martes, 29 de abril de 2008

La intrusa

Rosana Román
Desde hace una semana algo espantoso está pasando en mi vida. Siento la amenaza de una mujer empeñada en hacerme desaparecer. No, no son manías persecutorias, les aseguro que estoy muy cuerda, cuerda y aterrada.

Yo soy actriz, buena actriz aunque no famosa, como muchos buenos actores. Y cumplo con el tópico de que los apocados nos desdoblamos cuando actuamos, porque interpretar a otros nos libera de la timidez.
He estado trabajando en una obra durante muchos meses, en la que mi personaje era una mujer diez años más joven que yo.
Era de esos papeles en los que puedes lucirte. Una mujer intrépida, sensual, descarada, vamos, todo lo contrario de lo que yo soy.
Pues bien, ahora viene lo raro: ese personaje se hizo de carne y hueso y es la que ahora me persigue.
Ya sé, ya sé que me tomarán por loca, por eso no llamo a la policía: no puedo arriesgarme a que me encierren. Si eso pasa estoy perdida.
Vivo en una auténtica pesadilla. No se puede razonar con ella, se ha instalado en mi casa sin que yo pueda evitarlo y encima se burla de mí.
Sólo esta semana ya me ha sacado la lengua tres veces, me ha hecho cinco guiños y seis cortes de mangas. Pero no conforme con eso, me va comiendo terreno día a día.
Me quita los posibles novios, seduce a mis amigos, asalta mi nevera comiéndose sin medida lo que más me gusta, y me roba dinero para comprarse ropa interior atractiva.
“Prepárate”, me dijo el otro día, “ya no hay vuelta atrás”. Yo no sé muy bien lo que quiso decir, pero me sonó espeluznante, como una sentencia de la que seguro que no voy a salir absuelta.
Hoy la he visto en el espejo imitando mis gestos y he tenido la completa seguridad de que va a suplantarme. Por eso escribo. Necesito ayuda urgentemente.
Si un día se cruzan con alguien que se parece a mí pero no soy yo, que dice mi nombre y actúa con cierta insolencia, segura de sí misma, con la sonrisa fácil y la carcajada contagiosa, felina como una pantera, tengan cuidado y no se molesten en llamar a la policía para buscarme, porque ya será demasiado tarde.

jueves, 24 de abril de 2008

Confesión

Natalia
Di puta, di puta, hijo puta. Ja ja ja . Reía mi madre cuando me enseñaba a pronunciar las primeras palabras.
Me llevaba siempre con ella. Conocía a mucha gente. Colegas, decía ella.
En la discoteca me dejaba sentada en la barra, con los camareros, y ella se zambullía en la pista y bailaba. A menudo, me dejaba allí y se iba. Alguien venía a recogerme y me llevaba a su casa.
Cabrona, hija puta, que me jodes la vida. Me gritaba muchas veces.
No he conocido padre, pero sí a muchos colegas de mamá. Ella follaba cada día. Pero no era puta, eso decía. Se divertía y basta.
A los tres años ya pronunciaba a la perfección las palabras que oía de su horrible boca.
Yo, del colegio, ni me acuerdo. Iba poco. Ella decía que me necesitaba, y que lo importante se aprendía en la calle.
La muy puta, a los diez años me desvirgó. Y pronto me obligó a prostituirme para llevar dinero a casa.
La había visto pegarles a otras chicas enfermas por la droga. Ella era la jefa. Así la llamaban.

La muy guarra, ahora estaba gorda.
Era de noche, y...

Sí, le clavé el cuchillo en la garganta.
Gritaba y sangraba como una cerda.
Harta de sus labios rojos
marcados en los vasos, en las apestosas colillas.
De sus gritos, insultos, desprecios.
Harta de la vida.
Muere, cerda, puerca.
Le dije
mientras le rajaba el pescuezo. Ja ja ja.
Y la asquerosa hija de puta se meó.
Tardó media hora larga

en morir como una bestia,
una mala bestia. Ja. Ja. Ja.
No quería morirse, pero la maté.
Sí, yo la maté.

martes, 15 de abril de 2008

A mitad del camino de la vida

Mónica Sabbatiello

«A mitad del camino de la vida
vine a encontrarme en una selva oscura»
(Dante)


Era una luminosa tarde de verano y las calles respiraban calma.
Desde mi ventana podía ver a las gaviotas abandonadas a la brisa, sobrevolando la avenida, la playa y el mar.
Sin embargo, nada en el exterior tenía suficiente poder para seducirme. El abatimiento me había ido chupando en su remolino tóxico y ya sólo era una sombra de mi misma. Sin gobierno, doblada en dos, aquel día empecé a pensar en la muerte como único alivio.

Mi pequeño hijo, intuyendo el desastre, pasaba por un calvario de pesadillas. La luz de su cuarto siempre permanecía encendida, y a cualquier hora de la madrugada, noche tras noche, lo encontraba despierto, huyendo de los malos sueños con algún cómic ajado y releído en sus manos.
Yo no sabía cómo darle alivio. Ni encontrarlo para mí. Al fin, me enfermé gravemente. Montada en la fiebre y en un temblor imparable, comencé a entregarme, cuando algo me sacó de allí. Un ángel y los ojos de mi niño.
Esa medianoche mi amigo Luis irrumpió en la UVI con un ramo de rosas. Había vencido la resistencia de porteros y enfermeras repartiendo flores. Me ayudó a levantarme y me acompañó hasta la ventana. A eso había venido: a mostrarme una despampanante luna llena sobre la ría. Definitivamente me trajo de vuelta a casa.
Justo allí, en el vórtice del sufrimiento, encontré esa fe de la que habla Kafka cuando afirma que poseerla supone «liberar dentro de sí lo indestructible; o más bien liberarse; o más bien ser indestructible; o más bien ser»
Es mi caso; y de muchos náufragos sobrevivientes.

martes, 8 de abril de 2008

Un escritor cansado

Marc Ballester
Hoy he decido escribir a mano en un gran bloc de hojas cuadriculadas. Sentado en el sofá, junto a la doble puerta de cristal que da paso a la terraza a nivel de cincuenta metros cuadrados con magníficas vistas panorámicas sobre el centro histórico de la ciudad (¡Caramba! Parece que esté vendiendo un piso y no hablando de la escritura)... A lo que iba, ya tengo el bloc de tapas color naranja. El bolígrafo de punta redonda y tinta azul. Y el sofá:largo, de tres plazas, aunque en la publicidad se quedaron cortos. Seré más preciso. Como primera opción y sin apretujarse, en el sofá caben dos obesos mórbidos que se lleven bien entre sí. Después, otra posibilidad es escoger y depositar en el sofá a tres gordos normales o a tres personas recias y a una flaca sumisa. Sin embargo la combinación más equilibrada, mi preferida, es: dos casi flacos y dos casi gordos que no se rían en exceso.

Todos conocemos el infinito número de músculos que intervienen en la risa, lo cual convertiría su convivencia en un imposible. Por último, una opción que me repugna por su utópica simpleza: seis flacos reflacos. Este número de personas es horroroso. ¿Se imagina alguien a una pareja de recién casados, muy flacos ellos, con los cuatro padres respectivos, también requeteflacos, sentados en línea mirando hacia el frente el primer día en que se reúnen todos? Sin duda, en la publicidad se quedaron cortos.
Como decía al principio. hoy me decidí a escribir, y lo hago siempre sentado en un extremo del sofá, acompañado por un desparrame de libros de narrativa, poesía o ensayo, todos ellos de altísimo nivel con los que relleno estanterías y que nunca leo. También les acompaña un periódico de hace días que alberga una noticia muy curiosa que será la futura simiente de la primera novela de mi trilogía dedicada a lo absurdo cotidiano, noticia que ahora soy incapaz de localizar. Junto al periódico hay una carpeta con escritos de amigos y mi última novela, y cuando digo mi última novela me refiero no a que la autoría sea mía sino a que es la que está conmigo en el tren o en el metro, en la sala de espera del hospital o en el water, la que aplasto durante la siesta, en fin, mi última novela. Sepan que cuando compro un libro lo encasqueto en una canasta de mimbre en la cual guardan turno pacientemente mis anteriores adquisiciones, como manzanas esperando ser devoradas por el tiempo. A veces no recuerdo qué me llevó a comprar tal o cual libro y por qué cuando le llegó el turno en la caja perdió todo su interés. Al estante. Estar en la canasta es un privilegio. Escribir a mano en el sofá con una taza de café con leche cerca, otro. La verdad es que cuando escribo en serio, y me refiero con eso a que por supuesto voy a escribir la mejor novela, cuento o ensayo de mi generación, qué digo, del siglo, no, de toda la Historia Contemporánea, me siento no en el sofá, sino en la butaca, frente al ordenador, esa computadora que, agazapada, espera hundirme en la miseria, porque es ella la que estropea, invalida, prostituye mis textos contaminándolos de virus y los hace reaparecer con frases diferentes de las que yo archivé,. Las reconozco enseguida: no son mías. Menos mal que la autoría es de la máquina computadora.
Escribir cosas serias y utilizar el ordenador es todo una misma cosa. Disfrutar, desayunar y emborronar la libreta es otra cosa. Quizás el secreto está en que los escritos del ordenador acaban cansando y entonces te acuerdas de que la silla utilizada no es lo suficientemente cómoda y de que debes comprar una nueva para evitar las dorsalgias, lumbalgias y literatulalgias. O sea, que leer alguno de esos textos que huelen a microchip comporta tener que engullir varios kilogramos de paracetamol.
Escribir mal (porque no quisiera engañarles, uno siempre escribe mal, con mala caligrafía) sentado en el sofá no garantiza mejores resultados, pero como el café es bueno, el respaldo es amplio y el compromiso es pequeño, uno puede zambullirse entre el texto y los cojines sin vergüenza ni temor a adormilarse. Ora durmiendo, ora escribiendo, como en un vals silencioso, lento, en el que uno desconoce si escribe, duerme o sueña. Y anda este texto más próximo al diván de Freud que al potro de tortura computerizada. Por eso prefiero biendormir a peorescribir. Lo dicho, me voy a la cama.

jueves, 3 de abril de 2008

Papel mojado

Vicente Aparicio
En esta reencarnación, siempre que he viajado en barco, ha sido en una lancha. Como si fuera pija, pero sin serlo. Creo. El caso es que un día iba yo en una lancha y estalló una tormenta y luego todo estaba oscuro y vi un túnel muy largo con una luz al fondo y más tarde me desperté y resulta que estaba tumbada, exhausta y entumecida, en una isla desierta. Creo que nunca había naufragado antes. En esta reencarnación, quiero decir.
La isla no se parecía en nada a las islas de las películas. No había palmeras. No había animales, ni siquiera insectos. Tampoco parecía haber indígenas, aunque eso no deja de ser lógico tratándose de una isla desierta.
En cuanto abrí los ojos vi, sobre la blanca arena de la playa de aguas sucias y malolientes en la que yo estaba tumbada, tres cosas. Las tres cosas eran un bolígrafo, un bloc y una botella de cristal. Sorprendente pero cierto. En la lancha todo eso no estaba y yo me acuerdo perfectamente de que en la lancha todo eso no estaba, así que no merece la pena intentar comprender por qué en la isla sí.
No quise desaprovechar aquel golpe de suerte.

O sea, que me puse a escribir un mensaje, un mensaje de náufraga. Un mensaje que una vez escrito viajara dentro de la botella en busca de un ser humano que, con un poco de suerte, supiera leer. Alguien capaz, incluso, de comprender lo que leyera. La vida en la isla iba a resultar aburrida, pero para empezar yo estaba de lo más entretenida.
En una hoja del bloc escribí: «Socorro. No quiero estar sola ni un minuto más. Tengo un miedo espantoso.» Bueno, no. No escribí eso. Mejor dicho, sí que lo escribí, pero luego rompí la hoja y la tiré al mar, porque eso que había escrito era una memez. Ya sé que escribir y llorar son cosas parecidas, por no decir que son lo mismo, pero yo era una náufraga, no una artista ni un ser humano cualquiera que sufre por su destino, sino una náufraga, repito, y, por lo tanto, mi misión en aquella isla era pedir auxilio y punto. ¿A quién podía importar que yo me sincerara como una cosa mala desde el otro lado del mar? Cogí otra hoja y escribí: «Socorro.». Y ya está.
Me gustan las islas desiertas en las que no hay que buscarse la vida para encontrar un trozo de papel.
«Socorro», escribí. Pero en cuanto acabé -incluso diría que antes- yo ya sabía que en realidad no era eso lo que yo quería decir. «Socorro.» ¡Menuda majadería! Vamos, que el segundo mensaje también lo tiré al mar, pero con más razón y más rabia. Con lo sucia que estaba el agua, a nadie podían importarle un par de porquerías. Nunca he tenido conciencia ecológica, la verdad, y, además, para algo tenía que servir que no hubiera nadie en mi isla.
Al cabo de un rato, las olas me trajeron de vuelta los dos mensajes -si es que alguna vez llegaron a alejarse-. Chorreaban tinta y era imposible leer nada en ellos ya. Mejor así.
A ver si me explico. Yo tenía miedo y necesitaba auxilio, pero como tenía mucho tiempo para pensar, estuve pensando, y fue así como me di cuenta de que yo tenía miedo pero no tenía miedo por estar en una isla desierta, sino por alguna otra razón en la que no me apetecía mucho pensar. Por lo tanto, ¿para qué iba yo a pedir auxilio en un mensaje dentro de una botella?
Sí, lo sé: quizás el mensaje llegara algún día a alguien capaz de leer y capaz de comprender lo que leía y que podría venir en mi ayuda y salvarme, pero ¿salvarme de qué? Porque ¿y si después de que ese alguien viniera junto a mí yo siguiera teniendo miedo? ¿Y si después de que viniera yo tuviera incluso más miedo que estando sola? Hacía peste, en aquella isla. No una peste insoportable, pero olía bastante mal.
Ya he dicho que tenía mucho tiempo para pensar, pero en un momento dado ya no tuve más ganas de emplear en pensar el mucho tiempo que tenía. Me cansa pensar, eso también lo reconozco. Y sin embargo, algo tenía que escribir. ¿Cómo iba a desaprovechar aquel bolígrafo, aquel bloc, aquella botella que el destino me había plantado como un signo delante de las narices? ¿Cómo iba a desaprovechar una isla desierta?
Se me ocurrió una idea brillante, si se me permite la inmodestia. Se trataba de escribir algo que pudiera significar cualquier cosa, pero que ‘sobre todo’ significara lo que yo quería decir. Nadie acabaría de comprenderlo, porque nadie entiende a nadie, pero el destinatario de mi mensaje -ya puestos, mejor un varón- recibiría la petición de auxilio y, a la vez, sentiría una simpatía solidaria hacia mi persona. Los seres humanos solemos tener afinidad con otros seres humanos cuando hablan ambiguamente sobre sí mismos. No es una idea mía. Lo leí en alguna parte y estoy, eso sí, completamente de acuerdo. Decía el autor, si no recuerdo mal, que estamos programados para «empatizar» en abstracto. ¿No es eso precioso? Creo que tendría que empezar a rectificar. ¿Por qué no me pienso mejor las cosas antes de soltarlas? «Empatizar» en abstracto me parece, en realidad, cómodo, superficial y patético. Eso es lo que me parece.
Cómo me enrollo, ¿no?
Puedo prometer y prometo que lo intenté. Intenté con todas mis fuerzas durante días y días escribir un mensaje definitivo a quienquiera que fuera quien estuviera al otro lado del mar. Pero no encontraba las palabras. Todo me parecía pobre, mediocre, inexacto... Sobre todo, inexacto. Tuve miedo de agotar las hojas de mi libreta. Para ser ambigua a propósito y, a la vez, decir ‘sobre todo’ algo hay que tener un nivel de precisión y finura que yo, desde luego, no me sentía capaz de alcanzar. ¡Qué sensación tan desagradable! Hacía peste, estaba sola y tenía unas ganas irrefrenables de llorar. Pero no tengo práctica de llorar sin público. O sea, que decidí tumbarme a la bartola, a disimular. Estuve así unos cuantos meses.
Sí, eso es lo que he dicho: tumbada en la arena unos cuantos meses. Se estaba bien.
Cuando ya había descansado bastante, me puse otra vez a darle vueltas y más vueltas al asunto. Soy una mujer más bien tozuda. Tanto pensar y pensar no acababa de conducirme a ninguna parte: intuía lo que tenía que poner en el papel, pero no conseguía traducirlo a términos lingüísticos, no con la suficiente claridad.
Entonces ocurrió algo. Algo importante. Me atrevería a decir que entonces ocurrió lo más importante que me ha ocurrido en la vida. En esta vida, debo puntualizar.
Ocurrió de noche.
Yo había encendido un fuego, más que nada por entretenerme, y para ser una náufraga de manual. El fuego, además, me hacía compañía y siempre me ha parecido hermoso. Rojo, multiforme, crepitante. En fin, estaba yo sentada en la playa con aquel fuego que era lo único que tenía en este mundo y de pronto empezó a sonar en torno a mí una preciosa música que yo, estoy segura, jamás había escuchado antes.
Una música tan maravillosa que a pesar de que estaba yo desnuda -lo cual hasta ahora había preferido no mencionar, no más que por pudor- hizo que me vinieran unos tremendos deseos de desnudarme. Como cuando alguien tiene ganas de comerse algo muy rico y no puede hacerlo porque ya está hasta arriba de comida. Pero al revés: en vez de poner, quitar. No sé si me explico.
¿De dónde podía proceder una música tan excitante como aquella? En una isla desierta...
No importaba. Me sentía dichosa como nunca antes me había sentido y, lo que es mejor, sin un motivo de peso. «No te falta nada», me dije. Y de inmediato me acordé, una por una, de todas mis lanchas (y de todas a la vez), y me acordé de todas mis amigas y de todos mis amigos, y de todos mis novios y de todos los momentos felices e incluso de los momentos no tan felices. Y recordé, sobre todo, al amor de mi vida, aquel hombre musculoso, limpio y con cara de buena persona a quien un día pude ver pasar fugazmente por delante mío en el puerto marítimo y desaparecer para siempre jamás, el hombre por quien una servidora hubiera renunciado a todo, el único por el que hubiera dejado de ser yo. Y pensé en papá y en mamá y en... y en los hijos que nunca he tenido, y en el lobo, y en el horror de los niños del África y en la mafia rumana y en las guerras fratricidas de todo el planeta, e ingresé en un estado de melancolía de tal calibre que estaba inmensamente feliz por que todo ello siguiera vivo, resguardado como un tesoro dentro de mi persona, y formara lo que yo era, o sea, un ser humano, una náufraga de carne y hueso, delicada como una muñeca e indestructible como una roca, una mujer con un corazón palpitante en medio de la noche, junto al fuego, desnuda, envuelta en el aroma de una música maravillosa.
Me di cuenta de que olía bien. La isla olía bien.
Supe que había llegado el momento. Cogí el bloc y una fuerza inaudita que manaba de muy adentro -de muy abajo-, condujo el bolígrafo hacia el papel y me dictó sin vacilaciones el mensaje que mi conciencia necesitaba dirigir desde aquel pequeño islote hasta la inmensidad de la otra orilla. Al terminar, caí exhausta sobre la arena, como el día en que había llegado hasta allí.
A la mañana siguiente, al despertar, vi a un indígena. Me miraba. ¿De dónde puñetas había salido «aquello»? Parecía inofensivo. Llevaba puesto un taparrabos, y unos cuantos colgajos por aquí y por allá. Estuvo mirándome un rato, con más regocijo que miedo o sorpresa, hasta el punto de que me hizo comprender cómo deben sentirse los pobres monos del parque. De pronto arrancó a correr y se perdió a lo lejos. No he vuelto a verlo jamás.
Cuando me quedé sola advertí, con gran tristeza, que algo esencial se había estropeado durante la noche. Que la música hubiera cesado casi era lo de menos. Lo peor, lo verdaderamente trágico era que en la hoja del bloc -allí donde horas antes mi exaltación casi mística había conseguido escribir el mensaje con mayúsculas que expresaba con precisión casi matemática mi vida en todos sus matices-, en aquel lienzo sagrado, ahora solo había... un garabato.
Un feo garabato escrito a boli en un triste papel tirado en una playa de arena blanca de aguas sucias y malolientes -sí, es cierto, mi isla volvía a oler mal-. Un garabato ridículo.
Esta vez sí que me derrumbé. No entraré en detalles, pues no me gusta cargar las tintas del patetismo cuando la protagonista soy yo.
El papel se acabó mojando, como era de esperar. Vino una ola y destruyó mi mensaje.
Qué más da. Juro por todas mis lanchas que no me importa. Yo lo he visto. Lo he visto y lo he tenido en mis manos. He sido feliz y, aunque la música no haya vuelto a exaltar mis sentidos, aunque del indígena risueño no haya quedado ni rastro, aunque no me queden ganas de desnudarme más de lo que ya lo estoy, aunque aquí huela a rayos las más de las veces, me gusta mi isla. Mucho, me gusta mucho.
A veces dibujo garabatos en la arena. Viene una ola y los borra. Eso es todo.
La próxima vez que me reencarne no quiero viajar siempre en lancha. No soy una ilusa, a estas alturas: después de todas estas vidas me parece haber aprendido que es mejor no creerse con derecho a escoger; por si acaso. Aun así, para esa próxima vez deseo con todas mis fuerzas ser náufraga desde el primer día.
En cuanto a esta vida de ahora, sé que antes de morirme aparecerá en algún momento, por allá a lo lejos, una lancha. Yo no sé si eso será bueno o malo. Tengo miedo de que pase y de que no.
Estoy mintiendo, en realidad. Me pasa a veces, y eso que estoy sola. Miento. A veces miento. Pero ahora voy a hacer una última confesión. Ayer vi la proa de una lancha apuntando por el horizonte. Me emocioné. Me emocioné al principio. Duró unos instantes. Después lo pensé mejor. ¿Saben lo que hice? No hice aspavientos. No imaginé nuevos futuros para mí. No pedí socorro. No hice nada de todo eso. La verdad es que me escondí. Eso es lo que aquí confieso. Corrí unos metros y permanecí unas cuantas horas oculta detrás de unos matorrales, en silencio, conteniendo el aliento. Al regresar, la lancha era un recuerdo. Sé que no volverá. No quedan más hojas en mi bloc. Soy más o menos feliz, libre, y tengo miedo.