sábado, 31 de mayo de 2008

Con uñas y dientes

Natàlia
“La vida nos enseña lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser. Eso va de nuestra cuenta.”

Una tarde María empezó a quedarse sin uñas. Lentamente. No es que se adentrasen en su carne, o se le cayeran, o se las comiera. Simplemente iban desapareciendo, perdiendo capa tras capa, célula tras célula. Se iba dando cuenta de que no podía hacer cosas que antes hacía, sin más: liberar una tirita de su envoltorio, despegar un adhesivo de un objeto, rascarse, abrir un CD, sacar el primer cigarrillo del paquete.
- ¿Qué pasa con mis uñas?
«¡Me he quedado sin uñas!», acabó diciendo un día. Gritó y gritó. Y fue como si despertara a la realidad de un hecho que se había estado negando a sí misma, pues era evidente que las uñas no estaban. Hasta ese momento, María no había despertado al dolor. Pero tenía ya los dedos en carne viva.

A partir de entonces, por aquello de la ley de Murphy, cada dos por tres se daba golpes en las extremidades, y en las tareas diarias le resultaba imposible utilizar sus manos sin acabar sintiendo un dolor intenso y dejando manchado de sangre todo aquello que tocaba. Optó por vendarse los dedos, de uno en uno. Si alguno sangraba, añadía más envolturas. Los dedos ya no eran dedos.

Estaban paralizados por los vendajes: demasiado gruesos para ser ágiles y demasiado heridos para moverse.

Progresivamente, María empezó a notar que las compresas ya no supuraban y, con el corazón afligido, fue desenvolviendo la carne que empezaba a cicatrizar. No olvidaba aquellos días de dolor intenso y se preguntaba, perpleja aún, cómo podía haberle ocurrido una cosa así, sobre todo teniendo en cuenta que su esteticista le hacía la manicura cada mes, rigurosamente, y la mantenía a salvo de posibles callosidades.

Ahora sus rutinas habían cambiado: utilizaba los dientes allí donde no podía utilizar las uñas. Necesitó un tiempo de adaptación, pero supo aprender a aprovechar los recursos que estaban a su alcance para sobreponerse a aquella mutación.

Ocurrió que las uñas volvieron a crecer. Pero esta vez más fuertes, más gruesas, más brillantes, más curvas, más puntiagudas. Con el paso de las semanas, fue advirtiendo que lo que le crecía no eran uñas, sino garras. Zarpas afiladas, diseñadas para un agarre preciso. Para agarrarse a una nueva vida.

María, que tenía una apariencia completamente normal, poseía una cualidad que la hacía diferente a otras personas. Su cuerpo fabricaba cantidades elevadísimas de queratina, el principal componente de las células de las uñas. Eso explicaba la aparición de esas garras con la punta aguda y delgada como un alfiler, más propias de la mano de una bestia que de una mano humana.

Tenía que vivir armada de esas manos. No tenía otras. Y debía continuar con su vida.

Se acostumbró y aprendió a comer poniéndose el tenedor entre los metacarpianos, también a coger objetos con suma delicadeza, a abrir latas y otros envases con una uña y a empujar con facilidad el líquido que contenían y desparramarlo con un toque de humor. Cuando un amigo tenía que pintar su piso, ella se ofrecía a rascar las paredes, a dos manos. También se hizo experta en destrozar muebles viejos para el barrendero y en trinchar la cebolla y el tomate para el sofrito. Le gustaba dedicarse al cuidado de las plantas de su jardín removiendo la tierra, y a un sinfín de actividades que iba dominando con sus extrañas manos cada vez más diestras.

No quería estar adaptada a un medio particular, sino a uno global, a un todo. Abierta al mundo, quería crear el suyo propio. Por este motivo era libre, no estaba sujeta a nada en concreto.

- A partir de ahora, se decía, voy a construir mi nuevo microcosmos.

viernes, 23 de mayo de 2008

El experimento

Mónica Sabbatiello
Acepté porque lo pagaban bien, despertaba mi curiosidad y parecía inocuo. Pensaba que lo peor serían las extracciones de sangre y las largas entrevistas. En cambio, la experimentación en sí se perfilaba como una curiosa aventura, en una isla que me traía buenos recuerdos de una acampada en mi adolescencia. Se trata de un territorio salvaje, ideal para un confinamiento sin interferencias, condición necesaria para comprobar la tesis científica.
En días claros se ve su lomo prehistórico desde la costa de Vigo. En ella campean la soledad y los temporales. Sus pobladores la fueron abandonando a su suerte. Tiene pocas presencias: los esqueletos de las casitas azules de los pescadores; los hierros retorcidos y oxidados de un carguero encallado. Gaviotas, cormoranes y araos. Las dulces playas. Y los severos acantilados. Sólo dos edificios quedan en pie: la cofradía de pescadores, en donde nos alojaríamos, y el faro automatizado, ambos de granito.
La navegación fue tranquila, era verano. La otra voluntaria -sólo dos fuimos seleccionadas-, se veía bella, pequeña y desolada, como la isla. Físicamente podremos parecernos, pero nada más, esa fue mi primera impresión al verla asomada a las olas, en popa, con la cara manchada de salitre. Desembarcamos en el muelle blanqueado por el concienzudo trabajo del agua. Y caminamos en silencio hasta la cofradía desangelada. Aunque encendiéramos las velas y la chimenea, eso no tendría remedio.
Ella –su nombre es Marina- , preguntó por su habitación y desapareció. No la volví a ver hasta la hora de la cena. Arnoldo, el coordinador de la experiencia, desplegó baterías y computadoras, se sentó en el porche y sumergió su mirada miope en un tumulto de carpetas.
Ante tal perspectiva, volví andando hasta el muelle. El atardecer, con su despliegue de artificios, se llevó un oscuro presagio hasta al fondo del mar.

La soledad me reconfortó.
Regresé pasadas las nueve. La mujer, en un extremo de la mesa, me dirigió una mirada inexpresiva. Arnoldo, tras desplegar alimentos y una vajilla de plástico, se fue a un rincón con su computadora y un bocadillo. Ella escogió una manzana y se acercó un candelabro para iluminar el libro que leía. Se acentuó la humedad y el silencio.
Abrí una lata de moluscos y corté limones para aderezarlos. Cuando me harté de viscosidades y de descifrar las cicatrices de la mesa, me arrellané en el único sillón. El murmullo del mar me consoló de tanto aislamiento, hasta que la voz chillona de Arnoldo me arrancó del ensueño. “Es la hora de las inyecciones”. Tenía todo preparado junto a un farol de petróleo. Marina se aproximó silenciosa, se levantó la falda y el halo de luz transformó su vestimenta en andrajos lascivos. Espié los ojos del hombre y los comprobé inmutables. No sé por qué, pero sentí alivio.
Me bajé los vaqueros y me pinchó. Sin mediar palabra, me retiré a mi cuarto, mejor dicho, al de Marina. Antes de cerrar la puerta, la vi entrar a mi habitación. Su mirada esquiva me golpeó. Como un presentimiento. La noche se mostraba inhóspita. En pocas horas debía cabalgar su psiquis –la inyección contenía algo así como la esencia de su ego- y preferí evitar suposiciones.
Los rastros de la mujer eran insípidos. Ni siquiera despertaban mi curiosidad. Ropa indefinida en orden. Una crema Nivea en el baño. Un cepillo de dientes sin estrenar en su funda de celofán. Pantuflas junto a la cama. Y ese raquítico pijama a rayas sobre la cómoda. Añoré el mío de seda que junto a un chocolate le había dejado sobre mi almohada.
No recuerdo si tuve sueños ni cómo me desperté, sí que me vestí con una prenda de lino oscuro, en la que me sentí muy cómoda. Pensaba que el experimento ni siquiera había comenzado, que faltaban inyecciones, o alguna otra cosa. Me latía una vena en la frente, estaba atontada y no recordaba los ítems que debía seguir. “Bah, en un par de días vuelvo a casa y a cobrar los treinta mil euros”.
Encontré a Arnoldo en la cocina. Me dijo “Buen día, Marina” y me informó que la otra mujer se había marchado a recorrer la isla. “Tú puedes hacer los mismo. Y no te olvides de registrar todo lo que pienses en este grabador”.
Desayuné sin convicción y salí hacia los acantilados, casi volando con las alas que me donaba un viento que, a ráfagas, aullaba como un salvaje. Encontré refugio entre dos montículos de piedra y me instalé en un colchón de musgo. Me sedujo la masa extrema en movimiento, esa gran boca de mar.
Pasó un tiempo sin medida.
Hasta que un susurro desde el fondo de mi mente se abrió paso y me recordó que formaba parte de un experimento.
«Ah sí, he de grabar los pensamientos”. Pero no me surgía nada. Purito silencio. Sólo oía un zumbido.
“¿Qué es esto? ¿Estoy en trance?”, y esas mismas preguntas pusieron en marcha el mecanismo, el run run de siempre, dando paso a los gastados y ardientes combates. Uno a uno fui rechazando los demonios y ángeles ávidos de retenerme, los proyectos vacuos e innecesarios, la vanidad de este mundo. Y grabé en el aparatito mis ganas de volar y la alegría que me procuraba esa idea.
La llamada del mar era insoportable.
Abrí los brazos en cruz.
Y salté.
Unos mariscadores que faenaban en una lancha a motor, me vieron planear y me sacaron del océano.
Desperté en el hospital, unos días más tarde. Allí estaba Arnoldo, portador de las disculpas de todo el equipo científico y de la promesa de una jugosa compensación. El experimento, a pesar de todo, había sido un éxito, dijo.
Gracias al GPS instalado en el grabador, pudieron localizarlo con mis pensamientos, o mejor dicho los pensamientos de ella. De Marina.
En eso consistía todo: en comprobar que ese intercambio de raciocinios era posible. Y por lo tanto, que la persona es una incógnita más allá de la mente. Cada una de nosotras había vivido con la psiquis de la otra por unas horas. Y el registro de nuestros desvaríos, en esa isla enfermiza, les bastaba.
Antes de irse, Arnoldo me dijo que Marina había permanecido en el hospital, frente a la puerta de mi habitación, día y noche, durante las dos semanas que estuve inconsciente.
“Hazla pasar, inmediatamente”, me sulfuré.

Casi no la reconocí: estaba tan débil, ojerosa y demacrada. “Cuánto lo siento”, me repitió cien veces, deshecha en lágrimas. Conseguí tranquilizar su conciencia inquieta explicándole que para mí, el saldo de esa experiencia era positivo, que aprendí mucho en poco tiempo. Y que la fractura en un dedo era nada, comparado con el vuelo sin motor. Incluso la hice reír, a costa de burlarme del susto que Arnoldo llevaba marcado en su cara.
Reconoció que tenía programada su muerte, aunque para el otoño. Antes quería saldar unas deudas. Por eso aceptó participar en el experimento, sólo por el dinero. Y se disculpaba: “No fui capaz de prever que mis pensamientos te pudiesen llevar tan lejos”.
La tranquilicé: “El culpable ha sido el viento, ya sabes que enloquece a las personas sensibles”, y para aliviar la tensión la conminé a abrir la caja de dulces que apretujaba entre las manos.
Mientras compartimos los pastelitos, la habitación se fue tiñendo de rosa. La brisa movió cortinas y disolvió el sopor, trayendo el aroma de tilas del jardín. Me empezó a contar su experiencia en la isla.
“Fue insólito, bestial, enérgico”, enfatizó, eligiendo las palabras.
Dijo que descubrió una especie de éxtasis en los actos mínimos. En el crujir de una tostada entre sus dientes. En jugar a las escondidas entre los helechos con un perro vagabundo. En dejarse revolcar por esas olas frías y castigadoras del Atlántico.
Venía todas las tardes y yo la recibía con regocijo. Me gustaba oírla. Y que me escuchara, siempre atenta.
Me aseguró que pasar un día con mis pensamientos fue para ella el mayor refresco. “En vez de tomar mi línea gastada, el carrusel de siempre, me subí a tu mente sensual y allegada a las cosas, y eso me proporcionó buen humor y una nueva perspectiva”.
Era fantástico su cambio. Se la veía relajada con brillitos saltarines en sus ojos, como tesoros ascendidos desde el fondo del mar. Hasta su estilo formal había cambiado. Usaba ropa ceñida, hasta diría que sexy, en vez de esos bolsones desabridos que traía cuando la conocí. Y gesticulaba con vehemencia para hablar con un lenguaje vivaz y colorido.
Yo también estaba cambiando. Mi físico se desdibujaba, me veía borrosa. Una pintura abstracta.
Y cada día más cizañada por las dudas que me apremiaban.
-Siento, le contaba, que no soy más que humo.
-¿Por qué dices eso?
-Porque nada de lo que pueda percibir puedo ser yo.
-¿No?
- No. No soy lo que pienso ni lo que siento. Aunque sea muy vívido y construya mi mundo. Es como un sueño largo del que quiero despertar.
-Entonces, ¿qué eres?
-Acaso una especie de percibidor inasible, que me hace sentir que soy en este cuerpo y esta mente. Pero de ser algo, soy más allá.
Ella me alentaba a continuar, siempre dispuesta a escucharme. A usar todo mi potencial para descubrir lo que buscaba. Pero no lo conseguía. Y me desesperaba.
Cuando me dieron el alta, vino a despedirse. Se iba a Canadá.
Me dijo algo que yo deseaba oír: “He despachado mis planes suicidas, los he cambiado por la vida”.
Lloramos abrazadas, como hermanas.

Con la llegada del otoño y de las nieblas, empecé a revivir mi experiencia en el acantilado, aquel postrer momento antes del salto. Cuando desde el fondo de mi alma clamó la desesperación: “Tiene que haber algo. Algo más que el run run”.
Pero no encontré nada.
Y luego el vuelo me desenhebró. Estranguló a mi mente.
Y mientras planeaba percibí un punto sutil. Extremadamente sutil. Sin asideros. Casi insoportable. Puro poder. Más allá de cero.
No conozco nada de esferas celestes. Y jamás coqueteé con la muerte.
Pero ese hálito firme como una roca y más fino que el aire, me ha seguido hasta hoy, un mes después de salir del hospital. Ha de estar más allá de los límites del encefalograma plano, por eso alquilé una lancha, para volver a la isla.

viernes, 16 de mayo de 2008

No podíamos dormir


Vicente Aparicio

Fuimos a acompañar a nuestro hijo a la estación. Yo conducía. Él se sentaba a mi lado y su madre, en el asiento de atrás, permaneció callada durante el trayecto. Tenía siete años, nuestro hijo, aquel día. Le ayudamos a subir la maleta. No hacía falta, porque era una maleta pequeña y pesaba poco, pero aun así quisimos ayudarle. Después el tren arrancó y él se asomó por la ventanilla y se despidió moviendo la mano. Sonreía. María estaba muy seria, yo seguramente también.

Regresamos. Ella se sentó a mi lado, pero no dijo una sola palabra. Estuvo toda la tarde limpiando, planchando, poniendo lavadoras... Yo, viendo la tele, sin prestar mucha atención. Se hizo de noche. Cenamos verdura y un poco de carne empanada. Nos acostamos. No podíamos dormir. De madrugada nos sobresaltó un resplandor. Salimos al balcón. La casa de enfrente ardía. Qué imponentes nos parecieron las llamas, aquella espesa columna de humo. Ya era de día cuando todos se fueron marchando.

Han pasados los años. La noche del incendio fue también la primera noche de insomnio.

sábado, 10 de mayo de 2008

Estar prou satisfet


Vicenç del Hoyo

—No s’amoïni, ja veurà com quedarà satisfet. Jo li deixaré igual, però més curt.


Com s’ha degradat el cinema en aquest país! I quins papers he de fer! De barber! Els guionistes són un nyap en mans d’uns directors que són uns marietes que fan representar a uns actors que són unes meuques que controlen uns proxenetes anomenats productors. Aquest és el panorama de l’envejada indústria cinematogràfica d’aquest país...

—Si us plau, no mogui el cap.

Al país o al món. No crec que a fora sigui molt millor. A Hollywood deu ser igual però amb més diners. I jo, aquí tallant cabell. I no et queixis, que de moment encara tinc feina, no he de recórrer al teatre agrari voltant per les polsoses sales de la península.

—Les patilles les retallo una mica.

Però la culpa és del públic. Es passen el dia mirant la televisió més estúpida del món i tenen el cervell estovat. Són incapaços de pensar, només volen riure o patir. Som així de subnormals.

—Miri’m de front mentre li retallo el serrell, si us plau!

Podríem ser tan feliços creant i gaudint de films profunds que cerquen veritats inefables dins de les entranyes humanes! Descobriríem que la vida és simple i complicada alhora, que els humans som animals malalts i que cada vida és una aposta, una tirada de daus única i irrepetible... i, en canvi, aquí estem fent el “payaso” davant de la càmera.
—Ara li repassaré el clatell amb la navalla. Li trauré aquest borrissol tan lleig que es fa aquí.

Ara he de fer cara impassible. Sóc un barber psicòpata. Li he de tallar la caròtida. Visca la salsa de tomàquet! Espero que quedi tacat fins el sofà de casa. I ara0 mentre tot queda ple de pintura, la darrera frase de l’escena. He d’agafar el mirall enfocant el clatell davant el mirall.

—Com li sembla que ha quedat? Està prou satisfet?

sábado, 3 de mayo de 2008

Una isla

Maria Guilera
Aimada es muy pequeña. Apenas un quilómetro de largo por menos de setenta metros de anchura. Y ni siquiera está en el mar, que es lo que todo el mundo piensa cuando le hablan de una isla. Pero está rodeada de agua por todas partes, aunque sea la del Ebro.

Jaume me llevó a Aimada a primeros de agosto sin decirme a dónde íbamos. Dejamos el coche en el camino y caminamos entre hierbajos, con dificultad, porque los pies se hundían en el suelo embarrado.

Al llegar a la orilla vi el artilugio que nos acercaría a la isla. Una plataforma sobre la que nos montamos los dos y que cruzó el agua oscura deslizándose gracias a la soga.

Tú habías estado alguna vez en una isla desierta, me preguntó.

Andamos entre los naranjos hasta llegar a la casita.
Mira, el maset. El agua la sacaremos de un pozo. No hay luz elécrica. Como Robinsones, qué te parece.
No me parecía bien ni mal. Supuse que no necesitaríamos luz y llevábamos unas cervezas en la nevera portátil.
Jaume me parecía mayor, le hacía unos veinte años. Así que confiaba en su experiencia para sobrevivir. Tampoco creí que hubiera para tanto.
Estábamos a dos horas de casa.

Es la herencia de mi padrino, dijo. Tiene gracia, no. Una isla.
Ya se ha muerto tu padrino, le pregunté.
Era muy mayor.
Qué es para ti muy mayor, Jaume.
Pues no sé, como mi abuelo o más.
Hay abuelos que no son mayores. El mío te ganaría seguro en una carrera de bicis.
Puede, pero yo voy a toda leche, te lo advierto.
Llegaría antes mi abuelo. Y luego se comería una paella. De cuatro raciones.

Jaume se levantó y yo me quedé sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared del masset. Me pareció que el tema de los abuelos nos había distanciado un poco.

Quieres una cerveza, nena.
Le dije que sí, aunque en realidad no tenía sed, pero por hacer algo.

Se volvió a sentar a mi lado y me puso la mano en el muslo, justo donde ya no tapaba el pantalón corto.
Estuvimos un rato mirando hacia el agua y bebiendo de la botella.

Aquí pescamos con mi hermano un siluro de dos metros, me dijo.
No sé qué es un sirulo.
Jaume me miró como si yo fuera una imbécil y retiró la mano.
Pues un pez, tía, qué va a ser.

Me enseñas la isla, le dije. Tenía la sensación de que estaba fallando algo.
Pues ya está vista, guapa. Es lo que hay.

Me puse de pie y empecé a caminar hasta llegar a un extremo y luego dí la vuelta para llegar al otro. Cuando pasé por delante del masset vi que Jaume estaba dentro, encendiendo y apagando una linterna muy grande. Él también me vio, pero no dijo nada.

La cerveza me había sentado mal, tenía un nudo en el estómago, igual que cuando me sacaban de clase y no sabía por qué, igual que cuando mi padre me miraba y decía parece mentira. A tu edad, parece mentira.

Jaume me había dicho el domingo que me iba a dar una sorpresa. Que nos lo pasaríamos de miedo, que yo le gustaba mucho y que no a todas las chicas las llevaba a dónde me llevaría a mí.

Lo de la isla tenía gracia, pero tampoco era para dar saltos. Pero bueno, yo creía que íbamos a enrollarnos, qué más daba el sitio.

Fui andando hasta la casita otra vez. Entré y le cogí por la cintura.
Tú eres un poco puta, no.
Pero qué dices, tío.
Me empujo hacia la puerta con una cara como de asco.

Caminamos hacia la plataforma y Jaume montó de un salto. Empezó a tirar de la soga apretando los dientes.
Nos dejamos la nevera, le dije.
No entendí bien lo que me contestaba.
Las cervezas, insistí.
Que no sabes lo que es un siluro, murmuraba. Imbécil, pues era de dos metros. Ya me gustaría ver a tu abuelo tirando del sedal. O más de dos metros. Un siluro de campeonato.