sábado, 18 de octubre de 2008

Ultramarinos

VICENTE APARICIO
(Reescritura de un texto original de Rosa Gálvez)


Del mar, lo más cerca que había estado fue la vez que su tío le mandó limpiar el viejo letrero.
Subida en la escalera sin mirar al suelo, una tras otra fue viendo aparecer las gastadas letras que un día fueron blancas. Allí, tan cerca de ellas, maldiciendo para sus adentros con palabras blandas, preocupada por mantener el inestable equilibrio, ¡qué largo le pareció el camino desde la «U» hasta la «Z».
Pero una vez abajo, liberada del pánico a las alturas y a la desvencijada escalera -en realidad, no pudo evitar pensar, fugazmente y con más remordimiento que odio, que aquello habia sido un intento de su tío para librarse de ella-, al dar una última mirada a su obra, ahora con más perspectiva, las letras amarillentas casi le parecieron de un color azul verdoso, un reflejo de aquel despejado cielo de mayo. «Ultramarinos Páez». Ultramarinos. Ultramar... ¿Se reflejaban ahí las olas? Ultramar... Se quedó dentro el misterio, la promesa. Ultramar...
¿Por qué una palabra tantas veces pronunciada sin reparar en ella formaba ahora, de repente, como la piedra lanzada al agua, círculos concéntricos? Círculos que envuelven, que atrapan y lentamente se disuelven hasta que la superficie del agua vuelve a ser plana de nuevo. ¿Se puede evocar lo que no se ha vivido?

- ¿Qué haces ahí plantada como un pasmarote? -dijo su tío-. ¿Has terminado? ¿Acaso no tienes nada más que hacer?
Siempre el mismo. Mil preguntas a la vez sin esperar respuestas, sin necesitarlas.
Volvió adentro. No había nadie en la tienda, como casi siempre.
En el piso de arriba, la voz rasposa de su tío seguía farfullando entre dientes algo que ella no fue capaz de entender.
¿Qué era lo que tanto le molestaba?
Siempre estaba donde no debía.
Pero ¿cuántas veces hay que repetirte a ti las cosas? ¿No te tengo dicho que no dejes sola la tienda? ¿Es que hablo yo en chino? ¿Qué tienes tú que hacer andando la calle arriba y abajo? Siempre en la luna, como tu madre...
Siempre hacía lo que no debía.
Siempre decía lo que no debía.
Siempre había sido quien no debía.
Se prometió esperar la hora del cierre sin moverse de su puesto. Permaneció un buen rato apoyada en el mostrador, imaginándose un centinela de cuya atenta vigilancia dependiera la vida de toda una guarnición. Pero aquel bosque, no cabía duda, estaba desierto. Tras la puerta, el color de la luz fue cambiando como una invitación...
Cruzó la calle y se sentó en el bordillo. Miro sus rodillas, que tanto odiaba, las piernas anchas que su madre le habia dejado como herencia. Si supiera hacerlo se dibujaria asi, sentada en la acera, mirandose a si misma desde enfrente, dejando que se escurra el tiempo.
El negocio apenas daba para vivir. Pasaba poca gente por la tienda, pues la calle no llevaba a ninguna parte. Cuatro abuelas enlutadas y alguna que otra madre, viejas prematuras envueltas en batas de colores chillones como sus voces.
Apenas una voz monótona y rasposa, siempre quejandose, en una penumbra de cajas y polvo. Eso era su tío. Su única familia. ¿Por qué no la quería?
Habría deseado no haberlo pensado, pero lo había pensado.
Resbalando, llegó hasta la boca de su estómago y se quedó allí, una opresión, un vacío creciente, un agujero negro que intentaba tragársela, hacerla desaparecer dando vueltas y vueltas, rápido, muy rápido, por el sumidero de su interior.
Anselma era nombre de otra época. Quizás se habia producido un error. Ella no debía estar aquí. ni llorar por nada. ¿Lloraba una vida no vivida o una vida pasada? Nunca había visto el mar...
Sentada en el bordillo con el mentón apoyado en las rodillas, alzó la vista hacia el letrero. «Ultramar...», pronunció a media voz. Casi era una invocación.
Para ser mayo, hacía mucho calor. Su tío sacó la silla a la puerta de la tienda, como solían hacer los vecinos. Con el pañuelo se secó las pequeñas gotas que relucían al resbalar por su calva y, como si Anselma hubiera brotado repentinamente del suelo, la miró con los ojos muy abiertos.
- Espabila, muchacha. ¡Espabila!
Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Tenía que preparar la cena. Se acercó al tocador, aquel mueble antiguo y macizo que tanto le gustaba, y comenzó a pasar la mano por su superficie, lentamente, acariciándola, formando un dibujo involuntario al arrastrar el polvo acumulado, el polvo que se acumula siempre demasiado deprisa, que enseguida vuelve a estar ahi cuando acabas de limpiarlo. Tenía que preparar la cena...
Se miró en el espejo mecánicamente, como había hecho tantas veces por la mañana al despertarse, para comprobar que seguían en su sitio las oscuras ojeras que nunca la abandonaban, o por las noches mientras se cepillaba largamente el pelo como las mujeres de otra época, como las mujeres de las películas. Nunca se reconocía inmediatamente en la imagen que recibia, necesitaba siempre unas décimas de segundo tras las cuales, en realidad, comenzaba a desinteresarse.
Y sentada frente al espejo no vio salir la luna, no oyó los golpes en la puerta ni las voces de su tío, irritado, ensordecidas por el oleaje que batía en el fondo de sus ojos azul ultramar...

8 comentarios:

  1. Si supiera hacerlo se dibujaria asi, sentada en la acera, mirandose a si misma desde enfrente, dejando que se escurra el tiempo.
    De nuevo el desdoblamiento, o el deseo de él. Qué ansia por mirarnos desde el otro lado, por observar y ser juzgados sin la piedad que da el conocimiento íntimo, sin las excusas que defienden lo que no nos perdonaríamos.
    Ultramarinos Páez o el poder evocador de la palabra.

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  2. "..un agujero en el estomago que intentaba tragarsela..." Anselma, conocí una Anselma en Sevilla y me ha venido a la memoria. Su ánsia de libertad lejos de la opresión, y conocer el mar que la lleve a lo desconocido. Saludos!!!!

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  3. Desde luego dan ganas de esacapar, a otra época o al mismo mar.
    Ojalá cambie la suerte de la niña.

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  4. Cada día que pasa quiero más a mis hijos. Quiero que crezcan fuertes y sanos, que sean buenos, que rían, que sean listos, que se sientan queridos... en definitiva: que sean felices.
    Quiero proyectar todas mis energías positivas en ellos. Me gustaría que nunca se sintieran como Anselma. Un niño nunca debería estar con alguien que no fuera capaz de darle todo eso.

    Jose

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  5. Es un cuento muy bonito. El juego con la palabra ultramar, la descripción del ambiente, de ese "no se por qué me pasa esto", de la vida vivida y de la que espera vivir... Me ha gustado. Quizás la relación está descrita de manera un poco esquemática, eso creo que si. De todas maneras, el relato da para pensar un buen rato. Lo he leído con muchas ganas. Saluditos :)

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  6. una vez más me he sentido más unida a ella q a la mayoría de gente q conozco. sus frases, sus miedos, sus deseos, sus frustraciones, sus complejos. este es un texto q podría haber escrito yo.
    ¿Se puede evocar lo que no se ha vivido?
    Siempre había sido quien no debía.
    Miro sus rodillas, que tanto odiaba, las piernas anchas que su madre le habia dejado como herencia.
    El polvo que se acumula siempre demasiado deprisa, que enseguida vuelve a estar ahi cuando acabas de limpiarlo.

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  7. ...que largo es el camino de la "U" a la "Z"....
    Soledad, miedo, desamor, sumisión, injusticia, aderezadas con preguntas sin respuestas y respuestas que no has requerido.
    Miserias humanas que se acumulan en el alma, como el polvo suspendido en el aire, que pertinaz, aterriza en el mismo sitio.
    Frustraciones y amarguras que se descargan en otros.
    Pero llega el día en que percibes que el color de la vida no es el negro, como se han empeñado en convencerte y tu mirada se pierde en una línea lejana color ultramar que te invita e incita a visitarla.
    ¿Hay algo más utópico que la libertad?

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