lunes, 10 de marzo de 2008

El duelo de María Santina

Rosana Román
Cuando Maria Santina murió, el pueblo vistió de duelo siete días y siete noches. Nadie gozó poner la radio, ni relajarse con juegos eróticos, porque fue como si se muriera un poco la madre, la esposa, la hermana o la hija de todos.
Se había ido tal como había vivido, con elegancia y educación, de tan buenos modos, que les sorprendió desprevenidos causándoles por ello un repentino vacío.
Su viudo, Cebrián Salgado, militar retirado, se quedó también huérfano de sus cuidados. Tan solo, que vagó como alma en pena por la casa durante meses, esperando encontrarla en algún rincón tal como la recordaba, sentadita en una silla baja de enea, junto al cesto de mimbre que siempre contenía ropa para remendar, enhebrando agujas y mirándole por encima de los anteojos metálicos, para comprobar que vestía correcto antes de salir de casa.
Al volver del cementerio, Cebrián prohibió a sus hijos que se derramara ni una lágrima más.

No supieron si lo hizo por no recordar a su mujer a cada instante o por preservar la casa de ruidos, ya que amaneció sumida en un silencio sepulcral. En cualquier caso, ninguno de ellos fue nunca capaz de desobedecer una orden dada por su padre cuando con su rostro enjuto y sus generosos bigotes les miraba con ojos de quijote que no admitían porqués.
Los hijos mayores, Sebastián de veinte años y Martín de dieciocho, guardaron su pena bajo llave y continuaron como si todo estuviera olvidado, atendiendo a las tareas del campo y de la reparación de la casa.
Emilia, la pequeña, que contaba con dieciséis cuando ocurrió la desgracia, se refugió en la cocina de la que apenas salía, arropada por el cariño de la nana Prudencia, una mulata maciza y bondadosa que siempre había vivido en la casa y que por petición de Emilia y la vista gorda del padre, se había trasladado a la alcoba de la joven para hacerle compañía por las noches.
Ambas, realizaban las tareas domésticas juntas, en lo que Emilia se mostraba diligente, para poder volver de nuevo a la cocina donde se sentía segura.
Aquel lugar no era frecuentado por los hombres, y mucho menos por su padre, lo cual les permitía la intimidad suficiente para poder hablar sin miedo de su madre durante horas. La nana le contaba anécdotas de María Santina mientras Emilia pelaba cebollas y dejaba escapar su dolor en forma de gotas ácidas que hubieran podido llenas barreños enteros. Así de a poco en poco, entre sofritos y sopas de cebolla, fue elaborando su duelo.
La comunidad recobró su rutina anterior mientras en la casa, la alegría, que había emigrado con las golondrinas al final del verano, no regresó al año siguiente. Al cabo de un tiempo, Cebrián Salgado se había convertido en la sombra de sí mismo. No hablaba con nadie, apenas comía y enviaba al carajo con cajas destempladas al cura cada vez que, a instancias de algún compadre bien intencionado, pasaba a visitarlo intentando rescatarlo de su ostracismo.
- Si no se olvida de obedecerse, está perdido.
Comentaba la nana, sin que Emilia la entendiera, cada vez que regresaba a la cocina con el plato lleno sin tocar.
Sebastián, con su padre ausente, intentaba mantener el patrimonio familiar, mientras luchaba contra las sequías y las deudas que se habían acrecentado a causa de una indolente administración. No tardó en quejarse de dolores en el hígado.
- Esto es amargura, no se le pasará aunque se hinche de boldo.
Repetía la nana cada vez que lo veía doblado sobre sí mismo en la hamaca del patio.
Martín, por su parte, había roto su compromiso con la muchacha que hasta hacía poco aspiraba desposar. Ella, cansada de aguantar su humor cambiante y sus olvidos a las citas, había empezado a distanciarse y a dejarse cortejar por jóvenes más avispados que sabían como contentarla. Desde entonces, andaba todo el día enojado y violento, dispuesto a pegarse con el primero que se le cruzara por cualquier vaina.
- Señor, señor, un día te encontraremos con la garganta abierta en cualquier callejón.
Le reprendía la nana cada vez que llegaba magullado o ensangrentado requiriendo sus cuidados.
Una de aquellas noches de trifulca callejera, Emilia decidió que ya había bastante. Por la mañana encargó traer veinte quilos de cebollas y una sartén para doce comensales, y con ayuda de la nana las peló y las troceó poniéndolas a sofreír todas a un tiempo. Después abrió las puertas interiores de la casa y dejó que el olor lo inundara todo, justo a la hora de la comida, cuando su padre y sus hermanos esperaban sentados a la mesa. Fue tan denso el ambiente que se respiraba, que empezaron a lagrimear y a restregarse los ojos. Al poco rato, los tres lloraban con tanto desconsuelo que apenas se les entendía la retahíla de improperios con los que renegaban por el intenso olor de la cocina.
Emilia los encerró en el comedor y los mantuvo aislados allí cinco días hasta que dejaron de llorar. Los hombres, se los pasaron plañendo y tomando hasta terminar con el aguardiente reservado para las fiestas patronales. Cuando las lágrimas les llegaban a las rodillas parecieron darse por satisfechos y poco a poco dejó de oírseles.
Emilia abrió entonces la puerta y dejó desbordar el agua hasta el patio donde después de quedar anegado unos días, crecieron lirios azules, los preferidos de Maria Santina.

8 comentarios:

  1. LA BRUJA DEL ZOO dice...

    Ya ves, Rosana. Beber en las fuentes de los grandes maestros y disfrutar del agua tiene estas consecuencias: la escritura se traslada a pueblos remotos, es poseída por palabras y atmósferas, las lágrimas suben por las pantorrillas y al mirar al jarrón, me parece que los claveles se han convertido en lirios azules.

    ResponderEliminar
  2. ...és quan buide que hi veus clar...
    Bona estratègia la de les cebes per empènyer el plor contingut.
    Salutacions Rosana

    ResponderEliminar
  3. Rosana, tu escrito me ha introducido en queridos recuerdos de niñez, cuando leía este tipo de relatos y cuentos con un cierto sabor criollo que solían contener una que otra moraleja.

    El relato es fluido, aunque te obliga a hacer algunas “paradinhas” y releer frases que asemejan perlas cultivadas, como cuando dices que María miraba a Cebrián por encima de los anteojos metálicos, para comprobar que vestía correcto antes de salir de casa.

    Entiendo que hayas sido comedida con Prudencia por no ser el personaje central del relato. Aunque te animo a que la explotes más en esas segundas partes que no dudo ya tienes en mente.

    En cuanto a la esencia, estoy contigo en que siempre debemos enterrar a los muertos, al igual que hay que expulsar los demonios que uno lleva dentro. No podemos dejar latentes e inacabados procesos emotivos por una cuestión de mera disciplina o simple autoimposición. Igual ocurre en dinámicas de grupo ante la ausencia súbita de un líder arraigado. Por cierto, es bueno y deseable que nos saquemos algunas máscaras y que los hombres podamos llorar sin dejar de sentirnos machos.

    El final es de lo más poético, aunque personalmente prefiero quedarme con el aguardiente más que con los lirios azules, ¿será por que soy hombre?

    Felicidades Rosana, me has hecho feliz y nostálgico al mismo tiempo.

    Quiconusco.

    ResponderEliminar
  4. Cada vez que lo leo lo saboreo más,es cierto lo que dice Quiconusco, me llena de añoranzas de un tiempo del que me creía dueña y que podía dosificar a mi antojo, ahora tengo la certeza de que no es así y por eso intento aprovecharlo más.Me veo como Maria Santino, con anteojos, pero no remendando,sino leyendo y disfrutando a mis amigos KARCOMOS.

    ResponderEliminar
  5. Rosana dice:
    Gracias a todos por vuestros comentarios. Aunque este estilo de realismo mágico no esté muy de moda, a mí es el que más me gusta y donde me siento más cómoda. Sobre todo, despues de conocer de cerca latinoamérica.
    Gracias por vustros ánimos y sugerencias. Un beso.

    ResponderEliminar
  6. Me gustó el cuento, no es pretencioso y cuenta con poesía algo tan cotidiano como el dolor de una pérdida. La contención y el desbordamiento de las lágrimas. He dicho que me gustó?

    ResponderEliminar
  7. Fantástico!!!, un estilo tan tuyo, como si te expresaras enterita, con tu amor y sentir latinoamericano, que se percibe en este relato, pues tiene ese deje mágico de este contienente. Incluye además el aprendizaje de tocar fondo con las pérdidas, para renacer. Algo que traes sin duda de tu arcón de experiencias. Pero no se hace doloroso, más bien al leerlo se siente tu gozo, tu disfrute al escribirlo. Enhorabuena Rosana, me gusta mucho cuando te largas así, tan enterita, toda tu en lo que escribes.´
    Mónica

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar