sábado, 3 de mayo de 2008

Una isla

Maria Guilera
Aimada es muy pequeña. Apenas un quilómetro de largo por menos de setenta metros de anchura. Y ni siquiera está en el mar, que es lo que todo el mundo piensa cuando le hablan de una isla. Pero está rodeada de agua por todas partes, aunque sea la del Ebro.

Jaume me llevó a Aimada a primeros de agosto sin decirme a dónde íbamos. Dejamos el coche en el camino y caminamos entre hierbajos, con dificultad, porque los pies se hundían en el suelo embarrado.

Al llegar a la orilla vi el artilugio que nos acercaría a la isla. Una plataforma sobre la que nos montamos los dos y que cruzó el agua oscura deslizándose gracias a la soga.

Tú habías estado alguna vez en una isla desierta, me preguntó.

Andamos entre los naranjos hasta llegar a la casita.
Mira, el maset. El agua la sacaremos de un pozo. No hay luz elécrica. Como Robinsones, qué te parece.
No me parecía bien ni mal. Supuse que no necesitaríamos luz y llevábamos unas cervezas en la nevera portátil.
Jaume me parecía mayor, le hacía unos veinte años. Así que confiaba en su experiencia para sobrevivir. Tampoco creí que hubiera para tanto.
Estábamos a dos horas de casa.

Es la herencia de mi padrino, dijo. Tiene gracia, no. Una isla.
Ya se ha muerto tu padrino, le pregunté.
Era muy mayor.
Qué es para ti muy mayor, Jaume.
Pues no sé, como mi abuelo o más.
Hay abuelos que no son mayores. El mío te ganaría seguro en una carrera de bicis.
Puede, pero yo voy a toda leche, te lo advierto.
Llegaría antes mi abuelo. Y luego se comería una paella. De cuatro raciones.

Jaume se levantó y yo me quedé sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared del masset. Me pareció que el tema de los abuelos nos había distanciado un poco.

Quieres una cerveza, nena.
Le dije que sí, aunque en realidad no tenía sed, pero por hacer algo.

Se volvió a sentar a mi lado y me puso la mano en el muslo, justo donde ya no tapaba el pantalón corto.
Estuvimos un rato mirando hacia el agua y bebiendo de la botella.

Aquí pescamos con mi hermano un siluro de dos metros, me dijo.
No sé qué es un sirulo.
Jaume me miró como si yo fuera una imbécil y retiró la mano.
Pues un pez, tía, qué va a ser.

Me enseñas la isla, le dije. Tenía la sensación de que estaba fallando algo.
Pues ya está vista, guapa. Es lo que hay.

Me puse de pie y empecé a caminar hasta llegar a un extremo y luego dí la vuelta para llegar al otro. Cuando pasé por delante del masset vi que Jaume estaba dentro, encendiendo y apagando una linterna muy grande. Él también me vio, pero no dijo nada.

La cerveza me había sentado mal, tenía un nudo en el estómago, igual que cuando me sacaban de clase y no sabía por qué, igual que cuando mi padre me miraba y decía parece mentira. A tu edad, parece mentira.

Jaume me había dicho el domingo que me iba a dar una sorpresa. Que nos lo pasaríamos de miedo, que yo le gustaba mucho y que no a todas las chicas las llevaba a dónde me llevaría a mí.

Lo de la isla tenía gracia, pero tampoco era para dar saltos. Pero bueno, yo creía que íbamos a enrollarnos, qué más daba el sitio.

Fui andando hasta la casita otra vez. Entré y le cogí por la cintura.
Tú eres un poco puta, no.
Pero qué dices, tío.
Me empujo hacia la puerta con una cara como de asco.

Caminamos hacia la plataforma y Jaume montó de un salto. Empezó a tirar de la soga apretando los dientes.
Nos dejamos la nevera, le dije.
No entendí bien lo que me contestaba.
Las cervezas, insistí.
Que no sabes lo que es un siluro, murmuraba. Imbécil, pues era de dos metros. Ya me gustaría ver a tu abuelo tirando del sedal. O más de dos metros. Un siluro de campeonato.

13 comentarios:

  1. ...la próxima vegada, la protagonista, ja no anirà a aquesta illa, com a mínim, acompanyada del Jaume. Pot ser, anirà a pescar sirulos....

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  2. Este cuento es MUY bueno. Felicidades.

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  3. me gustó el cuento, y la foto :)

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  4. Islas adolescentes aun por cultivar, en estado puro, precioso.

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  5. Qué tierno y qué triste... y qué pena que los protagonistas no supieran hacerse felices el uno al otro...

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  6. María, ¡qué bien reflejada esa edad, las dificultades que la confunden, los primeros intentos amorosos, las decepciones, las expectativas desproporcionadas, la dificultad de entendimiento entre los sexos - quizás más que nunca en esa etapa, cuando hay percepciones tan distintas-. Y más aún, la tontería de la moralina de Jaume, y esas ganas de probar de la protagonista (habitualmente se piensa que son los chicos los que tienen un potente regimiento incontrolable de hormonas en marcha, ja, porque no conocen los secretos de las niñas).
    Me gustan los personajes, siento esa mano tibia sobre la piel y maldigo al maldito siluro, vaya a saber qué es eso. Y maldigo ese desliz de elogiar al abuelo,sobreponerlo al Jaume, aunque acaso ha sido lo mejor, éste chico no está a la altura de ese encuentro de pieles, sudores, alientos. Puede ser lo mejor volver masticando hueso, que masticando lágrimas a causa de las torpezas de un inexperto algo tontorrón.
    ¡Qué cuento más fresco y veraniego, sin extremos, sin tenebrosas oscuridades, con luz de isla, con apenas unas huellas de leve drama, que dejará en la mujer ya madura una estela apenas de espumas, una carcajada en el tiempo sin cicatrices dolorosas, seguramente.
    ¡¡¡Felicidades!!!

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  7. Hola Maria, me ha gustado. Creo que cuando dos personas están en galaxias diferentes es difícil compartir emociones i sensibilidades. En este caso, no hay islas ni peces que valgan. el relato es muy bonito. Saludos

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  8. es buenísimo!! de verdad q sí!! directo, sencillo, sin grandes artilugios ni subterfugios. mola.

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  9. Me ha gustado la historia. La moraleja es una demostración más de que los hombres no nos enteramos de la mayoría de películas.

    El delta del Ebro me trae muy buenos recuerdos que se activan con lecturas como esta.

    Mis respetos escritora.

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  10. Simple y complejo.
    Primitivo y sutil.
    Infancia y madurez.
    Orgullo y Decepción.
    Conceptos antagónicos masculinos y femeninos,que nos condenarían a caminar solos, pero que gracias a la paciencia, comprensión e inteligencia femenina podemos ir juntos y cogidos de la mano.

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  11. Che, Pues bién no acabo d'entendé. Para mi resulta que el sirulo o siluro tiene forma de pene, por lo consiguiente debería estar en el subconsciente de Maria y no en el del tal Jaume, que por otro lado sí que mantiene el subconsciente ocupado en la líbido vivencial, expresándolo con la palabra "puta".
    De todas formas la isla representa el consciente regresivo de los personajes pero como es pequeña es obvio que no da para más. La envoltura húmeda de la isla es el seno materno y las cercvezas olvidadas el deseo de regresar a la infancia. Por tanto cuando se hunden los pies enfangados se quiere recordar que a Maria en la infancia le apretaban zapatos. Bueno Chao. La próxima sesion búsquense una isla más grande que el Ebro no da para más.

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  12. En el espacio se mezclan las carencias, las insatisfaciones, las pasiones alocadas de la adolescencia. No iremos más a la isla.....

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  13. desmostres una gran habilitat en escriure. Crees espextatives i ens tens penjats d'un fil...

    El fet de no resoldre la història com un espera,li dóna més força i eficàcia: FELICITAAAAAATS!!

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