viernes, 23 de mayo de 2008

El experimento

Mónica Sabbatiello
Acepté porque lo pagaban bien, despertaba mi curiosidad y parecía inocuo. Pensaba que lo peor serían las extracciones de sangre y las largas entrevistas. En cambio, la experimentación en sí se perfilaba como una curiosa aventura, en una isla que me traía buenos recuerdos de una acampada en mi adolescencia. Se trata de un territorio salvaje, ideal para un confinamiento sin interferencias, condición necesaria para comprobar la tesis científica.
En días claros se ve su lomo prehistórico desde la costa de Vigo. En ella campean la soledad y los temporales. Sus pobladores la fueron abandonando a su suerte. Tiene pocas presencias: los esqueletos de las casitas azules de los pescadores; los hierros retorcidos y oxidados de un carguero encallado. Gaviotas, cormoranes y araos. Las dulces playas. Y los severos acantilados. Sólo dos edificios quedan en pie: la cofradía de pescadores, en donde nos alojaríamos, y el faro automatizado, ambos de granito.
La navegación fue tranquila, era verano. La otra voluntaria -sólo dos fuimos seleccionadas-, se veía bella, pequeña y desolada, como la isla. Físicamente podremos parecernos, pero nada más, esa fue mi primera impresión al verla asomada a las olas, en popa, con la cara manchada de salitre. Desembarcamos en el muelle blanqueado por el concienzudo trabajo del agua. Y caminamos en silencio hasta la cofradía desangelada. Aunque encendiéramos las velas y la chimenea, eso no tendría remedio.
Ella –su nombre es Marina- , preguntó por su habitación y desapareció. No la volví a ver hasta la hora de la cena. Arnoldo, el coordinador de la experiencia, desplegó baterías y computadoras, se sentó en el porche y sumergió su mirada miope en un tumulto de carpetas.
Ante tal perspectiva, volví andando hasta el muelle. El atardecer, con su despliegue de artificios, se llevó un oscuro presagio hasta al fondo del mar.

La soledad me reconfortó.
Regresé pasadas las nueve. La mujer, en un extremo de la mesa, me dirigió una mirada inexpresiva. Arnoldo, tras desplegar alimentos y una vajilla de plástico, se fue a un rincón con su computadora y un bocadillo. Ella escogió una manzana y se acercó un candelabro para iluminar el libro que leía. Se acentuó la humedad y el silencio.
Abrí una lata de moluscos y corté limones para aderezarlos. Cuando me harté de viscosidades y de descifrar las cicatrices de la mesa, me arrellané en el único sillón. El murmullo del mar me consoló de tanto aislamiento, hasta que la voz chillona de Arnoldo me arrancó del ensueño. “Es la hora de las inyecciones”. Tenía todo preparado junto a un farol de petróleo. Marina se aproximó silenciosa, se levantó la falda y el halo de luz transformó su vestimenta en andrajos lascivos. Espié los ojos del hombre y los comprobé inmutables. No sé por qué, pero sentí alivio.
Me bajé los vaqueros y me pinchó. Sin mediar palabra, me retiré a mi cuarto, mejor dicho, al de Marina. Antes de cerrar la puerta, la vi entrar a mi habitación. Su mirada esquiva me golpeó. Como un presentimiento. La noche se mostraba inhóspita. En pocas horas debía cabalgar su psiquis –la inyección contenía algo así como la esencia de su ego- y preferí evitar suposiciones.
Los rastros de la mujer eran insípidos. Ni siquiera despertaban mi curiosidad. Ropa indefinida en orden. Una crema Nivea en el baño. Un cepillo de dientes sin estrenar en su funda de celofán. Pantuflas junto a la cama. Y ese raquítico pijama a rayas sobre la cómoda. Añoré el mío de seda que junto a un chocolate le había dejado sobre mi almohada.
No recuerdo si tuve sueños ni cómo me desperté, sí que me vestí con una prenda de lino oscuro, en la que me sentí muy cómoda. Pensaba que el experimento ni siquiera había comenzado, que faltaban inyecciones, o alguna otra cosa. Me latía una vena en la frente, estaba atontada y no recordaba los ítems que debía seguir. “Bah, en un par de días vuelvo a casa y a cobrar los treinta mil euros”.
Encontré a Arnoldo en la cocina. Me dijo “Buen día, Marina” y me informó que la otra mujer se había marchado a recorrer la isla. “Tú puedes hacer los mismo. Y no te olvides de registrar todo lo que pienses en este grabador”.
Desayuné sin convicción y salí hacia los acantilados, casi volando con las alas que me donaba un viento que, a ráfagas, aullaba como un salvaje. Encontré refugio entre dos montículos de piedra y me instalé en un colchón de musgo. Me sedujo la masa extrema en movimiento, esa gran boca de mar.
Pasó un tiempo sin medida.
Hasta que un susurro desde el fondo de mi mente se abrió paso y me recordó que formaba parte de un experimento.
«Ah sí, he de grabar los pensamientos”. Pero no me surgía nada. Purito silencio. Sólo oía un zumbido.
“¿Qué es esto? ¿Estoy en trance?”, y esas mismas preguntas pusieron en marcha el mecanismo, el run run de siempre, dando paso a los gastados y ardientes combates. Uno a uno fui rechazando los demonios y ángeles ávidos de retenerme, los proyectos vacuos e innecesarios, la vanidad de este mundo. Y grabé en el aparatito mis ganas de volar y la alegría que me procuraba esa idea.
La llamada del mar era insoportable.
Abrí los brazos en cruz.
Y salté.
Unos mariscadores que faenaban en una lancha a motor, me vieron planear y me sacaron del océano.
Desperté en el hospital, unos días más tarde. Allí estaba Arnoldo, portador de las disculpas de todo el equipo científico y de la promesa de una jugosa compensación. El experimento, a pesar de todo, había sido un éxito, dijo.
Gracias al GPS instalado en el grabador, pudieron localizarlo con mis pensamientos, o mejor dicho los pensamientos de ella. De Marina.
En eso consistía todo: en comprobar que ese intercambio de raciocinios era posible. Y por lo tanto, que la persona es una incógnita más allá de la mente. Cada una de nosotras había vivido con la psiquis de la otra por unas horas. Y el registro de nuestros desvaríos, en esa isla enfermiza, les bastaba.
Antes de irse, Arnoldo me dijo que Marina había permanecido en el hospital, frente a la puerta de mi habitación, día y noche, durante las dos semanas que estuve inconsciente.
“Hazla pasar, inmediatamente”, me sulfuré.

Casi no la reconocí: estaba tan débil, ojerosa y demacrada. “Cuánto lo siento”, me repitió cien veces, deshecha en lágrimas. Conseguí tranquilizar su conciencia inquieta explicándole que para mí, el saldo de esa experiencia era positivo, que aprendí mucho en poco tiempo. Y que la fractura en un dedo era nada, comparado con el vuelo sin motor. Incluso la hice reír, a costa de burlarme del susto que Arnoldo llevaba marcado en su cara.
Reconoció que tenía programada su muerte, aunque para el otoño. Antes quería saldar unas deudas. Por eso aceptó participar en el experimento, sólo por el dinero. Y se disculpaba: “No fui capaz de prever que mis pensamientos te pudiesen llevar tan lejos”.
La tranquilicé: “El culpable ha sido el viento, ya sabes que enloquece a las personas sensibles”, y para aliviar la tensión la conminé a abrir la caja de dulces que apretujaba entre las manos.
Mientras compartimos los pastelitos, la habitación se fue tiñendo de rosa. La brisa movió cortinas y disolvió el sopor, trayendo el aroma de tilas del jardín. Me empezó a contar su experiencia en la isla.
“Fue insólito, bestial, enérgico”, enfatizó, eligiendo las palabras.
Dijo que descubrió una especie de éxtasis en los actos mínimos. En el crujir de una tostada entre sus dientes. En jugar a las escondidas entre los helechos con un perro vagabundo. En dejarse revolcar por esas olas frías y castigadoras del Atlántico.
Venía todas las tardes y yo la recibía con regocijo. Me gustaba oírla. Y que me escuchara, siempre atenta.
Me aseguró que pasar un día con mis pensamientos fue para ella el mayor refresco. “En vez de tomar mi línea gastada, el carrusel de siempre, me subí a tu mente sensual y allegada a las cosas, y eso me proporcionó buen humor y una nueva perspectiva”.
Era fantástico su cambio. Se la veía relajada con brillitos saltarines en sus ojos, como tesoros ascendidos desde el fondo del mar. Hasta su estilo formal había cambiado. Usaba ropa ceñida, hasta diría que sexy, en vez de esos bolsones desabridos que traía cuando la conocí. Y gesticulaba con vehemencia para hablar con un lenguaje vivaz y colorido.
Yo también estaba cambiando. Mi físico se desdibujaba, me veía borrosa. Una pintura abstracta.
Y cada día más cizañada por las dudas que me apremiaban.
-Siento, le contaba, que no soy más que humo.
-¿Por qué dices eso?
-Porque nada de lo que pueda percibir puedo ser yo.
-¿No?
- No. No soy lo que pienso ni lo que siento. Aunque sea muy vívido y construya mi mundo. Es como un sueño largo del que quiero despertar.
-Entonces, ¿qué eres?
-Acaso una especie de percibidor inasible, que me hace sentir que soy en este cuerpo y esta mente. Pero de ser algo, soy más allá.
Ella me alentaba a continuar, siempre dispuesta a escucharme. A usar todo mi potencial para descubrir lo que buscaba. Pero no lo conseguía. Y me desesperaba.
Cuando me dieron el alta, vino a despedirse. Se iba a Canadá.
Me dijo algo que yo deseaba oír: “He despachado mis planes suicidas, los he cambiado por la vida”.
Lloramos abrazadas, como hermanas.

Con la llegada del otoño y de las nieblas, empecé a revivir mi experiencia en el acantilado, aquel postrer momento antes del salto. Cuando desde el fondo de mi alma clamó la desesperación: “Tiene que haber algo. Algo más que el run run”.
Pero no encontré nada.
Y luego el vuelo me desenhebró. Estranguló a mi mente.
Y mientras planeaba percibí un punto sutil. Extremadamente sutil. Sin asideros. Casi insoportable. Puro poder. Más allá de cero.
No conozco nada de esferas celestes. Y jamás coqueteé con la muerte.
Pero ese hálito firme como una roca y más fino que el aire, me ha seguido hasta hoy, un mes después de salir del hospital. Ha de estar más allá de los límites del encefalograma plano, por eso alquilé una lancha, para volver a la isla.

12 comentarios:

  1. Al principio no reconocía tu escritura (tú también has hecho un experimento).
    Después, intrigada por la historia, ya no me importaba cómo estaba escrita.
    Al cabo de un rato has aparecido, con una carga tan profunda que he detenido la lectura para respirar.
    Me gusta. Especialmente ese final que llega paso a paso y confirma las espectativas. Ese final rotundo y sin alternativa.
    Ya tenemos tu isla, Mónica.
    Gracias, gracias , gracias.

    ResponderEliminar
  2. Mónica, amiga karcómica. El Proyecto Isla Desierta ha echado a andar. Estamos "on the road" y contamos contigo, manita. A la mierda las distancias.

    Vicente

    ResponderEliminar
  3. Genial amiga, qué increiblemente explicada la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Qué original. Como decía Silvia, éste a la carpeta, ya sabes.

    ResponderEliminar
  4. Es domingo, mediodía, después de un sábado de "gripa" desaparecida en la fiebre. Desayuno, enciendo la laptop y me encuentro estos comentarios, Dios Mío, tan preciosos... cuando sólo podía pensar ayer, entre sopores, qué desastre de cuento, tan indigesto, pensaba como una obsesión, les va a espantar... y ... les gusta... no se imaginan cuánto me alegra.
    Ojalá aparezca Vicenç con su rastro por aquí...
    MONICA

    ResponderEliminar
  5. Ya sé que empacharse de cualquier cosa es malo, incluso de halagos. Però la verdad, ese cuento me gusta. Hay trama, hay historia, y no es trivial; está cargada de significados. Me recuerda un montón autores como Stevenson, o Lovecraft o incluso Poe. Yo creo que es por esa neblina húmeda de la costa gallega. El tema de la dualidad, de la pérdida del yo, de no tocar el suelo es un tema siempre intrigante. Te felicito. Eres un cóctel literario muy especial.

    Vicenç, el desaparegut.

    ResponderEliminar
  6. Y ahora, me dejaron como un flan.
    Mónica

    ResponderEliminar
  7. Apreciada Monica,
    felicitarte, por tu experimento, me gusta, y especialmente como describes las sensaciones que experimenta la protagonista en el momento del salto. Me la imagino, noto su mente parada y poseida de un ruido constante ru-ru-ru. (es muy real)
    Saludos - puigmal2008

    ResponderEliminar
  8. :) textos de los que enganchan!! un buen regalo para el lector ¡¡gracias!!

    ResponderEliminar
  9. lola, sólo lola28 de mayo de 2008, 3:26

    Impresionante,lo he leido 4 veces, descifrando cada párrafo, que bien describes los pensamientos con palabras. Qué difícil es condensar las ideas, los sentimientos,el sentido de la vida,el deseo de la muerte,ursurpar la mente de otro, trasmitir valores, contagiarte de algo no sentido o superado y aún así y todo, tratar de investigar que hay en ese instante de abandono material,un vuelo al infinito? un vuelo final? o una Marina que quieres castigar porque te robó la esencia?
    Quiero que me pongan una inyección y que me pases unos cuantos virus de tus aptitudes literarias.
    Un interminable aplauso, maestra.

    ResponderEliminar
  10. Que temores, que temblores, que cambio de punto de vista... Me encanta, me hipnotiza... Sci-Fi y angustia vital.
    Desde las tripitas de Cortazar me mecen Bioy Casares (y su invención de Morel) y David Lynch... Que cosa mas sugerente, che!!. Y ahora me tengo que poner a pensar... Maldita sea

    Muy bueno!, muy bueno!...

    ResponderEliminar
  11. Me he tomado mi tiempo para leerlo :) Desde el comienzo caí en la red, en el juego de ese experimento tan original. Me gustó el monólogo interior del personaje, las imágenes, ese salto al vacío del mar.

    Muy interesante.

    Te dejo un abrazote de prima-sobrina
    musa

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar