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Mostrando entradas de junio, 2008

Islas Maldivas (VA)

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Vicente AparicioSiempre me gustó Andrea. Digamos que Mario se adelantó. Cuando me quise dar cuenta, ellos se habían besado, eran novios, marido y mujer. Pasaron los años, tuvieron tres hijos, éramos amigos.
Viajaban a alguna parte todos los veranos. Aquel mes de agosto nos vimos unos días antes de que dejaran Madrid. Hacía ya tiempo que iban sin los niños.
Cenamos en un restaurante caro, de los que a ellos les gustan. Andrea y Mario cumplen años en agosto. A ella le regalé unos pendientes. A él, un CD de The Rolling Stones.
Andrea ha envejecido mejor. Él se ha vuelto un hombre con corbata. Un ejecutivo, un ignorante con pasta. Son los dos buenas personas, no les quiero juzgar, bastante tengo con lo mío. Son mis amigos.
Los pendientes me gustaron a la primera. Eran unos pendientes sencillos, de plata, con una bolita de color rojo. Cuando Andrea se los puso, me pareció que estaba preciosa.
Pasé todo el mes preparando las clases, no me moví de Madrid. Desde que Ana no vive conmigo, no he…

Els enfonsaments de la patata (VH)

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Vicenç del Hoyo
L'Emma ha decidit cuinar una truita de patates. Posa una paella al foc. Hi aboca mitja ampolla d'oli i abaixa el foc. A sota de l'aigüera guarda una pila de diaris vells plegats per la meitat. Agafa un full d'un d'ells i els estén sobre el marbre. A sobre hi diposita tres patates terroses. Amb un ganivet curt i esmolat comença a pelar-les. Fa lliscar amb habilitat el ganivet per les parts més arrodonides de les patates tot evitant els petits però pronunciats enfonsaments irregulars que contenen. Ho deixa per al final, els traurà utilitzant la punta del ganivet. Les pells van caient sobre les notícies del diari. "Déu no existeix", diu el titular d'una notícia.

La pell que s'hi ha despenjat tapa, paradoxalment, el "no". L'Emma està concentrada en la patata i els seus enfonsaments. Són petits volcans que ha d'evitar l'esmolada fulla. El titular prové d'una entrevista amb un erudit cardenal. Afirma que s'ha…

Andar pegados (MG)

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Maria Guilera
Llevaba un buen rato con aquel perro siguiéndole y se sintió algo ridículo cuando intentó sacárselo de encima.
Esperaba a que el semáforo le permitiera cruzar.
Vete, le dijo en un tono casi imperceptible. Y en seguida miró a los lados para comprobar si alguien le había escuchado.
Una mujer que llevaba un cochecito con un niño le miraba. Le pareció que con cierto desprecio.
El perro no es mío, se excusó.
La mujer no contestó nada. Verde. Por fin.
El animal seguía pegado a sus piernas. Intentó caminar más rápido, giró bruscamente, anduvo diez metros y luego se paró frente a un escaparate. Pensó que, si le ignoraba durante cinco minutos, el perro se cansaría de estar quieto y con suerte elegiría la compañía de cualquier otro. Pero no fue así.

Eran las cinco y media y Raquel 38, la chica del chat con la que había quedado en la cafetería del Hotel Emperador, salía de casa con el tiempo justo. Pero él no lo sabía y decidió coger un taxi.

No, lo siento. No puede subir con el pe…

Radio Cristo Rompe las Cadenas (RR)

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Rosana Román
Mientras espero que llegue mi taxi intento ordenar los argumentos que voy a utilizar si consigo que me reciba el ministro. He salido demasiado pronto de casa, buscando un poco de aire, y aunque el sol no está muy alto, tengo que refugiarme en la sombra de un mango para evitar que mi vestido quede empapado y yo, impresentable.
Total, qué más da, me digo, no sólo no me atenderá el ministro sino que tampoco lo hará la técnica encargada del tema, la habrán cambiado sin avisar y todavía no se habrá incorporado la nueva, por lo que nadie podrá darme una respuesta, con suerte me atenderá una secretaria que caminará con lentitud moviendo las caderas sobre sus tacones discretos y que cuando consiga encontrar la agenda se me acercará para darme una nueva fecha, la tercera ya este mes.
La bocina de un coche me devuelve a la realidad. Es Mauricio, el taxista, que como siempre llega a la hora, la única persona puntual con la que me he cruzado en el país. Con su carácter abierto y comu…

A la mierda (MB)

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Marc Ballester
-¡A la mierda! –gritó el señor Juan Luís Gómez Angulo después de más de treinta años de pasar sus mañanas tras la vitrina.
-Perdón, ¿cómo dice? –replicó la incrédula y dura de oído señora Josefa, la charcutera sorda del barrio, que como cada mañana acudía puntualmente a la oficina del Banco Hispano Mayoral en busca de cambio para su clientela.
-Me ha oído bien, vieja estúpida: A la mierda –contestó a bocajarro.

Dicho esto, el señor Juan Luís Gómez Angulo se aflojó el nudo de la corbata y desabotonó el cuello de la camisa. Respiró profundamente y gritó de nuevo algo así como que esa oficina estaba repleta de señoritingos y que apestaba a cobarde. Sus compañeros lo miraron desencajados susurrándole frases de advertencia, a lo que el señor Juan Luís Gómez, respondió:
-¡Más fuerte! ¡Que no se os oye, coño!
Tiró con rabia del teclado y lo dejó caer al suelo. Detrás volaron también la grapadora, el cubilete con los clips, el subrayador fosforescente amarillo y, por último, la pl…