viernes, 18 de julio de 2008

John Clon

Marc Ballester

...I don´t believe in Jesus
I don´t believe in Elvis
I don´t believe in Kennedy
I don´t believe in Keats
I don´t believe in Zimmermann
I don´t believe in Beatles.
I just believe in me.
Yoko and me and that´s reality.
Dream is over.


En otro tiempo, el armamento de John consistía en un amplificador de 100 W, unos cientos de partituras, una colección de guitarras, unos juegos de cuerdas de recambio y grabaciones de sus mejores conciertos; su ropa de camuflaje se componía de gafas redondas, barba poblada, flequillo largo, pantalones acampanados y el símbolo de la paz que lo invadía todo de color blanco. Pero eso era antes, cuando sus genes todavía odiaban la violencia.
Cuando John murió de forma tan trágica e inesperada, Yoko no fue capaz de soportarlo; al igual que sus fans se esforzó en negar lo que era ya inamovible: John ya no estaba con ellos. Así pues, tras gritar y llorar de rabia e impotencia frente a su tumba, se encerró en sí misma; para ella la vida ya no tenía sentido. No bastaba con organizar un homenaje, ni con que el último disco fuese número uno en ventas. Ella deseaba verlo otra vez, un milagro imposible, algo que sólo se podía rumiar en silencio, pero que nadie se hubiera atrevido a decir en voz alta. Estaba dispuesta a todo, a pactar con el mismísimo diablo con tal de dejar de ser una geisha enlutada de por vida. No quería envejecer a solas y ver como su pelo se tornaba cano y seco. Siempre había sido enérgica, tenaz e incombustible, y no era éste el momento de dejarse aplastar por una rueda del destino absurda e injusta. El karma se había equivocado, y con su error provocaba el despertar de la utopía. A pesar de todo, permaneció atenta durante años ante cualquier acontecimiento que le aportase un hilo de esperanza. Mientras, contempló hastiada como las melodías que antaño habían triunfado eran sepultadas por ritmos frenéticos de moda que apaleaban las conciencias. Pero, por fin, sus preguntas iban a obtener respuesta; sabía que con la decisión que estaba a punto de tomar, asombraría al mundo.
Las páginas de ciencia y sociedad se hicieron eco del experimento, no en vano se hablaba de una leyenda, y ahora, en este final de siglo en que las guerras seguían tronando, andaban algo faltos de nuevos mitos. Se creó una comisión científica de seguimiento, compuesta por las mayores eminencias del mundo de la clonación.

Ellos tendrían que velar por el buen funcionamiento del proyecto, ya que, por primera vez, se iba a realizar una clonación de manera pública con un ser humano. Antes, multitud de animales habían prestado sus servicios involuntariamente, incluso alguna oveja había llegado a alcanzar la fama. Su eficacia con simples mamíferos había quedado suficientemente probada. Más tarde, y en secreto, se repitió el experimento, una y otra vez, con personas totalmente anónimas, de ésas a las que nadie echa en falta, hasta dar con la combinación perfecta: el éxito estaba asegurado. Atrás, como un rastro, quedó un reguero de cuerpos deformes y amasijos sin alma, condenados al formol para saciar la sed de investigación, por el bien de todos. Pero eso no fue noticia.
Calcar nunca ha sido una tarea fácil. Para que la psicobiología siguiese el curso preestablecido, se debía rodear y acompañar al nuevo sujeto de los mismos ambientes en que se había creado y desarrollado el original. Hubieron de consultarse cientos de expedientes y registros, todos los posibles lugares en donde se pudiese almacenar algún tipo de información o imagen significativa. Se entrevistó a más de tres mil personas, y hubo que seleccionar, en diferentes convocatorias, a los candidatos que pretendían representar alguno de los papeles con texto en el experimento. Así se contrató a los que formarían su familia, sus compañeros de colegio, sus profesores, y gente todos esos oficios que habitualmente conviven en un barrio: policías, tenderos, pedigüeños, religiosos, transeúntes, repartidores, etc. Como Liverpool había sufrido grandes transformaciones urbanísticas y sociales, ya no servía. Se construyó con material prefabricado toda una ciudad que sólo albergaba colaboradores del departamento de investigación nacional; para poder acceder a ella, se debía poseer una autorización previa. Todos estaban ilusionados en participar. Se intentó que la infancia y la adolescencia de John Clon transcurriesen dentro de una rutina natural. Participaba con normalidad de su vida familiar y escolar, o de los oficios religiosos. Había que repetir en cada fase los mismos modelos educativos, los mismos patrones de conducta que permitiesen superar, una tras otra, las sucesivas etapas previstas por el equipo de psicólogos y psiquiatras. El experimento no sólo consistía en recrear los decorados: era necesario dotarlo de las mismas presiones, las mismas doctrinas dominantes. Por eso se tuvo que seleccionar y censurar cuidadosamente toda la información que llegaba a su entorno. Numerosos libros y revistas fueron requisados, y los ordenadores sufrían episódicamente la extraña epidemia de un virus perverso. Las semillas sembradas con cuidado darían lugar en el joven a futuros traumas e inclinaciones individuales, como si de manera lenta y continua se estuviera moldeando una figura de arcilla.
Después, mientras iba creciendo, se le aplicó un plan específico de sensibilización y capacitación musical: exposición a estímulos acústicos que acostumbrasen y aleccionasen su cerebro de forma que éste sólo tuviese que recurrir a su falsa memoria, previamente grabada, para que él los interpretase como producto de su inspiración personal. Allí, en ese chip implantado entre las neuronas, se almacenaban todas y cada una de sus composiciones para que él las pudiese combinar y obtener así nuevas melodías. Mientras tanto, fuera de su entorno inmediato se abría un debate público que cuestionaba sus progresos y logros y el coste que representaban para el gobierno; todos se creían en posición óptima para dictar sentencia. Pero nadie pensaba en él.
Se encontraba solo, y sin infancia, ni juventud, ni vida privada. Todo, absolutamente todo lo que le rodeaba formaba parte de un juego de sombras chinas que lo oprimía. Cada nuevo acorde que intentaba ejecutar no conseguía ser más que una burda imitación. No sabía quién era, quién era su padre, hijo, amante, esposa o madre. Intentó, sin conseguirlo, complacer a los demás: fundó un grupo, no en vano le gustaba la música, pero resultó ser igual que los de tantos otros jóvenes que se reúnen en un local y lo transforman en su caverna del ritmo, allí donde vomitan sus ilusiones, y sus frustraciones. Enseguida venían ellos y, debido a las fuertes presiones políticas y a la exigencia de resultados, ya no se ocultaban. Siempre uniformados con bata blanca o traje oscuro, observaban, anotaban, grababan y evaluaban. Con los primeros recortes presupuestarios vinieron los primeros despidos de personal y la ciudad fue siendo abandonada progresivamente, desde la periferia hasta el centro. Mientras tanto, él y sus amigos se divertían componiendo estúpidas canciones para fastidiar a los que querían extraerle su jugo. No quería ser un genio, sino simplemente un joven con una guitarra entre las manos, pero sus arpegios y acordes sonaban vacíos; no le importaba: sabía que debía responder de cierta manera, comportarse y escoger siempre de acuerdo a lo que se esperaba de él, y que así no tendría problemas, todo estaría a su alcance.
Pero los años fueron pasando y John Clon se hizo hombre. De la misma manera, Yoko siguió el ciclo de la vida y, después de arrugarse y convertirse en una caricatura, falleció. Nada de lo que ella había previsto se había cumplido: adiós a la gloria y a los nuevos ideales.
La ciudad no se desmontó, se desplomó. El abandono y la falta de inversiones dieron al traste con el invento y John fue cubierto por un manto de olvido. Pero lo que Yoko no consiguió ver en vida lo provocó con su muerte. Su funeral consiguió lo que parecía un espejismo, reunir juntos de nuevo a los cuatro amigos: Paul, George, Ringo y un John bastante más ágil y fresco que los demás. Como de todas las pérdidas siempre hay alguien dispuesto a sacar partido, y como el interés científico había decrecido, la discográfica tomó cartas en el asunto e insistió en el retorno del grupo. Un disco póstumo a la que había sido musa y bruja de la banda sería un broche de oro a sus respectivas carreras. La ocasión era única. Sin embargo, fue imposible grabar nada. Ninguno de los tres veteranos componentes se sentía con el valor necesario para tocar los antiguos temas con aquel sucedáneo de pelo largo e inútiles gafas redondas. Era como tocar con un fantasma, eso dijeron. Después de fracasar en los ensayos, ya no se vieron nunca más.
John volvió a casa y rompió con todo. También se sentía asqueado y estafado por todos aquellos que en la distancia lo habían vigilado, por los que de cerca habían colaborado y por no le había dejado ser un anónimo, inocuo y aburrido mortal. Lo habían condenado desde la cuna al estrellato, con la obligación de aportar algo a una comunidad desencantada. Como consecuencia de esos sentimientos, el amplificador voló desde lo alto de la ventana de su estudio hasta la calzada, acompañado en su viaje por varias guitarras, algunos discos, fotos y recuerdos que él nunca recordó qué era lo que le tenían que recordar exactamente. También aprovechó para echar a patadas a un falso gurú que le habían implantado en el jardín; donde llevaba afincado más de dos años vestido con una túnica naranja pero sin renunciar a ninguno de los placeres terrenales que se supone que han de tener muy olvidados estos personajes, y que le ofrecía como iniciación particular un viaje diario de LSD para alcanzar el cielo protector. John apiló en la chimenea todas sus partituras, la mayoría inacabadas, y las quemó; así sus canciones pudieron ver por fin la luz, aunque esta vez fuese la del fuego. Después, John desapareció un tiempo.
Como en todos los experimentos, la ciencia siempre encuentra justificación para las cosas que no funcionan como debieran. Quizás algunas células se habían revelado, no dispusimos de los medios adecuados, faltaba un ensayo clínico a mayor escala, no es un mal comienzo. Palabras, palabras, palabras.
Pero no todo permanece siempre bajo estricto control.


Un tiempo más tarde, a muchos kilómetros de allí, en Nueva York, un hombre bastante más caduco que John y con unos cuantos años de presidio a sus espaldas, le dio un nuevo rumbo a su vida: venganza. Con la ira encauzada, consultó archivos y anuarios; peleó por doquier para encontrar alguna pista que le permitiera desenmascarar la farsa. Por fin, la búsqueda dio su fruto. Compró un arma.
Hoy, ocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, lo esperó hasta el anochecer apostado frente al edificio Dakota, donde en el año ochenta lo mató. Sabía la hora en que pasaría su víctima. Un sólo disparo y conmocionaría de nuevo el mundo. Vengaría, al fin, la burla histórica.
Tarareando se aproxima el clon: «...get back...get back...get back to where you once belonged». Aferra el revólver. Suda. Tiembla. Faltan ya escasos metros. Una bala con nombre calienta la recámara. Dos hombres y una deuda. Rabia y odio, contra todo y contra todos. El verdugo detiene y encañona al impostor. El punto de mira en el centro del torso. El percutor anuncia la última actuación. Un disparo seco y el pobre John Clon se desploma. Mientras un casquillo rueda por el asfalto, el silencio de la noche es perforado por el fan asesino que llora una canción: «...imagine there´s no heaven...». Recoge las gafas redondas; están rotas, serán su fetiche. Por fin acabó con una vida absurda y repetida; y piensa que si el destino decide algo, el hombre no lo puede alterar. Pero esta vez se equivoca.
La noche retumba con un segundo disparo. El criminal cae fulminado. John Clon sonríe desde el suelo. No es pacifista como su padre; cuando pasea de noche lleva un chaleco antibalas y va armado.

4 comentarios:

  1. No hay dos vidas iguales, aunque en todas hay que aguantar unas cuantas gilipoll... Me ha gustado este cuento, a pesar de que no soporto a los Beatles.

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  2. Alguien dijo que si pudiéramos modelar nuestras vidas el resultado nos llevaría al suicidio.
    Modelar las de los otros es mucho más indecente y, por lo leído, conduce al asesinato.
    Qué genial la lección. Ni siquiera por amor se puede devolver la vida.
    O es que no era amor lo de la mujer, sinó incapacidad de vivir sin su obra maestra.
    No me extraña.

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  3. Se me ocurre clonar a Aznar. Cuando crece, se rapa el bigote, se hace amiguete excursionista de Cárod Rovira con las chirucas y conduce borracho todos los viernes night por la ronda de Dalt. Eso sí, el pelo es exactamente el mismo. Sugiero inventar nuevas clonaciones y que el clon salga rana, ya sea asesino, borrachuzo de izquierdas o lo que la imaginación mande.

    Fabián R.

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  4. Lo que más me sorprende siempre de Marcos es la capacidad de imaginación y como acabas creyendo todo lo que explican sus cuentos porque te parece más verósimil que la posibilidad de que alguien pueda inventar con tanto arte.
    Lo que más me satisface: sus críticas siempre acertadas de la sociedad.

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