sábado, 27 de septiembre de 2008

Isla gris

MARC BALLESTER
Rogelio Gris era el menor de tres hermanos, apenas recordaba a su padre, murió cuando él aún era muy pequeño. Su madre desde entonces tuvo que despellejarse las manos año tras año reparando redes en Puerto Roca, donde el aguardiente se convertiría en su mejor alimento. Más tarde los hermanos de Rogelio Gris se enrolarían en un barco extranjero que fondeó unos días frente al puerto. No los volvería a ver jamás. En los siguientes cincuenta años ningún barco extranjero apareció en la bahía.

El día en que siendo joven Rogelio Gris tomó la decisión de reincorporarse a la flota se desató el peor vendaval que recordaban los habitantes de Isla Tormenta; así que, después de sospesar su iniciativa y de cargar todos los aparejos en su macuto y proveerse de un chubasquero, guantes, arpón y correajes, se paró en el umbral de la puerta de su casa y, acto seguido, arpón, guantes, chubasquero y correajes fueron a dar contra el suelo de madera. Rogelio Gris volvió a la cocina y se preparó una nueva cafetera, como cada madrugada, para saborearla a lo largo del amanecer. Luego, como venía siendo costumbre, se desnudaría y se cubriría con las mantas hasta que el sol irrumpiese en el dormitorio y él tuviera hambre.
Cuando Rogelio Gris ya no tuvo edad para la pesca dejó de fingir. En Isla Tormenta los hombres pescaban hasta que la muerte aparecía en forma de arrecife o niebla. Todos repetían que morir en tierra firme era poco menos que una desgracia, un mal que aquejaba a aquellos que por miedo o tristeza no se habían atrevido a responder al desafío del océano. A los enterrados en las afueras de la aldea nadie los recordaba, las únicas oraciones se dirigían siempre a los que no volvieron, a los que cumplieron con su deber. Ahogarse era el triunfo y enfermar una blasfemia.
Un día soleado y de calma chicha Rogelio Gris decidió entrar en la historia de Isla Tormenta. Todos lo recordarían siempre como el único muerto que logró burlarse del mar. Se ahorcó frente a la iglesia, endomingado, y con un barreño de agua salada bajo su cuerpo seco.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Complicidad laboral

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
- Deja que me tome otra, otra copa y ya está -le dije aquel viernes fatídico a mi compañero de trabajo.
Estábamos en un bar latino, a las afueras de la ciudad. En calma, sin que nadie nos increpara, ni nos pidiera justificación alguna por nuestro criterio profesional.
No somos gente aburrida. Pero lo que sí somos, es gente maltratada por la miseria humana.
Nuestro trabajo consiste en intentar enderezar vidas familiares descompuestas.
De quienes ven el mundo desde el agujero que se forma al juntar su índice con el pulgar. Y aprietan y aprietan hasta cerrar el puño y dar un golpe de frustración allí donde sea.
Intentar arreglar vidas es en principio imposible, pero de lo que se trata es de apaciguar, reconducir, y un continuo de objetivos que muchas veces se quedan en papel.
Ocurrió que ese viernes entró en el despacho un señor muy nervioso. Un señor al que en argot laboral denominamos usuario; porque usa el servicio, como quien va al WC.
El señor en cuestión, nos informó de que iba repleto de Goma 2. Que su cintura estaba rodeada de bombas y el artefacto se pondría en funcionamiento al cabo de cinco horas. Si alguien intentaba impedirlo, sólo con apretarse el tórax, en donde estaba el detonador, todos saldríamos volando.

Su petición era que le ayudáramos a recuperar sus pertenencias. Su piso, su mujer y sus hijos, custodiados por la administración, por su mal comportamiento.
Aseguraba que él era un ciudadano honesto y cabal y que todo había sido una encerrona de su suegra, que nunca lo había visto con buenos ojos.
Todos, dejamos de trabajar en lo que nos ocupaba e intentamos razonar con semejante individuo, con nervios, prisas, entre risas alocadas, lloros, llamadas.
En un momento el edificio quedó rodeado de policía municipal y nacional. Bomberos, ambulancias, chafarderos. Todo el mundo estaba en la calle, pero dentro del despacho con el loco suicida, estábamos nosotros: Juan, Rosario, Graciela y yo.
No sabíamos cómo reconducir la situación. Sus hijos estaban con la madre, fuera del alcance de él, por indicación del juez. El expediente, ya cerrado, nos confirmaba que habían salido del país. No sabíamos como notificar al kamikaze que parte de sus pertenencias estaban en su país de origen, viviendo otra vida lejos de su enfermedad mental, y que su piso había sido subastado por su entidad financiera, en los años en que él estuvo en prisión. Los únicos que estábamos a su alcance éramos nosotros. Sus pertenencias actuales.
Graciela dijo:
-Mire, aquí no podrá conseguir nada, así que si quiere empezar a darle al detonador, hágalo. Déjeme antes llamar a mi hijo que está en la escuela para despedirme de él.
La miramos estupefactos. Nos había incluido a todos en su plan sin consultar si estábamos preparados o no.
Empezamos a insultarnos entre nosotros. Que si tú eres una inútil, que si tú te crees superior, que sí a ti se te ha subido el cargo a la cabeza. Empezaron a volar objetos lanzados entre nosotros. La calculadora fue a parar a la cabeza de Juan, el calendario a la de Graciela. Rosario empujó la pantalla del ordenador originando un estruendo. Cayó la botella de agua que Juan tenía siempre encima de su mesa. El agua encharcó el suelo en décimas de segundo, la pantalla del ordenador echó chispas. Al kamikaze se le mojaron los pies.
Y dijo: “¡Basta!”, dando un palmetazo encima de la mesa mojada de la que todavía caía el agua. El señor usuario se quedó donde estaba, pero no paralizado, sino moviéndose de forma extraña, dando sacudidas.
El señor usuario cayó desplomado
En unos segundos, todo dio un giro, solo hubo silencio en esa habitación.
- ¿Cómo es que no ha explotado?- dijo Juan. Rápidamente nos acercamos a él. Le desabrochamos el abrigo. Y todo era una farsa. Como quien juega al póker y gana o pierde con un farol. En este caso, la mesa de juego lo había electrocutado.
¿Cómo íbamos a explicarlo?
El silencio volvió a llenar el despacho. Minutos largos de silencio se metieron profundamente por los rincones de las cuatro mesas.
Nos miramos cómplices, profesionales, conformes. Sabíamos sin hablar que era lo más conveniente.
Avisamos a la policía, le dijimos que el señor se había ido por la puerta trasera. Que por favor despejaran la calle para no alertar más a la vecindad. Todo el mundo se fue. Nosotros nos quedamos dentro trabajando en cómo deshacernos del cadáver.
Nos aprovisionamos de utensilios. Recopilamos seis cúters de varios despachos, ocho tijeras y el cuchillo de Rosario, con el que se cortaba su manzana de cada mediodía. Dividimos su cuerpo en cuatro partes: cabeza, extremidades superiores, extremidades inferiores, tronco.
Por suerte no era muy alto, ni muy corpulento. La droga había hecho su cometido en él.
Teníamos que actuar con rapidez. Y resolver lo antes posible.
En el armario teníamos rollo de papel de embalaje, que usábamos para murales en presentaciones de trabajo. Envolvimos los paquetes por separado. Dónde los íbamos a llevar, y cuándo iba a ser, eso era problema de cada cual. Ninguno tenía que saber la estrategia del otro.
Yo todavía lo llevo en el maletero. Y bebo, bebo mucho.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cumpleaños con pularda

VICENTE APARICIO
Juana fue la primera en llegar. Se oyó un timbrazo enérgico, prolongado, e Isabel le dijo a su marido: «Ya está aquí tu hija, Manuel». Él, que leía el periódico con las gafas de cerca, no contestó. No levantó la cabeza. Juana vestía una falda corta y un jerséy rojo, ceñido. «¡Felicidades, mamá!», saludó muy efusivamente, mientras ponía en sus manos un par de botellas de vino. Se acercó al sofá y se inclinó para besar a su padre. El olor que llegaba desde la cocina la llevó a exclamar: «Mmmmmm. ¡No me digas que estás haciendo pularda!». Isabel sonrió levemente. Iba a hablar cuando sonó el teléfono. «Era Pedro», les anunció al colgar, «que acaban de salir de casa y llegarán un poco tarde». Manuel pasó una página del periódico. Juana se arregló la falda y dijo: «Para variar.»

Isabel compró la pularda aquella misma mañana. También, un solomillo de cerdo, pimientos y, por supuesto, las trufas. A las doce, casi recién levantado, Manuel le advirtió: «Isabel, tendrías que empezar con la pularda». Ella replicó que no hacía falta aún, que Pedro y Laura siempre llegaban más tarde y que mejor esperar media hora, por lo menos, no se fuera a quedar fría. Él insistió: «Hemos quedado a las dos. Si la pularda está fría, que se jodan». Isabel puso a cocer un par de huevos. Mientras hervían fue cortando los ingredientes: el solomillo, los champiñones, el pimiento, una manzana, las trufas... Encendió el horno. Echó sal a los pimientos y al cerdo y troceó también los huevos duros. Después fue embutiéndolo todo dentro del ave, hasta que no cupo nada más. De uno de los cajones, cogió hilo y aguja. Lo cosió todo bien cosido, añadió sal. Untó la piel del animal con mantequilla. Justo antes de meterlo en el horno, lo roció con un vaso de vino.
Pedro y Laura llegaron a las tres menos cuarto. Traían la tarta. Él iba sin afeitar. Ella, con una camiseta negra y unos tejanos raídos. Besaron a Isabel y la felicitaron también. «Ya os vale», dijo Juana. «Lo sentimos», dijo Pedro, «siempre nos pasa lo mismo». Estaba de pie, en medio del comedor, y solo su madre correspondió, tímidamente, a su sonrisa. Fue ella quien rompió el silencio que se hizo después: «Será mejor que os vayáis sentando. Empezad con el aperitivo.»
La pularda no estaba del todo fría. Mientras la trinchaba, llegaron hasta ella algunos retazos de conversación. «Joder, papá, vale ya», le oyó decir a Juana, «podrías hacerlo por mamá, por lo menos, y no amargarnos el puto día». Distribuyó alrededor de la carne los ingredientes del relleno y les echó el jugo por encima. Apoyó las manos en el mármol, por un momento, y dio un suspiro. Volvió al comedor. A mitad de pasillo, se detuvo un instante. Estaban todos callados. Continuó caminando. «¿Ya estáis?», preguntó, «¿traigo ya la carne?». Laura dijo que sí con la cabeza. «Anda, Pedro, hijo», añadió, «abre esa botella y sírveme un poco de vino». Entró en la cocina y cogió la bandeja. Desde el pasillo oyó hablar a su marido: «Tú y tu mujer no sois más que dos gilipollas, eso es lo que sois tú y tu mujercita.» Isabel volvió a depositar encima del mármol la bandeja. Se sentó en una silla y permaneció quieta, así, durante unos segundos.
Durante unos segundos permaneció sentada en la silla. Se incorporó. Se inclinó sobre la bandeja y escupió. Removió la saliva con una cuchara de madera, mezclándola con el jugo de la pularda, y volvió a escupir, dos o tres veces. Volvió a remover con la cuchara. Cuando ya estuvo sentada a la mesa, dijo: «Que aproveche». Nadie le respondió. Estaban callados, de nuevo, con caras largas. Dio un trago a su copa de vino.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Pruebas fehacientes

MARIA GUILERA
Mi habitación era enorme y preciosa, con una ventana que daba a un patio de vecinos. Se podía escuchar la radio y varias emisoras a la vez y también era posible conocer la vida de mucha gente, saber lo que comían, cuándo estaban tristes y cuándo felices, quién llegaba y quién se iba dando un portazo.
En la única cama de mi habitación, con dos colchones de lana, uno sobre el otro, inventé travesías a bordo de una piragua y mi hermana solía estar siempre a punto de ser devorada por los cocodrilos. Debajo de las sábanas soplaban huracanes con tal fuerza que volaba todo cuanto encontraban a su paso y había que desnudarse y luego buscar refugio y procurar no ser descubiertas por los caníbales.
Mi habitación tenía el suelo de baldosas cuadradas y pequeñas de color blanquecino, con una cenefa marrón.

Algunas de las baldosas se movían y nunca fue el momento adecuado para repararlas. Desde la cama y con la fría claridad del fluorescente de la cocina mis ojos veían figuras terroríficas dibujadas en el suelo y no podía dormir.
Las paredes de mi habitación se llenaron de fotografías de niños cantantes y de banderines triangulares con nombres de ciudades que otros habían visitado alguna vez. Una estantería metálica ordenó libros de texto, cuadernos y cajas de zapatos.
Mi habitación tenía una ventana que daba a un patio interior. De día, y a pesar de tener enrollada la persiana de tablillas de madera verde oscuro, apenas si entraban la luz y el aire. En cualquier caso aquella no era una luz hermosa ni el aire era agradable de respirar.
Llegó un tocadiscos de segunda mano a mi habitación y lo puse cerca del único enchufe, sobre una mesa baja de formica y allí giraban los LP de Simon y Garfunkel. El LP, en realidad. Hora tras hora, The Boxer a tres voces. Las suyas más la mía, que imaginaba un texto que nunca he querido conocer.
Otra estantería se unió a la primera, que empezaba a oxidarse. Mi padre las sujetó a la pared porque mi madre creyó que era probable que se cayeran sobre la cama y mi hermana y yo muriéramos aplastadas por el peso de mis apuntes, de mis libros, de mis carpetas azules forradas con airon-fix.
Se arrancó el papel pintado y las paredes de mi habitación fueron blancas, de un blanco que resaltaba los posters de Picasso, sus ramos de flores y su paloma de la paz. En un ricón apoyé una guitarra de la que solo conocía dos acordes, los suficientes para cantar a Raimon.
En mi habitación un día entraron dos amigos con otro algo mayor a quien yo no conocía y escondieron libros detrás del escritorio. Luego hablamos de música, pero ya no me acordaba de Simon y su compañero y era Paco Ibáñez quien molestaba a mi hermana y me decía por favor, pon otra cosa, estoy harta de ese señor.
En agosto de ese mismo año mi novio, al que jamás pude nombrar así, ocupó la habitación al final del pasillo y se quedó a dormir un par de noches. Su ventana estaba frente a la mía y a once metros de distancia. A pesar de las luces apagadas pudo ver mis pechos al aire, levantada la camisa de algodón con una luna estampada. De noche yo me reía de la Revolución.
Mi habitación fue un hospital de campaña, un puesto de primeros y únicos auxilios donde llorar pérdidas esporádicas o definitivas de amores traicionados, de delatores, de cobardes y de valientes.
Mi habitación fue también una biblioteca de poemas de amor y un probador de minifaldas.
Una consulta de psicólogas atrevidas y un local para fumadores. Un estudio para exámenes de última hora y un confesionario.
Mi habitación fue un pub muy oscuro y un calabozo. Mi habitación fue Francia, concretamente París. Mi habitación fue un archivo de correspondencia y un contenedor de cartas rasgadas.
Cuando una se marcha de casa debe dejar intacta su habitación por si quiere volver algún día a saber quién fue, más allá de su recuerdo.
Son las dos del mediodía y esa era la hora de los olores penetrantes. El trajín de platos y sartenes mantiene por un tiempo el espejismo.
He entrado en la que un día fue mi casa de forma clandestina. Lleva más de un año vendida y en su día fue vaciada sin contemplaciones ni tiempo para seleccionar qué debía ser rescatado de ojos ajenos y qué abandonado. Hoy es un piso en obras, abierto a albañiles, lampistas, pintores y carpinteros. Nadie me pregunta quién soy.
Paso la mano por las paredes de mi habitación y allí está el agujero que hizo mi uña noche tras noche mientras pensaba en no me acuerdo qué, mientras imaginaba quién sería. No hay en ese pequeño hoyo ninguna pista, ninguna referencia a quién soy.
No hay rastro del tocadiscos y solo el enchufe sigue en su lugar. Lo miro como si pudiera recuperar la música, surgiendo circular por dos orificios amigos.
Observo las baldosas y cuento desde la puerta tres pasos y medio hasta llegar al lugar preciso. Se siguen moviendo. Y pienso en Galileo. Y pienso en la fuerza del tiempo, tan devastadora. Y sin embargo, no ha podido conmigo, Eppur si muove. Todo existió y sigue existiendo.
Busca a alguien, me pregunta un hombre joven y con acento extranjero.
Le digo que sí, que estoy buscando a alguien y me mira esperando más palabras. Pero ya no hacen falta.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La barana

VICENÇ DEL HOYO
Jo t’esperava als gronxadors del parc que hi havia al costat de la parada del 47. Sabia que acostumaves a arribar quan faltaven cinc minuts per a les dues, i arribaves per anar a dinar. A la una, quan sortia de l’escola, anava al parc. A vegades abans d’arribar feia un gran tomb. Primer acompanyava alguns companys al portal de casa seva. Anàvem xerrant de pel·lícules que algun de nosaltres havíem vist el diumenge al cinema, de grans i llargs viatges que projectàvem fer en un futur indeterminat però indiscutible, i a vegades inventàvem amors de passió profunda però de realitat fictícia. D’aquesta manera entretenia els cinquanta-cinc minuts. A vegades hi anava directament, sense entretenir-me. Aleshores, m’asseia al banc des del qual podia vigilar l’arribada de l’autobús, i esperava. Jo encara era un nen, tu ja una noia. A mi em pesava l’escola, tu t’aventuraves en el món laboral. Jo fantasiós, tu el meu miratge.

En realitat no era capaç d’imaginar res, ara me’n adono. Vivia en un estat febril, però no de ficció. El que feia era rebobinar els records que em lligaven a tu. Revivia una i altra vegada les frases que m’havies dit el dia anterior, una setmana abans o feia mesos. Ho feia amb una precisió microscòpica. Apreciava cada una de les tonalitats, de les cadències de les síl·labes. M’ho repetia tantes vegades que les paraules perdien el sentit, i es convertien en melodia musical. De la teva cara podia reproduir totes les perspectives. També les diferents maneres en què eres capaç de dur el pentinat: els cabells recollits a la part alta del darrera, amb una retorçat manyoc despreocupat, un pentinat que jo anomenava secretament de niu d’oreneta, o pulcrament raspallats i relligats en una única cua, o lliurement deixats anar i que a vegades t’amagaven una part de la cara. Sóc un home mancat d’imaginació. Només reproduïa obsessivament vivències contingudes al meu cervell.
Quan faltaven pocs minuts per a l’hora, m’enfilava a la barana del gronxador. Passava d’un extrem a l’altre sense tocar el terra. Només amb la força dels meus braços, balancejant-me del principi al final de la barra. No mirava mai si venies o no, havia d’aparentar casualitat. Però si notava, amb un ull que tenia al clatell, que trigava massa l’autobús, o no acabaves mai de baixar d’ell, aleshores m’aturava a mig recorregut. Fent temps, resistint sense deixar-me anar. Hi havia el perill que quan travessessis el parc no contemplessis la petita exhibició que et preparava cada tarda. Les mans em feien mal amb el fregament amb el dur metall, i dels llargs minuts que m’hi penjava. Des d’aleshores tinc unes durícies als palmells que mai han marxat.
—Acròbata, ja has dinat? —preguntaves.
I jo, descaradament aleshores, et mirava a la cara. Ajustava els records a la realitat, i me’n adonava que malgrat la precisió de la meva prodigiosa memòria la realitat era infinitament més rica que el record.
Amb el pas dels anys els gronxadors es van convertir en una estructura mecànica on era impossible realitzar cap acrobàcia. No puc sentir cap simpatia cap als moderns gronxadors. He passat llargues i polsoses tardes a parcs i placetes amb els nostres fills. Anar al parc ja no significa el mateix que ara fa tants estius. És veritat que quan els empento al gronxador, a vegades alço la mirada il·lusionat buscant aquella barra de la que tantes vegades m’hi havia penjat com un mico. Trobar-me amb un gruixut cilindre d’impenetrable acer inoxidable em decep. D’higiènic metall són els aliments que ingerim en els nostres magres sopars dietètics, així com la aigüera on els rentem abans de dipositar-los sobre els silenciosos plats. Tenim un lavabo d’avió. Ara no té personalitat ni la brutícia. Com, en el futur, és podran fabricar records si no queden restes de pintura oxidada als palmells? Si no és possible produir durícies persistents a les mans, què ens restarà del passat? És possible tenir un passat heroic si no violentes els objectes, si no en fas un ús indegut? Potser tu no recordis les meves cabrioles a la barana del gronxador, i de ben segur això et soni a embarbuçament paradoxal, però per a mi la qüestió és: quin passat tindran en el futur els nostres fills si a un gronxador només se li demana que gronxi?