lunes, 25 de agosto de 2008

Lo prometido es deuda

Marc Ballester
Hoy todavía ustedes no me conocen, pero mañana sí. Los sucesos que transcurren en la madrugada no aparecen en prensa hasta un día después, cuando ya no interesan. Por lo tanto, no ocuparé ni portada ni grandes titulares. Tendrán que buscarme en un breve, pero en realidad no me importa el periodismo, a mí siempre me gustó el terreno de la ficción, de la narrativa, y en el momento de abrir una novela que desconozco si me gustará o no, me dejo seducir por la promesa del autor, por esas cualidades que en sus primeros párrafos o capítulos son promesa de lo que desarrollará después a lo largo de cientos de páginas. Me insinúa que aquello va a merecer la pena ser leído, abre puertas o caminos por los que con su técnica, su voz, su visión del mundo y de lo que importa, me invita a aproximarme al precipicio y consigue seducirme. Pero no siempre es así, y empiezo a hartarme.
El pasado mes de abril falleció por fin el hipócrita, famoso y laureado escritor Camilo Quintana Gala, nacido en 1936 en Hortaleza del Campo, Segovia, y afincado en Madrid desde los años 50. Su desaparición en tan extrañas circunstancias ha supuesto un duro golpe para las letras castellanas y un alivio para mi persona.

La muerte de Camilo Quintana Gala deja en suspenso la futura y casi cierta adjudicación del próximo Premio Cervantes, y cómo no, el Principe de Asturias, lo cual nos llena a todos de esperanza por un futuro más justo y equitativo. Atrás quedaron sus letras obligatorias en épocas escolares, cuando todos habíamos de purgarnos con las ochocientas páginas de “Te lo diré todo”, su primer gran éxito de crítica, que tras un inicio esperanzador se zambullía en una marisma infestada de laberintos irresolubles para mi corta edad. Ya de más mayor, topé de nuevo con él cuando le adjudicaron el premio de la editorial Mundo por su “Lo prometido es deuda” y, cómo no, me lo regalaron en su día en Sant Jordi y esta vez parecía que en los primeros capítulos conseguía atraparme y asomarme al borde de un precipicio, de una historia impactante, de unos personajes vivos, de carne y papel, pero al traspasar la frontera de la página cincuenta se fueron diluyendo en una nula transformación de la protagonista de resultas de la cual caí en un estado catatónico del que sólo conseguí sustraerme gracias a los fármacos, que estos sí que no engañan, y que, tomados contraviniendo las posología recomendada, te obligan a pernoctar varias noches en el hospital.
Mi rencor hacia Camilo Quintana Gala fue creciendo a la par que sus apariciones televisivas, en prensa especializada, radiofónicas que se deshacían en elogios ante su prosa exquisita y anunciaban una novedad de su infatigable capacidad creativa.
Organicé un altercado mayúsculo la noche de la concesión del Premio Santurce, dedicado a promocionar a autores jóvenes, que él presidía, dieron mis huesos en prisión durante una semana y yo, lector infatigable y adicto, me encontré con una prisión mayor de lo que podía esperar y eso sí que era una sorpresa de verdad y no una estratagema literaria. La biblioteca de la prisión llevaba por nombre Camilo Quintana, en honor suyo, y allí tenía una tras otra, perfectamente ecuadernadas, sus obras completas, en todas las lenguas en que habían sido publicadas, en todas sus ediciones. Se convirtió en una pesadilla. No pude menos que arremeter contra todos aquellos estantes y tirarlos al suelo. Me sancionaron y me incomunicaron, y solo al cabo de varios días me permitieron acceder a sus libros. Para combatir el aburrimiento estudié su caso. En las traducciones al inglés y francés, idiomas en los que yo me había formado, permanecían las mismas constantes iniciales de su obra.
Conocí y odié sus otros libros, los llamados de épocas menores. Allí estaban y repetían promesas, anunciaban atmósferas, clímax, nudos, conflictos que perdían gas y se detenían, y en las siguientes 300 páginas escuchaba al autor opinar y recrear sus aburridas manías. Los personajes habían perdido la brújula y el mapa necesarios para poder avanzar, se reconocían de frente, porque de perfil eran excesivamente planos. Tomé una decisión.
Ya en la calle envié varios anónimos amenazando de muerte a don Camilo Quintana y una noche en que le ofrecían un homenaje, le esperé. Salió del restaurante, me planté ante él y le mostré su última novela sin darle tiempo a reaccionar. “¡Estafador!, nos has vuelto a engañar”. Le lancé su libro a la cabeza.
«Te dije que te partiría la cara y lo haré», comencé a golperle con todas mis fuerzas, por todos esos años de engaños, de cualidades prometidas, de estafas. Y sin quererlo, el muy cabrón va y se muere de un infarto. Me alegré y fastidié a un tiempo.
Pero no faltan nuevos objetivos. Es como una extraña epidemia que ocupa los escaparates y las estanterías de novedades en las librerías, en las grandes superficies. Mi misión, no tengo otra en esta vida, consiste en animaros a denunciar, a matarlos a todos. Que no quede ni uno que no sea honesto con sus lectores. Que solo quede lo honesto, que solo sobreviva lo honesto.

4 comentarios:

  1. En este cuento advierto el rastro teórico del gran Lucius Berga (jr.). Las famosas "cualidades prometidas". Decir y mostrar, narración y escena. Estructura profunda y estructura superficial. Particularizar. Atmósfera. Qué tiempos aquellos, cuando todo sonaba casi a nuevo y el maestro disfrutaba más (incluso más) que los alumnos. Duró poco, pero a más de uno nos dejó cierta huella. Y ya me seco la barbilla :)

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  2. Y la 'honestidad', por supuesto. Que no quería decir que el autor fuera buena persona, sino que fuera honesto con su trabajo, fiel al texto y al manantial interno del que brotaba. Eso de lo que a veces hemos hablado todos y que se nota al leer, no se sabe muy bien por qué, y que es casi casi lo más importante de un texto literario. ¿O no?

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  3. Estamos de acuerdo, es la defensa de la honestidad del autor llevada a las últimas consecuencias.
    Qué bien lo refleja Marcos, con su ironía y los nombres de sus personajes siempre tan adecuados.
    Qué bien poder seguir disfrutando de su genialidad. Ojala haya más.

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  4. Implacable con los estafadores, vengador justiciero de lectores decepcionados.
    El texto de Marcos reclama que La Hermandad de las Letras Honestas entre en acción y no deje títere con cabeza.
    Se nota al leer y es cierto, cuesta definir el porqué. Estaaría bien desenmascarar los libros criminales con pruebas fehacientes. Un buen ejercicio colectivo.
    ¿Cuándo escribió esto? Por curiosidad.

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