martes, 4 de marzo de 2008

Con la sangre y el oro de la vida cotidiana

Natàlia
Había hecho la compra de la semana y la carga era generosa.
Tenía el coche aparcado muy cerca del comercio, así que sólo le iba a tocar andar con el peso de las bolsas unos cuantos metros.
Cuando iba a descargar, escuchó un ruido.
Como un aleteo.
Miró hacia los lados, y al echar la vista hacia arriba vio que, en la rama de un árbol, un pájaro se había quedado atrapado. Tenía la pata enganchada.
Se fijó con más atención. Hizo un zoom con la pupila. Confirmó que el pájaro era una paloma.
Estaba cabeza abajo, agitando las alas con la intención de soltarse, tratando de emprender el vuelo aunque ello pudiera costarle la pata.
Metió los paquetes dentro del coche, sin fijarse, con rapidez. El champú, la fruta y los congelados cayeron a la alfombra, el detergente aterrizó en el asiento trasero, junto al café y la leche, y el papel de cocina chocó contra el reposacabezas y rodó junto a la guía de carreteras que guardaba en el bolsillo de la puerta.
Agarró las llaves, pulsó el cierre y se dispuso a hacer algo para rescatar al animal.
Tenía la necesidad de quedarse. No podía irse sin más. Como quien presencia un accidente y, sin saber qué hacer, tiene claro que no debe moverse hasta que todo se resuelva. Así que... allí estaba. Mirando hacia arriba, hacia el accidente.

La gente pasaba sin prestar atención a su presencia estática, con la cabeza inclinada hacia atrás.
Al lado de la ancha acera pasaba una avenida repleta de coches que circulaban intermitentemente al ritmo del semáforo. Ahora avanzando, ahora parados. Nadie se percataba de su preocupación.
En su afán por liberar a la paloma herida, detuvo a un peatón.
- ¿Me puede ayudar a liberarla? -le dijo señalando hacia arriba.
- Ja, ja, ¿esto qué es, una cámara oculta?
El sr. Anónimo siguió su camino sonriente, como si acabaran de contarle un chiste.
Notaba como suyo el sufrimiento de aquella pata, ya muy ensangrentada. En el estómago, allí dónde se concentran todos los sentimientos. Alarma, socorro, luz roja.
- ¡Señora! -dijo ahora-, ¿puede ayudarme a liberar a la paloma? Mire, mire cómo la han dejado, atada cabeza abajo, y tiene la pata herida.
A veces el animal, cansado, dejaba de aletear. Como si todo hubiera terminado.
Seguía intentando convencer a la señora.
- Si yo, que peso poco, me subo encima de usted, que es alta, seguro que llegaré a poder apoyarme para intentar liberarla.
- No sé quien es usted ni qué interés tiene en esta hazaña -dijo la mujer-, pero no estoy de humor, ni tengo ganas de romperme el espinazo por una tontería así. Deje al bicho en paz -añadió-, los animales se espabilan solos, mucho más que nosotros. Ya vera como se suelta sin ayuda de nadie.
- ¡Pero si sigue estirando, perderá la pata! -la increpó.
- Ellos no sienten dolor como nosotros, y sus heridas enseguida cicatrizan.
La señora Anónima se marchó avenida abajo con cara de perplejidad.
No podía más que quedarse allí acompañando a la paloma en su agonía. Sentía que algo empujaba para que no la abandonara, aunque sólo fuera mirándola.
El árbol era de tronco gris y liso, sin corteza, casi más mobiliario urbano que vegetal con vida propia. Intentó escalarlo y llegar hasta la primera rama, pero le resultaba imposible. Resbalaba, no disponía de puntos de apoyo.
Volvió al súper. Preguntó si le podían dejar una escalera. El encargado supo escuchar su dolor. Salió del comercio con una escalera incomóda de transportar cargada al hombro y se dispuso a llevar a cabo su único objetivo de aquellos últimos minutos.
Buscó el árbol. Pero la paloma ya no estaba allí. Se había ido. Mejor dicho, solo estaba su cuerpo, rígido, empapado de un rojo sucio.
Alguien se había adelantado al rescate. Un perdigón había acabado con su agonía. Ya no sufría.
Todo había terminado. Nada justificaba ya su presencia allí. Devolvió la escalera. Entró en el coche, dio al contacto y, sin colocarse el cinturón de seguridad, se incorporó al tráfico de la avenida.

7 comentarios:

  1. El primer tros m'ha intrigat molt i m'ha fet llegir la resta. I quan anava llegint pensaba que era una persona que passaba per la vida preocupant-se de les coses però que no feia res per canviar-les. Però tenia la esperança que finalment sortís bé i es salves el pobre animal. Però en acabar, m'he sentit derrotada, per la no col·laboració de la gent i pel final, que facis el que facis sempre és tard. Segueix escrivint Natalia i seguiré llegint-te. Petonets

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno!, me quedo con el final: “sin colocarse el cinturón de seguridad”. En cuanto a la frase de la señora: “ellos no sufren el dolor como nosotros”, es en realidad los animales “no especulan con el dolor como nosotros”; aunque….. cohabito con un gato siamés, que está evolucionando hacia humano!.

    ResponderEliminar
  3. La mayoría, al ver el accidente, se va. Quedarse puede ser inútil, pero es necesario para que el color rojo no sea tan sucio.
    Saludos.
    R.

    ResponderEliminar
  4. Qué sorpresa Natalia encontrarte en el Blogg, sigue así, despertando conciencias, o lo que quieras, pero no dejes de escribir. Me gusta leerte y que etés en el grupo. ¡Viva la karcoma y la gente con madera!

    ResponderEliminar
  5. Veig que has decidit a clavar-te el ganivet de la "literatura" en la ferida que és la vida. Has decidit deixar supurar el pus vital que ens infecta i ventar les feides. Benvinguda al club. Ja enyoro tot el que encara no has escrit.

    ResponderEliminar
  6. LA BRUIXA DEL ZOO

    La impotència és un dels sentiments més intensos dels humans. Normalment porta la ràbia associada.
    La salvadora de coloms atrapats no sembla sentir ràbia, sinó aquell atribut que només guarden alguns humans com un vestigi del passat. Bondat en estat pur. I malgrat la sang, l'or no deixa de brillar.

    ResponderEliminar
  7. Hola Natàlia, em sento reflexada en aquest conte, cada cosa que fa la conductora ajuda a descriure millor coses que jo he sentit, has fet una feina bonica!

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar