lunes, 28 de julio de 2008

Una història certa

Vicenç del Hoyo
Tot va començar com un fantasiós joc de nens. Li dèiem l’illa del tresor. Ningú ha estat capaç de recordar com es va iniciar, tot i que no hi ha cap dubte que no va ser un joc heretat. Potser va aparèixer espontàniament i de manera fortuïta o, tal vegada, algú el va portar d’una altra contrada. En un començament el joc només el practicaven un reduït nombre de nens. Amb el pas del temps es va anar estenent, primer a vells nostàlgics i per fi a la majoria dels habitants del poble. El joc començava quan els nens cercàvem un indret adient, després havíem de cavar un petit forat, no calia que fos massa profund, per ensorrar un dibuix, sovint de format petit, cobrir-lo amb un tros de vidre, amb la finalitat de protegir-lo de la pluja i altres inclemències, de manera que acabava semblant un quadre de reduïdes proporcions. Finalment l’havíem de cobrir de terra de manera que no es veiés a simple vista. Un cop enterrat havíem de deixar passar uns dies.

La gràcia esdevenia quan érem capaços de descobrir el nostre propi tresor enterrat. Sovint passava que inicialment no érem capaços de recordar amb exactitud la bardissa sota la qual havíem amagat el dibuix. Si començàvem a cavar i no apareixia el nostre secret tresor, aleshores el batec del cor s’accelerava i no es calmava fins que trobàvem el tacte dur del vidre. Quin goig! Veure aparèixer els nostres dibuixos amagats ens produïa la sensació de descobriment. Aviat vàrem adonar-nos del plaer de realitzar l’exploració conjuntament amb alguns amics. Enterrar un tresor era un acte solitari, descobrir-lo era col·lectiu. Era una joia compartida. Es diu que va ser l’avi del Tonet qui va tenir l’ocurrència d’amagar una fotografia. Cap dels nois va oblidar durant llarg temps l’impacte que va ser que l’avi Jeremies ens desenterrés la cara color sèpia de la seva jove dona, morta vint anys abans, sota un xiprer que hi havia camí del cementiri. A partir d’aquell moment es va desfermar una folla passió per amagar tresors per camins i prats. Els marges i camps es van convertir en virtuals sales d’exposició de fotografies i dibuixos. Tan gran va ser la follia que sobtadament va aparèixer una epidèmia de vidres trencats. Les finestres petaven per inexplicables cops de vent, i els fragments de vidres que queien al carrer desapareixien misteriosament. Va arribar a ser tan popular aquesta activitat que es diu que quan Picasso va hostatjar-se durant unes setmanes a l’hostal del poble en els dies immediatament anteriors a la guerra, també va participar en la dèria col·lectiva. Sempre es va creure que havia enterrat tres gravats. Només es va trobar un d’ells. Però és dubtós que fos autèntic. Estava tan fet malbé que no es podia reconèixer cap traç. Podria haver estat una broma de la quitxalla. Era un manyoc de paper tintat. Durant molt de temps es descobrien fortuïtament dibuixos i fotografies. Amb la guerra la passió va desaparèixer. Ella s’endugué aquella necessitat d’amagar i descobrir somnis i desigs.
Ara, de tota aquella activitat, només queda una urbanització de luxe per als estiuejants de la capital. Els camins són asfaltats i les finestres són de doble vidre.

Horario macho

Maria Guilera
A las ocho de la mañana Sergio Vila salió del portal y se dirigió a pie hacia la esquina. Miró hacia la derecha buscando la luz verde de un taxi que le llevara hasta su trabajo. Apretó los dientes y movió nervioso las mandíbulas mientras echaba una ojeada al reloj, tan fugaz que no le dio posibilidad de ver claramente la hora.
Llegaba tarde, Carmen no le había despertado con suficiente insistencia. Cada día estaba más atontada, o quizás lo hacía a propósito. Sabía perfectamente que tenía el coche en el taller, por qué no le avisó para que cambiase la alarma del despertador.
A las ocho y media Sergio Vila entró en la oficina de seguros, abrió el cajón de su mesa y sacó un sobre grande con los impresos que había preparado el día anterior. Llamó a un número anotado a lápiz en una esquina junto a la frase llamar de ocho a ocho treinta.
A las ocho treinta y cinco, Sergio Vila encendía el primer cigarrillo del día y maldecía a las personas tan poco flexibles, tan cuadriculadas, que no podían esperar ni cinco minutos. Quien dice las ocho y media dice las nueve menos cuarto, ni que esto fuera Suiza.
A las nueve, Sergio Vila había mantuvo una brevísima conversación con el Jefe del Departamento de Recursos Humanos, que le comunicó su cambio a una sucursal del extrarradio, para abrir nuevos mercados, le dijo, pero él entendió la realidad, ya no estaba en primera línea, sus expedientes no crecían a la velocidad de los de sus colegas. Iba por el tercer cigarrillo y se acercó a la máquina de café.
A las nueve y diez minutos invitó a Jessica, la recepcionista, a un cortado en la máquina de la planta baja y mientras le miraba el escote pensó que eso sí eran unas tetas y no lo que se le había quedado a Carmen después de nacer las niñas.
A las nueve y media dijo a su compañero que iba a buscar el coche. Llegó al taller y se le ensanchó el corazón al ver su Golf esperando, la carrocería roja impecable, ni rastro de la puta raya que algún capullo había dejado en la puerta izquierda. Te paso a pagar luego, Juanito, le dijo al encargado. Salió del taller pisando el pedal con poderío, se dio una vuelta inútil por la manzana y paró en el Magnum Bar a saludar a Pedro Ramos y ver si cobraba la prima que le habían devuelto.
A las diez, salió del Magnum Bar sin el dinero, pero convencido de que Pedro Ramos era un amigo, y con un whisky bajándole lentamente hacia el estómago.

A las once le pareció ver, en un cruce, la silueta de Carmen entrando en un portal de la calle Coronel García Núñez y le subió la sangre a la cabeza y dijo me cago en la puta qué está haciendo aquí la desgraciada.
A las once y treinta segundos llamó a casa desde el móvil y cuando escuchó la voz de su mujer colgó. Buscó un bar y entró a tomarse otro whisky no por vicio, sino porque necesitaba calmar la rabia, serenarse un poco y sacarse de encima el mal cuerpo que le había dejado la imbécil de Carmen. O aquella que se le parecía tanto, qué más daba.
A las doce se había tomado no uno, sino dos dobles y decidió llamar otra vez a casa, no fuera que se hubiera equivocado de número y la que le había parecido la voz de Carmen no fuera en realidad la voz de Carmen y en cambio la mujer del portal de Coronel García Núñez sí lo fuera.
A las doce y cinco colgó el teléfono maldiciendo a todas las mujeres en general y a la suya en particular, porque si no estaba en casa estaría en la calle, y si estaba en la calle debería llevar el móvil encima y ya me dirás quién es el imbécil que no responde al móvil cuando suena, eso solo significa que está dónde no debiera.
A las doce y media estaba aparcado delante de su portal esperando a que entrase Carmen para gritarle desde la ventanilla del Golf de dónde vienes, desgraciada, qué se te ha perdido en la calle. Yo rompiéndome los cuernos y trabajando como un cabrón para que tú y los niños viváis como príncipes y tú me lo pagas así, pendoneando.
A la una la rabia le hacía temblar las manos y tenía la cabeza embotada con la imagen de su mujer besándose con un entrenador de Pilates, revolcándose sobre las colchonetas del gimnasio, y acariciándose bajo las duchas sin recordar que Carmen se había dado de baja en el DIR cuando nació Marquitos, de eso hacía ya tres años.
A la una quince decidió que cuando la viera le iba a cruzar la cara sin una palabra.
A la una y dieciséis la vio aparecer por la esquina arrastrando el carro de la compra con la mano derecha y dándole la izquierda a Marquitos, que llevaba un parche en la frente y estaba pálido y lloroso.
A la una, dieciséis minutos y tres segundos Marquitos le descubrió y le llamó a gritos. Papi, papi, me han cosido cinco puntos y casi no he llorado.

martes, 22 de julio de 2008

Metadona

Rosana Román
Si señora, una semana ya limpio. No, no he consumido, ya me ve, ya se lo dije, esta vez es la buena, la metadona me ayuda mucho y no necesito nada más.
Venga, suelta ya el resguardo, tía, cómo te gusta hacerte de rogar, ahora te voy a contar a ti lo que me meto o me dejo de meter, ahora mismito. No me extraña que os llamen “insistentes sociales” mira que sois pesás.

Bueno…, yo creo que es pronto para dejarla, me da miedo ¿sabe?, aún no me veo preparado. Yo no quisiera cagarla, me entiende, ¿no?
¿A que no me das el volante?, las doce ya y como tardes se me va el “Chino” a comprarle la metadona a otro y a mí se me va a ir el camello y voy a tener que ir a buscar el caballo a su barrio, con lo chungo que está últimamente, lleno de secretas, si es que estoy salao.

Cuando quiera, usted me hace las pruebas que hagan falta que yo le doy negativo fijo, que me juego mucho en esto y estoy muy contento con el tratamiento.
Joodeer, ahora ¿a quién busco que esté limpio y me mee en una bolsa?, si es que os gusta complicarlo todo, tía, con lo fácil que es firmar, darme el papel, cojo mis botes y me abro, sin más. Pues no, pretendes que me pase una semana sin coca, ni porros, ni rulas, pero ¿de qué vas? Como si eso fuera tan fácil, y con la mierda de metadona que dais, que no tendría ni para dos días…

¿Y no podría darme para dos semanas?, por no hacer tantos viajes, ya sabe, son gastos de transportes y todo eso. Ya, que no, son las normas, claro.
Nada, que eres gata vieja en esto, no hay más que verte, si al menos estuviera la suplente del otro día a la que le colé el gol. Lo que digo, hoy no es mi día.

¿Mi madre? Ella no acaba de entenderlo muy bien, sólo ve que sigo tomando droga aunque yo le digo, maama que esto es otra cosa, que me va a curar. Pero está contenta, la mujer, sobre todo porque ya no salgo tanto de casa.
¿A qué viene eso?, cómo sabes tocar el punto débil, cabrona, si no mentas a mi vieja no te quedas tranquila, pues cómo va a estar la mujer, si no me ve más que amuermado y cuando no lo estoy la veo llorar y darme la vara, que es peor porque me ralla y acabo largándome de casa.

Pues claro, eso es lo que yo más quiero. Por mi vieja, curarme, encontrar un curro, ¿sabe?, y quitarla de limpiar escaleras, que ya está mayor la pobre.
Sería guapo, venga maama, que nos vamos a comprar, que vamos a llenar la nevera a reventar como cuando estaba el papa. Que ya tengo un curro, decente, claro, ¿pero no me ve?, no llore, mujer, ah, que es de emoción, pues llore cuanto quiera y tenga 800 euros. ¿Qué me dice, eh? ¿A que ahora ya se lo cree?, ¿de qué iba a tener yo 800 euros si me drogara? Ahora ríe, pues ría mama, ría, que ya es hora…

Perdón, ¿qué me decía? Es que por un momento me he acordado de que tengo que hacerle un mandao a mi vieja. Sí, no se preocupe, el viernes aquí como un clavo y me hace el control de orina. Está claro, no se me olvida.
Una semana más, y luego a buscarme la vida, hala, a robar otra vez, cagüentós. Si fuera capaz…, si me dieran la dosis que necesito…, si me metieran en el trullo, ahí sí, por güevos, cada vez que he estado me he desenganchado. Entonces sí que estaba orgullosa la vieja.” Te veo entre rejas, pero te veo mejor que fuera”, me decía siempre, “al menos sé donde estás”. Qué razón tenía. Eso, cuando me caiga la próxima causa, entonces fijo que lo consigo.

viernes, 18 de julio de 2008

John Clon

Marc Ballester

...I don´t believe in Jesus
I don´t believe in Elvis
I don´t believe in Kennedy
I don´t believe in Keats
I don´t believe in Zimmermann
I don´t believe in Beatles.
I just believe in me.
Yoko and me and that´s reality.
Dream is over.


En otro tiempo, el armamento de John consistía en un amplificador de 100 W, unos cientos de partituras, una colección de guitarras, unos juegos de cuerdas de recambio y grabaciones de sus mejores conciertos; su ropa de camuflaje se componía de gafas redondas, barba poblada, flequillo largo, pantalones acampanados y el símbolo de la paz que lo invadía todo de color blanco. Pero eso era antes, cuando sus genes todavía odiaban la violencia.
Cuando John murió de forma tan trágica e inesperada, Yoko no fue capaz de soportarlo; al igual que sus fans se esforzó en negar lo que era ya inamovible: John ya no estaba con ellos. Así pues, tras gritar y llorar de rabia e impotencia frente a su tumba, se encerró en sí misma; para ella la vida ya no tenía sentido. No bastaba con organizar un homenaje, ni con que el último disco fuese número uno en ventas. Ella deseaba verlo otra vez, un milagro imposible, algo que sólo se podía rumiar en silencio, pero que nadie se hubiera atrevido a decir en voz alta. Estaba dispuesta a todo, a pactar con el mismísimo diablo con tal de dejar de ser una geisha enlutada de por vida. No quería envejecer a solas y ver como su pelo se tornaba cano y seco. Siempre había sido enérgica, tenaz e incombustible, y no era éste el momento de dejarse aplastar por una rueda del destino absurda e injusta. El karma se había equivocado, y con su error provocaba el despertar de la utopía. A pesar de todo, permaneció atenta durante años ante cualquier acontecimiento que le aportase un hilo de esperanza. Mientras, contempló hastiada como las melodías que antaño habían triunfado eran sepultadas por ritmos frenéticos de moda que apaleaban las conciencias. Pero, por fin, sus preguntas iban a obtener respuesta; sabía que con la decisión que estaba a punto de tomar, asombraría al mundo.
Las páginas de ciencia y sociedad se hicieron eco del experimento, no en vano se hablaba de una leyenda, y ahora, en este final de siglo en que las guerras seguían tronando, andaban algo faltos de nuevos mitos. Se creó una comisión científica de seguimiento, compuesta por las mayores eminencias del mundo de la clonación.

Ellos tendrían que velar por el buen funcionamiento del proyecto, ya que, por primera vez, se iba a realizar una clonación de manera pública con un ser humano. Antes, multitud de animales habían prestado sus servicios involuntariamente, incluso alguna oveja había llegado a alcanzar la fama. Su eficacia con simples mamíferos había quedado suficientemente probada. Más tarde, y en secreto, se repitió el experimento, una y otra vez, con personas totalmente anónimas, de ésas a las que nadie echa en falta, hasta dar con la combinación perfecta: el éxito estaba asegurado. Atrás, como un rastro, quedó un reguero de cuerpos deformes y amasijos sin alma, condenados al formol para saciar la sed de investigación, por el bien de todos. Pero eso no fue noticia.
Calcar nunca ha sido una tarea fácil. Para que la psicobiología siguiese el curso preestablecido, se debía rodear y acompañar al nuevo sujeto de los mismos ambientes en que se había creado y desarrollado el original. Hubieron de consultarse cientos de expedientes y registros, todos los posibles lugares en donde se pudiese almacenar algún tipo de información o imagen significativa. Se entrevistó a más de tres mil personas, y hubo que seleccionar, en diferentes convocatorias, a los candidatos que pretendían representar alguno de los papeles con texto en el experimento. Así se contrató a los que formarían su familia, sus compañeros de colegio, sus profesores, y gente todos esos oficios que habitualmente conviven en un barrio: policías, tenderos, pedigüeños, religiosos, transeúntes, repartidores, etc. Como Liverpool había sufrido grandes transformaciones urbanísticas y sociales, ya no servía. Se construyó con material prefabricado toda una ciudad que sólo albergaba colaboradores del departamento de investigación nacional; para poder acceder a ella, se debía poseer una autorización previa. Todos estaban ilusionados en participar. Se intentó que la infancia y la adolescencia de John Clon transcurriesen dentro de una rutina natural. Participaba con normalidad de su vida familiar y escolar, o de los oficios religiosos. Había que repetir en cada fase los mismos modelos educativos, los mismos patrones de conducta que permitiesen superar, una tras otra, las sucesivas etapas previstas por el equipo de psicólogos y psiquiatras. El experimento no sólo consistía en recrear los decorados: era necesario dotarlo de las mismas presiones, las mismas doctrinas dominantes. Por eso se tuvo que seleccionar y censurar cuidadosamente toda la información que llegaba a su entorno. Numerosos libros y revistas fueron requisados, y los ordenadores sufrían episódicamente la extraña epidemia de un virus perverso. Las semillas sembradas con cuidado darían lugar en el joven a futuros traumas e inclinaciones individuales, como si de manera lenta y continua se estuviera moldeando una figura de arcilla.
Después, mientras iba creciendo, se le aplicó un plan específico de sensibilización y capacitación musical: exposición a estímulos acústicos que acostumbrasen y aleccionasen su cerebro de forma que éste sólo tuviese que recurrir a su falsa memoria, previamente grabada, para que él los interpretase como producto de su inspiración personal. Allí, en ese chip implantado entre las neuronas, se almacenaban todas y cada una de sus composiciones para que él las pudiese combinar y obtener así nuevas melodías. Mientras tanto, fuera de su entorno inmediato se abría un debate público que cuestionaba sus progresos y logros y el coste que representaban para el gobierno; todos se creían en posición óptima para dictar sentencia. Pero nadie pensaba en él.
Se encontraba solo, y sin infancia, ni juventud, ni vida privada. Todo, absolutamente todo lo que le rodeaba formaba parte de un juego de sombras chinas que lo oprimía. Cada nuevo acorde que intentaba ejecutar no conseguía ser más que una burda imitación. No sabía quién era, quién era su padre, hijo, amante, esposa o madre. Intentó, sin conseguirlo, complacer a los demás: fundó un grupo, no en vano le gustaba la música, pero resultó ser igual que los de tantos otros jóvenes que se reúnen en un local y lo transforman en su caverna del ritmo, allí donde vomitan sus ilusiones, y sus frustraciones. Enseguida venían ellos y, debido a las fuertes presiones políticas y a la exigencia de resultados, ya no se ocultaban. Siempre uniformados con bata blanca o traje oscuro, observaban, anotaban, grababan y evaluaban. Con los primeros recortes presupuestarios vinieron los primeros despidos de personal y la ciudad fue siendo abandonada progresivamente, desde la periferia hasta el centro. Mientras tanto, él y sus amigos se divertían componiendo estúpidas canciones para fastidiar a los que querían extraerle su jugo. No quería ser un genio, sino simplemente un joven con una guitarra entre las manos, pero sus arpegios y acordes sonaban vacíos; no le importaba: sabía que debía responder de cierta manera, comportarse y escoger siempre de acuerdo a lo que se esperaba de él, y que así no tendría problemas, todo estaría a su alcance.
Pero los años fueron pasando y John Clon se hizo hombre. De la misma manera, Yoko siguió el ciclo de la vida y, después de arrugarse y convertirse en una caricatura, falleció. Nada de lo que ella había previsto se había cumplido: adiós a la gloria y a los nuevos ideales.
La ciudad no se desmontó, se desplomó. El abandono y la falta de inversiones dieron al traste con el invento y John fue cubierto por un manto de olvido. Pero lo que Yoko no consiguió ver en vida lo provocó con su muerte. Su funeral consiguió lo que parecía un espejismo, reunir juntos de nuevo a los cuatro amigos: Paul, George, Ringo y un John bastante más ágil y fresco que los demás. Como de todas las pérdidas siempre hay alguien dispuesto a sacar partido, y como el interés científico había decrecido, la discográfica tomó cartas en el asunto e insistió en el retorno del grupo. Un disco póstumo a la que había sido musa y bruja de la banda sería un broche de oro a sus respectivas carreras. La ocasión era única. Sin embargo, fue imposible grabar nada. Ninguno de los tres veteranos componentes se sentía con el valor necesario para tocar los antiguos temas con aquel sucedáneo de pelo largo e inútiles gafas redondas. Era como tocar con un fantasma, eso dijeron. Después de fracasar en los ensayos, ya no se vieron nunca más.
John volvió a casa y rompió con todo. También se sentía asqueado y estafado por todos aquellos que en la distancia lo habían vigilado, por los que de cerca habían colaborado y por no le había dejado ser un anónimo, inocuo y aburrido mortal. Lo habían condenado desde la cuna al estrellato, con la obligación de aportar algo a una comunidad desencantada. Como consecuencia de esos sentimientos, el amplificador voló desde lo alto de la ventana de su estudio hasta la calzada, acompañado en su viaje por varias guitarras, algunos discos, fotos y recuerdos que él nunca recordó qué era lo que le tenían que recordar exactamente. También aprovechó para echar a patadas a un falso gurú que le habían implantado en el jardín; donde llevaba afincado más de dos años vestido con una túnica naranja pero sin renunciar a ninguno de los placeres terrenales que se supone que han de tener muy olvidados estos personajes, y que le ofrecía como iniciación particular un viaje diario de LSD para alcanzar el cielo protector. John apiló en la chimenea todas sus partituras, la mayoría inacabadas, y las quemó; así sus canciones pudieron ver por fin la luz, aunque esta vez fuese la del fuego. Después, John desapareció un tiempo.
Como en todos los experimentos, la ciencia siempre encuentra justificación para las cosas que no funcionan como debieran. Quizás algunas células se habían revelado, no dispusimos de los medios adecuados, faltaba un ensayo clínico a mayor escala, no es un mal comienzo. Palabras, palabras, palabras.
Pero no todo permanece siempre bajo estricto control.


Un tiempo más tarde, a muchos kilómetros de allí, en Nueva York, un hombre bastante más caduco que John y con unos cuantos años de presidio a sus espaldas, le dio un nuevo rumbo a su vida: venganza. Con la ira encauzada, consultó archivos y anuarios; peleó por doquier para encontrar alguna pista que le permitiera desenmascarar la farsa. Por fin, la búsqueda dio su fruto. Compró un arma.
Hoy, ocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, lo esperó hasta el anochecer apostado frente al edificio Dakota, donde en el año ochenta lo mató. Sabía la hora en que pasaría su víctima. Un sólo disparo y conmocionaría de nuevo el mundo. Vengaría, al fin, la burla histórica.
Tarareando se aproxima el clon: «...get back...get back...get back to where you once belonged». Aferra el revólver. Suda. Tiembla. Faltan ya escasos metros. Una bala con nombre calienta la recámara. Dos hombres y una deuda. Rabia y odio, contra todo y contra todos. El verdugo detiene y encañona al impostor. El punto de mira en el centro del torso. El percutor anuncia la última actuación. Un disparo seco y el pobre John Clon se desploma. Mientras un casquillo rueda por el asfalto, el silencio de la noche es perforado por el fan asesino que llora una canción: «...imagine there´s no heaven...». Recoge las gafas redondas; están rotas, serán su fetiche. Por fin acabó con una vida absurda y repetida; y piensa que si el destino decide algo, el hombre no lo puede alterar. Pero esta vez se equivoca.
La noche retumba con un segundo disparo. El criminal cae fulminado. John Clon sonríe desde el suelo. No es pacifista como su padre; cuando pasea de noche lleva un chaleco antibalas y va armado.

sábado, 12 de julio de 2008

Sorbo

Natàlia Linares Castelló
Mi isla está rodeada por agua que de vez en cuando marronea, como si en ella destiñeran tierras rojizas.
No sé quienes fueron sus primeros habitantes, pero fueron ellos quienes nos dejaron costumbres que seguimos manteniendo, como recolectar semillas para que germinen y den nuevos frutos.
El agua del mar está contaminada y los habitantes nos hemos adaptado a ello. A algunos les ha provocado erupciones de piel, a otros incluso mutaciones físicas. A Juan, de pequeño le creció una especie de papada que le hacía parecerse a un sapo grande. Los mayores dijeron que era por el agua que había tragado cuando un día tuvo un percance cerca del mar. Por eso no frecuentamos las playas. Ni siquiera las contemplamos de lejos, pues la brisa también perjudica la piel y los ojos.
Hay un puente de madera, que con los años se está desmoronando. Por allí se accede de la parte este, donde estamos, a la oeste, adonde vamos a buscar Sorbo.

Siempre, cada semana, los más fuertes van a buscar un bidón. Los demás esperamos ansiosos su regreso. Bebemos Sorbo hasta reventar.
Es dulzón y de color rojo. Nos da energía y buen humor.
Somos cinco supervivientes. En la isla la gente ha ido muriéndose. No recuerdo cuándo empezó todo.
Sergio, el más mayor, recuerda algo así como una epidemia, una enfermedad, pero no sabemos más.
Pasamos el día recogiendo piedras y amontonándolas a un lado de la choza. Sergio dice que se ha de construir un muro de piedras para protegernos de los vientos. También trenzamos tiras de cocotero para tener cuerdas, y hablamos. Hablamos mucho. De todo lo que se nos pasa por la cabeza. Sergio dice que los humanos siempre han hablado, y que tenemos que seguir las tradiciones. A veces pienso: «¿Cómo era antes la vida? ¿Cómo he venido a para aquí? ¿Dónde estaba yo antes?» Y no tengo respuestas. Pero me gusta pasar ratos hablando y haciéndome esas preguntas.
La semana pasada me tocó a mí ir a por Sorbo. Era mi primera vez. Se ha de tener un determinado peso y una determinada talla para poder cargar con el bidón. Y ahora, yo ya los tengo.
Lo que vi, no me gustó. Lo que vi, cambia toda idea anterior. Soy otra distinta. Conocí el secreto de la isla, de ellos, de nosotros. Es como si hubiera crecido de golpe. Ya no me gusta el color rojo del Sorbo, ni su sabor, que antes me parecia dulzón. Pero, como los demás, siguiré bebiendo para sobrevivir.
Aquel día Juan me miró y sus ojos penetraron como agujas en los míos, sellándome la boca ante Rosa y Eva, los pequeños. Y callé, y callaré hasta el día de mi muerte.

domingo, 6 de julio de 2008

El grito

Mónica Sabbatiello
La cantinela la empezó mi abuela paterna… que si el chillido que solté al nacer era una señal del infierno, que si sólo podría traer disgustos a la familia, que si era una descastada, que si una maldita. Y así fue. Pero antes me pasé un montón de años aguantando, los domingos sobre todo, esa miserable vida de mujeres con las manos sobre un desierto de harina. Tallarines para veinte. Cada domingo. Mi tío Eusebio desafinaba Luna mezzo mare mientras estrangulaba los pollos para hacer la salsa. Cada domingo. Sistemático. Mi madre obedecía a su suegra y masticaba lágrimas. Yo escondía un bollo de masa gris con manos sucias de niña rara. Ay, si le hubiera plantado cara. Si le hubiera gritado, “abuela, que soy normal”, quizás habría acabado su desprecio negro sobre mi pecho. Pero tuve miedo a la multitud de venganzas que me prometía su sangre napolitana.
Y pensar que mi libertad actual nace de aquel grito, de ese alarido que, según cuentan, se abrió paso entre las piernas de mi madre el día de mi nacimiento y tomó vuelo sobre el barrio, dando pie a toda clase de accidentes. Los pollos de mi tío huyeron en un escándalo de plumas, para no volver. El carnicero de la esquina se desmayó sobre el mostrador, su cara entre las masas musculares, y tardaron bastante en arrancharle los coágulos de la garganta.

Pero fue a Genaro Maldiccioni, mi padre, a quien el grito le trajo un merecido escarmiento. Herraba un alazán, en vez de estar en ese momento junto a mi madre, que estaba pariendo sobre la mesa de la cocina. El caballo, espantado por mi alarido, le calzó una coz en medio del pecho y le rompió varias costillas. Lo llevaron a la asistencia pública amarrado con sogas a la montura. Quedó paralítico y mudo, para siempre. Hasta entonces todos temían su carácter. Sobre todo su diestra enorme, la que en sus arranques de furia estampaba sobre la cara de cualquiera que se pusiera a su alcance.
Ante su nuevo estado casi vegetal, el mando de la familia lo asumió sangre de su sangre: mi abuela Roseta. Todos la obedecían. Incluso yo, pues a fuerza de palizas y castigos consiguió aplacar mi natural indómito. Repetía que a mis quince se libraría de mí. Y eso hizo. El día de mi cumpleaños invitó a Renato, un mecánico calabrés de cuarenta años, para que me cortejara.
Desde el patio lo vi. Estaba en el comedor. Con una copa de grapa en su mano de viejo, un traje arrugado que le quedaba estrecho, bigotazo y un perfil colgante, derrumbado sobre la papada. Mi abuela me obligó a entrar y él se me acercó para darme un beso. Lo esquivé, pero igual me llegó su olor a moho.
-¡Que linda sos!, me dijo, mientras intentaba otra vez besar mi mejilla. Me alejé de un brinco. Y vi entonces el brillo excesivo en sus ojos, sentí asco.
-¿Qué quiere usted de mi?, chillé. ¡Déjeme en paz!
-Nena –saltó la abuela-, andá ahora mismo mismo a la cocina.
Y ese día, sin más preámbulos, acordaron que nos casaríamos un mes más tarde. Me pasé toda la tarde encerrada en el galpón, al fondo de la quinta, sin ni siquiera poder llorar. Cargada de rabia.
Tras la boda me mudé a una casa modesta y con jardincillo. Y empecé una nueva vida con Renato. Aunque muy parecida a la anterior. Trabajaba en las dos casas, en la de mi abuela y en la mía. Por entonces mi mayor preocupación era evitar los embarazos. No soportaba la idea de bregar con una prole bruta como todos ellos. Él andaba por casa en calzoncillos y en chancletas, exponiendo su hinchado vientre y sus pies deformes. Sólo se vestía para ir de putas, a los piringundines del centro. Y esas noches yo me sentía feliz de librarme de su presencia, como cuando se iba a cazar o a jugar a las bochas. A más furcias, mejor; menos fogosidades que aguantar. Era tan desabrido y torpe, que lo único que yo deseaba era que acabase, lo que por fortuna siempre ocurría muy pronto. Él no concebía el juego. Se movía, pum y pam, un par de veces, y se quedaba dormido. Por eso, cuando me decía que se iba a una reunión de trabajo, yo cantaba un tangazo para mis adentros y con sonrisa contenida le lustraba los botines y le cepillaba el traje, le arreglaba el jopo y le atusaba el bigote.
En esa época aprovechaba mis noches solitarias para leer los libros que compraba casi siempre usados, cuando iba al centro, con el dinero que iba juntando, pesito a pesito, cada vez que salía a hacer los mandados. Mi mundo imaginario era mi consuelo: me gustaba escribir letras de tango y soñar despierta.
Así pasaron cinco años, hasta que en enero de 1920 me llegó el futuro. Una tarde de ese mes, mientras cerraba la puerta de la calle con llave, sentí un gritito en mi pecho. Y lo supe: era un buen augurio. Quizás porque me había visto en el espejo como nunca antes: ¡tan linda! Camino a la parada del tranvía, solté la voz, rugí, porque cada tanto me salía de tal forma una rara alegría. Aún sin motivos aparentes. Porque soy distinta, lo decía la abuela. Y ya está.
Bajé en la esquina de la casa de empeños y subastas Hermanos Arroyo. Quería saber si habían recibido una mesa que hacía mucho buscaba. Tenía que ser igual a aquella sobre la que nací en la cocina de la abuela Roseta, de madera y con tapa de mármol. Un antojo.
Apenas entré, vi a ese hombre como si fuera una luz entre los oscuros muebles de estilo, esos que rematan los ricos venidos a menos o los herederos mal avenidos. Fumaba en pipa y ojeaba libros viejos. Me gustó de inmediato. El sombrero lo exhibía con elegancia, no a la manera torcida de los malevos. Y era tan alto, de piel translúcida, con ese traje claro de verano. Como arrastrada por un imán caminé hacia él por entre las cómodas, con un instinto de gata.
Casi al llegar a su lado, descubrí la mesa, la que tanto deseaba. Grité de alegría y llamé a Don Cosme, el encargado. Entonces ese hombre se giró, como en cámara lenta. Y su mirada me clavó en el suelo. “Señorita, ¡qué voz! ¿Es usted cantante?”, casi susurró, mientras se acercaba. Su olor, mezclado con alguna colonia, me erizó. A través de mis pupilas adiviné la textura de su piel. La sangre trepó a mis mejillas y traté de silenciar el lío de mi pecho con una mano.
“¿Se siente mal?”, me preguntó. Y sin esperar respuesta, gritó: “Don Cosme, agua para esta señorita”. Y acercándose aún más, agregó: “¿O prefiere un café? ¿Una copa? Siéntese”, y me condujo de la cintura hacia un sillón. Un rojo sillón. Hundida en el muelle asiento, imaginé sábanas de hilo y una cama con dosel. Un fuego interno me fue distendiendo. Y no me costó nada decirle que se sentara a mi lado. “Voy a cerrar los ojos y descansar sobre su hombro”, le susurré, desfallecida.
Don Cosme trajo el agua y se alejó por el pasillo de las cómodas. Por suerte alguien lo había llamado. Nos quedamos solos. Él encerró mis manos entre las suyas. Y sentí un hervidero que nos llevaba a los dos. Sangre reconociéndose. Puro misterio. Nos besamos. Yo jadeaba, él temblaba. Y no lo dudé: busqué, abrí, liberé, me senté encima, lo besé, bailoteando. El mundo se detuvo y nos protegió. En la soledad del círculo de sofás nos mordíamos, rechinábamos, hervíamos, prolongábamos. Y el grito de mi nacimiento se abrió paso en mi memoria. Y me di cuenta que era mi aniversario. Ese día cumplía 20 años. Y con la llegada del sosiego vino el murmullo de nuestros nombres. Y la decisión.
A la mesa la hicimos enviar a su casa y la estrenamos esa noche con un largo aullido que llenó de inquietud a los vecinos de mi nuevo barrio. Ya se han acostumbrado, después de tantos años.