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Mostrando entradas de octubre, 2008

Juego de tetris (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Juan se topó con un joven en el pasillo de su casa cuando se disponía a ir a orinar.
Sobresaltado, se atrincheró en el rincón del pasillo contra la pared. Llevaba una camiseta azul y vieja a conjunto con los calzoncillos de goma gastada que utilizaba para dormir.
Juan, desconcertado, miraba a aquel joven sonriente que le saludaba y le preguntaba por su vida efusivamente.

- Hola, ¿cómo vas?, ¿qué es de ti?, cuánto tiempo sin verte.
- Puees ¡bien!, bien -dijo arrastrando las vocales y con un hilo de voz le preguntó:- ¿Cómo has entrado? ¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
- ¡¡Soy Manel!!- le contestó sonriendo.

Y le explicó en poco espacio de tiempo varias anécdotas que, según él, habían protagonizado juntos.

- Perdona, pero no te conozco -le dijo Juan.

Trató de interrumpirlo varias veces, pero el intruso no dejaba de hablar.

- ¿Te acuerdas del proyecto final de carrera? Se lo mangamos a un japonés que se dejó sobornar entre copa y copa. Qué momentos. Éramos unos caras. …

Ultramarinos (VA)

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VICENTE APARICIO
(Reescritura de un texto original de Rosa Gálvez)

Del mar, lo más cerca que había estado fue la vez que su tío le mandó limpiar el viejo letrero.
Subida en la escalera sin mirar al suelo, una tras otra fue viendo aparecer las gastadas letras que un día fueron blancas. Allí, tan cerca de ellas, maldiciendo para sus adentros con palabras blandas, preocupada por mantener el inestable equilibrio, ¡qué largo le pareció el camino desde la «U» hasta la «Z».
Pero una vez abajo, liberada del pánico a las alturas y a la desvencijada escalera -en realidad, no pudo evitar pensar, fugazmente y con más remordimiento que odio, que aquello habia sido un intento de su tío para librarse de ella-, al dar una última mirada a su obra, ahora con más perspectiva, las letras amarillentas casi le parecieron de un color azul verdoso, un reflejo de aquel despejado cielo de mayo. «Ultramarinos Páez». Ultramarinos. Ultramar... ¿Se reflejaban ahí las olas? Ultramar... Se quedó dentro el misterio, l…

Hechizo latino (MG)

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MARIA GUILERA
Luís Héctor, cielo, ya lo hice. Quería sorprenderte el sábado y ver la cara de alegría y asombro que pondrías con la notícia, pero no puedo esperar a contártelo, también tú tienes derecho desde ahora a ser feliz.
Ya está, ya me lancé.
Tú me diste fuerza. Pensé en tus palabras dulces, en la música de tus frases cariñosas, las que me dices bajito mientras bailamos en la pista del Hechizo Latino.
Recordé la presión de tus manos en mis nalgas, tus dedos sabios recorriendo el rosario de mi columna vertebral, tus piernas guiando las mías y enseñándoles suavemente los pasos del bolero.
Morenito mío, ya no más abrazos disfrazados de lambada. Desde ahora me tendrás sin disimulos, seré tu pareja no tan solo en el baile, sino en cada momento de la vida.
Ay, te cuento. Se lo dije ayer noche, cuando nos sentamos en el sofá a ver las noticias de las nueve.
Tengo que hablarte, Venancio, le solté.
Y él respondió, espera mujer, déjame ver el telediario.
Insistí porque ya me había decidid…

La travessa (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
— Per a vostè un tallat amb bufanda cremosa i per a vostè un cafè eufòric. Preparo el compte?
Era l’hora d’esmorzar! Com tots els dijous al matí el vell Tomàs entrà a la petita granja de la plaça. Arrossegava els peus, i l’ Esquitx, com un pigall, el guiava entre les taules fins arribar a una de discreta que era arrambada a la paret, i que estava a tocar d’un radiador inactiu. L’ Esquitx s’ajassà com si esperés que l’ornamental radiador s’hagués d’engegar. Tota la seva actitud feia pensar que sovint esperava. La paciència més que una virtut és un costum per a ell.
Tomàs, com tants matins de dijous va tractar d’omplir la butlleta de la travessa que aquella mateixa tarda lliuraria a la petita oficina d’apostes situada a l’altre costat de la plaça. El reclam principal era una jove i simpàtica noia que atenia infatigablement els clients habituals i els seus tediosos romanços.
— Maties, fes-me un cafè.
— Un de filòsof?
— Què vols...? Sí, això. Ni curt ni llarg: en la seva j…

La cuarta hermana (RR)

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ROSANA ROMÁN
En mi familia nacer mujer no era ninguna desgracia, salvo en mi caso, que fui la última de cuatro niñas sin ningún hermano con que contentar a papá.
Tardó varios días en conocerme; mamá, después del parto quedó muy débil y tuvo que quedarse unos días en la clínica. Allí estuvimos las dos, huérfanas de compañía masculina hasta que volvimos (en mi caso llegué por primera vez) a casa.
Vivir en las afueras de la ciudad nos permitía tener un hogar más amplio, al tiempo que disfrutábamos de espacios de campo o, lo que es igual, de vivir en libertad.
Desde muy pequeña quedó patente que yo no iba a ser una niña «femenina».
Me molestaban los lazos del vestido que siempre algún gracioso se divertía en deshacerme, odiaba los adornos en la cabeza porque cuando no se me caían me estiraban el pelo y tampoco jugaba con las muñecas, ya que nunca pude entender por qué jugábamos con algo tan pequeño y tan estático cuando podíamos hacerlo con niñas de verdad. Siempre había alguna de las peq…