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Mostrando entradas de abril, 2008

La intrusa

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Rosana Román
Desde hace una semana algo espantoso está pasando en mi vida. Siento la amenaza de una mujer empeñada en hacerme desaparecer. No, no son manías persecutorias, les aseguro que estoy muy cuerda, cuerda y aterrada.

Yo soy actriz, buena actriz aunque no famosa, como muchos buenos actores. Y cumplo con el tópico de que los apocados nos desdoblamos cuando actuamos, porque interpretar a otros nos libera de la timidez.
He estado trabajando en una obra durante muchos meses, en la que mi personaje era una mujer diez años más joven que yo.
Era de esos papeles en los que puedes lucirte. Una mujer intrépida, sensual, descarada, vamos, todo lo contrario de lo que yo soy.
Pues bien, ahora viene lo raro: ese personaje se hizo de carne y hueso y es la que ahora me persigue.
Ya sé, ya sé que me tomarán por loca, por eso no llamo a la policía: no puedo arriesgarme a que me encierren. Si eso pasa estoy perdida.
Vivo en una auténtica pesadilla. No se puede razonar con ella, se ha instalado en mi ca…

Confesión

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Natalia
Di puta, di puta, hijo puta. Ja ja ja . Reía mi madre cuando me enseñaba a pronunciar las primeras palabras.
Me llevaba siempre con ella. Conocía a mucha gente. Colegas, decía ella.
En la discoteca me dejaba sentada en la barra, con los camareros, y ella se zambullía en la pista y bailaba. A menudo, me dejaba allí y se iba. Alguien venía a recogerme y me llevaba a su casa.
Cabrona, hija puta, que me jodes la vida. Me gritaba muchas veces.
No he conocido padre, pero sí a muchos colegas de mamá. Ella follaba cada día. Pero no era puta, eso decía. Se divertía y basta.
A los tres años ya pronunciaba a la perfección las palabras que oía de su horrible boca.
Yo, del colegio, ni me acuerdo. Iba poco. Ella decía que me necesitaba, y que lo importante se aprendía en la calle.
La muy puta, a los diez años me desvirgó. Y pronto me obligó a prostituirme para llevar dinero a casa.
La había visto pegarles a otras chicas enfermas por la droga. Ella era la jefa. Así la llamaban.

La muy guarra, ahora es…

A mitad del camino de la vida

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Mónica Sabbatiello

«A mitad del camino de la vida
vine a encontrarme en una selva oscura»
(Dante)

Era una luminosa tarde de verano y las calles respiraban calma.
Desde mi ventana podía ver a las gaviotas abandonadas a la brisa, sobrevolando la avenida, la playa y el mar.
Sin embargo, nada en el exterior tenía suficiente poder para seducirme. El abatimiento me había ido chupando en su remolino tóxico y ya sólo era una sombra de mi misma. Sin gobierno, doblada en dos, aquel día empecé a pensar en la muerte como único alivio.

Mi pequeño hijo, intuyendo el desastre, pasaba por un calvario de pesadillas. La luz de su cuarto siempre permanecía encendida, y a cualquier hora de la madrugada, noche tras noche, lo encontraba despierto, huyendo de los malos sueños con algún cómic ajado y releído en sus manos.
Yo no sabía cómo darle alivio. Ni encontrarlo para mí. Al fin, me enfermé gravemente. Montada en la fiebre y en un temblor imparable, comencé a entregarme, cuando algo me sacó de allí. Un ángel y l…

Un escritor cansado

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Marc Ballester
Hoy he decido escribir a mano en un gran bloc de hojas cuadriculadas. Sentado en el sofá, junto a la doble puerta de cristal que da paso a la terraza a nivel de cincuenta metros cuadrados con magníficas vistas panorámicas sobre el centro histórico de la ciudad (¡Caramba! Parece que esté vendiendo un piso y no hablando de la escritura)... A lo que iba, ya tengo el bloc de tapas color naranja. El bolígrafo de punta redonda y tinta azul. Y el sofá:largo, de tres plazas, aunque en la publicidad se quedaron cortos. Seré más preciso. Como primera opción y sin apretujarse, en el sofá caben dos obesos mórbidos que se lleven bien entre sí. Después, otra posibilidad es escoger y depositar en el sofá a tres gordos normales o a tres personas recias y a una flaca sumisa. Sin embargo la combinación más equilibrada, mi preferida, es: dos casi flacos y dos casi gordos que no se rían en exceso.

Todos conocemos el infinito número de músculos que intervienen en la risa, lo cual convertiría …

Papel mojado

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Vicente Aparicio
En esta reencarnación, siempre que he viajado en barco, ha sido en una lancha. Como si fuera pija, pero sin serlo. Creo. El caso es que un día iba yo en una lancha y estalló una tormenta y luego todo estaba oscuro y vi un túnel muy largo con una luz al fondo y más tarde me desperté y resulta que estaba tumbada, exhausta y entumecida, en una isla desierta. Creo que nunca había naufragado antes. En esta reencarnación, quiero decir.
La isla no se parecía en nada a las islas de las películas. No había palmeras. No había animales, ni siquiera insectos. Tampoco parecía haber indígenas, aunque eso no deja de ser lógico tratándose de una isla desierta.
En cuanto abrí los ojos vi, sobre la blanca arena de la playa de aguas sucias y malolientes en la que yo estaba tumbada, tres cosas. Las tres cosas eran un bolígrafo, un bloc y una botella de cristal. Sorprendente pero cierto. En la lancha todo eso no estaba y yo me acuerdo perfectamente de que en la lancha todo eso no estaba, así…