domingo, 14 de septiembre de 2008

Cumpleaños con pularda

VICENTE APARICIO
Juana fue la primera en llegar. Se oyó un timbrazo enérgico, prolongado, e Isabel le dijo a su marido: «Ya está aquí tu hija, Manuel». Él, que leía el periódico con las gafas de cerca, no contestó. No levantó la cabeza. Juana vestía una falda corta y un jerséy rojo, ceñido. «¡Felicidades, mamá!», saludó muy efusivamente, mientras ponía en sus manos un par de botellas de vino. Se acercó al sofá y se inclinó para besar a su padre. El olor que llegaba desde la cocina la llevó a exclamar: «Mmmmmm. ¡No me digas que estás haciendo pularda!». Isabel sonrió levemente. Iba a hablar cuando sonó el teléfono. «Era Pedro», les anunció al colgar, «que acaban de salir de casa y llegarán un poco tarde». Manuel pasó una página del periódico. Juana se arregló la falda y dijo: «Para variar.»

Isabel compró la pularda aquella misma mañana. También, un solomillo de cerdo, pimientos y, por supuesto, las trufas. A las doce, casi recién levantado, Manuel le advirtió: «Isabel, tendrías que empezar con la pularda». Ella replicó que no hacía falta aún, que Pedro y Laura siempre llegaban más tarde y que mejor esperar media hora, por lo menos, no se fuera a quedar fría. Él insistió: «Hemos quedado a las dos. Si la pularda está fría, que se jodan». Isabel puso a cocer un par de huevos. Mientras hervían fue cortando los ingredientes: el solomillo, los champiñones, el pimiento, una manzana, las trufas... Encendió el horno. Echó sal a los pimientos y al cerdo y troceó también los huevos duros. Después fue embutiéndolo todo dentro del ave, hasta que no cupo nada más. De uno de los cajones, cogió hilo y aguja. Lo cosió todo bien cosido, añadió sal. Untó la piel del animal con mantequilla. Justo antes de meterlo en el horno, lo roció con un vaso de vino.
Pedro y Laura llegaron a las tres menos cuarto. Traían la tarta. Él iba sin afeitar. Ella, con una camiseta negra y unos tejanos raídos. Besaron a Isabel y la felicitaron también. «Ya os vale», dijo Juana. «Lo sentimos», dijo Pedro, «siempre nos pasa lo mismo». Estaba de pie, en medio del comedor, y solo su madre correspondió, tímidamente, a su sonrisa. Fue ella quien rompió el silencio que se hizo después: «Será mejor que os vayáis sentando. Empezad con el aperitivo.»
La pularda no estaba del todo fría. Mientras la trinchaba, llegaron hasta ella algunos retazos de conversación. «Joder, papá, vale ya», le oyó decir a Juana, «podrías hacerlo por mamá, por lo menos, y no amargarnos el puto día». Distribuyó alrededor de la carne los ingredientes del relleno y les echó el jugo por encima. Apoyó las manos en el mármol, por un momento, y dio un suspiro. Volvió al comedor. A mitad de pasillo, se detuvo un instante. Estaban todos callados. Continuó caminando. «¿Ya estáis?», preguntó, «¿traigo ya la carne?». Laura dijo que sí con la cabeza. «Anda, Pedro, hijo», añadió, «abre esa botella y sírveme un poco de vino». Entró en la cocina y cogió la bandeja. Desde el pasillo oyó hablar a su marido: «Tú y tu mujer no sois más que dos gilipollas, eso es lo que sois tú y tu mujercita.» Isabel volvió a depositar encima del mármol la bandeja. Se sentó en una silla y permaneció quieta, así, durante unos segundos.
Durante unos segundos permaneció sentada en la silla. Se incorporó. Se inclinó sobre la bandeja y escupió. Removió la saliva con una cuchara de madera, mezclándola con el jugo de la pularda, y volvió a escupir, dos o tres veces. Volvió a remover con la cuchara. Cuando ya estuvo sentada a la mesa, dijo: «Que aproveche». Nadie le respondió. Estaban callados, de nuevo, con caras largas. Dio un trago a su copa de vino.

12 comentarios:

  1. ¡joder! ¡cuántas veces he sentido esa tensión!
    A mí este relato, por encima de todo, me sensibiliza para intentar mejorar, me inculca cosas, me adoctrina, como si de un anuncio de sensibilización de tráfico se tratase. Correr mata.... los errores al volante se pagan......

    Me llama desde luego a la puntualidad, al autocontrol, al saber estar, pero sobre todo a saber valorar a nuestros seres más queridos, y saber corresponderles.

    Gracias por el relato, Vicente.

    Un abrazo

    Jose

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  2. pues a mí me hace pensar en Ese cumpleaños, ella cocina, ellos se enseñan los dientes, ella sirve la mesa, ell*s están sentados, ella recoge y ell*s siguen sentados...
    una pularda escupida es lo menos que se emrece tanta comodidad y estupidez acumulada.

    muy bueno, Vicentikko, como siempre....

    maliae

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  3. Pasaba por aquí en correspondencia a la visita y me encuentro con una proliferación de autores. Parace interesante todo esto. Me quedaré dando una vuelta.
    Saludos.

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  4. si te digo q se me ha revuelto el estómago del asco, y no precisamente por los escupitajos, lo entenderás, no?
    Pd: y sin pretender quitarle mérito a la historia, pq me parece una pasada... ¿¿replicó?? eres enid blyton, u qué??

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  5. ella siempre decía que, por ejemplo, julián le replicó a ana, o ana le replicó a georgina, o georgina le replicó a su mamá... y así, todo el rato. jijiji
    no eres digno de esos libros, los acabas de perder de la herencia...

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  6. Hola Vicente,
    Me gusta el relato. Me ha hecho recordar mis comidas familiares. Genial descripción, como siempre.
    Un saludo.

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  7. Fantástica descripción de una estampa familiar, como muchas por desgracia.
    Me gusta este cuento en el que sin decir, muestras la tensión y el aburrimiento de la madre. Genial como siempre.

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  8. Ya leo, ya leo... Bueno,te digo. Al principio he pensado en apuntarme la receta, però inmediatamente me he olvidado de ella porque no tenia ninguna importancia, el escupitajo si. Creo que has bordado la intención y has disfrutado. A mi también me has hecho disfrutar. Me imaginaba la escena con el delantal de la madre y sus manos en el mármol de la cocina. Qué bien marcada toda la tensión del relato!
    Muy rebien.

    Mercè

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  9. Buen relato, de verdad. Bien narrado, además. Se me ocurre pensar en lo difícil que se hace convivir, cuando no hay consideración y tolerancia. Muchas familias se rompen, es cierto, pero a veces me parece tremendo que haya tantísimas que sigan juntas, cuando no existe un mínimo de respeto y cariño.

    Saludos.

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  10. Anónimo Jose, esa tensión es una tensión fea. Me alegro de que te transmita cosas positivas.

    Anónima Maliae, me gusta tu lectura "feminista" (?) del texto y que ese * del lado de los malos incluya también a dos mujeres

    El viajero solitario, gracias por tu visita. Siempre serás bienvenido.

    Noemozica lectora, sí, el texto es un asquito. Enid Blyton no era una fina, pero cómo me se caía la baba con ella hacia XXL años. ah, y no vuelvas a replicarme más. es una orden :)

    Puigmal08, ahora es tu turno. Demos paso al kamikaze.

    Pantera, tus comentarios felinos sientan mejor cuando llegan desde Alemania, fraulein :)

    Mercè, yo no desdeñaría la receta. en el relato tiene una función dilatoria, pero en tu cocina igual está para chuparse los dedos :)

    Dédalus, gracias por pasar por aquí. ojalá la consideración y el respeto no nos faltaran nunca. el concepto familia no las incluye necesariamente. nos gustará volver a verte por aquí

    Gracias a todas y todos y tothom por seguid leyendo :)

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  11. Aquí estoy!! El farolillo rojo... la puntualidad no es una de mis virtudes.
    En cambio la mejor de las tuyas es relatar y transmitir (incluso cuando callas y dejas que tus lectores especulen,relean,teoricen, interpreten,acierten,yerren,etc.) todo ello,bajo tu muda e irónica sonrisa de autor.
    Me ha gustado el escrito, pero no la historia ni la actitud de la madre. El resto de comportamientos me parecen normales y creibles, el de ella, no. Es esperpéntico y exagerado y no está acorde con el prototipo de madre y esposa que representa, ni con lo que hace, con anterioridad.
    Me parece una actitud muy cobarde y nada práctica. Si al menos lo hiciera delante de ellos....
    Yo, los mandaba a la mierda, tiraba la pularda al cubo de basura y me iba a la cama o a dar un paseo...
    Menos mal que a mi no me gusta el pollo ni la pularda!!!!

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  12. Un clima más que logrado.

    Muy interesante, Vicente.

    Saludos,
    musa

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