sábado, 25 de octubre de 2008

Juego de tetris

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Juan se topó con un joven en el pasillo de su casa cuando se disponía a ir a orinar.
Sobresaltado, se atrincheró en el rincón del pasillo contra la pared. Llevaba una camiseta azul y vieja a conjunto con los calzoncillos de goma gastada que utilizaba para dormir.
Juan, desconcertado, miraba a aquel joven sonriente que le saludaba y le preguntaba por su vida efusivamente.

- Hola, ¿cómo vas?, ¿qué es de ti?, cuánto tiempo sin verte.
- Puees ¡bien!, bien -dijo arrastrando las vocales y con un hilo de voz le preguntó:- ¿Cómo has entrado? ¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
- ¡¡Soy Manel!!- le contestó sonriendo.

Y le explicó en poco espacio de tiempo varias anécdotas que, según él, habían protagonizado juntos.

- Perdona, pero no te conozco -le dijo Juan.

Trató de interrumpirlo varias veces, pero el intruso no dejaba de hablar.

- ¿Te acuerdas del proyecto final de carrera? Se lo mangamos a un japonés que se dejó sobornar entre copa y copa. Qué momentos. Éramos unos caras. Nos comíamos el mundo.
- ¡¡Déjame!! -alzó la voz para imponerse esta vez.

Manel se acercó a Juan sin cambiar el rictus de su cara. Una sonrisa como pintada. Y esa cara que parecía flotar y se acercaba a la de Juan.
Juan se orinó encima originando un charco de líquido caliente que le alivió los pies desnudos y fríos.



Juan no tenía una vida sencilla de explicar, como para soltarle parte de ella a un desconocido en la madrugada de un sábado. Divorciado por tercera vez. Tenía cuatro hijos. Uno de cada una de sus dos primeras mujeres y dos de la última relación. Actualmente estaba con una cuarta pareja pero sin convivencia y sin hijos en común.
A Juan le pesaba la responsabilidad de ser padre, y sólo cumplía con la parte económica. Quería y necesitaba una vida más tranquila. Con el tiempo acudió a hacerse una vasectomía por miedo a continuar fertilizando los óvulos de sus diferentes conquistas. No era ningún Adonis, pero tenía la capacidad de captar la atención de las mujeres. Y no precisamente por su forma de hablarles, sino por su forma de escuchar y mirarlas atentamente . En una conversación larga, absorbía las palabras del comunicador y las devolvia filtradas transmitiendo calma y serenidad. Exhibía una mirada penetrante de ojos claros y grandes que hipnotizaban.
Trabajaba de arquitecto y tenía un gran prestigio en su profesión. Podía decirse que se ganaba bien la vida. Sus creaciones gustaban por su sencillez y originalidad.
Esa era su particularidad. La originalidad. Una originalidad que encontraba en sus perturbaciones mentales.
Sucedía cuando Juan dejaba de estar en un plano tangible, para pasar a otro. De repente su mente entraba en un sueño profundo y desconectaba de la realidad terrenal. Eso le podía ocurrir a cualquier hora del día o de la noche.
Así le ocurrió aquella madrugada. Cuando se levantó del suelo, entendió que el joven Manel había sido una de sus tantas alucinaciones, que le aparecían cuando sufría uno de sus ataques de narcolepsia.
Así que, antes de olvidarse de todo lo ocurrido, fue rápidamente hacia su estudio y empezó a hacer esbozos de la idea que su mente aturdida le había ofrecido.
Compartimientos que se deslizaban con solo empujarlos y que reconvertían estancias más grandes o más pequeñas según la necesidad del momento. Más que viviendas era la revolución en el mundo inmobiliario. Paredes que, como si fueran piezas, se iban encajando para dar paso a espacios minimalistas. Este principio se lo aplicaba Juan intentando acomodar dentro de la mente su vida, con los ojos cerrados, encajando piezas entre la vigilia y el sueño.

sábado, 18 de octubre de 2008

Ultramarinos

VICENTE APARICIO
(Reescritura de un texto original de Rosa Gálvez)


Del mar, lo más cerca que había estado fue la vez que su tío le mandó limpiar el viejo letrero.
Subida en la escalera sin mirar al suelo, una tras otra fue viendo aparecer las gastadas letras que un día fueron blancas. Allí, tan cerca de ellas, maldiciendo para sus adentros con palabras blandas, preocupada por mantener el inestable equilibrio, ¡qué largo le pareció el camino desde la «U» hasta la «Z».
Pero una vez abajo, liberada del pánico a las alturas y a la desvencijada escalera -en realidad, no pudo evitar pensar, fugazmente y con más remordimiento que odio, que aquello habia sido un intento de su tío para librarse de ella-, al dar una última mirada a su obra, ahora con más perspectiva, las letras amarillentas casi le parecieron de un color azul verdoso, un reflejo de aquel despejado cielo de mayo. «Ultramarinos Páez». Ultramarinos. Ultramar... ¿Se reflejaban ahí las olas? Ultramar... Se quedó dentro el misterio, la promesa. Ultramar...
¿Por qué una palabra tantas veces pronunciada sin reparar en ella formaba ahora, de repente, como la piedra lanzada al agua, círculos concéntricos? Círculos que envuelven, que atrapan y lentamente se disuelven hasta que la superficie del agua vuelve a ser plana de nuevo. ¿Se puede evocar lo que no se ha vivido?

- ¿Qué haces ahí plantada como un pasmarote? -dijo su tío-. ¿Has terminado? ¿Acaso no tienes nada más que hacer?
Siempre el mismo. Mil preguntas a la vez sin esperar respuestas, sin necesitarlas.
Volvió adentro. No había nadie en la tienda, como casi siempre.
En el piso de arriba, la voz rasposa de su tío seguía farfullando entre dientes algo que ella no fue capaz de entender.
¿Qué era lo que tanto le molestaba?
Siempre estaba donde no debía.
Pero ¿cuántas veces hay que repetirte a ti las cosas? ¿No te tengo dicho que no dejes sola la tienda? ¿Es que hablo yo en chino? ¿Qué tienes tú que hacer andando la calle arriba y abajo? Siempre en la luna, como tu madre...
Siempre hacía lo que no debía.
Siempre decía lo que no debía.
Siempre había sido quien no debía.
Se prometió esperar la hora del cierre sin moverse de su puesto. Permaneció un buen rato apoyada en el mostrador, imaginándose un centinela de cuya atenta vigilancia dependiera la vida de toda una guarnición. Pero aquel bosque, no cabía duda, estaba desierto. Tras la puerta, el color de la luz fue cambiando como una invitación...
Cruzó la calle y se sentó en el bordillo. Miro sus rodillas, que tanto odiaba, las piernas anchas que su madre le habia dejado como herencia. Si supiera hacerlo se dibujaria asi, sentada en la acera, mirandose a si misma desde enfrente, dejando que se escurra el tiempo.
El negocio apenas daba para vivir. Pasaba poca gente por la tienda, pues la calle no llevaba a ninguna parte. Cuatro abuelas enlutadas y alguna que otra madre, viejas prematuras envueltas en batas de colores chillones como sus voces.
Apenas una voz monótona y rasposa, siempre quejandose, en una penumbra de cajas y polvo. Eso era su tío. Su única familia. ¿Por qué no la quería?
Habría deseado no haberlo pensado, pero lo había pensado.
Resbalando, llegó hasta la boca de su estómago y se quedó allí, una opresión, un vacío creciente, un agujero negro que intentaba tragársela, hacerla desaparecer dando vueltas y vueltas, rápido, muy rápido, por el sumidero de su interior.
Anselma era nombre de otra época. Quizás se habia producido un error. Ella no debía estar aquí. ni llorar por nada. ¿Lloraba una vida no vivida o una vida pasada? Nunca había visto el mar...
Sentada en el bordillo con el mentón apoyado en las rodillas, alzó la vista hacia el letrero. «Ultramar...», pronunció a media voz. Casi era una invocación.
Para ser mayo, hacía mucho calor. Su tío sacó la silla a la puerta de la tienda, como solían hacer los vecinos. Con el pañuelo se secó las pequeñas gotas que relucían al resbalar por su calva y, como si Anselma hubiera brotado repentinamente del suelo, la miró con los ojos muy abiertos.
- Espabila, muchacha. ¡Espabila!
Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Tenía que preparar la cena. Se acercó al tocador, aquel mueble antiguo y macizo que tanto le gustaba, y comenzó a pasar la mano por su superficie, lentamente, acariciándola, formando un dibujo involuntario al arrastrar el polvo acumulado, el polvo que se acumula siempre demasiado deprisa, que enseguida vuelve a estar ahi cuando acabas de limpiarlo. Tenía que preparar la cena...
Se miró en el espejo mecánicamente, como había hecho tantas veces por la mañana al despertarse, para comprobar que seguían en su sitio las oscuras ojeras que nunca la abandonaban, o por las noches mientras se cepillaba largamente el pelo como las mujeres de otra época, como las mujeres de las películas. Nunca se reconocía inmediatamente en la imagen que recibia, necesitaba siempre unas décimas de segundo tras las cuales, en realidad, comenzaba a desinteresarse.
Y sentada frente al espejo no vio salir la luna, no oyó los golpes en la puerta ni las voces de su tío, irritado, ensordecidas por el oleaje que batía en el fondo de sus ojos azul ultramar...

lunes, 13 de octubre de 2008

Hechizo latino

MARIA GUILERA
Luís Héctor, cielo, ya lo hice. Quería sorprenderte el sábado y ver la cara de alegría y asombro que pondrías con la notícia, pero no puedo esperar a contártelo, también tú tienes derecho desde ahora a ser feliz.
Ya está, ya me lancé.
Tú me diste fuerza. Pensé en tus palabras dulces, en la música de tus frases cariñosas, las que me dices bajito mientras bailamos en la pista del Hechizo Latino.
Recordé la presión de tus manos en mis nalgas, tus dedos sabios recorriendo el rosario de mi columna vertebral, tus piernas guiando las mías y enseñándoles suavemente los pasos del bolero.
Morenito mío, ya no más abrazos disfrazados de lambada. Desde ahora me tendrás sin disimulos, seré tu pareja no tan solo en el baile, sino en cada momento de la vida.
Ay, te cuento. Se lo dije ayer noche, cuando nos sentamos en el sofá a ver las noticias de las nueve.
Tengo que hablarte, Venancio, le solté.
Y él respondió, espera mujer, déjame ver el telediario.
Insistí porque ya me había decidido y no podía frenar. Se lo expliqué desde el principio, desde la inocencia de nuestros primeros encuentros, cuando tú eras para mí tan solo mi profesor de baile.
Él abría los ojos incrédulo, movía la cabeza como diciendo no, no, no puede ser.
Mi amor, necesité toda la energía para seguir adelante con mi confesión. Tuve que echar mano de mis recuerdos más fuertes, del olor dulzón de tu colonia, que permanecía en mi jersey como un ancla que me fijaba a tu cuerpo.
Le hablé con pena, qué quieres que te diga. No quería hacerle daño. Y cuando me preguntó por qué se lo contaba, por qué le explicaba lo que me hubiera podido callar, no le comprendí.
Porque le quiero, Venancio. Porque ya no puedo seguir aquí contigo ahora que he conocido la pasión latina, el amor del bueno.
Supongo que los nervios le traicionaron. Se puso a reír como un loco y a decirme ay Cuqui, pero qué cándida eres, qué pardilla.

Por qué, por qué, le preguntaba yo. Qué quieres decirme con eso.
No te lo vas a creer, vidita mía. Me dijo que yo no te interesaba por mí misma, sino porque era su mujer. Que eran las cenas a las que te había invitado, la ropa que te compré, los zapatos italianos, la cadenita de oro que llevas con tanto orgullo al cuello y que simboliza que soy tu dueña. Por eso me la pediste en cuanto la descubrimos en el escaparate del Oro del Rhin.
Me dijo que era eso, lo material, lo que te había llevado a seducirme.
Qué triste ser tan cínico. No te conoce, no sabe que tú no necesitas riqueza, que tú eres oro puro.
¡Qué poco sabe de amor, el pobre Venancio! Pero no tiene la culpa. Desde pequeño le faltó el calor de una familia. Vivió rodeado de niñeras y mucamas que hacían lo que debieron hacer sus padres en lugar de viajar por el mundo atendiendo a sus negocios y amasando una fortuna.
¡Qué distinto a ti, rey mío, que has vivido entre tus siete hermanos, con lo justo para comer, sin lujos, pero con cariño y música arropando tu infancia!
Quédate con todo, le dije. A mi moreno no le importa lo material. Su capital es el ritmo, bebe melodías, su alimento es el amor que le doy y la pasión que me entrega.
Venancio me miraba con lágrimas en los ojos. Se sostenía la tripa mientras seguía con sus carcajadas y, al contrario de lo que yo había pensado, no se lo tomó a mal.
Pues nada Cuquita, me dijo. A bailar, que son cuatro días.

Esta mañana hemos ido juntos al notario. He firmado unos documentos renunciando a mi parte de la empresa.
Ya soy como tú, sin lazos, sin compromisos. Ahora yo también quiero una cadenita alrededor de mi cuello. Yo toda tuya. Tú mi dueño.
Espérame el sábado en nuestra mesa del rincón con un mojito de los que me gustan. Prepárate para una nueva vida, esa que me prometías al oído, la que me cantabas haciendo tuyas las palabras del bolero, parece que te esté escuchando:

“Como no tengo fortuna,
esas tres cosas te ofrezco
alma, corazón y vida y nada más.
Alma para conquistarte
corazón para quererte
y vida para vivirla junto a ti”

Allá voy, tesoro. A partir de hoy, sí, mi único tesoro.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La travessa

VICENÇ DEL HOYO
— Per a vostè un tallat amb bufanda cremosa i per a vostè un cafè eufòric. Preparo el compte?
Era l’hora d’esmorzar! Com tots els dijous al matí el vell Tomàs entrà a la petita granja de la plaça. Arrossegava els peus, i l’ Esquitx, com un pigall, el guiava entre les taules fins arribar a una de discreta que era arrambada a la paret, i que estava a tocar d’un radiador inactiu. L’ Esquitx s’ajassà com si esperés que l’ornamental radiador s’hagués d’engegar. Tota la seva actitud feia pensar que sovint esperava. La paciència més que una virtut és un costum per a ell.
Tomàs, com tants matins de dijous va tractar d’omplir la butlleta de la travessa que aquella mateixa tarda lliuraria a la petita oficina d’apostes situada a l’altre costat de la plaça. El reclam principal era una jove i simpàtica noia que atenia infatigablement els clients habituals i els seus tediosos romanços.
— Maties, fes-me un cafè.
— Un de filòsof?
— Què vols...? Sí, això. Ni curt ni llarg: en la seva justa mesura.
L’ Emma Tous arrossegava el carretó de correus entre les taules. Quan per fi va seure, ja havia calculat la mitjana d’edat de tots els clients del bar, la proporció d’homes per cada dona i quin calaix hauria de fer en Maties en la propera mitja hora. És que la Tous té la mania de traduir-ho tot a xifres.
— Hola, Tomàs, temptant la sort? —va dir, mentre remenava minuciosament el seu cafè peripatètic.
— No, que va. La fortuna no són els diners sinó tenir raons per viure —respon Tomàs alhora que passa la mà tova per sobre del llom de l’ Esquitx—. Digues un número que t’estimis.
—Ai, Tomàs, tu sempre traginant números amunt i avall. En això ens assemblem. El trenta set. És un nombre primer. Són els que els hi tinc més estima, no accepten ser dividits per ningú més que per l’u i per ells mateixos, com jo i com tu, Tomàs —proposà la Tous mentre mirava la cullereta cercant restes de sucre adherit.
—No t’equivoquis amb mi, que jo tinc parella: l’Esquitx, i algunes pretendents —respongué, alhora que escrivia una «X» sobre el número 37 a la butlleta—. Per a mi el números són una excusa, no un fi en si mateixos.

La tarda era freda. El Sol s’emmirallava a la part alta de les façanes però no tocava ni l’asfalt ni les voreres. En Tomàs, embotit dins d’una caçadora massa estreta per la seva talla i que havia viscut èpoques millors, recorria la curta distància que hi havia entre casa seva i l’oficina d’apostes. L’Esquitx ensumava troncs d’arbres i rodes de cotxes. Ho fa amb ofici però amb poc entusiasme.
—Qui no es mulla no pesca —va dir la noia asseguda darrera del taulell; a un costat tenia un teclat i, una mica més enllà, la pantalla d’ordinador—. Vostè puntual com les orenetes, cada dijous a provar sort.
La Carlota se’l va mirar amb un somriure als llavis i uns ulls espurnejants de joventut i d’innocència. Duia els cabells llisos i li queien despreocupadament sobre les espatlles. Al coll duia un collaret de fils dels quals penjaven unes enigmàtiques boletes, de diferents grandàries, que es bellugaven i rebotaven sobre l’estern. Una mica més avall la sinuosa línea de la samarreta obria un previsible interrogant. Les mans, plenes de llargs dits, ossuts i gastats, esperaven per ballar sobre el teclat.
—No és temptar la sort el que em porta aquí cada dijous —respongué Tomàs amb veu serena i profunda, com si fés una confidència inconfessable—.Tu ets massa jove per entendre-ho. La sort és poder venir aquí cada dijous.
El vell Tomàs va doblegar amb deteniment la butlleta abans d’introduir-la dins d’una cartera massa nova per ser la d’un vell. Encara es va demorar una mica més mentre agafava el bastó del taulell on l’havia penjat i, un cop el va tenir de nou, amb l’altra mà tibant la corretja del gos va donar una petita estrabada per fer aixecar l’Esquitx.
—Bona setmana, Carlota.


Uns homes vestits amb uniforme de sanitari entraven i sortien de l’habitatge. Duien una llitera entre dos. Un altre transportava uns pots de sèrum amb els tubs transparents penjant. L’Esquitx els seguia amunt i avall, actuava com un amfitrió preocupat perquè els convidats no trobessin res a faltar. No bordava, només corria davant dels sanitaris obrint camí, com si els guiés pels passadissos i habitacions.
—Senyor Tomàs, què passa? Que es troba bé? Que és malalt?
Ningú va respondre a tantes preguntes. Els homes semblaven massa ocupats per poder respondre. Només l’Esquitx va sortir a atendre la veïna, la senyora Eloïsa.
—És molt greu? Se l’han d’endur?
L’absència de resposta no va ser cap obstacle perquè la senyora Eloïsa anés passadís endins. Ningú semblava escoltar las seves preguntes. Al costat de les parets hi havia apilades bosses negres d’escombreries. Tanmateix el pis només feia olor a vell i a gos. Era més el desordre visual que el real. Hi havia dotzenes de bosses amuntegades. Semblaven contenir llibres, o revistes, alguna cosa rectangular, angulosa. Com que ningú semblava fer-li cas, la senyora Eloïsa no s’hi va poder estar de mirar el contingut d’una d’elles que estava mal tancada. Eren papers, efectivament. Lligats amb faixes de paper. Semblaven bitllets. Eren bitllets! Centenars de feixos, tancats dins de piles de bosses.
—És aquí dins, senyora! —va respondre per fi un jove sanitari—. No sembla gaire greu. La tensió massa alta li deu haver provocat rodaments de cap.
Ara la que semblava tenir forts rodaments de cap era la sorpresa veïna.
—Ens l’haurem d’endur per fer proves —va continuar parlant el sanitari—. Se’n podria cuidar del gos?
—El gos? Ah, sí.... i tant —més que parlar, va semblar un sospir—. Com es troba, Tomàs? —ara sí que havia aconseguit articular paraula. Era palplantada davant d’un Tomàs intubat i que duia la boca dins d’una màscara d’oxigen. Era conscient, amb una mirada desperta—. No s’amoïni que ja cuidaré de l’Esquitx. Ja veurà com no serà res, Tomàs.
—Ah, no es pot pretendre viure eternament, senyora Eloïsa. Ni que et toqui dues vegades seguides la rifa. Tot i que això, a vegades, pot arribar a passar— va sentenciar Tomàs mentre se l’enduien dins de la llitera, a través del llarg passadís, sortejant destrament les muntanyes de bosses de brossa apilades.
—Vol alguna cosa més? —se li va ocórrer cridar.
—Sí, Eloïsa —es va sentir quan el començaven a baixar amb la llitera escala avall—, dugui la butlleta aquest dijous a l’oficina.
—Molt bé, així ho faré. Alguna cosa més? —va tornar a preguntar.
No sabia per què continuava cridant des del replà, des de la porta d’una casa que no era la seva, amb un gosset que li ensumava les sabatilles, a un vell que s’enduien a l’hospital. Era una estranya situació. La vida és rara, va pensar. I en aquell moment li va arribar una frase que va pujar pel forat de les escales, debilitada per la distància.
—No oblidi de baixar la brossa.
I la porta del carrer va espetegar al tancar-se.

jueves, 2 de octubre de 2008

La cuarta hermana

ROSANA ROMÁN
En mi familia nacer mujer no era ninguna desgracia, salvo en mi caso, que fui la última de cuatro niñas sin ningún hermano con que contentar a papá.
Tardó varios días en conocerme; mamá, después del parto quedó muy débil y tuvo que quedarse unos días en la clínica. Allí estuvimos las dos, huérfanas de compañía masculina hasta que volvimos (en mi caso llegué por primera vez) a casa.
Vivir en las afueras de la ciudad nos permitía tener un hogar más amplio, al tiempo que disfrutábamos de espacios de campo o, lo que es igual, de vivir en libertad.
Desde muy pequeña quedó patente que yo no iba a ser una niña «femenina».
Me molestaban los lazos del vestido que siempre algún gracioso se divertía en deshacerme, odiaba los adornos en la cabeza porque cuando no se me caían me estiraban el pelo y tampoco jugaba con las muñecas, ya que nunca pude entender por qué jugábamos con algo tan pequeño y tan estático cuando podíamos hacerlo con niñas de verdad. Siempre había alguna de las pequeñas, por ejemplo las hermanas de mis amigas, que se prestaba gustosa para hacer de bebé y dejarse trajinar, vestir, pasear o dar la merienda.
Por el contrario, me encantaba leer los tebeos de aventuras que no sé por qué motivo se llamaban “de chicos” y durante varios años pedí a los Reyes Magos un caballo y una espada (sin resultado, claro). También disfrutaba jugando a tocar y a parar o a churro-media manga-mangotero, trepando a los árboles para coger fruta y esperando a que papá llegara del trabajo para subirme con él en la furgoneta y recorrer el corto tramo entre la entrada y el garaje.
A él nuestras afinidades le compensaron y, a falta de chico, halló en mí el consuelo que no le daba ninguna de mis hermanas. Yo había encontrado por fin mi lugar en la familia, ya que con tres niñas por delante no era fácil llamar la atención.
Todo estaba perfectamente equilibrado hasta el día en que llegó la hermana de mi madre y estuvo a punto de complicarlo todo.

Tía Inés era una mujer cariñosa y elegante que de vez en cuando venía por casa para comprobar que no nos faltara de nada y ayudar en los gastos extras.
La verdad es que su matrimonio había sido más acertado que el de mamá (económicamente hablando) ya que se casó con un médico de buena posición y sólo tenían un hijo que en aquella época iba ya a la universidad.
Papá, sin embargo, continuaba con su trabajo de repartidor y su sueldo, justito, el único de la casa, tenía que estirarse para mantener seis bocas además de la de nuestro perro Ron.
Aquella tarde mamá y tía Inés estaban sentadas en el porche y hablaban sobre mí.

- Esta niña está subiendo muy salvaje –decía tía Inés mientras me rehacía la trenza despeinada.
Yo intentaba escabullirme, pero ella tiraba del pelo para que me estuviera quieta.
- Tendría que hacer alguna actividad más femenina -continuaba mientras mamá, resignada, la escuchaba dándole la razón, sin perder comba mientras zurcía un calcetín-.
- Quizás ir a un internado para señoritas... -sugirió con un tono de gran idea.
- Yo no quiero ir a un internado, quiero estar aquí como las demás- dije por fin, enfadada por que estuvieran haciendo planes sin contar conmigo.
- Es por tu bien, Isabelita- continuó mi tía dulcemente.
- MI bien es quedarme aquí, si me encerráis me escaparé.
- Pero bueno, ¿es que no vas a decirle nada a tu hija...?

Mamá intervino entonces con convicción:

- ¿Qué quieres que le diga?, sólo dice lo que piensa, y es verdad: o se escaparía o la echarían del colegio. Es incorregible. No, no creo que sea una buena idea que se vaya, aunque algo tendremos que hacer si queremos casarla algún día.
Se quedaron las dos proyectando mi futuro mientras yo, cansada de oír tonterías, me escapaba a jugar al jardín. Pero aquella noche durante la cena, mamá volvió a la carga intentando convencer a papá.

- He estado hablando con Inés y está dispuesta a pagarle una academia a Isabel para que haga alguna actividad en la que aprenda modales más delicados. ¿Y sabéis en cuál he pensado? -dijo entusiasmada mirándonos a todos- ¡Ballet!

Un silencio de cinco segundos invadió el comedor de forma excepcional. Después, mi padre, con la cara más sorprendida que le he visto nunca, repitió conteniéndose la risa:

- ¿Ballet?, ¿Isabel bailando ballet...?

Todos excepto mi madre y yo estallaron en carcajadas; mamá no entendía qué había dicho que fuera tan gracioso. El motivo de que yo no riera era otro. Después de que ella expusiera su idea y ante la sorpresa que me había preparado, al ir a protestar se me atragantó un pedazo de pan que se cruzó en mi garganta impidiéndome respirar. Mientras todos se ponían rojos de risa, yo me ponía roja de asfixia, hasta que por fin me miraron y me encontraron en aquel trance del que no podía reaccionar.
Mamá gritó y papá se levantó rápido y me dio un fuerte golpe en la espalda. El pan salió disparado de mi boca y aterrizó en el vaso de agua de mamá, que se sentaba enfrente.
Ni que decir tiene que jamás volvió a hablarse del asunto.
Afortunadamente, aquellos días críticos en los que parecía decidirse mi futuro se superaron al llegar septiembre con el regreso a la escuela. Anduvieron tan ocupados en uniformes, libros y horarios que se olvidaron de la ridícula idea del ballet y yo pude continuar haciendo mi vida de siempre. Desde entonces, eso sí, aprendí a cuidar lar formas, sobre todo cuando venía tía Inés o cualquier otra visita.
Papá siempre había escuchado con interés mis ideas, mis sueños, mis proyectos, y nunca los criticaba; muy al contrario, me animaba a conseguirlos haciéndome pensar en la manera en que recorrería el camino que me llevaría hasta ellos. Era entonces cuando yo misma, después de ese ejercicio, descartaba algunos o me reafirmaba en otros.
Cuando me saqué el carné de conducir y les dije que quería dedicarme al reparto se armó un gran revuelo.
Papá intentó disuadirme, sobre todo porque se lo pidió mi madre, pero él sabía que yo tenía claro mi proyecto de conseguir en el futuro una flota de transporte propia y al final me permitieron hacerlo. No se si en aquellos días ya le habían diagnosticado el tumor cerebral, pero sí sé que cuando él murió saqué a la familia adelante con mi trabajo hasta que mis hermanas terminaron sus estudios y encontraron un empleo. Como hubiera hecho su inexistente hijo, el único “hombre de la casa”.
Por aquellos tiempos, mientras mis hermanas cuestionaban mi vestuario que según ellas sólo servía para ahuyentar hombres, yo lo encontraba de lo más cómodo para conducir, y para quitármelo en la trasera de los camiones... Las manos rudas de un conductor no están hechas para lencería fina, y supongo que por ese motivo no encontré a un solo camionero que le pusiera pegas a mi indumentaria. Ni mucho menos al hecho de que no llevara ropa interior.
Fue en aquella época loca cuando me quedé prendada para siempre de los cuerpos fibrados y musculosos. Cuando conocí en el gimnasio al que ahora es mi marido, no dudé ni un momento en aceptar su invitación a una copa.
Después de unos días de vernos, empecé a tener dudas. Tenía un cuerpo de fábula pero su carácter me parecía algo blandito, sensible dice él, desde luego muy diferente al de los hombres que yo solía frecuentar.
Estuvo persiguiéndome durante meses hasta convencerme de que yo era la mujer de su vida, y unos pocos más para persuadirme de que él era mi hombre.
Casi me atraganto de nuevo cuando un día, mientras cenábamos, me confesó que en su infancia, durante dos cursos enteros, había asistido a clases de ballet. Nos reímos tanto que esa noche le dije que sí.