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Mostrando entradas de septiembre, 2008

Isla gris (MB)

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MARC BALLESTER
Rogelio Gris era el menor de tres hermanos, apenas recordaba a su padre, murió cuando él aún era muy pequeño. Su madre desde entonces tuvo que despellejarse las manos año tras año reparando redes en Puerto Roca, donde el aguardiente se convertiría en su mejor alimento. Más tarde los hermanos de Rogelio Gris se enrolarían en un barco extranjero que fondeó unos días frente al puerto. No los volvería a ver jamás. En los siguientes cincuenta años ningún barco extranjero apareció en la bahía.
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El día en que siendo joven Rogelio Gris tomó la decisión de reincorporarse a la flota se desató el peor vendaval que recordaban los habitantes de Isla Tormenta; así que, después de sospesar su iniciativa y de cargar todos los aparejos en su macuto y proveerse de un chubasquero, guantes, arpón y correajes, se paró en el umbral de la puerta de su casa y, acto seguido, arpón, guantes, chubasquero y correajes fueron a dar contra el suelo de madera. Rogelio Gris volvió a la cocina y s…

Complicidad laboral (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
- Deja que me tome otra, otra copa y ya está -le dije aquel viernes fatídico a mi compañero de trabajo.
Estábamos en un bar latino, a las afueras de la ciudad. En calma, sin que nadie nos increpara, ni nos pidiera justificación alguna por nuestro criterio profesional.
No somos gente aburrida. Pero lo que sí somos, es gente maltratada por la miseria humana.
Nuestro trabajo consiste en intentar enderezar vidas familiares descompuestas.
De quienes ven el mundo desde el agujero que se forma al juntar su índice con el pulgar. Y aprietan y aprietan hasta cerrar el puño y dar un golpe de frustración allí donde sea.
Intentar arreglar vidas es en principio imposible, pero de lo que se trata es de apaciguar, reconducir, y un continuo de objetivos que muchas veces se quedan en papel.
Ocurrió que ese viernes entró en el despacho un señor muy nervioso. Un señor al que en argot laboral denominamos usuario; porque usa el servicio, como quien va al WC.
El señor en cuestión, …

Cumpleaños con pularda (VA)

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VICENTE APARICIOJuana fue la primera en llegar. Se oyó un timbrazo enérgico, prolongado, e Isabel le dijo a su marido: «Ya está aquí tu hija, Manuel». Él, que leía el periódico con las gafas de cerca, no contestó. No levantó la cabeza. Juana vestía una falda corta y un jerséy rojo, ceñido. «¡Felicidades, mamá!», saludó muy efusivamente, mientras ponía en sus manos un par de botellas de vino. Se acercó al sofá y se inclinó para besar a su padre. El olor que llegaba desde la cocina la llevó a exclamar: «Mmmmmm. ¡No me digas que estás haciendo pularda!». Isabel sonrió levemente. Iba a hablar cuando sonó el teléfono. «Era Pedro», les anunció al colgar, «que acaban de salir de casa y llegarán un poco tarde». Manuel pasó una página del periódico. Juana se arregló la falda y dijo: «Para variar.»

Isabel compró la pularda aquella misma mañana. También, un solomillo de cerdo, pimientos y, por supuesto, las trufas. A las doce, casi recién levantado, Manuel le advirtió: «Isabel, tendrías que empez…

Pruebas fehacientes (MG)

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MARIA GUILERA
Mi habitación era enorme y preciosa, con una ventana que daba a un patio de vecinos. Se podía escuchar la radio y varias emisoras a la vez y también era posible conocer la vida de mucha gente, saber lo que comían, cuándo estaban tristes y cuándo felices, quién llegaba y quién se iba dando un portazo.
En la única cama de mi habitación, con dos colchones de lana, uno sobre el otro, inventé travesías a bordo de una piragua y mi hermana solía estar siempre a punto de ser devorada por los cocodrilos. Debajo de las sábanas soplaban huracanes con tal fuerza que volaba todo cuanto encontraban a su paso y había que desnudarse y luego buscar refugio y procurar no ser descubiertas por los caníbales.
Mi habitación tenía el suelo de baldosas cuadradas y pequeñas de color blanquecino, con una cenefa marrón.

Algunas de las baldosas se movían y nunca fue el momento adecuado para repararlas. Desde la cama y con la fría claridad del fluorescente de la cocina mis ojos veían figuras terrorí…

La barana (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
Jo t’esperava als gronxadors del parc que hi havia al costat de la parada del 47. Sabia que acostumaves a arribar quan faltaven cinc minuts per a les dues, i arribaves per anar a dinar. A la una, quan sortia de l’escola, anava al parc. A vegades abans d’arribar feia un gran tomb. Primer acompanyava alguns companys al portal de casa seva. Anàvem xerrant de pel·lícules que algun de nosaltres havíem vist el diumenge al cinema, de grans i llargs viatges que projectàvem fer en un futur indeterminat però indiscutible, i a vegades inventàvem amors de passió profunda però de realitat fictícia. D’aquesta manera entretenia els cinquanta-cinc minuts. A vegades hi anava directament, sense entretenir-me. Aleshores, m’asseia al banc des del qual podia vigilar l’arribada de l’autobús, i esperava. Jo encara era un nen, tu ja una noia. A mi em pesava l’escola, tu t’aventuraves en el món laboral. Jo fantasiós, tu el meu miratge.

En realitat no era capaç d’imaginar res, ara me’n adono. Vi…