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Mostrando entradas de mayo, 2008

Con uñas y dientes (NL)

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Natàlia
“La vida nos enseña lo que somos,pero no lo que podemos llegar a ser.Eso va de nuestra cuenta.”

Una tarde María empezó a quedarse sin uñas. Lentamente. No es que se adentrasen en su carne, o se le cayeran, o se las comiera. Simplemente iban desapareciendo, perdiendo capa tras capa, célula tras célula. Se iba dando cuenta de que no podía hacer cosas que antes hacía, sin más: liberar una tirita de su envoltorio, despegar un adhesivo de un objeto, rascarse, abrir un CD, sacar el primer cigarrillo del paquete.
- ¿Qué pasa con mis uñas?
«¡Me he quedado sin uñas!», acabó diciendo un día. Gritó y gritó. Y fue como si despertara a la realidad de un hecho que se había estado negando a sí misma, pues era evidente que las uñas no estaban. Hasta ese momento, María no había despertado al dolor. Pero tenía ya los dedos en carne viva.

A partir de entonces, por aquello de la ley de Murphy, cada dos por tres se daba golpes en las extremidades, y en las tareas diarias le resultaba imposible utili…

El experimento (MS)

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Mónica SabbatielloAcepté porque lo pagaban bien, despertaba mi curiosidad y parecía inocuo. Pensaba que lo peor serían las extracciones de sangre y las largas entrevistas. En cambio, la experimentación en sí se perfilaba como una curiosa aventura, en una isla que me traía buenos recuerdos de una acampada en mi adolescencia. Se trata de un territorio salvaje, ideal para un confinamiento sin interferencias, condición necesaria para comprobar la tesis científica.
En días claros se ve su lomo prehistórico desde la costa de Vigo. En ella campean la soledad y los temporales. Sus pobladores la fueron abandonando a su suerte. Tiene pocas presencias: los esqueletos de las casitas azules de los pescadores; los hierros retorcidos y oxidados de un carguero encallado. Gaviotas, cormoranes y araos. Las dulces playas. Y los severos acantilados. Sólo dos edificios quedan en pie: la cofradía de pescadores, en donde nos alojaríamos, y el faro automatizado, ambos de granito.
La navegación fue tranquila…

No podíamos dormir (VA)

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Vicente Aparicio
Fuimos a acompañar a nuestro hijo a la estación. Yo conducía. Él se sentaba a mi lado y su madre, en el asiento de atrás, permaneció callada durante el trayecto. Tenía siete años, nuestro hijo, aquel día. Le ayudamos a subir la maleta. No hacía falta, porque era una maleta pequeña y pesaba poco, pero aun así quisimos ayudarle. Después el tren arrancó y él se asomó por la ventanilla y se despidió moviendo la mano. Sonreía. María estaba muy seria, yo seguramente también.

Regresamos. Ella se sentó a mi lado, pero no dijo una sola palabra. Estuvo toda la tarde limpiando, planchando, poniendo lavadoras... Yo, viendo la tele, sin prestar mucha atención. Se hizo de noche. Cenamos verdura y un poco de carne empanada. Nos acostamos. No podíamos dormir. De madrugada nos sobresaltó un resplandor. Salimos al balcón. La casa de enfrente ardía. Qué imponentes nos parecieron las llamas, aquella espesa columna de humo. Ya era de día cuando todos se fueron marchando.

Han pasados los año…

Estar prou satisfet (VH)

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Vicenç del Hoyo

—No s’amoïni, ja veurà com quedarà satisfet. Jo li deixaré igual, però més curt.

Com s’ha degradat el cinema en aquest país! I quins papers he de fer! De barber! Els guionistes són un nyap en mans d’uns directors que són uns marietes que fan representar a uns actors que són unes meuques que controlen uns proxenetes anomenats productors. Aquest és el panorama de l’envejada indústria cinematogràfica d’aquest país...

—Si us plau, no mogui el cap.

Al país o al món. No crec que a fora sigui molt millor. A Hollywood deu ser igual però amb més diners. I jo, aquí tallant cabell. I no et queixis, que de moment encara tinc feina, no he de recórrer al teatre agrari voltant per les polsoses sales de la península.

—Les patilles les retallo una mica.

Però la culpa és del públic. Es passen el dia mirant la televisió més estúpida del món i tenen el cervell estovat. Són incapaços de pensar, només volen riure o patir. Som així de subnormals.

—Miri’m de front mentre li retallo el serrell, si…

Una isla (MG)

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Maria Guilera
Aimada es muy pequeña. Apenas un quilómetro de largo por menos de setenta metros de anchura. Y ni siquiera está en el mar, que es lo que todo el mundo piensa cuando le hablan de una isla. Pero está rodeada de agua por todas partes, aunque sea la del Ebro.

Jaume me llevó a Aimada a primeros de agosto sin decirme a dónde íbamos. Dejamos el coche en el camino y caminamos entre hierbajos, con dificultad, porque los pies se hundían en el suelo embarrado.

Al llegar a la orilla vi el artilugio que nos acercaría a la isla. Una plataforma sobre la que nos montamos los dos y que cruzó el agua oscura deslizándose gracias a la soga.

Tú habías estado alguna vez en una isla desierta, me preguntó.

Andamos entre los naranjos hasta llegar a la casita.
Mira, el maset. El agua la sacaremos de un pozo. No hay luz elécrica. Como Robinsones, qué te parece.
No me parecía bien ni mal. Supuse que no necesitaríamos luz y llevábamos unas cervezas en la nevera portátil.
Jaume me parecía mayor, le hacía…