martes, 8 de abril de 2008

Un escritor cansado

Marc Ballester
Hoy he decido escribir a mano en un gran bloc de hojas cuadriculadas. Sentado en el sofá, junto a la doble puerta de cristal que da paso a la terraza a nivel de cincuenta metros cuadrados con magníficas vistas panorámicas sobre el centro histórico de la ciudad (¡Caramba! Parece que esté vendiendo un piso y no hablando de la escritura)... A lo que iba, ya tengo el bloc de tapas color naranja. El bolígrafo de punta redonda y tinta azul. Y el sofá:largo, de tres plazas, aunque en la publicidad se quedaron cortos. Seré más preciso. Como primera opción y sin apretujarse, en el sofá caben dos obesos mórbidos que se lleven bien entre sí. Después, otra posibilidad es escoger y depositar en el sofá a tres gordos normales o a tres personas recias y a una flaca sumisa. Sin embargo la combinación más equilibrada, mi preferida, es: dos casi flacos y dos casi gordos que no se rían en exceso.

Todos conocemos el infinito número de músculos que intervienen en la risa, lo cual convertiría su convivencia en un imposible. Por último, una opción que me repugna por su utópica simpleza: seis flacos reflacos. Este número de personas es horroroso. ¿Se imagina alguien a una pareja de recién casados, muy flacos ellos, con los cuatro padres respectivos, también requeteflacos, sentados en línea mirando hacia el frente el primer día en que se reúnen todos? Sin duda, en la publicidad se quedaron cortos.
Como decía al principio. hoy me decidí a escribir, y lo hago siempre sentado en un extremo del sofá, acompañado por un desparrame de libros de narrativa, poesía o ensayo, todos ellos de altísimo nivel con los que relleno estanterías y que nunca leo. También les acompaña un periódico de hace días que alberga una noticia muy curiosa que será la futura simiente de la primera novela de mi trilogía dedicada a lo absurdo cotidiano, noticia que ahora soy incapaz de localizar. Junto al periódico hay una carpeta con escritos de amigos y mi última novela, y cuando digo mi última novela me refiero no a que la autoría sea mía sino a que es la que está conmigo en el tren o en el metro, en la sala de espera del hospital o en el water, la que aplasto durante la siesta, en fin, mi última novela. Sepan que cuando compro un libro lo encasqueto en una canasta de mimbre en la cual guardan turno pacientemente mis anteriores adquisiciones, como manzanas esperando ser devoradas por el tiempo. A veces no recuerdo qué me llevó a comprar tal o cual libro y por qué cuando le llegó el turno en la caja perdió todo su interés. Al estante. Estar en la canasta es un privilegio. Escribir a mano en el sofá con una taza de café con leche cerca, otro. La verdad es que cuando escribo en serio, y me refiero con eso a que por supuesto voy a escribir la mejor novela, cuento o ensayo de mi generación, qué digo, del siglo, no, de toda la Historia Contemporánea, me siento no en el sofá, sino en la butaca, frente al ordenador, esa computadora que, agazapada, espera hundirme en la miseria, porque es ella la que estropea, invalida, prostituye mis textos contaminándolos de virus y los hace reaparecer con frases diferentes de las que yo archivé,. Las reconozco enseguida: no son mías. Menos mal que la autoría es de la máquina computadora.
Escribir cosas serias y utilizar el ordenador es todo una misma cosa. Disfrutar, desayunar y emborronar la libreta es otra cosa. Quizás el secreto está en que los escritos del ordenador acaban cansando y entonces te acuerdas de que la silla utilizada no es lo suficientemente cómoda y de que debes comprar una nueva para evitar las dorsalgias, lumbalgias y literatulalgias. O sea, que leer alguno de esos textos que huelen a microchip comporta tener que engullir varios kilogramos de paracetamol.
Escribir mal (porque no quisiera engañarles, uno siempre escribe mal, con mala caligrafía) sentado en el sofá no garantiza mejores resultados, pero como el café es bueno, el respaldo es amplio y el compromiso es pequeño, uno puede zambullirse entre el texto y los cojines sin vergüenza ni temor a adormilarse. Ora durmiendo, ora escribiendo, como en un vals silencioso, lento, en el que uno desconoce si escribe, duerme o sueña. Y anda este texto más próximo al diván de Freud que al potro de tortura computerizada. Por eso prefiero biendormir a peorescribir. Lo dicho, me voy a la cama.

9 comentarios:

  1. Mejor una coma que a nivel de. Preferible váter. Literaturalgias o literatulalgias, muy bonito. Boris Vian era un gran constructor de palabras, siempre Boris. Ah, y lo de si escribes mal, lo decidiremos los demás. Aún no se ha decidido nada. Se esperan más lecturas.

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  2. Marcos y su alter ego, el escritor. Tan unidos como unos siameses cariñosos. Es fácil imaginarle en el sofá.
    Me apunto a un lugar entre los obesos mórbidos, a asomarme a la canasta de libros privilegiados, a hojear alguna libreta con caligrafía ilegible, a adivinar los sueños creativos de sus siestas.
    La Bruja del Zoo

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  3. Duerme un ratito y vuelve con nuevos brios, a deleitarnos con tus elucubraciones literarias sobre objetos cotidianos u objeciones filosóficas.Siempre es
    un placer leerte.En mi mente he colocado una canasta, para guardar tus escritos.

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  4. Te imagino, cansado muy cansado y sin embargo derrochando ideas, imaginando historias con cualquier "disparador" y buscando varios finales a cada una de ellas, como si no fuera bastante ya pensar en uno.Suerte para todos nosotros que aun cansado fisicamente continuaras escribiendo con tu mente incansable y original. Para nuestro deleite.

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  5. Es mentira lo que dice el protagonista. Prefiere bienescribir a maldormir pero no le gusta que se sepa.

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  6. Encontrarme con un texto tan risueño, hágil, burlón, ha sido viajar hasta una larga mesa de tardecita, todos alrededor, escuchando boquiabiertos el despliegue colorido, geográfico, ya sea en un hotel de carretera o como ahora en este sofá, encontrarme con esa personalidad rica y siempre literaria de Marcos, en casa de Silvia. Y disfrutar enormemente al leerlo. A Marcos siempre se lo disfruta cuando se lo lee. Sí, queremos todo lo suyo, aún los apuntes en una servilleta de cafetería o al borde de sus libros.
    Mónica

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  7. Uy, donde dice hágil, debe decir hhhhhhhhh ágil

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  8. ¡Muy buena reflexión sobre el momento de escribir!
    Marcos, no nos dejes

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  9. Mi amigo Marcos, está siempre con nosotros. No importan las comas ni los waters, solo la pasión y el corazón con que hacemos y escribimos las cosas.
    Hay sofas de una plaza que se sientan tres, hay sofas de tres plazas en los que nadie quiere sentarse. No querría ser uno de ellos.
    Tomàs Aguiló

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