domingo, 6 de julio de 2008

El grito

Mónica Sabbatiello
La cantinela la empezó mi abuela paterna… que si el chillido que solté al nacer era una señal del infierno, que si sólo podría traer disgustos a la familia, que si era una descastada, que si una maldita. Y así fue. Pero antes me pasé un montón de años aguantando, los domingos sobre todo, esa miserable vida de mujeres con las manos sobre un desierto de harina. Tallarines para veinte. Cada domingo. Mi tío Eusebio desafinaba Luna mezzo mare mientras estrangulaba los pollos para hacer la salsa. Cada domingo. Sistemático. Mi madre obedecía a su suegra y masticaba lágrimas. Yo escondía un bollo de masa gris con manos sucias de niña rara. Ay, si le hubiera plantado cara. Si le hubiera gritado, “abuela, que soy normal”, quizás habría acabado su desprecio negro sobre mi pecho. Pero tuve miedo a la multitud de venganzas que me prometía su sangre napolitana.
Y pensar que mi libertad actual nace de aquel grito, de ese alarido que, según cuentan, se abrió paso entre las piernas de mi madre el día de mi nacimiento y tomó vuelo sobre el barrio, dando pie a toda clase de accidentes. Los pollos de mi tío huyeron en un escándalo de plumas, para no volver. El carnicero de la esquina se desmayó sobre el mostrador, su cara entre las masas musculares, y tardaron bastante en arrancharle los coágulos de la garganta.

Pero fue a Genaro Maldiccioni, mi padre, a quien el grito le trajo un merecido escarmiento. Herraba un alazán, en vez de estar en ese momento junto a mi madre, que estaba pariendo sobre la mesa de la cocina. El caballo, espantado por mi alarido, le calzó una coz en medio del pecho y le rompió varias costillas. Lo llevaron a la asistencia pública amarrado con sogas a la montura. Quedó paralítico y mudo, para siempre. Hasta entonces todos temían su carácter. Sobre todo su diestra enorme, la que en sus arranques de furia estampaba sobre la cara de cualquiera que se pusiera a su alcance.
Ante su nuevo estado casi vegetal, el mando de la familia lo asumió sangre de su sangre: mi abuela Roseta. Todos la obedecían. Incluso yo, pues a fuerza de palizas y castigos consiguió aplacar mi natural indómito. Repetía que a mis quince se libraría de mí. Y eso hizo. El día de mi cumpleaños invitó a Renato, un mecánico calabrés de cuarenta años, para que me cortejara.
Desde el patio lo vi. Estaba en el comedor. Con una copa de grapa en su mano de viejo, un traje arrugado que le quedaba estrecho, bigotazo y un perfil colgante, derrumbado sobre la papada. Mi abuela me obligó a entrar y él se me acercó para darme un beso. Lo esquivé, pero igual me llegó su olor a moho.
-¡Que linda sos!, me dijo, mientras intentaba otra vez besar mi mejilla. Me alejé de un brinco. Y vi entonces el brillo excesivo en sus ojos, sentí asco.
-¿Qué quiere usted de mi?, chillé. ¡Déjeme en paz!
-Nena –saltó la abuela-, andá ahora mismo mismo a la cocina.
Y ese día, sin más preámbulos, acordaron que nos casaríamos un mes más tarde. Me pasé toda la tarde encerrada en el galpón, al fondo de la quinta, sin ni siquiera poder llorar. Cargada de rabia.
Tras la boda me mudé a una casa modesta y con jardincillo. Y empecé una nueva vida con Renato. Aunque muy parecida a la anterior. Trabajaba en las dos casas, en la de mi abuela y en la mía. Por entonces mi mayor preocupación era evitar los embarazos. No soportaba la idea de bregar con una prole bruta como todos ellos. Él andaba por casa en calzoncillos y en chancletas, exponiendo su hinchado vientre y sus pies deformes. Sólo se vestía para ir de putas, a los piringundines del centro. Y esas noches yo me sentía feliz de librarme de su presencia, como cuando se iba a cazar o a jugar a las bochas. A más furcias, mejor; menos fogosidades que aguantar. Era tan desabrido y torpe, que lo único que yo deseaba era que acabase, lo que por fortuna siempre ocurría muy pronto. Él no concebía el juego. Se movía, pum y pam, un par de veces, y se quedaba dormido. Por eso, cuando me decía que se iba a una reunión de trabajo, yo cantaba un tangazo para mis adentros y con sonrisa contenida le lustraba los botines y le cepillaba el traje, le arreglaba el jopo y le atusaba el bigote.
En esa época aprovechaba mis noches solitarias para leer los libros que compraba casi siempre usados, cuando iba al centro, con el dinero que iba juntando, pesito a pesito, cada vez que salía a hacer los mandados. Mi mundo imaginario era mi consuelo: me gustaba escribir letras de tango y soñar despierta.
Así pasaron cinco años, hasta que en enero de 1920 me llegó el futuro. Una tarde de ese mes, mientras cerraba la puerta de la calle con llave, sentí un gritito en mi pecho. Y lo supe: era un buen augurio. Quizás porque me había visto en el espejo como nunca antes: ¡tan linda! Camino a la parada del tranvía, solté la voz, rugí, porque cada tanto me salía de tal forma una rara alegría. Aún sin motivos aparentes. Porque soy distinta, lo decía la abuela. Y ya está.
Bajé en la esquina de la casa de empeños y subastas Hermanos Arroyo. Quería saber si habían recibido una mesa que hacía mucho buscaba. Tenía que ser igual a aquella sobre la que nací en la cocina de la abuela Roseta, de madera y con tapa de mármol. Un antojo.
Apenas entré, vi a ese hombre como si fuera una luz entre los oscuros muebles de estilo, esos que rematan los ricos venidos a menos o los herederos mal avenidos. Fumaba en pipa y ojeaba libros viejos. Me gustó de inmediato. El sombrero lo exhibía con elegancia, no a la manera torcida de los malevos. Y era tan alto, de piel translúcida, con ese traje claro de verano. Como arrastrada por un imán caminé hacia él por entre las cómodas, con un instinto de gata.
Casi al llegar a su lado, descubrí la mesa, la que tanto deseaba. Grité de alegría y llamé a Don Cosme, el encargado. Entonces ese hombre se giró, como en cámara lenta. Y su mirada me clavó en el suelo. “Señorita, ¡qué voz! ¿Es usted cantante?”, casi susurró, mientras se acercaba. Su olor, mezclado con alguna colonia, me erizó. A través de mis pupilas adiviné la textura de su piel. La sangre trepó a mis mejillas y traté de silenciar el lío de mi pecho con una mano.
“¿Se siente mal?”, me preguntó. Y sin esperar respuesta, gritó: “Don Cosme, agua para esta señorita”. Y acercándose aún más, agregó: “¿O prefiere un café? ¿Una copa? Siéntese”, y me condujo de la cintura hacia un sillón. Un rojo sillón. Hundida en el muelle asiento, imaginé sábanas de hilo y una cama con dosel. Un fuego interno me fue distendiendo. Y no me costó nada decirle que se sentara a mi lado. “Voy a cerrar los ojos y descansar sobre su hombro”, le susurré, desfallecida.
Don Cosme trajo el agua y se alejó por el pasillo de las cómodas. Por suerte alguien lo había llamado. Nos quedamos solos. Él encerró mis manos entre las suyas. Y sentí un hervidero que nos llevaba a los dos. Sangre reconociéndose. Puro misterio. Nos besamos. Yo jadeaba, él temblaba. Y no lo dudé: busqué, abrí, liberé, me senté encima, lo besé, bailoteando. El mundo se detuvo y nos protegió. En la soledad del círculo de sofás nos mordíamos, rechinábamos, hervíamos, prolongábamos. Y el grito de mi nacimiento se abrió paso en mi memoria. Y me di cuenta que era mi aniversario. Ese día cumplía 20 años. Y con la llegada del sosiego vino el murmullo de nuestros nombres. Y la decisión.
A la mesa la hicimos enviar a su casa y la estrenamos esa noche con un largo aullido que llenó de inquietud a los vecinos de mi nuevo barrio. Ya se han acostumbrado, después de tantos años.

7 comentarios:

  1. Te veo leyéndonos por primera vez esta historia, que intuyo trabajada para su puesta en escena bloguera. Nuestras caras embobadas ante esa exhuberancia de sensaciones, sentimientos,imágenes e incluso banda sonora que contiene el relato.
    De nuevo hoy me dejo llevar por ese río desbordado que son tus cuentos más inspirados y en lugar de ahogarme disfruto de la corriente y no necesito remansos.
    Sigue gritando.

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  2. Chillar o no chillar, he ahí la cuestión. Ya se acostumbrarán los vecinos, sí señora. Y mientras no se puede chillar, hay que enviar al marido a los piringudines, para que se desfogue. Brillante idea.
    Fabián R.

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  3. Fascinante Mónica. Yo no conocía el cuento y me he quedado embobada. Ya sabes lo que me gusta este estilo y creo que es de lo mejor que te he leido. No tengo palabras. Sólo decirte que sin duda: !A la carpeta! y con el de María ya son tres los cuentos de época que tenemos.

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  4. Cautivadora manera de explicar historias. Me has transportado a escritores sudamericanos.
    puigmal08

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  5. Dsifruté como loca tu cuento. Es una maravilla. Felicitaciones tia-prima-amiga queridísima y laburanta de las letras.

    beso feliz
    musa

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  6. Que maravilla Mónica, como me gusta!!!
    Como sabes mezclar con una maestría inigualable, realidad biográfica y ficción (esa es mi opinión, leo entre líneas, pero aplazo comentarios para momentos más íntimos, una frente a la otra).
    Tus descripciones caracterológicas,físicas, psicológicas,de esos seres que se cruzan en tu vida, son un tesoro.
    Ante un ser manipulador y arisco,adoptaste una aparente sumisión, como la superviviente nata que eres, ya que careciste del amparo natural,que brinda toda hembra cuando defiende con uñas y dientes,a su cría de todo depredador, sobre todo, los del alma.
    TU GRITO, siempre ha sido un canto de vida, una señal, una llamada a la libertad y nadie pudo ahogarlo, supiste reservarlo, para una gran ocasión, tu nuevo renacer a la vida,desde ese altar de mármol y madera.
    Quiero oirlo siempre, incluso cuando, como ahora, estás lejos...
    pero yo, te oigo.
    Felicidades y besos.

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  7. Me ha gustado mucho. Es muy rico en acciones y sensaciones.Me ha llevado hasta el final de la mano de un tirón, felicidades.
    Un saludo.

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