jueves, 2 de octubre de 2008

La cuarta hermana

ROSANA ROMÁN
En mi familia nacer mujer no era ninguna desgracia, salvo en mi caso, que fui la última de cuatro niñas sin ningún hermano con que contentar a papá.
Tardó varios días en conocerme; mamá, después del parto quedó muy débil y tuvo que quedarse unos días en la clínica. Allí estuvimos las dos, huérfanas de compañía masculina hasta que volvimos (en mi caso llegué por primera vez) a casa.
Vivir en las afueras de la ciudad nos permitía tener un hogar más amplio, al tiempo que disfrutábamos de espacios de campo o, lo que es igual, de vivir en libertad.
Desde muy pequeña quedó patente que yo no iba a ser una niña «femenina».
Me molestaban los lazos del vestido que siempre algún gracioso se divertía en deshacerme, odiaba los adornos en la cabeza porque cuando no se me caían me estiraban el pelo y tampoco jugaba con las muñecas, ya que nunca pude entender por qué jugábamos con algo tan pequeño y tan estático cuando podíamos hacerlo con niñas de verdad. Siempre había alguna de las pequeñas, por ejemplo las hermanas de mis amigas, que se prestaba gustosa para hacer de bebé y dejarse trajinar, vestir, pasear o dar la merienda.
Por el contrario, me encantaba leer los tebeos de aventuras que no sé por qué motivo se llamaban “de chicos” y durante varios años pedí a los Reyes Magos un caballo y una espada (sin resultado, claro). También disfrutaba jugando a tocar y a parar o a churro-media manga-mangotero, trepando a los árboles para coger fruta y esperando a que papá llegara del trabajo para subirme con él en la furgoneta y recorrer el corto tramo entre la entrada y el garaje.
A él nuestras afinidades le compensaron y, a falta de chico, halló en mí el consuelo que no le daba ninguna de mis hermanas. Yo había encontrado por fin mi lugar en la familia, ya que con tres niñas por delante no era fácil llamar la atención.
Todo estaba perfectamente equilibrado hasta el día en que llegó la hermana de mi madre y estuvo a punto de complicarlo todo.

Tía Inés era una mujer cariñosa y elegante que de vez en cuando venía por casa para comprobar que no nos faltara de nada y ayudar en los gastos extras.
La verdad es que su matrimonio había sido más acertado que el de mamá (económicamente hablando) ya que se casó con un médico de buena posición y sólo tenían un hijo que en aquella época iba ya a la universidad.
Papá, sin embargo, continuaba con su trabajo de repartidor y su sueldo, justito, el único de la casa, tenía que estirarse para mantener seis bocas además de la de nuestro perro Ron.
Aquella tarde mamá y tía Inés estaban sentadas en el porche y hablaban sobre mí.

- Esta niña está subiendo muy salvaje –decía tía Inés mientras me rehacía la trenza despeinada.
Yo intentaba escabullirme, pero ella tiraba del pelo para que me estuviera quieta.
- Tendría que hacer alguna actividad más femenina -continuaba mientras mamá, resignada, la escuchaba dándole la razón, sin perder comba mientras zurcía un calcetín-.
- Quizás ir a un internado para señoritas... -sugirió con un tono de gran idea.
- Yo no quiero ir a un internado, quiero estar aquí como las demás- dije por fin, enfadada por que estuvieran haciendo planes sin contar conmigo.
- Es por tu bien, Isabelita- continuó mi tía dulcemente.
- MI bien es quedarme aquí, si me encerráis me escaparé.
- Pero bueno, ¿es que no vas a decirle nada a tu hija...?

Mamá intervino entonces con convicción:

- ¿Qué quieres que le diga?, sólo dice lo que piensa, y es verdad: o se escaparía o la echarían del colegio. Es incorregible. No, no creo que sea una buena idea que se vaya, aunque algo tendremos que hacer si queremos casarla algún día.
Se quedaron las dos proyectando mi futuro mientras yo, cansada de oír tonterías, me escapaba a jugar al jardín. Pero aquella noche durante la cena, mamá volvió a la carga intentando convencer a papá.

- He estado hablando con Inés y está dispuesta a pagarle una academia a Isabel para que haga alguna actividad en la que aprenda modales más delicados. ¿Y sabéis en cuál he pensado? -dijo entusiasmada mirándonos a todos- ¡Ballet!

Un silencio de cinco segundos invadió el comedor de forma excepcional. Después, mi padre, con la cara más sorprendida que le he visto nunca, repitió conteniéndose la risa:

- ¿Ballet?, ¿Isabel bailando ballet...?

Todos excepto mi madre y yo estallaron en carcajadas; mamá no entendía qué había dicho que fuera tan gracioso. El motivo de que yo no riera era otro. Después de que ella expusiera su idea y ante la sorpresa que me había preparado, al ir a protestar se me atragantó un pedazo de pan que se cruzó en mi garganta impidiéndome respirar. Mientras todos se ponían rojos de risa, yo me ponía roja de asfixia, hasta que por fin me miraron y me encontraron en aquel trance del que no podía reaccionar.
Mamá gritó y papá se levantó rápido y me dio un fuerte golpe en la espalda. El pan salió disparado de mi boca y aterrizó en el vaso de agua de mamá, que se sentaba enfrente.
Ni que decir tiene que jamás volvió a hablarse del asunto.
Afortunadamente, aquellos días críticos en los que parecía decidirse mi futuro se superaron al llegar septiembre con el regreso a la escuela. Anduvieron tan ocupados en uniformes, libros y horarios que se olvidaron de la ridícula idea del ballet y yo pude continuar haciendo mi vida de siempre. Desde entonces, eso sí, aprendí a cuidar lar formas, sobre todo cuando venía tía Inés o cualquier otra visita.
Papá siempre había escuchado con interés mis ideas, mis sueños, mis proyectos, y nunca los criticaba; muy al contrario, me animaba a conseguirlos haciéndome pensar en la manera en que recorrería el camino que me llevaría hasta ellos. Era entonces cuando yo misma, después de ese ejercicio, descartaba algunos o me reafirmaba en otros.
Cuando me saqué el carné de conducir y les dije que quería dedicarme al reparto se armó un gran revuelo.
Papá intentó disuadirme, sobre todo porque se lo pidió mi madre, pero él sabía que yo tenía claro mi proyecto de conseguir en el futuro una flota de transporte propia y al final me permitieron hacerlo. No se si en aquellos días ya le habían diagnosticado el tumor cerebral, pero sí sé que cuando él murió saqué a la familia adelante con mi trabajo hasta que mis hermanas terminaron sus estudios y encontraron un empleo. Como hubiera hecho su inexistente hijo, el único “hombre de la casa”.
Por aquellos tiempos, mientras mis hermanas cuestionaban mi vestuario que según ellas sólo servía para ahuyentar hombres, yo lo encontraba de lo más cómodo para conducir, y para quitármelo en la trasera de los camiones... Las manos rudas de un conductor no están hechas para lencería fina, y supongo que por ese motivo no encontré a un solo camionero que le pusiera pegas a mi indumentaria. Ni mucho menos al hecho de que no llevara ropa interior.
Fue en aquella época loca cuando me quedé prendada para siempre de los cuerpos fibrados y musculosos. Cuando conocí en el gimnasio al que ahora es mi marido, no dudé ni un momento en aceptar su invitación a una copa.
Después de unos días de vernos, empecé a tener dudas. Tenía un cuerpo de fábula pero su carácter me parecía algo blandito, sensible dice él, desde luego muy diferente al de los hombres que yo solía frecuentar.
Estuvo persiguiéndome durante meses hasta convencerme de que yo era la mujer de su vida, y unos pocos más para persuadirme de que él era mi hombre.
Casi me atraganto de nuevo cuando un día, mientras cenábamos, me confesó que en su infancia, durante dos cursos enteros, había asistido a clases de ballet. Nos reímos tanto que esa noche le dije que sí.

10 comentarios:

  1. casi me atraganto yo... me suena, me resuena, me encanta...


    maliae

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  2. Estupendo relato andrógino.

    ... Y aunque con retraso, muchas gracias por tu referencia a mi blog y a la charla en Tecla Sala (me he enterado a través del blog de Marcela).

    Nacho

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  3. Acabo de darme cuenta de que el mensaje de agradecimiento era para Vicente (aunque gracias también a ti por lo que te toca como parte de la Karcoma).

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  4. El apunte que has hecho esta tarde, no desvela toda esa vida, de una mujer extraordinaria y pasional, supo adaptarse a rol genético, sin olvidar y quién sabe por qué inclinación (los caminos de la mente, son insondables...)a satisfacer los deseos de su padre y los propios.
    Saltando por convencionalismos familiares y sociales.
    Ella, sabía cual era su lugar.
    Gracias a ser así, sacó todo el jugo a la vida (y los demás, a ella).
    La dualidad, sólo está en manos de unos pocos privilegiados.
    Nuestra protagonista es uno de ellos, hasta en la elección de su hombre lo demuestra: cuerpo y espíritu, que mejor combinación?
    A propósito, me recuerda a alguien.
    ¿ y a tí?....
    Bravo, tú si que vales, nena!!

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Yo conocí a una a una mecánica que llevaba mono y olía a grasa y se enrolló con un catedrático de epistemología de las ciencias sociales. no es broma!!!

    Fabián R.

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  7. Me gusta que toques el tema de enfrontarse a los convencionalismos, no seguir las pautas establecidas por la mayoria. Hay varios que comentan que les suena la historia, no se a quien se refieren. Pero te digo que a mi esta historia tambien me suena, y muy cercana. Bonita historia. Saludos.

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  8. Buen relato, se ve que esos dos encajan muy bien. Al final el saltarse su papel le sirvió para sacar adelante a su familia y a casarse.
    Un saludo.

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  9. Al habla, ROSANA ROMÁN

    Maliae:
    Creo que lo que resuena es precisamente lo que para mí resulta “universal” de este relato. Espero que continúes visitándonos.

    Nacho:
    Un placer conocerte, aunque sea a raíz de un error. He visitado tu página pero aún no he tenido tiempo de hacer comentarios. Volveré. (Rosana)

    Lola,solo Lola:
    Amiga, qué bien nos conocemos, me alegra que te haya gustado el cuento. Y gracias por ser de los incondicionales.

    Fabian R.
    Buenísima tu aportación que apoya mis conjeturas. Para qué conformarse con un lado si tenemos los dos (femenino y masculino) para enfrentar la vida. Espero volver a verte por aquí.

    Puigmal:
    Es estupendo poder tocar temas trascendentales como quien no quiere la cosa, como tú haces siempre con tus historias. Yo creo que más que sonar, resuena, ahí está la gracia. ¿Por qué será que nos resuena a las mujeres?

    Borja:
    A veces se produce el milagro y todo encaja, aunque sea del revés. No he podido entrar en tu página aún, pero lo intentaré más adelante. Gracias por pasarte por aquí y dejarme tu opinión.

    A todos,
    gracias por vuestros comentarios que siempre animan a seguir escribiendo.

    ROSANA ROMÁN

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