lunes, 30 de junio de 2008

Islas Maldivas

Vicente Aparicio
Siempre me gustó Andrea. Digamos que Mario se adelantó. Cuando me quise dar cuenta, ellos se habían besado, eran novios, marido y mujer. Pasaron los años, tuvieron tres hijos, éramos amigos.
Viajaban a alguna parte todos los veranos. Aquel mes de agosto nos vimos unos días antes de que dejaran Madrid. Hacía ya tiempo que iban sin los niños.
Cenamos en un restaurante caro, de los que a ellos les gustan. Andrea y Mario cumplen años en agosto. A ella le regalé unos pendientes. A él, un CD de The Rolling Stones.
Andrea ha envejecido mejor. Él se ha vuelto un hombre con corbata. Un ejecutivo, un ignorante con pasta. Son los dos buenas personas, no les quiero juzgar, bastante tengo con lo mío. Son mis amigos.
Los pendientes me gustaron a la primera. Eran unos pendientes sencillos, de plata, con una bolita de color rojo. Cuando Andrea se los puso, me pareció que estaba preciosa.
Pasé todo el mes preparando las clases, no me moví de Madrid. Desde que Ana no vive conmigo, no he vuelto a hacer vacaciones, vacaciones de verdad.
Desde que Ana se fue.
Al lado de casa hay una coctelería. Yo iba por las noches, aquel verano. Pedí un whisqui con hielo.
Andrea estaba allí.

Andrea estaba allí, al fondo, sentada en una butaca. Llevaba un vestido naranja. Y mis pendientes. con la bolita roja en el centro. Andrea en «mi» coctelería, sola, en Madrid.
¿No estaba Andrea de vacaciones?
- Hola, Andrea, ¿qué haces tú aquí?
- Yo no me llamo Andrea -contestó.
Como si no me conociera de nada.
¿Era Andrea o no era Andrea?
Dijo llamarse Lola. Hablamos mucho rato, de muchas cosas. Me pareció que estaba muy guapa. Fuimos a casa, nos abrazamos, bailamos. Hicimos el amor.
Como si nos conociéramos de siempre.
Tantas veces como le pregunté, dijo llamarse Lola. No me había visto nunca antes, su marido se llamaba Pablo, no tenían hijos. A la mañana siguiente se fue.
Sé que Andrea era Andrea.
Se dejó olvidados los pendientes en mi mesilla de noche.
Un sábado, en septiembre, fuimos a un restaurante los tres. Andrea llevaba un vestido azul celeste y unos pendientes grandes, de oro. Hablaron del viaje. Qué maravilla, las Islas Maldivas. Hablaron de aguas cristalinas, de un negocio en ciernes, de cómo han crecido los niños. Hablaron del vino.
Mario fue al lavabo.
- Te dejaste los pendientes- me atreví a insinuar.
Puso cara de no saber.
Estaba bonita, morena, ha envejecido bien.
Sonreía.
Quise seguir preguntando, pero no pregunté.
- Tenéis que enseñarme las fotos -pude decir.
No saqué del bolsillo los pendientes. No fui capaz.
Mario volvió a la mesa.
Divino, el CD. Los Rolling son los Rolling.
De vez en cuando quedamos los tres y cenamos. Andrea nunca lleva los pendientes de la bola roja. Ana vive ahora en Barcelona, con otro tipo. A Lola no la he vuelto a ver.

miércoles, 25 de junio de 2008

Els enfonsaments de la patata

Vicenç del Hoyo
L'Emma ha decidit cuinar una truita de patates. Posa una paella al foc. Hi aboca mitja ampolla d'oli i abaixa el foc. A sota de l'aigüera guarda una pila de diaris vells plegats per la meitat. Agafa un full d'un d'ells i els estén sobre el marbre. A sobre hi diposita tres patates terroses. Amb un ganivet curt i esmolat comença a pelar-les. Fa lliscar amb habilitat el ganivet per les parts més arrodonides de les patates tot evitant els petits però pronunciats enfonsaments irregulars que contenen. Ho deixa per al final, els traurà utilitzant la punta del ganivet. Les pells van caient sobre les notícies del diari. "Déu no existeix", diu el titular d'una notícia.

La pell que s'hi ha despenjat tapa, paradoxalment, el "no". L'Emma està concentrada en la patata i els seus enfonsaments. Són petits volcans que ha d'evitar l'esmolada fulla. El titular prové d'una entrevista amb un erudit cardenal. Afirma que s'ha passat quarant set anys fent recerca als arxius del Vaticà. "És el secret millor guardat per l'Església. Ni Jesucrist va ressuscitar ni la Mare de Déu va ser verge", continua explicant. Fragments de pell plouen sobre el diari. "El Papa és una víctima més de la pròpia organització eclesiàstica, que actua amb els mateixos mètodes que la Camorra. "Què en pensa de la incredulitat de milions de creients sobre tan conmovedores revelacions?", té temps de preguntar el periodista abans que li caigui a sobre una terrosa pell. "No saben res de res. Ho diu un membre ben informat de l'Església, és una veritat històrica. Déu no existeix, no ha existit mai". No té temps de dir res més. L'Emma recull totes les pells, les embolica amb el diari i el llença a la brossa. Ara comença a tallar les patates en fines làmines. Per tota la cuina s'escampa l'olor d'oli calent. Cal que s'afanyi si no vol que l'oli es cremi.

jueves, 19 de junio de 2008

Andar pegados

Maria Guilera
Llevaba un buen rato con aquel perro siguiéndole y se sintió algo ridículo cuando intentó sacárselo de encima.
Esperaba a que el semáforo le permitiera cruzar.
Vete, le dijo en un tono casi imperceptible. Y en seguida miró a los lados para comprobar si alguien le había escuchado.
Una mujer que llevaba un cochecito con un niño le miraba. Le pareció que con cierto desprecio.
El perro no es mío, se excusó.
La mujer no contestó nada. Verde. Por fin.
El animal seguía pegado a sus piernas. Intentó caminar más rápido, giró bruscamente, anduvo diez metros y luego se paró frente a un escaparate. Pensó que, si le ignoraba durante cinco minutos, el perro se cansaría de estar quieto y con suerte elegiría la compañía de cualquier otro. Pero no fue así.

Eran las cinco y media y Raquel 38, la chica del chat con la que había quedado en la cafetería del Hotel Emperador, salía de casa con el tiempo justo. Pero él no lo sabía y decidió coger un taxi.

No, lo siento. No puede subir con el perro. Y arrancó sin dar tiempo a explicaciones.
Lo ves, lo ves. Por tu culpa.
Entonces le pareció que el chucho bajaba los ojos con una cierta expresión culpable.
Es que he quedado dentro de quince minutos, hombre. Ya está bien de tanto, tanto…
De nuevo apretó el paso, casi corría. Voy a sudar, pensó. Voy a manchar la camisa.

Quién era Raquel, en realidad. Sabía que le gustaba el cine. Aficiones, cine, lectura, pasear y charlar.
Dos meses de conversaciones. Si eso eran conversaciones, que no estaba seguro. Parecía una persona alegre. Al final de las frases casi siempre escribia, ja ja ja.

Sonó su móvil en el bolsillo trasero. Le costó sacarlo de ahí, el pantalón era nuevo y demasiado ajustado. Mientras luchaba contra el tejido rígido del vaquero se le escapó el segundo taxi.
Mierda, mierda.
El perro le miró ahora como diciendo yo no tengo nada qué ver con esto, eh.
Cállate, le dijo.
Hola Alberto, qué hay. Pues ahora mismo no me va muy bien, he quedado.
Es que no sé, no sé a qué hora.
No quería contarle lo de su cita con Raquel 38.
Ya te llamaré en cuanto acabe. Perdona, tengo que colgar.

No estaba seguro de reconocerla. La había visto en una foto. Un grupo familiar en la playa.
Soy la de la gorra azul de visera, al lado de la barca.
La visera proyectaba una sombra sobre su cara y era imposible saber cómo era su nariz, su boca, mucho menos los ojos. El pelo le llegaba a los hombros. Más o menos.
La barca se llamaba Catalina Mía. Las letras negras se distinguían muy bien, pintadas sobre la madera con una caligrafía irregular.
Él no le había enviado ninguna fotografía a pesar de habérsela pedido. No sabía por qué.

Estaba un poco nervioso. Raquel 38 era una desconocida. Bueno, según cómo se mire. Son otras formas de relacionarse. Qué más da.
Si le gustaba, si se caían bien, podían salir otra vez. No quería hacer planes. Ya se vería.
Pensó que tenía treinta y ocho años. Casi cuarenta. Miró el reloj y le fastidió llegar tarde.

El Hotel Emperador estaba al otro lado de la calle. Miró al perro.
Te lo pido por favor.
La cabeza del animal se giró hacia el otro lado. Le pareció que disimulaba. O que se había ofendido.
Aprovechó la oportunidad para cruzar a pesar de que el semáforo estaba en rojo. Corrió esquivando con agilidad los coches hasta alcanzar la acera.
Comprobó con alivio que también había esquivado al perro.
En la puerta del Hotel un grupo de personas con las acreditaciones colgando del cuello recogían su equipaje y bloqueaban la entrada.

Escuchó un frenazo y el claxon de varios vehículos. Miró hacia la calzada y allí estaba, tendido entre un Renault Clío y el autobús.
Alzó la mano para detener a la motocicleta que se acercaba y corrió hacia él.

Eran las seis menos cuarto. Total, a lo mejor Raquel 38 se había cansado de esperar.

miércoles, 18 de junio de 2008

Radio Cristo Rompe las Cadenas

Rosana Román
Mientras espero que llegue mi taxi intento ordenar los argumentos que voy a utilizar si consigo que me reciba el ministro. He salido demasiado pronto de casa, buscando un poco de aire, y aunque el sol no está muy alto, tengo que refugiarme en la sombra de un mango para evitar que mi vestido quede empapado y yo, impresentable.
Total, qué más da, me digo, no sólo no me atenderá el ministro sino que tampoco lo hará la técnica encargada del tema, la habrán cambiado sin avisar y todavía no se habrá incorporado la nueva, por lo que nadie podrá darme una respuesta, con suerte me atenderá una secretaria que caminará con lentitud moviendo las caderas sobre sus tacones discretos y que cuando consiga encontrar la agenda se me acercará para darme una nueva fecha, la tercera ya este mes.
La bocina de un coche me devuelve a la realidad. Es Mauricio, el taxista, que como siempre llega a la hora, la única persona puntual con la que me he cruzado en el país. Con su carácter abierto y comunicador, ha conseguido ganarse mi confianza y, con ello, muchos de los viajes que realizo en Managua por motivos de trabajo.
Últimamente anda haciendo méritos para recuperar a su mujer, que está enfadada porque se pone ciego cuando tiene fiesta -eso sí, cuando trabaja no bebe-, y después ya no sabe regresar a su casa.

- Viera qué arrecha está mi esposa, le prometí que me voy a componer aunque no es fácil mire, porque cuando empiezas a tomar, se te olvida hasta el nombre y luego, ella que es bien brava, me deja tirado en la calle hasta que amanece. ¿Se imagina, pasar la “goma” tirado como si fuera un “huelepega” de los que viven junto al mercado?... Cuando le digo mirá Socorro, dejáme entrar o la armo, ¿sabe lo que me responde la grosera?: “Me vale verga, so baboso, que te dejas arrastrar por cualquiera”. Y mire, la verdad es que algo de razón tiene, pero no es para tratarme así, pues.

Mauricio ha prometido ir a la iglesia y sintoniza todo el día en la radio una emisora religiosa.

...¡A su nombre! ¡A su nombre! ¡A su nombre!... En los pobres se manifiestan síntomas de ansiedad, ¿por qué tú no crees que Dios te va cuidar?, ¿ porque tú no crees que Dios te va a ayudar?.... ¡A su nombre! , ¡a su nombre!, ¡a su nombre!....

No es muy mayor pero lo parece. El sol curte y, en su bigote, casi obligatorio a partir de los treinta, empieza a asomar alguna cana. Su mirada, que conozco sobre todo por el retrovisor, tiene ese brillo travieso del conquistador empedernido.
Conmigo no, conmigo es muy profesional, adulador pero lo justo para no resultar grosero. Por lo que me ha ido contando, sé que está enamorado de su mujer, Socorro. Fue capitana durante la revolución y se enamoró al verla con el uniforme militar, que según me contaba le quedaba de maravilla. De aquello han pasado muchos años aunque, por como me habla de ella, creo que todavía la admira.
A veces pienso que ni escucha la radio. Otras, cuando conduce callado, las menos, es como si la emisora -al contrario que a mí- le sosegara. Lo noto porque conduce más despacio y toca menos la bocina.
Aprovecho el trayecto para fijarme en estas calles interminables, llenas de árboles que estaban aquí antes que el pavimento. Casas sencillas, que no existían antes del 72 pero que se construyeron a toda prisa con materiales sencillos después del terremoto.
Llega hasta mí un aroma a naranja recién pelada. En la mitad longitudinal de la carretera, junto a los semáforos, todo tipo de vendedores ambulantes se juegan la vida toreando los coches de uno y otro lado. Venden frutas, agua helada, semillas de marañón, jocotes, trapos para limpiar, gafas de sol, limpiaparabrisas, golosinas, fundas de teléfono móvil y todo lo que se les ocurre. Porque eso sí, ellos no piden, tratan de mantener firme su dignidad, son vendedores ambulantes y tienen su trabajo. De vez en cuando, las noticias informan de que una ambulancia se ha llevado a alguno de ellos o de ellas al hospital, o al cementerio, a causa de un atropello por conducción temeraria, pero siguen ahí, no pueden hacer otra cosa. Quizás esa misma mañana alguien ha caído en el asfalto, pero yo no me estoy enterando, porque la radio continúa conectada a la conciencia de mi chófer.

... A la hora porque estás vivo, a la hora porque estás vivo, a la hora porque estás vivo... Quien descarga su ansiedad y lo hace con el que está al lado, lo echamos sobre alguien, lo echamos sobre lugar equivocado....!Échasela a Dios!, que tiene capacidad de recibirla, de soportarla, de cargarla, de aguantarla. ¡¡¡A su nombre!!!, ¡¡¡a su nombre!!!, ¡¡¡a su nombre!!!...

El locutor se comunica con énfasis, grita cada vez más, y Mauricio se seca el sudor de la frente y el cuello con un trapito, aprovechando un semáforo.
Debido a su trabajo, siempre sentado, es barrigón, pero en general tiene buena planta y cuida su indumentaria, clásica pero muy presentable. En otro trayecto me contó que había trabajado para un agregado de la embajada española, y eso se le nota en el porte, en la manera como me abre la puerta cuando me recoge e inclina levemente la cabeza para saludar.
Le pregunto por lo de la radio y me explica que es un pastor evangelista, en una emisora de Miami, Radio Cristo Rompe las Cadenas, muy escuchada en gran parte de América Latina.

....¿Tú no vales más que una cotorra? ¿Tú has visto un pájaro y cómo Dios lo provee? No le falta de nada. Por eso la persona, para tapar la ansiedad busca qué echarse a la boca....

Echo en falta las historias que me cuenta el hombre, hoy muy ensimismado, quizás porque es lunes y está muy reciente su última resaca. Escuchar al eufórico pastor que le gana en verborrea, parece ser su penitencia.
La mía, es el calor. Es el precio que pago por mi soberbia, por creerme que puedo cambiar algo en este bendito país y dejarme la piel en el intento. Por seguir despacho tras despacho, en medio de una procesión burocrática, buscando algo que refuerce mi convicción de que hay que mantener a raya el desánimo.

.... Tú, su hijo, lavado con su sangre... Dice la Biblia: pedid y se os dará. ¿Por qué tanta preocupación? Si hemos llegado hasta aquí es porque Dios ha querido, no estamos aquí en vano.

Pago y me bajo del taxi porque ya he llegado a mi destino, y me voy pensando que sí, que yo también estoy aquí por algo, ya que no creo estar en vano y por poco que pueda seguiré intentando convencerles de que lo que este país necesita es una segunda revolución, la revolución interna.

Pienso en Socorro, la esposa del taxista y recupero la sonrisa. Imagino su cabello recogido, por donde se escapa ya alguna cana, sus manos en las caderas, su genio. Y la veo acostada en su cama matrimonial, bien ancha, mientras Mauricio desde la calle promete que es la última vez. La descubro rompiendo las cadenas a las que se ató su madre y me llena de satisfacción, como un soplo de aire fresco en la sofocante mañana.

miércoles, 4 de junio de 2008

A la mierda

Marc Ballester
-¡A la mierda! –gritó el señor Juan Luís Gómez Angulo después de más de treinta años de pasar sus mañanas tras la vitrina.
-Perdón, ¿cómo dice? –replicó la incrédula y dura de oído señora Josefa, la charcutera sorda del barrio, que como cada mañana acudía puntualmente a la oficina del Banco Hispano Mayoral en busca de cambio para su clientela.
-Me ha oído bien, vieja estúpida: A la mierda –contestó a bocajarro.

Dicho esto, el señor Juan Luís Gómez Angulo se aflojó el nudo de la corbata y desabotonó el cuello de la camisa. Respiró profundamente y gritó de nuevo algo así como que esa oficina estaba repleta de señoritingos y que apestaba a cobarde. Sus compañeros lo miraron desencajados susurrándole frases de advertencia, a lo que el señor Juan Luís Gómez, respondió:
-¡Más fuerte! ¡Que no se os oye, coño!
Tiró con rabia del teclado y lo dejó caer al suelo. Detrás volaron también la grapadora, el cubilete con los clips, el subrayador fosforescente amarillo y, por último, la pluma obsequio de la empresa por los veinticinco años de trabajo prestado. De pronto le sobrevino una risa tonta y empujó los expedientes uno tras otro al suelo, desperdigando y mezclando papeles de calca, fotocopias, firmas autorizadas y listados de morosos.
La puerta del director de la sucursal se entreabrió, al señor Juan Luís Gómez se le secó la risa. Del despacho surgió, victorioso como siempre, Jeremías acompañado de un matrimonio que cándidamente acababa de hipotecar su vida al mejor postor.
Al señor Juan Luís le aparecieron, sin saber cómo, gotas de sudor por la frente y las mejillas. La cosa fue a peor cuando Don Jeremías acompañó sonriente a la pareja y se paró a despedirlos en la puerta. Mientras se estrechaban las manos, miraba de reojo a Juan Luís. Esta vez el sudor apareció por cuello, espalda y manos.
-Para lo que haga falta –dijo Don Jeremías Poza con un gesto comercial estudiado, entre vendedor y amigo fiel.
Juanito, que así es como llamaban todos a Juan Luís, desapareció tras el mostrador al agacharse para recoger el teclado, la grapadora, la pluma, el rotulador y los expedientes. Aprovechó también para ajustarse la corbata y tomar aire.
-Juanitooo... -dijo con sorna y musiquilla Don Jeremías Poza- ¿dónde estaaaás?
Juan Luis se alzó y compuso una media sonrisa desde su silla giratoria.
-¿Si, Don Jeremías?
-Me pareció oír ruidos
-Nada, no ha sido nada. Uno, que es muy torpe...
-Bien, bien. De acuerdo. Abróchese la camisa, da mala imagen –ordenó Don Jeremías Poza y Espinosa.
-Cómo no, Don Jeremías, tiene usted razón –dijo mientras obedecía.
-Ahora está mejor – sentenció Don Jeremías Poza y Espinosa, sobrino de uno de los principales accionistas del banco.
-En billetes pequeños, rápido que tengo prisa –dijo la señora dura de oído que continuaba impertérrita plantada frente a la ventanilla.
-Como siempre, señora –respondió Juan-; como siempre...