jueves, 3 de abril de 2008

Papel mojado

Vicente Aparicio
En esta reencarnación, siempre que he viajado en barco, ha sido en una lancha. Como si fuera pija, pero sin serlo. Creo. El caso es que un día iba yo en una lancha y estalló una tormenta y luego todo estaba oscuro y vi un túnel muy largo con una luz al fondo y más tarde me desperté y resulta que estaba tumbada, exhausta y entumecida, en una isla desierta. Creo que nunca había naufragado antes. En esta reencarnación, quiero decir.
La isla no se parecía en nada a las islas de las películas. No había palmeras. No había animales, ni siquiera insectos. Tampoco parecía haber indígenas, aunque eso no deja de ser lógico tratándose de una isla desierta.
En cuanto abrí los ojos vi, sobre la blanca arena de la playa de aguas sucias y malolientes en la que yo estaba tumbada, tres cosas. Las tres cosas eran un bolígrafo, un bloc y una botella de cristal. Sorprendente pero cierto. En la lancha todo eso no estaba y yo me acuerdo perfectamente de que en la lancha todo eso no estaba, así que no merece la pena intentar comprender por qué en la isla sí.
No quise desaprovechar aquel golpe de suerte.

O sea, que me puse a escribir un mensaje, un mensaje de náufraga. Un mensaje que una vez escrito viajara dentro de la botella en busca de un ser humano que, con un poco de suerte, supiera leer. Alguien capaz, incluso, de comprender lo que leyera. La vida en la isla iba a resultar aburrida, pero para empezar yo estaba de lo más entretenida.
En una hoja del bloc escribí: «Socorro. No quiero estar sola ni un minuto más. Tengo un miedo espantoso.» Bueno, no. No escribí eso. Mejor dicho, sí que lo escribí, pero luego rompí la hoja y la tiré al mar, porque eso que había escrito era una memez. Ya sé que escribir y llorar son cosas parecidas, por no decir que son lo mismo, pero yo era una náufraga, no una artista ni un ser humano cualquiera que sufre por su destino, sino una náufraga, repito, y, por lo tanto, mi misión en aquella isla era pedir auxilio y punto. ¿A quién podía importar que yo me sincerara como una cosa mala desde el otro lado del mar? Cogí otra hoja y escribí: «Socorro.». Y ya está.
Me gustan las islas desiertas en las que no hay que buscarse la vida para encontrar un trozo de papel.
«Socorro», escribí. Pero en cuanto acabé -incluso diría que antes- yo ya sabía que en realidad no era eso lo que yo quería decir. «Socorro.» ¡Menuda majadería! Vamos, que el segundo mensaje también lo tiré al mar, pero con más razón y más rabia. Con lo sucia que estaba el agua, a nadie podían importarle un par de porquerías. Nunca he tenido conciencia ecológica, la verdad, y, además, para algo tenía que servir que no hubiera nadie en mi isla.
Al cabo de un rato, las olas me trajeron de vuelta los dos mensajes -si es que alguna vez llegaron a alejarse-. Chorreaban tinta y era imposible leer nada en ellos ya. Mejor así.
A ver si me explico. Yo tenía miedo y necesitaba auxilio, pero como tenía mucho tiempo para pensar, estuve pensando, y fue así como me di cuenta de que yo tenía miedo pero no tenía miedo por estar en una isla desierta, sino por alguna otra razón en la que no me apetecía mucho pensar. Por lo tanto, ¿para qué iba yo a pedir auxilio en un mensaje dentro de una botella?
Sí, lo sé: quizás el mensaje llegara algún día a alguien capaz de leer y capaz de comprender lo que leía y que podría venir en mi ayuda y salvarme, pero ¿salvarme de qué? Porque ¿y si después de que ese alguien viniera junto a mí yo siguiera teniendo miedo? ¿Y si después de que viniera yo tuviera incluso más miedo que estando sola? Hacía peste, en aquella isla. No una peste insoportable, pero olía bastante mal.
Ya he dicho que tenía mucho tiempo para pensar, pero en un momento dado ya no tuve más ganas de emplear en pensar el mucho tiempo que tenía. Me cansa pensar, eso también lo reconozco. Y sin embargo, algo tenía que escribir. ¿Cómo iba a desaprovechar aquel bolígrafo, aquel bloc, aquella botella que el destino me había plantado como un signo delante de las narices? ¿Cómo iba a desaprovechar una isla desierta?
Se me ocurrió una idea brillante, si se me permite la inmodestia. Se trataba de escribir algo que pudiera significar cualquier cosa, pero que ‘sobre todo’ significara lo que yo quería decir. Nadie acabaría de comprenderlo, porque nadie entiende a nadie, pero el destinatario de mi mensaje -ya puestos, mejor un varón- recibiría la petición de auxilio y, a la vez, sentiría una simpatía solidaria hacia mi persona. Los seres humanos solemos tener afinidad con otros seres humanos cuando hablan ambiguamente sobre sí mismos. No es una idea mía. Lo leí en alguna parte y estoy, eso sí, completamente de acuerdo. Decía el autor, si no recuerdo mal, que estamos programados para «empatizar» en abstracto. ¿No es eso precioso? Creo que tendría que empezar a rectificar. ¿Por qué no me pienso mejor las cosas antes de soltarlas? «Empatizar» en abstracto me parece, en realidad, cómodo, superficial y patético. Eso es lo que me parece.
Cómo me enrollo, ¿no?
Puedo prometer y prometo que lo intenté. Intenté con todas mis fuerzas durante días y días escribir un mensaje definitivo a quienquiera que fuera quien estuviera al otro lado del mar. Pero no encontraba las palabras. Todo me parecía pobre, mediocre, inexacto... Sobre todo, inexacto. Tuve miedo de agotar las hojas de mi libreta. Para ser ambigua a propósito y, a la vez, decir ‘sobre todo’ algo hay que tener un nivel de precisión y finura que yo, desde luego, no me sentía capaz de alcanzar. ¡Qué sensación tan desagradable! Hacía peste, estaba sola y tenía unas ganas irrefrenables de llorar. Pero no tengo práctica de llorar sin público. O sea, que decidí tumbarme a la bartola, a disimular. Estuve así unos cuantos meses.
Sí, eso es lo que he dicho: tumbada en la arena unos cuantos meses. Se estaba bien.
Cuando ya había descansado bastante, me puse otra vez a darle vueltas y más vueltas al asunto. Soy una mujer más bien tozuda. Tanto pensar y pensar no acababa de conducirme a ninguna parte: intuía lo que tenía que poner en el papel, pero no conseguía traducirlo a términos lingüísticos, no con la suficiente claridad.
Entonces ocurrió algo. Algo importante. Me atrevería a decir que entonces ocurrió lo más importante que me ha ocurrido en la vida. En esta vida, debo puntualizar.
Ocurrió de noche.
Yo había encendido un fuego, más que nada por entretenerme, y para ser una náufraga de manual. El fuego, además, me hacía compañía y siempre me ha parecido hermoso. Rojo, multiforme, crepitante. En fin, estaba yo sentada en la playa con aquel fuego que era lo único que tenía en este mundo y de pronto empezó a sonar en torno a mí una preciosa música que yo, estoy segura, jamás había escuchado antes.
Una música tan maravillosa que a pesar de que estaba yo desnuda -lo cual hasta ahora había preferido no mencionar, no más que por pudor- hizo que me vinieran unos tremendos deseos de desnudarme. Como cuando alguien tiene ganas de comerse algo muy rico y no puede hacerlo porque ya está hasta arriba de comida. Pero al revés: en vez de poner, quitar. No sé si me explico.
¿De dónde podía proceder una música tan excitante como aquella? En una isla desierta...
No importaba. Me sentía dichosa como nunca antes me había sentido y, lo que es mejor, sin un motivo de peso. «No te falta nada», me dije. Y de inmediato me acordé, una por una, de todas mis lanchas (y de todas a la vez), y me acordé de todas mis amigas y de todos mis amigos, y de todos mis novios y de todos los momentos felices e incluso de los momentos no tan felices. Y recordé, sobre todo, al amor de mi vida, aquel hombre musculoso, limpio y con cara de buena persona a quien un día pude ver pasar fugazmente por delante mío en el puerto marítimo y desaparecer para siempre jamás, el hombre por quien una servidora hubiera renunciado a todo, el único por el que hubiera dejado de ser yo. Y pensé en papá y en mamá y en... y en los hijos que nunca he tenido, y en el lobo, y en el horror de los niños del África y en la mafia rumana y en las guerras fratricidas de todo el planeta, e ingresé en un estado de melancolía de tal calibre que estaba inmensamente feliz por que todo ello siguiera vivo, resguardado como un tesoro dentro de mi persona, y formara lo que yo era, o sea, un ser humano, una náufraga de carne y hueso, delicada como una muñeca e indestructible como una roca, una mujer con un corazón palpitante en medio de la noche, junto al fuego, desnuda, envuelta en el aroma de una música maravillosa.
Me di cuenta de que olía bien. La isla olía bien.
Supe que había llegado el momento. Cogí el bloc y una fuerza inaudita que manaba de muy adentro -de muy abajo-, condujo el bolígrafo hacia el papel y me dictó sin vacilaciones el mensaje que mi conciencia necesitaba dirigir desde aquel pequeño islote hasta la inmensidad de la otra orilla. Al terminar, caí exhausta sobre la arena, como el día en que había llegado hasta allí.
A la mañana siguiente, al despertar, vi a un indígena. Me miraba. ¿De dónde puñetas había salido «aquello»? Parecía inofensivo. Llevaba puesto un taparrabos, y unos cuantos colgajos por aquí y por allá. Estuvo mirándome un rato, con más regocijo que miedo o sorpresa, hasta el punto de que me hizo comprender cómo deben sentirse los pobres monos del parque. De pronto arrancó a correr y se perdió a lo lejos. No he vuelto a verlo jamás.
Cuando me quedé sola advertí, con gran tristeza, que algo esencial se había estropeado durante la noche. Que la música hubiera cesado casi era lo de menos. Lo peor, lo verdaderamente trágico era que en la hoja del bloc -allí donde horas antes mi exaltación casi mística había conseguido escribir el mensaje con mayúsculas que expresaba con precisión casi matemática mi vida en todos sus matices-, en aquel lienzo sagrado, ahora solo había... un garabato.
Un feo garabato escrito a boli en un triste papel tirado en una playa de arena blanca de aguas sucias y malolientes -sí, es cierto, mi isla volvía a oler mal-. Un garabato ridículo.
Esta vez sí que me derrumbé. No entraré en detalles, pues no me gusta cargar las tintas del patetismo cuando la protagonista soy yo.
El papel se acabó mojando, como era de esperar. Vino una ola y destruyó mi mensaje.
Qué más da. Juro por todas mis lanchas que no me importa. Yo lo he visto. Lo he visto y lo he tenido en mis manos. He sido feliz y, aunque la música no haya vuelto a exaltar mis sentidos, aunque del indígena risueño no haya quedado ni rastro, aunque no me queden ganas de desnudarme más de lo que ya lo estoy, aunque aquí huela a rayos las más de las veces, me gusta mi isla. Mucho, me gusta mucho.
A veces dibujo garabatos en la arena. Viene una ola y los borra. Eso es todo.
La próxima vez que me reencarne no quiero viajar siempre en lancha. No soy una ilusa, a estas alturas: después de todas estas vidas me parece haber aprendido que es mejor no creerse con derecho a escoger; por si acaso. Aun así, para esa próxima vez deseo con todas mis fuerzas ser náufraga desde el primer día.
En cuanto a esta vida de ahora, sé que antes de morirme aparecerá en algún momento, por allá a lo lejos, una lancha. Yo no sé si eso será bueno o malo. Tengo miedo de que pase y de que no.
Estoy mintiendo, en realidad. Me pasa a veces, y eso que estoy sola. Miento. A veces miento. Pero ahora voy a hacer una última confesión. Ayer vi la proa de una lancha apuntando por el horizonte. Me emocioné. Me emocioné al principio. Duró unos instantes. Después lo pensé mejor. ¿Saben lo que hice? No hice aspavientos. No imaginé nuevos futuros para mí. No pedí socorro. No hice nada de todo eso. La verdad es que me escondí. Eso es lo que aquí confieso. Corrí unos metros y permanecí unas cuantas horas oculta detrás de unos matorrales, en silencio, conteniendo el aliento. Al regresar, la lancha era un recuerdo. Sé que no volverá. No quedan más hojas en mi bloc. Soy más o menos feliz, libre, y tengo miedo.

17 comentarios:

  1. Todos o mejor dicho una inmensa malloria, nos encontrmos en una isla desierta,con los mismos sentimientos y temores....
    Hacia tiempo que no me pasaba por vuestra pag,me ha encantado.

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  2. Hola Vicente,

    Genial!!

    Al final, acepta su isla, se acomoda en ella y llega a conseguir una felicidad; la cual no tiene nada que ver, con la que tenia cuando estaba navegando con sus lanchas. Tal vez tenga que ver en que, ahora, piensa y actúa libremente, por ella misma. Pero, me preocupa que sigue sola y sabe, que lo seguirá estando por mucho tiempo. No tendrá a nadie a su alrededor a quien ver o hacer feliz, más que a ella misma y a sus pensamientos. En el desarrollo de una existencia, quizás se tomen pocas decisiones transcendentes, que realmente afecten el desarrollo personal, pero algunas aún son posibles.

    Mi nuevo relato va de alguien que no reflexiona, todo lo contrario a tu personaje.

    Salutacions.
    nat

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  3. Ella habla y con su lenguaje se construye el personaje ante nosotros.Cada frase lo define y perfila sus rasgos.
    La historia es ágil, trágica sin melodrama, a ella no legustacargar las tintas cuando se trata de explicarse.
    Y a mi me parece que le has dado un final feliz. Desesperadamente.

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  4. Mayoría con Y, leche...

    Más leer y menos sms, mamelucos.

    P.D. La pàgina excel.lent, crec que no ha hà millor manera de fer arribar a tanta gent el que feu.

    Fel.licitats !!!

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  5. Buenísimo ^^ me gustó comose fue transformando la protagonista.

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  6. Hola, felicidades por el cuento, es muy buena la importancia que ella le da bolígrafo y del papel. Sólo me pregunto por qué se trata de una reencarnación, y se me ocurre que quizás la ayuda a madurar y aceptar su isla con su belleza y su fealdad.

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  7. Me ha encantado.
    Raro otra vez por ser tus palabras de una mujer, ese tono onírico y burlesco de la situación que me ha hecho pensar en Mulholland, y el escape a una isla tropical y desierta que se me antoja ahora mismo más que otra cosa, con el peste a mar, los mosquitos y el sol abrasador. Qué molestia más rica :D
    Un abrazo.
    Montador.

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  8. MONICA SABBATIELLO DIJO...
    Vicente, me descubro ante ti.
    Riqueza, profundidad y complejidad simbólica.
    Quiero darte sólo una primera impresión. (No me cabe duda que para mi este cuento –por lo que evoca- será importante, y seguiré leyéndolo.)
    El personaje desmonta sus falsas vidas (lanchas, novios, amigos, familia)- Y enfrenta sus mentiras.
    Y elige la isla.
    A esta decisión llega tras reflexionar sin aspavientos.Y con ráfagas de humor aún en su situación extrema. Y sus burlas del empatizar en abstracto.
    Sus reflexiones al final son un escalpelo capaz que diseccionar sus viejas capas.
    Y el perfume de la música le da un atisbo demoledor. Como nunca antes. La magnitud solitaria del ser humano.

    Por otro lado, está ese miedo, simbolizado, según mi primera impresión, en lo cenagoso y maloliente de la isla, con lo que al final convive más o menos bien. Y el indígena burlón, quizás algo de si misma. No capto con qué.
    La misma búsqueda de las palabras -que pudiesen definir lo que quiere decir- son su escalera hacia la intuición.

    Y al final, a ese comprender que le llega, no es capaz de reflejarlo en el papel. Es un garabato. Quizás porque lo sutil quema cualquier intento de lenguaje descriptivo. Cuanto más se pretende aprehenderlo en límites, más garabato se vuelve. Y apresar una vida... con precisión matemática... Ja Ja
    Acaso, si se insiste, se deje danzar alrededor, y decirse con alegorías, como hace este cuento, que se acerca por varios lados a lo que no tiene forma de tocarse.
    Como ese amor fugaz que ella no pudo mas que ver pasar como un ala casi invisible.
    Sus garabatos en la arena que se llevan las olas, podrían simbolizar su constante fascinación por acercarse por este medio a esa comprensión.
    Un garabato igual a una intuición que deja su perfume y se va.
    Leve, libre, casi feliz.

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  9. Hola Vicente, acabo de leer tu relato, me ha encantado, la verdad es que me ha hecho pensar muchas cosas. Sigue escribiendo. Algún día tendrás tu recompensa.
    Lola

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  10. Escribir y llorar son cosas parecidas, qué razón tienes. Desde nuestra isla lanzamos mensajes para llamar la atención casi a diario aunque en el fondo, todos sabemos que la mayoría se pierden en las profundidades del mar. Y nuestra isla es sólo nuestra y para nadie más. Creo que cuando lo aceptamos y escogemos, como hace tu protagonista, es cuando nos hacemos más sabios/as. Me ha encantado el cuento, enhorabuena.

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  11. el ppio me ha encantado... pero a partir de q empieza a recordar y todo huele bien, hasta q vuelve a oler mal se me ha hecho un poco pesado... cosas de hermana pequeña, digo yo.

    eso sí, hoy y por siempre, suscribo aquello de que "me parece haber aprendido que es mejor no creerse con derecho a escoger; por si acaso".

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  12. Anónimo (1),
    un saludo desde mi isla desierta hacia tu isla desierta. gracias por volver a pasar por aquí. la próxima vez, nos encantaría que nos dijeras quién eres.

    Anónima Nat,
    gracias por preocuparte por mi náufraga. le haré llegar tus consejos y tus nuevos relatos para que no se rinda.

    Anónimo (3),
    un hurra por la felicidad, siempre sin esperanza

    Anónimo (4),
    gracias por tus sabias apreciaciones ortográficas y felicidades por tu bilingüismo :)

    Epidemor,
    un placer saber que nos frecuentas.

    Miriam,
    reencarnarse resulta más sencillo y más creíble en la ficción que en la vida real. concedámosles ese privilegio a las náufragas del blog, por lo menos.

    Pathox,
    un placer leer tus palabras también aquí dentro, con olor a mar. barriendo un poco para casa, he votado por tu montaje de mullholand :)

    Nina de Papuza,
    el tono de tus halagos y la longitud de tu comentario me ruborizan. me alegra contar con una lectora tan entusiasta desde el otro lado del océano. o sea, muy cerca.

    Anónima Lola,
    mi recompensa es saber que nos lees y que podemos conocer tus impresiones. a ver cuándo vuelves por tierras catalanas y nos vemos otra vez.

    Pantera,
    es bueno rugir, incluso cuando nadie escucha y aunque sea en voz baja.

    Noelia,
    veo que a las hermanas menores les gusta que las islas desiertas huelan siempre mal. lo tendré en cuenta para mi próximo relato de náufragos :)

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  13. Hola, vaya con las islas... i las lanchas.

    Escribir versus llorar
    Tengo miedo
    Auxilio
    Unos minutos (o meses) de felicidad intensa para volver a la realidad o a lo que nos parece que es.

    Me ha gustado leer este "papel mojado" y pensar (aunque canse) en todo esto.
    Un abrazo

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  14. Un beso para la naufraga del cuento. Maravillosa la frase: es mejor no creerse con derecho a escoger. Sí, es mejor y es más práctico. El final también me parece muy logrado: Soy más o menos feliz, libre, y tengo miedo. Muy logrado para el cuento y, a la vez, muy logrado para mí, pues has logrado definir mi actual estado sin quererlo. Soy medio feliz, libre entre comillas y miedo tengo a punta pala. Un saludo y te leo también en fotolog.

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  15. He leido varias veces el relato y saco una conclusión que me gustaría comentar contigo, cuando tengamos ocasión, (podría ser el 19en casa de Maria).
    Yo veo en el relato muerte,nacimiento,vida,símbolos en forma de imágenes(el hombre a amdo, el indígena, el barco)en sensaciones (olor,oido,música)comunicación y medios(Bloc,boli,botella)(mensaje)en definitiva SOLEDAD y la asunción de la misma con una cierta felicidad conformista.Lo Hablamos?

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  16. Hola Vicente,

    ¡vaya tela de relato!
    Me quedo con las palabras que intenta escribir, y no puede. Primero no puede porque no sabe qué decir. NO sabe lo que quiere, y por lo tanto, da palos de ciego. Y cuando por fin sabe lo que quiere en un instante, no sabe cómo hacerlo, y no le sale más que un garabato. Y luego creo que asume que no obtendrá más que garabatos.

    A mí, personalmente me cautivan mucho esos momentos de lucidez, de clarividencia, en que todo parece evidente, en que te das cuenta que sabes realmente lo que debes hacer.

    Quiero decirte, que sinceramente hay partes del relato que cuestan más de seguir, hay un momento en que me ha dado la sensación de estar leyendo casi ya una novela, pero que te deja a medias, claro, porque pese a todas las cosas que cuenta, es imposible entrar en profundidad ni el personaje, ni en su vida, ni en la isla..... es cuando hay que pensar que es un relato, donde supongo que lo principal es ser capaz rápidamente de expresar una idea.

    Un abrazo

    Jose (primo peladillas)

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  17. mercè, siempre leer y siempre pensar, aunque canse. ya sabes: somos seres racionales, de los que toman raciones en los bares

    neomaño7, lo queramos o no, náufragos todos. y todos con miedo a punta pala. lo difícil es reconocerlo.

    lola solo lola, por desgracia el 19 no podrá ser, pero lo hablamos cuando se pueda. tus conclusiones parecen acertadas, pero no sé si yo podré aclararte algo más.

    anónimo primo p-ladillas, gracias por volver por aquí y por ser siempre tan amable y tan atento. el relato y la novela son géneros distintos. yo prefiero los relatos para escribirlos y las novelas para leerlas. la explicación es, creo, la pereza. abrazos para toda esa familia que crece.

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