lunes, 22 de septiembre de 2008

Complicidad laboral

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
- Deja que me tome otra, otra copa y ya está -le dije aquel viernes fatídico a mi compañero de trabajo.
Estábamos en un bar latino, a las afueras de la ciudad. En calma, sin que nadie nos increpara, ni nos pidiera justificación alguna por nuestro criterio profesional.
No somos gente aburrida. Pero lo que sí somos, es gente maltratada por la miseria humana.
Nuestro trabajo consiste en intentar enderezar vidas familiares descompuestas.
De quienes ven el mundo desde el agujero que se forma al juntar su índice con el pulgar. Y aprietan y aprietan hasta cerrar el puño y dar un golpe de frustración allí donde sea.
Intentar arreglar vidas es en principio imposible, pero de lo que se trata es de apaciguar, reconducir, y un continuo de objetivos que muchas veces se quedan en papel.
Ocurrió que ese viernes entró en el despacho un señor muy nervioso. Un señor al que en argot laboral denominamos usuario; porque usa el servicio, como quien va al WC.
El señor en cuestión, nos informó de que iba repleto de Goma 2. Que su cintura estaba rodeada de bombas y el artefacto se pondría en funcionamiento al cabo de cinco horas. Si alguien intentaba impedirlo, sólo con apretarse el tórax, en donde estaba el detonador, todos saldríamos volando.

Su petición era que le ayudáramos a recuperar sus pertenencias. Su piso, su mujer y sus hijos, custodiados por la administración, por su mal comportamiento.
Aseguraba que él era un ciudadano honesto y cabal y que todo había sido una encerrona de su suegra, que nunca lo había visto con buenos ojos.
Todos, dejamos de trabajar en lo que nos ocupaba e intentamos razonar con semejante individuo, con nervios, prisas, entre risas alocadas, lloros, llamadas.
En un momento el edificio quedó rodeado de policía municipal y nacional. Bomberos, ambulancias, chafarderos. Todo el mundo estaba en la calle, pero dentro del despacho con el loco suicida, estábamos nosotros: Juan, Rosario, Graciela y yo.
No sabíamos cómo reconducir la situación. Sus hijos estaban con la madre, fuera del alcance de él, por indicación del juez. El expediente, ya cerrado, nos confirmaba que habían salido del país. No sabíamos como notificar al kamikaze que parte de sus pertenencias estaban en su país de origen, viviendo otra vida lejos de su enfermedad mental, y que su piso había sido subastado por su entidad financiera, en los años en que él estuvo en prisión. Los únicos que estábamos a su alcance éramos nosotros. Sus pertenencias actuales.
Graciela dijo:
-Mire, aquí no podrá conseguir nada, así que si quiere empezar a darle al detonador, hágalo. Déjeme antes llamar a mi hijo que está en la escuela para despedirme de él.
La miramos estupefactos. Nos había incluido a todos en su plan sin consultar si estábamos preparados o no.
Empezamos a insultarnos entre nosotros. Que si tú eres una inútil, que si tú te crees superior, que sí a ti se te ha subido el cargo a la cabeza. Empezaron a volar objetos lanzados entre nosotros. La calculadora fue a parar a la cabeza de Juan, el calendario a la de Graciela. Rosario empujó la pantalla del ordenador originando un estruendo. Cayó la botella de agua que Juan tenía siempre encima de su mesa. El agua encharcó el suelo en décimas de segundo, la pantalla del ordenador echó chispas. Al kamikaze se le mojaron los pies.
Y dijo: “¡Basta!”, dando un palmetazo encima de la mesa mojada de la que todavía caía el agua. El señor usuario se quedó donde estaba, pero no paralizado, sino moviéndose de forma extraña, dando sacudidas.
El señor usuario cayó desplomado
En unos segundos, todo dio un giro, solo hubo silencio en esa habitación.
- ¿Cómo es que no ha explotado?- dijo Juan. Rápidamente nos acercamos a él. Le desabrochamos el abrigo. Y todo era una farsa. Como quien juega al póker y gana o pierde con un farol. En este caso, la mesa de juego lo había electrocutado.
¿Cómo íbamos a explicarlo?
El silencio volvió a llenar el despacho. Minutos largos de silencio se metieron profundamente por los rincones de las cuatro mesas.
Nos miramos cómplices, profesionales, conformes. Sabíamos sin hablar que era lo más conveniente.
Avisamos a la policía, le dijimos que el señor se había ido por la puerta trasera. Que por favor despejaran la calle para no alertar más a la vecindad. Todo el mundo se fue. Nosotros nos quedamos dentro trabajando en cómo deshacernos del cadáver.
Nos aprovisionamos de utensilios. Recopilamos seis cúters de varios despachos, ocho tijeras y el cuchillo de Rosario, con el que se cortaba su manzana de cada mediodía. Dividimos su cuerpo en cuatro partes: cabeza, extremidades superiores, extremidades inferiores, tronco.
Por suerte no era muy alto, ni muy corpulento. La droga había hecho su cometido en él.
Teníamos que actuar con rapidez. Y resolver lo antes posible.
En el armario teníamos rollo de papel de embalaje, que usábamos para murales en presentaciones de trabajo. Envolvimos los paquetes por separado. Dónde los íbamos a llevar, y cuándo iba a ser, eso era problema de cada cual. Ninguno tenía que saber la estrategia del otro.
Yo todavía lo llevo en el maletero. Y bebo, bebo mucho.

6 comentarios:

  1. Hay que ver a los extremos que pueden llegar las nuevas pertenencias del usuario cuando se les acumula la faena.
    El cuchillo de pelar la manzana y el cuter, claro. Es que estás en todo.
    Tu vena gamberra me tiene completamente seducida.

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  2. GENIAL, GENIAL!!!!!
    Ácida, caústica, expeditiva y con gran dosis de humor, negro por supuesto.
    Eres una maestra con tus finales imprevisibles.
    Descolocas al lector o al oyente y provocas la carcajada y el aplauso.
    Miles de plas plas y miles de muacs muacs.

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  3. me encanta lo del señor usuario... es como lo de llamarles privados de libertad a los presos o jóvenes en riesgo de exclusión social a los marginados. en fins...

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  4. Qué bueno Natalia, qué bueno. Cuántos recuerdos me has traido con lo de los usuarios. Me ha recordado a los apodos que nos ponen como "insistente Social" o mi concretamente: "abstinente social".A lo del cuter no llegué aunque no por falta de ganas.
    Realmente tu final ha sido sorpresivo y esa espiral con que suceden los últimos hechos me parece genial. Bravo.

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  5. carme,

    me has dejado muerta, muerta como después de salir de un mal trago de escucha, de escucha de lo que uno nunca quiera saber, ni haber conocido.

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  6. jodwerrrr... me voy a aprovisionar de cutters tamaño industrial.


    laloka (Yo...)

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