lunes, 28 de julio de 2008

Horario macho

Maria Guilera
A las ocho de la mañana Sergio Vila salió del portal y se dirigió a pie hacia la esquina. Miró hacia la derecha buscando la luz verde de un taxi que le llevara hasta su trabajo. Apretó los dientes y movió nervioso las mandíbulas mientras echaba una ojeada al reloj, tan fugaz que no le dio posibilidad de ver claramente la hora.
Llegaba tarde, Carmen no le había despertado con suficiente insistencia. Cada día estaba más atontada, o quizás lo hacía a propósito. Sabía perfectamente que tenía el coche en el taller, por qué no le avisó para que cambiase la alarma del despertador.
A las ocho y media Sergio Vila entró en la oficina de seguros, abrió el cajón de su mesa y sacó un sobre grande con los impresos que había preparado el día anterior. Llamó a un número anotado a lápiz en una esquina junto a la frase llamar de ocho a ocho treinta.
A las ocho treinta y cinco, Sergio Vila encendía el primer cigarrillo del día y maldecía a las personas tan poco flexibles, tan cuadriculadas, que no podían esperar ni cinco minutos. Quien dice las ocho y media dice las nueve menos cuarto, ni que esto fuera Suiza.
A las nueve, Sergio Vila había mantuvo una brevísima conversación con el Jefe del Departamento de Recursos Humanos, que le comunicó su cambio a una sucursal del extrarradio, para abrir nuevos mercados, le dijo, pero él entendió la realidad, ya no estaba en primera línea, sus expedientes no crecían a la velocidad de los de sus colegas. Iba por el tercer cigarrillo y se acercó a la máquina de café.
A las nueve y diez minutos invitó a Jessica, la recepcionista, a un cortado en la máquina de la planta baja y mientras le miraba el escote pensó que eso sí eran unas tetas y no lo que se le había quedado a Carmen después de nacer las niñas.
A las nueve y media dijo a su compañero que iba a buscar el coche. Llegó al taller y se le ensanchó el corazón al ver su Golf esperando, la carrocería roja impecable, ni rastro de la puta raya que algún capullo había dejado en la puerta izquierda. Te paso a pagar luego, Juanito, le dijo al encargado. Salió del taller pisando el pedal con poderío, se dio una vuelta inútil por la manzana y paró en el Magnum Bar a saludar a Pedro Ramos y ver si cobraba la prima que le habían devuelto.
A las diez, salió del Magnum Bar sin el dinero, pero convencido de que Pedro Ramos era un amigo, y con un whisky bajándole lentamente hacia el estómago.

A las once le pareció ver, en un cruce, la silueta de Carmen entrando en un portal de la calle Coronel García Núñez y le subió la sangre a la cabeza y dijo me cago en la puta qué está haciendo aquí la desgraciada.
A las once y treinta segundos llamó a casa desde el móvil y cuando escuchó la voz de su mujer colgó. Buscó un bar y entró a tomarse otro whisky no por vicio, sino porque necesitaba calmar la rabia, serenarse un poco y sacarse de encima el mal cuerpo que le había dejado la imbécil de Carmen. O aquella que se le parecía tanto, qué más daba.
A las doce se había tomado no uno, sino dos dobles y decidió llamar otra vez a casa, no fuera que se hubiera equivocado de número y la que le había parecido la voz de Carmen no fuera en realidad la voz de Carmen y en cambio la mujer del portal de Coronel García Núñez sí lo fuera.
A las doce y cinco colgó el teléfono maldiciendo a todas las mujeres en general y a la suya en particular, porque si no estaba en casa estaría en la calle, y si estaba en la calle debería llevar el móvil encima y ya me dirás quién es el imbécil que no responde al móvil cuando suena, eso solo significa que está dónde no debiera.
A las doce y media estaba aparcado delante de su portal esperando a que entrase Carmen para gritarle desde la ventanilla del Golf de dónde vienes, desgraciada, qué se te ha perdido en la calle. Yo rompiéndome los cuernos y trabajando como un cabrón para que tú y los niños viváis como príncipes y tú me lo pagas así, pendoneando.
A la una la rabia le hacía temblar las manos y tenía la cabeza embotada con la imagen de su mujer besándose con un entrenador de Pilates, revolcándose sobre las colchonetas del gimnasio, y acariciándose bajo las duchas sin recordar que Carmen se había dado de baja en el DIR cuando nació Marquitos, de eso hacía ya tres años.
A la una quince decidió que cuando la viera le iba a cruzar la cara sin una palabra.
A la una y dieciséis la vio aparecer por la esquina arrastrando el carro de la compra con la mano derecha y dándole la izquierda a Marquitos, que llevaba un parche en la frente y estaba pálido y lloroso.
A la una, dieciséis minutos y tres segundos Marquitos le descubrió y le llamó a gritos. Papi, papi, me han cosido cinco puntos y casi no he llorado.

7 comentarios:

  1. Tengo varias preguntas.
    Hay tipos como ese en Suiza?
    Pq el whisqui tiene un efecto desigual? Les hace amigos de Pedro Ramos y en cambio a la parienta lo que les da es ganas de cruzarle la cara.
    Hay algún imbécil que haya contestado todas las llamadas de su móvil?
    El mito de los entrenadores de Pilates tiene un fundamento real?
    Me gustaría recibir respuesta, en especial a la última pregutna.

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  2. Anónimo,
    busca las respuestas en tu yo interior. No hay como la introspección para hallar la verdad que se nos escapa.
    Piensa.
    ¿Qué oscuros caminos de tu alma te hacen buscar en la hermosa Suiza tipos como el prota?
    ¿Qué complejos i/o inseguridades impiden que contestes las llamadas de tu móvil?
    ¿Qué prejuicios te impiden lanzarte a averiguar por ti mismo/a la supuesta potencia e innegable atracción de los entrenadores de Pilates?
    Y sigue leyéndome, ahora que has descubierto en mis textos ese universo que abre tu mente a cuestionarte incógnitas tan profundas.

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  3. Déu me`n guar de qualsevol Sergio Vila.
    Perqué, d'aquest encara deuen correr. Jo per sort no en conec cap. "Macho de las cavernas", que pot ser, perdurin per la paciència de dones com la Carme, que tenen, pels seus marits, menys valor que un Golf. ...Reflexione-mi, Reflexione-mi. I acabem amb els Sergios Vila.
    Puigmal08

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  4. De Suiza, de Cádiz, de Hospitalet de LLobregat... el lugar probablemente no condiciona a estos patéticos Sergios, ¡que los hay a miles ¡¡.¡Ojo a las Carmenes¡...elegid mejor si podeís.Una amiga me dijo que quería encontrar un hombre completo y que había decidido ir a una cafetería muy fashion para ver quien podía acercarsele. Yo le comenté que "como el traje no hace al monje", mejor se fijase en el camerero que le serviria, puesto que un hombre completo a veces, no tiene móvil, no tiene coche,no huele a Hugo Boss, no lleva traje y corbata aunque va sobrado de honestidad,humildad, comprensión aunque sude la gota al ponerte el refresco en la mesa

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  5. A m� me cae bien Sergio Vila. Un poco idiota, pero no m�s que la media. Un mediocre que sufre. Rompo una lanza por �l. Pobre!
    Ah! Carmen tambi�n me cae bien. Pobre!

    Fabi�n R.

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  6. ¿Qué otros motivos va a encontrar para odiar a su mujer los próximos días? ¿La pegará delante de sus hijos?
    A mi me da miedo...

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  7. A mí, lo que me sorprende es que existan "Cármenes" que aguanten a capullos como éste y que no tengan los redaños de mandarle a la mierda, con su Golf y su vaso de whisky.
    A ella, le tiene que sonar el "despertador de la vida" para que llegue en punto y no pierda ni un solo segundo más, en ese bello y estimulante trabajo.
    Lo pasado, pasado....
    (El capullo, no se merece el final del relato, tenía que haber acertado en sus cábalas, lástima!!!!)

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