cuando escuché el aullido de aquel lobo algo dentro de mí salió corriendo. Sin embargo, yo permanecí inmóvil, aterrado y en el más absoluto de los silencios. Fue en aquellos momentos cuando me di cuenta del grave error que había cometido aceptando la propuesta del cazador.
Confieso que la idea de convertirme en el cebo de un lobo es tan disparatada como atractiva. A mí, que siempre me ha gustado jugar con el riesgo y vivir situaciones límite, me produjo un escalofrío pensar en ese reto, ese pulso a “lo salvaje” que subiría el nivel de mi adrenalina y, de paso, el de mi ego.

Siempre he sido un buen corredor. Tengo mi habitación llena de trofeos ganados en diferentes ediciones de carreras regionales. Una vez corrí la Jean Bouin en Barcelona y quedé muy bien clasificado; por eso pensaron en mí cuando se habló de un cebo humano con el que poder tender una trampa al lobo que tenía aterrada a toda la comarca.
Hacía un año que merodeaba por aquí y se había intentado todo lo humanamente posible para cazarlo. Mientras tanto, el animal, que tenía una inteligencia sobrenatural y rasgos asesinos, se paseaba burlón asustando a la gente, atacando los ganados y las granjas, e incluso había estado a punto de matar a un niño.
Fue entonces cuando decidieron hacer una batida todos los cazadores de la zona y poner precio a su cabeza.
Alguien propuso contratar a un rastreador experto llamado Santiago Jiménez cuya fama de cazador de lobos se extiende por toda la Cordillera Cantábrica. Una vez estuvo con Félix Rodríguez de la Fuente ayudándole a filmar un reportaje sobre el lobo ibérico, que se hizo muy famoso. En aquella ocasión, evidentemente, no cazó ningún animal, pero su colaboración fue fundamental para poder acercarse a ellos. Conocía bien sus guaridas, sus horarios, sus costumbres y todo lo necesario para tomarles la delantera.
Cuando decidió aceptar el trabajo de cazar al lobo, se informó bien sobre todos los intentos que se habían hecho hasta entonces. Con un tono grave y firme dijo: “Necesitamos un cebo humano, o nunca lo cogeremos”.
De entrada, la idea pareció descabellada, pero cuando se habló de alguien que pudiera correr a gran velocidad, todo el mundo estuvo de acuerdo en que ese alguien sólo podía ser yo.
Quizás por eso me sentí halagado. Confieso que también me tentaron los seis mil euros que me ofrecieron por ello. Una cosa estaba clara: esa hazaña la compartiríamos a partes iguales el cazador y yo. Pasaría a la posteridad por mi valor y mi capacidad física. No estaba mal, sobre todo para un chico de un pueblo de mil habitantes perdido entre los Picos de Europa.
Según Jiménez, la cosa era fácil y yo tendría todas las garantías para protegerme.
El plan consistía en llegar hasta la zona donde se sospechaba que el lobo tenía la guarida y esperar a que empezara a anochecer. Debía embadurnarme con sangre de un carnero para atraer su atención y, en el momento en que lo percibiera, lanzar una bengala para avisar de la posición a los cazadores. Después de eso mi misión consistía en correr, correr todo lo deprisa que pudiera, jaleando para que el lobo me persiguiera. Del resto se encargaban ellos, y yo no debía parar hasta que cobraran la pieza. Si no era testigo de ese momento, una bengala me avisaría del fin del animal y por tanto de la aventura.
- Pero... ¿y si lo pierden?, ¿y si no consigo quitármelo de encima?-pregunté indeciso.
- Tendrás una pistola para defenderte – dijo el cazador -; claro que para que sea eficaz has de disparar desde cerca, pero si necesitas usarla será porque lo tienes prácticamente encima. Te enseñaré los puntos más vulnerables.
En aquel momento me pareció un plan atrevido e ingenioso, y por eso acepté.
El domingo siguiente, que era el día señalado, preparé una pequeña mochila con algo de comida, agua, un frasco de sangre, la bengala y la pistola y me adentré en el bosque cuando el sol todavía estaba alto.
Tuve un mal presentimiento desde el principio. Caminar por el bosque no me daba la misma seguridad que hacerlo sobre el asfalto y aunque practicaba campo traviesa, la frondosidad de la zona alta (mayor de lo que recordaba) y la irregularidad del terreno me hacían más vulnerable. Con la emoción de la aventura subestimé estos detalles tan importantes.
Todo ocurrió muy deprisa. Estaba untándome la sangre del carnero por todo el cuerpo cuando, al levantar una pierna, resbalé y caí rodando por un terraplén. A mis pies, una gran abertura parecía querer tragarme igual que acababa de hacer con la mochila y todo su contenido. Rodó hacia abajo con tanta prisa que no pude recuperarla; apenas pude sujetarme a las raíces de un árbol para evitar precipitarme yo también al vacío.
Me sentí abandonado. La bengala para avisar y la pistola para defenderme habían desaparecido, estaba anocheciendo ya y en aquel momento pensé en las jugadas que te hace a veces la vida sin más ni más. Estaba tan asustado que no podía pensar, tenía que salir de allí. Se trataba de correr, correr, eso me habían dicho. Daba igual que no oyera todavía al lobo, su aliento calentaba mi nuca y toda mi columna vertebral desde hacía rato.
Intenté incorporarme pero no pude porque un latigazo de dolor quemó mi pierna. La observé con dificultad ya que la noche iba cayendo cada vez más deprisa; mi pierna estaba en una posición extraña, vuelta del revés, torcida, como si fuera un miembro ajeno a mí. Cuando comprendí que la tenía rota, oí el aullido del lobo; y aquella fría noche sin luna se cerró sobre mí como una helada mano que me hubiese atrapado para siempre. Sabía que ya no podría escapar.

martes, 11 de noviembre de 2008

8 de marzo

MARC BALLESTER
La redactora como siempre quiere comprobar si soy capaz de desenvolverme en cualquier tesitura. Siempre poniéndome a prueba, -¡Para pruebas está uno!-, así que nos marcamos una apuesta, ella que no, yo que sí, total, tuve que coger la grabadora y saltar a la calle y preguntar a las mujeres que se cruzaban en mi camino, si sabían qué ocurrió un ocho de marzo. Para muestra, un botón.

Sí, y tanto que lo sé, fue aquell combate de Perico Fernández. ¿Como? ¿El cumpleaños de Pujol?... Mira, reina, me parece que es el puente de la Constitución, ¿No? No, lo siento, tengo prisa. ¿Saldré por la tele?... ¿El descubrimiento de América?... Un año de crisis de los lagos; hay que ser más humanitarios, creo que lso gobiernos deberían intervenir mediante una plataforma de acción rápida y... ¡Sí!, ¡el cumpleaños de su santidad!... ¿Qué se celebra?, pues claro que lo sé: la final de Wembley... ¿Cómo dice?... Ah, el ocho de marzo, sí y tanto que me acuerdo, la Revolución de los Claveles... Sí, sí, es lo de Maastrich ese, ¿no?, o lo de la plataforma digital... El día que el hombre pisó la Luna; si llega a ser una mujer no se celebraría, seguro... Perdone pero no soy de aquí, ayer llegué de Azuaga y no sé, no sé... Me suena mucho, ¿no será eso de los papeles del CESID? Sí, mujer, lo del juez ese tan guapo... Tiene gracia, es el día de mi cumpleaños. ¿Que es el Sorpresa, sorpresa?... Lo siento, tengo prisa, se me quema la comida...La entrega de los Oscars, ¿lo darán en la tele o hay que abonarse?, nos han jodido... Mira que es curioso, ayer lo hablábamos en casa y no nos poníamos de acuerdo, mi marido... ¡El sitio de Zaragoza!... Cuando ganó el Indurain el Tour... A mií no se me han dado bien los estudios... Sorry, I don´t understand...Cuando entra en vigor la ley de Extranjería, por esos hay tantas colas... Se murió alguien importante, pero ahora mismo no me acuerdo... Huy, qué risa, es la primera vez que me preguntan algo, espere que venga mi hijo, que es muy listo; está haciendo el Bachiller y saca muy buenas notas... Bueno, si tiene prisa puedo volver mañana, que estaré aquí. Nada, a usted, muy amable... El día que murió Carrero Blanco... No lo sé , ni me importa.