sábado, 30 de agosto de 2008

Café y rosas

Rosana Román
Después de escuchar los ronquidos y comprobar que su padre dormía profundamente y no la llamaría esa noche, Amalia entró en la habitación de su hermano, se desnudó por completo y se metió voluntariamente en su cama.
Dos días antes, los hombres habían ido a la Capital a comprar ganado en la feria. Por primera vez tenía algo parecido a vacaciones y como no estaba cansada se quedó más de lo habitual mirando el televisor. Sentada cómodamente frente a él se acompañó de un cuenco de leche caliente. La butaca, el canal a escoger, la noche, todo era para ella. Entre la programación encontró una película ya empezada que atrajo su atención.
Una pareja se besaba y acariciaba sin prisa y después él, servicial, entraba en la habitación con una bandeja que depositaba sobre la mujer medio desnuda aún en la cama. Desde su sillón a Amalia le parecía que podía oler el humeante café que el hombre había preparado para su pareja. También el aroma de la rosas rojas que descansaba en la bandeja.
“Café y rosas, una combinación increíble, a partir de ahora el amor olerá a café y rosas, ¿0deseas algo más, querida?, me dirá él con una sonrisa, sí, eso es, y me acurrucaré en sus brazos y ya nunca más tendré miedo, qué bonitas sábanas, deben ser de raso, qué guapo es ese hombre, qué cuerpo tan musculoso, ¿te gustan las flores, Amalia?, son preciosas cariño, todo un detalle, abrázame fuerte por favor, huele bien, tengo hambre...”
Se bebió la leche caliente intentando calmar el desasosiego que se abría en la boca de su estómago.

La primavera en que su hermano cumplió diecisiete años (dos más que ella) el chico experimentó un cambio repentino. Un día, mientras Amalia preparaba como siempre el desayuno al despuntar la mañana, él la abrazó por detrás y empezó a tocarle los pechos con afán. Se resistió como pudo, pero él, riendo y jugando con ella, no retrocedió. Desde aquel día, tuvo que soportar cada mañana el aliento de su hermano pegado a su nuca, la respiración entrecortada en su oído y la invasión de su cuerpo.
En la casa siempre se habían organizado bien y, como una rutina más, mientras ella ponía la cafetera y salía el café, Celso tenía tiempo suficiente para desahogarse, invariablemente a la misma hora, de la misma manera.
De nada sirvió que fuera a quejarse a su padre. Cándido, hombre de pocas palabras, simplemente le justificó: “Celso ya es un hombre y los hombres tenemos necesidades.”. Y ella tuvo que aceptarlo como algo inevitable y que parecía costumbre ya en aquella familia.
Los recuerdos de cuando vivía su madre eran ya una niebla, pero sí sabía que aquella época había sido la mejor de su vida. Junto a la devoción con la que guardaba ahora en la bolsa su foto de cantos amarillos, pugnaba por salir un imperioso sentimiento de rabia y enfado hacia ella, por abandonarla, por morirse dejándola sola, perdida a cientos de quilómetros de cualquier lugar, en la aldea donde había nacido, vivido y de la que ahora pretendía escapar. Por irse sin avisar, traspasándole sus tareas de adulta a una niña de doce años, las obligaciones que su padre creyó convenientes, o sea todas.

Volvieron de la Capital la tarde siguiente, cansados y hambrientos, y a pesar de que Amalia preguntó por la feria y pidió que le contaran detalles, fueron escuetos en sus respuestas y se retiraron enseguida a dormir.
Por la mañana Celso la violó en la cocina, como siempre, pero al terminar le entregó una pulserita de plata que había encontrado en la feria.
- ¿Es para mí? - dijo Amalia emocionada
- ¡Claro! ¿Para quién si no? Y se fue silbando, de buen humor.
Esa noche, sorprendido por la iniciativa de Amalia, Celso estuvo menos brusco de lo habitual y se entretuvo algo más acariciándola. Amalia le ofreció su boca, buscando para variar, labios jóvenes que la excitaran. Se besaron, pero pronto él la obligó a poner la boca en otras partes de su cuerpo. Lo hizo lo mejor que supo y él pareció complacido.
Entonces, mientras ella se sobreponía a una arcada, escuchó las palabras de su hermano como si una navaja desgarrara por dentro su cuerpo menudo y su conato de iniciativa tantos años anulada: “No ha estado nada mal, eres una auténtica puta, hermanita”.
Mirando ahora la llovizna fina desde la puerta de la casa, intentaba fotografiar con su mente el paisaje al que ya no volvería. La humedad le confería un tono más brillante al hórreo, la valla de madera, las macetas de la entrada, la extensión verde frente a ella y las cercanas montañas. Supo que aquel paisaje cotidiano sería lo único que añoraría.
Sobre la cama dejó una escueta nota que ni siquiera esperaba que comprendieran, una pregunta que lanzaba al viento y que, de haber sido su estilo, hubiera gritado para que las montañas la ampliaran con su eco: “¿Tanto os costaba hacerme un café?»

lunes, 25 de agosto de 2008

Lo prometido es deuda

Marc Ballester
Hoy todavía ustedes no me conocen, pero mañana sí. Los sucesos que transcurren en la madrugada no aparecen en prensa hasta un día después, cuando ya no interesan. Por lo tanto, no ocuparé ni portada ni grandes titulares. Tendrán que buscarme en un breve, pero en realidad no me importa el periodismo, a mí siempre me gustó el terreno de la ficción, de la narrativa, y en el momento de abrir una novela que desconozco si me gustará o no, me dejo seducir por la promesa del autor, por esas cualidades que en sus primeros párrafos o capítulos son promesa de lo que desarrollará después a lo largo de cientos de páginas. Me insinúa que aquello va a merecer la pena ser leído, abre puertas o caminos por los que con su técnica, su voz, su visión del mundo y de lo que importa, me invita a aproximarme al precipicio y consigue seducirme. Pero no siempre es así, y empiezo a hartarme.
El pasado mes de abril falleció por fin el hipócrita, famoso y laureado escritor Camilo Quintana Gala, nacido en 1936 en Hortaleza del Campo, Segovia, y afincado en Madrid desde los años 50. Su desaparición en tan extrañas circunstancias ha supuesto un duro golpe para las letras castellanas y un alivio para mi persona.

La muerte de Camilo Quintana Gala deja en suspenso la futura y casi cierta adjudicación del próximo Premio Cervantes, y cómo no, el Principe de Asturias, lo cual nos llena a todos de esperanza por un futuro más justo y equitativo. Atrás quedaron sus letras obligatorias en épocas escolares, cuando todos habíamos de purgarnos con las ochocientas páginas de “Te lo diré todo”, su primer gran éxito de crítica, que tras un inicio esperanzador se zambullía en una marisma infestada de laberintos irresolubles para mi corta edad. Ya de más mayor, topé de nuevo con él cuando le adjudicaron el premio de la editorial Mundo por su “Lo prometido es deuda” y, cómo no, me lo regalaron en su día en Sant Jordi y esta vez parecía que en los primeros capítulos conseguía atraparme y asomarme al borde de un precipicio, de una historia impactante, de unos personajes vivos, de carne y papel, pero al traspasar la frontera de la página cincuenta se fueron diluyendo en una nula transformación de la protagonista de resultas de la cual caí en un estado catatónico del que sólo conseguí sustraerme gracias a los fármacos, que estos sí que no engañan, y que, tomados contraviniendo las posología recomendada, te obligan a pernoctar varias noches en el hospital.
Mi rencor hacia Camilo Quintana Gala fue creciendo a la par que sus apariciones televisivas, en prensa especializada, radiofónicas que se deshacían en elogios ante su prosa exquisita y anunciaban una novedad de su infatigable capacidad creativa.
Organicé un altercado mayúsculo la noche de la concesión del Premio Santurce, dedicado a promocionar a autores jóvenes, que él presidía, dieron mis huesos en prisión durante una semana y yo, lector infatigable y adicto, me encontré con una prisión mayor de lo que podía esperar y eso sí que era una sorpresa de verdad y no una estratagema literaria. La biblioteca de la prisión llevaba por nombre Camilo Quintana, en honor suyo, y allí tenía una tras otra, perfectamente ecuadernadas, sus obras completas, en todas las lenguas en que habían sido publicadas, en todas sus ediciones. Se convirtió en una pesadilla. No pude menos que arremeter contra todos aquellos estantes y tirarlos al suelo. Me sancionaron y me incomunicaron, y solo al cabo de varios días me permitieron acceder a sus libros. Para combatir el aburrimiento estudié su caso. En las traducciones al inglés y francés, idiomas en los que yo me había formado, permanecían las mismas constantes iniciales de su obra.
Conocí y odié sus otros libros, los llamados de épocas menores. Allí estaban y repetían promesas, anunciaban atmósferas, clímax, nudos, conflictos que perdían gas y se detenían, y en las siguientes 300 páginas escuchaba al autor opinar y recrear sus aburridas manías. Los personajes habían perdido la brújula y el mapa necesarios para poder avanzar, se reconocían de frente, porque de perfil eran excesivamente planos. Tomé una decisión.
Ya en la calle envié varios anónimos amenazando de muerte a don Camilo Quintana y una noche en que le ofrecían un homenaje, le esperé. Salió del restaurante, me planté ante él y le mostré su última novela sin darle tiempo a reaccionar. “¡Estafador!, nos has vuelto a engañar”. Le lancé su libro a la cabeza.
«Te dije que te partiría la cara y lo haré», comencé a golperle con todas mis fuerzas, por todos esos años de engaños, de cualidades prometidas, de estafas. Y sin quererlo, el muy cabrón va y se muere de un infarto. Me alegré y fastidié a un tiempo.
Pero no faltan nuevos objetivos. Es como una extraña epidemia que ocupa los escaparates y las estanterías de novedades en las librerías, en las grandes superficies. Mi misión, no tengo otra en esta vida, consiste en animaros a denunciar, a matarlos a todos. Que no quede ni uno que no sea honesto con sus lectores. Que solo quede lo honesto, que solo sobreviva lo honesto.

martes, 19 de agosto de 2008

Excusa increíble

Natàlia Linares Castelló
Un día, en el trayecto en coche desde mi casa hasta el trabajo, me topé con un cadáver en la cuneta. Un gato atigrado que, por un capricho de la genética, era de pelo tricolor: marrón, negro y amarillo. Quizás quiso cruzar la carretera, siguiendo a su compañera de viaje. O tal vez era un gato solitario que deambulaba por los alrededores en busca de comida. O puede que ya solo fuera un animal enfermo que, rendido al dolor y al abandono de su cuidador, se había lanzado a las ruedas de un coche para perder, en la hazaña, sus siete vidas de un golpe. En décimas de segundo giré el volante hacia la izquierda para no aplastar al animal muerto.

De regreso volví a verlo, pero esta vez en el lado contrario de la carretera. El sol abrasador era la única lápida que pesaba sobre su cuerpo, como una piedra de mármol cualquiera. Durante semanas enteras estuve encontrándome con el amasijo de carne e intentando esquivar lo que iba quedando de él.
Me instruía en cómo se iba descomponiendo aquello que un día había tenido entidad y respiraba por sí sólo y en cómo la carne y el pelo tricolor se desfiguraban convirtiéndose en una mole amorfa. Cada día observaba el otro lado de la vida de aquel gato. Era testigo del después de su existencia. El gato no estaba, pero yo estaba allí por él y lo podía contar. Por lo que, de algún modo, el animal seguía existiendo.
Ocurrió que una mañana, siguiendo un impulso e hipotecando mi tiempo escaso a aquella hora, me paré en la cuneta y bajé del coche. El hedor de la materia muerta era muy fuerte. Sin pensarlo, cogí un plástico que llevaba en el maletero, aguanté la respiración y recogí la cosa que, como yo sabía, había sido un gato. Lo envolví y me lo llevé.
A dónde iba a ir con él, era un problema que yo sola me había creado. Recapacité durante unos breves segundos y me dirigí al primer contenedor de basuras que vi a la entrada del siguiente pueblo. Cuando me disponía a desprenderme del pobre gato, un señor de uniforme me increpó.
- ¿Qué está tirando? Este no es el lugar apropiado para dejar eso.
Le pregunté dónde era. Muy pedagógico, el señor me explicó que hay contenedores específicos para ello en las plantas recicladoras y que allí se separan piel, huesos, ojos, vísceras, que se aprovechan para otros usos. Me explicó también que lo desechable de todo eso todavía sirve de alimento para otros animales.
Me dirigí a la recicladora municipal, como me había indicado aquel hombre. Los cadáveres recibían trato de escombros. Y tenía un cierto sentido, pues eran basura generada por los mismos ciudadanos. Desperdicios que las ciudades echan a sus calles: porque ya no gustan, porque ya no aparentan lo que se pretendia que aparentaran, porque ya son viejos o enfermos, o porque molestan más de lo previsto.
La planta recicladora estaba repleta de contenedores, todos del mismo color. Con los brazos ocupados con la masa putrefacta, me acerqué a uno de ellos, con la intención de liberarme de la carga.
- Oiga -me gritó el encargado de la planta recicladora-. ¿Qué es lo que lleva ahí?
- Un gato -contesté.
- Los gatos son en otra planta, aquí solo hay perros, y están separados por tamaños.
Me di cuenta entonces de que así estaba indicado mediante letreros: «pequeños», «medianos», y grandes». Del depósito de «grandes», sobresalía la pata de un perro que, por el aspecto, debió haber sido un ‘braco alemán’.
- Entonces, ¿en qué planta es? -pregunté algo enojada, con la carga en la parte interna de los brazos.
- En la tercera. Al lado de las tortugas y de las iguanas -me contestó.
- ¿Y también van por tamaños? -volví a preguntar.
- Por supuesto que sí -me dijo con voz vehemente, como si fuera el hecho más normal del mundo y yo, ignorante de mí, fuera la única que lo desconociera.
Subí la rampa de aquella especie de párquing, intentando imaginar qué es lo que podría haber en la primera planta y después en la segunda. Finalmente, conseguí personarme en la tercera.
Estuve abriendo tapas: ahora de tortugas grandes, ahora de pequeñas, ahora de iguanas. Mis náuseas iban en aumento. El hedor invadía mi cabeza, que me dolía con rabia. Al fondo, y alineados, componiendo una “L”, estaban los esperados contenedores para gatos.
- ¿De qué raza se trata? -me gritó el encargado desde el hueco de la rampa que conducía a la planta baja, donde él se encontraba.
- ¡¡’¡Y yo que sé!!! -le dije.
- Es que si es persa, va a otra parte. Están muy buscados. En raras ocasiones vienen a parar aquí.
- Señor, ¡¡¡no lo sé!!! Pero yo diría que no lo es.
Mis narices ya no olían otro aroma que el de la muerte, el de la fermentación de la carne. Imaginaba que según la vida que había tenido cada animal, la tufarada era más o menos fuerte.
Dejé el bulto en uno de los contenedores, junto a muchos más como él, dándole así sepultura.
Quería ducharme, quemar la ropa, huir de aquella fábrica de despiece.
Llegué muy tarde al trabajo aquel día.

domingo, 10 de agosto de 2008

Todos le llaman Poeta


Vicente Aparicio


1

Por debajo del jerséi de la Mari, el Poeta palpa desmañadamente un pecho blando y abundante, que apenas cabe en el sujetador. Están sentados en un banco de la estación. Ella toma la mano temblorosa de su hombre y la conduce con una de las suyas hacia más abajo, hasta donde su deseo ordena. Con la otra mano se trae un cigarro a la boca, al tiempo que emite un sordo gemido. En el suelo, al alcance del Poeta, junto a una pata del banco, hay una botella de vino. Pocos pasos más allá, una pareja de jovencitos se hace arrumacos debajo del letrero en el que se lee el nombre de la estación.

Todos le llaman Poeta. Suele deambular por las calles de este lugar sin rumbo fijo, andrajoso y maloliente, flaco como un galgo, los escasos dientes amarilleando en una perpetua sonrisa.

El Poeta siente la humedad de la Mari en las yemas de los dedos. «Mari, Mari», le gruñe un par de veces con la voz ronca, y ella responde: «Poeta, poeta», en un tono un poco más sensual. Los otros dos visten ropas de marca a la moda, zapatos caros, bufanda a cuadros... Se dicen cosas en voz baja y de vez en cuando se tocan, se abrazan despacio, se besan juntando durante un breve intervalo de tiempo los labios.

A la Mari no se la conoce tanto. Llegó un día, hace unos cuantos meses, y a temporadas se la ve con él, gorda y desgarbada, hasta que de pronto desaparece y nadie sabe si volverá o no. Ella está casi siempre muy seria.

2

El tren silba a lo lejos. La Mari y el Poeta se apartan, cada uno hacia un extremo del banco. Él bebe un trago de la botella. Después se la ofrece a ella, que con un leve movimiento de cuello le informa de su rechazo. Por encima de su pantalón asoman unas bragas grandes y feas de color marrón.

- Mierda de vida, Mari -dice el Poeta, y extiende un dedo señalándola y riéndose a carcajadas-Mírate bien, María de las Angustias. ¿En qué recodo del camino yacen sepultados mis sueños de grandeza?
- Qué hijo de mala madre eres, Poeta -dice ella sin resquemor, casi cordialmente-. No sé cómo te soporto. Puto borracho cabrón.
- Ha hablado, con sabias y exquisitas palabras, la perra en celo -vuelve a burlarse el Poeta, con una risa áspera que no acaba de arrancar.
- Eres viejo, Poeta. Viejo, cerdo y desagradecido.

Bajo el letrero de la estación, los jóvenes se abrazan y se besan por última vez, más deprisa, con un poco menos de recato. Ella sube al tren. Él se queda en el andén, con la mano levantada hacia una de las ventanillas.

- Vámonos -dice el Poeta cuando el tren se ha ido ya.

Ella lanza una colilla al suelo y se levanta. Se cogen de la mano y echan a andar. Tras recorrer unos cuantos metros, el Poeta se detiene, vuelve sobre sus propios pasos y, cuando llega a la altura del banco, se sube hasta la cintura el pantalón y levanta del suelo la botella de vino. El chico está sentado donde antes lo estaba la Mari, un poco desmadejado, con los codos apoyados en los muslos y la frente aplastada contra las palmas de las manos abiertas. El Poeta permanece de pie un buen rato mirándolo, abstraído, sin que el otro parezca advertir su presencia.

«Vino», empieza a decir para sí el Poeta en voz baja al tiempo que se da la vuelta, «vino, vino, vino, enséñame el arte de ver mi propia historia / como si ésta ya fuera ceniza en la memoria».

Da un trago largo a la botella y, brincando como un niño, dando grandes zancadas a izquierda y derecha, vuelve junto a la Mari, que ha seguido avanzando despacio pero sin detenerse. Se cogen de la mano otra vez, y caminan.