martes, 19 de agosto de 2008

Excusa increíble

Natàlia Linares Castelló
Un día, en el trayecto en coche desde mi casa hasta el trabajo, me topé con un cadáver en la cuneta. Un gato atigrado que, por un capricho de la genética, era de pelo tricolor: marrón, negro y amarillo. Quizás quiso cruzar la carretera, siguiendo a su compañera de viaje. O tal vez era un gato solitario que deambulaba por los alrededores en busca de comida. O puede que ya solo fuera un animal enfermo que, rendido al dolor y al abandono de su cuidador, se había lanzado a las ruedas de un coche para perder, en la hazaña, sus siete vidas de un golpe. En décimas de segundo giré el volante hacia la izquierda para no aplastar al animal muerto.

De regreso volví a verlo, pero esta vez en el lado contrario de la carretera. El sol abrasador era la única lápida que pesaba sobre su cuerpo, como una piedra de mármol cualquiera. Durante semanas enteras estuve encontrándome con el amasijo de carne e intentando esquivar lo que iba quedando de él.
Me instruía en cómo se iba descomponiendo aquello que un día había tenido entidad y respiraba por sí sólo y en cómo la carne y el pelo tricolor se desfiguraban convirtiéndose en una mole amorfa. Cada día observaba el otro lado de la vida de aquel gato. Era testigo del después de su existencia. El gato no estaba, pero yo estaba allí por él y lo podía contar. Por lo que, de algún modo, el animal seguía existiendo.
Ocurrió que una mañana, siguiendo un impulso e hipotecando mi tiempo escaso a aquella hora, me paré en la cuneta y bajé del coche. El hedor de la materia muerta era muy fuerte. Sin pensarlo, cogí un plástico que llevaba en el maletero, aguanté la respiración y recogí la cosa que, como yo sabía, había sido un gato. Lo envolví y me lo llevé.
A dónde iba a ir con él, era un problema que yo sola me había creado. Recapacité durante unos breves segundos y me dirigí al primer contenedor de basuras que vi a la entrada del siguiente pueblo. Cuando me disponía a desprenderme del pobre gato, un señor de uniforme me increpó.
- ¿Qué está tirando? Este no es el lugar apropiado para dejar eso.
Le pregunté dónde era. Muy pedagógico, el señor me explicó que hay contenedores específicos para ello en las plantas recicladoras y que allí se separan piel, huesos, ojos, vísceras, que se aprovechan para otros usos. Me explicó también que lo desechable de todo eso todavía sirve de alimento para otros animales.
Me dirigí a la recicladora municipal, como me había indicado aquel hombre. Los cadáveres recibían trato de escombros. Y tenía un cierto sentido, pues eran basura generada por los mismos ciudadanos. Desperdicios que las ciudades echan a sus calles: porque ya no gustan, porque ya no aparentan lo que se pretendia que aparentaran, porque ya son viejos o enfermos, o porque molestan más de lo previsto.
La planta recicladora estaba repleta de contenedores, todos del mismo color. Con los brazos ocupados con la masa putrefacta, me acerqué a uno de ellos, con la intención de liberarme de la carga.
- Oiga -me gritó el encargado de la planta recicladora-. ¿Qué es lo que lleva ahí?
- Un gato -contesté.
- Los gatos son en otra planta, aquí solo hay perros, y están separados por tamaños.
Me di cuenta entonces de que así estaba indicado mediante letreros: «pequeños», «medianos», y grandes». Del depósito de «grandes», sobresalía la pata de un perro que, por el aspecto, debió haber sido un ‘braco alemán’.
- Entonces, ¿en qué planta es? -pregunté algo enojada, con la carga en la parte interna de los brazos.
- En la tercera. Al lado de las tortugas y de las iguanas -me contestó.
- ¿Y también van por tamaños? -volví a preguntar.
- Por supuesto que sí -me dijo con voz vehemente, como si fuera el hecho más normal del mundo y yo, ignorante de mí, fuera la única que lo desconociera.
Subí la rampa de aquella especie de párquing, intentando imaginar qué es lo que podría haber en la primera planta y después en la segunda. Finalmente, conseguí personarme en la tercera.
Estuve abriendo tapas: ahora de tortugas grandes, ahora de pequeñas, ahora de iguanas. Mis náuseas iban en aumento. El hedor invadía mi cabeza, que me dolía con rabia. Al fondo, y alineados, componiendo una “L”, estaban los esperados contenedores para gatos.
- ¿De qué raza se trata? -me gritó el encargado desde el hueco de la rampa que conducía a la planta baja, donde él se encontraba.
- ¡¡’¡Y yo que sé!!! -le dije.
- Es que si es persa, va a otra parte. Están muy buscados. En raras ocasiones vienen a parar aquí.
- Señor, ¡¡¡no lo sé!!! Pero yo diría que no lo es.
Mis narices ya no olían otro aroma que el de la muerte, el de la fermentación de la carne. Imaginaba que según la vida que había tenido cada animal, la tufarada era más o menos fuerte.
Dejé el bulto en uno de los contenedores, junto a muchos más como él, dándole así sepultura.
Quería ducharme, quemar la ropa, huir de aquella fábrica de despiece.
Llegué muy tarde al trabajo aquel día.

4 comentarios:

  1. Natalia,
    Me has dejado muerta. Acuerdate de escribir un corto que hable de nuestro trabajo y sus perdidas. Me lo debes.

    Carme

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  2. Hola Natàlia, expliques molt bé aquestes experiències teves i de tots, una abraçada

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  3. Los gatos tricolor merecerían descansar en algúna pirámide o ser dibujados junto a sus parientes en los sarcófagos.
    La humana que intentó darle al pobre felino un lugar digno para su descanso final lo tuvo muy crudo. Pero no se rindió. Una faraona, vamos.

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  4. Como siempre tus escritos mueven conciencias. Me has arrastrado a compartir con la protagonista el estupor ante el proceso de desprenderse de algo muerto. Muy bien Natalia.

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