miércoles, 26 de marzo de 2008

Únic escenari

Vicenç del Hoyo
- Avui vull anar tranquileta -diu la Tous pujant a la bici.
- Jo no sé si podré. Noto que necessito esbravar-me. Tinc ganes de pedalejar ferotgement, d’esgotar la bèstia que duc a dins -explica l’Eloïsa tot saltant sobre la bici botant sobre el seient com si fos la grupa d’un cavall.
- Nena, com vens aquesta tarda! Què t’han fet?
- No ho vulguis saber! Tinc el nen amb angines, he fet una cua al metge d’hora i mitja, i total, què? Set dies d’antibiòtics, dos dies sense anar a l’escola i mil quilos de paciència. I, on creus que està el cabró del seu pare, eh? Doncs tocant-se els pebrots a l’... Hòstia, tia, mira quin culet més ben parit!

Just davant d’elles un noi vestit amb mallot cenyit està provant de pujar a la seva bicicleta. El seu vestuari és llampant i les seves maneres són estudiadament desenfadades. S’entreté provant l’alçada del seient. Per fi troba el punt òptim. Ni per un moment ha caigut en la temptació de mirar les quarentones que el segueixen. El semàfor és vermell. Els cotxes muts i aturats deixant escapar un fum blanc sense olor. Al carrer li han aparegut pigues. Fa deu minuts que ha començat a ploure. És una pluja fina plena de melangia. El semàfor es posa verd.
- No saps la sort que tens d’estar sola, noia-. esbufega Eloïsa. Ara ha pujat de peu sobre els pedals i pedaleja frenèticament, com si volgués atrapar el culet que la hipnotitza-. No saps quant sacrifici per no res, quantes ocasions perdudes, quanta mala consciència malaguanyada. I tu en canvi lliure per fer i desfer.
- No m’ho diguis això -es queixa la Tous-. Demà farà dos mesos que va marxar en Varela. No hi ha hora del dia que no pensi en ell.
- Perquè ets una beneita -sentencia Eloïsa-. Oblida’t del que queda endarrera i mira endavant -afirma emfàticament senyalant el cobejat culet.
Ara el semàfor crema el vermell. El tràfic ha disminuït. Ciutadans anònims s’afanyen en creuar el carrer. Ara s’encèn el verd. Els paraigües negres s’aturen, esperen impacientment. Els cotxes aixequen espurnes d’aigua quan es desplacen. Els vianants mouen els malucs com en un ball llatí, intentant evitar l’esquitx. El vermell torna a cremar.
- No puc ni dir ni bufa -es queixa l’Eloïsa-. Jo ho deixo aquí. Demà no vindrè, però el dijous ens podem tornar a veure. Encara tinc dues hores de cangur i he quedat amb en Jan.
- Qui? Jan? Però no era un rematadament fill de puta que t’estava amargant la vida a l’oficina?-pregunta perplexa la Tous.
- Què va! Si el que volia era aproximar-se. El que passa és que és un troglodita sense contenció -diu resoltament Eloïsa-. Me’n vaig a la dutxa. Si et truca el cabró del meu marit li dius que no m’has vist.
No espera resposta. Eloïsa agafa la tovallola, se la penja al coll i surt de la sala plena de bicicletes, cintes mòbils i altres aparells que ordenadament miren cap a la paret de vidre. Un gran finestral sobre el carrer. Ha deixat de ploure. La melangia plana sobre la ciutat.

martes, 18 de marzo de 2008

Gran traición

Maria Guilera
Mi abuela recogía los huevos del corral a primera hora de la mañana. Si conseguía despertarme por mí misma, yo la acompañaba.
Ella me dejaba meter las manos entre la paja y repetía bajito siempre las mismas palabras, con tiento Marieta, no me asustes a la Rubia.
La Rubia era una ponedora excelente, a su lado encontraba siempre los mejores huevos, los más grandes.
Con tiento, me decia la abuela. Sin apretar.
Yo buscaba hasta notar con los dedos la cáscara lisa y todavía caliente.

Mi abuela no se reía como los demás cuando yo le preguntaba quién era el marido de la Rubia.
Ese hija, quién va a ser. Aquí no hay más gallo que el Perejilero.
A mí me parecían una pareja perfecta. Les observaba no sólo en el corral, sinó también en el patio, mientras picoteaban grano y algún que otro gusanillo y me parecía que el Perejilero estaba siempre pendiente de su mujer, que levantaba la cresta cuando ella se alejaba hacia la carretera, como si la vigilara.
Hace mucho que están casados, le pregunté a mi abuela.
Aquí no hacen eso, Marieta. Se aparejan y andando.
El día antes de marcharme del pueblo ocurrió el desastre. Sabía que era la última puesta que recogía junto a mi abuela y busqué con ilusión entre la paja, dejándome guiar por la calidez que engendraban a su alrededor las plumas de la Rubia y encontré el huevo más grande, el más perfecto de todo el verano.
Mira qué gordo, abuela, le dije.
La Virgen, gritó ella. Pero si es de pato.

lunes, 10 de marzo de 2008

El duelo de María Santina

Rosana Román
Cuando Maria Santina murió, el pueblo vistió de duelo siete días y siete noches. Nadie gozó poner la radio, ni relajarse con juegos eróticos, porque fue como si se muriera un poco la madre, la esposa, la hermana o la hija de todos.
Se había ido tal como había vivido, con elegancia y educación, de tan buenos modos, que les sorprendió desprevenidos causándoles por ello un repentino vacío.
Su viudo, Cebrián Salgado, militar retirado, se quedó también huérfano de sus cuidados. Tan solo, que vagó como alma en pena por la casa durante meses, esperando encontrarla en algún rincón tal como la recordaba, sentadita en una silla baja de enea, junto al cesto de mimbre que siempre contenía ropa para remendar, enhebrando agujas y mirándole por encima de los anteojos metálicos, para comprobar que vestía correcto antes de salir de casa.
Al volver del cementerio, Cebrián prohibió a sus hijos que se derramara ni una lágrima más.

No supieron si lo hizo por no recordar a su mujer a cada instante o por preservar la casa de ruidos, ya que amaneció sumida en un silencio sepulcral. En cualquier caso, ninguno de ellos fue nunca capaz de desobedecer una orden dada por su padre cuando con su rostro enjuto y sus generosos bigotes les miraba con ojos de quijote que no admitían porqués.
Los hijos mayores, Sebastián de veinte años y Martín de dieciocho, guardaron su pena bajo llave y continuaron como si todo estuviera olvidado, atendiendo a las tareas del campo y de la reparación de la casa.
Emilia, la pequeña, que contaba con dieciséis cuando ocurrió la desgracia, se refugió en la cocina de la que apenas salía, arropada por el cariño de la nana Prudencia, una mulata maciza y bondadosa que siempre había vivido en la casa y que por petición de Emilia y la vista gorda del padre, se había trasladado a la alcoba de la joven para hacerle compañía por las noches.
Ambas, realizaban las tareas domésticas juntas, en lo que Emilia se mostraba diligente, para poder volver de nuevo a la cocina donde se sentía segura.
Aquel lugar no era frecuentado por los hombres, y mucho menos por su padre, lo cual les permitía la intimidad suficiente para poder hablar sin miedo de su madre durante horas. La nana le contaba anécdotas de María Santina mientras Emilia pelaba cebollas y dejaba escapar su dolor en forma de gotas ácidas que hubieran podido llenas barreños enteros. Así de a poco en poco, entre sofritos y sopas de cebolla, fue elaborando su duelo.
La comunidad recobró su rutina anterior mientras en la casa, la alegría, que había emigrado con las golondrinas al final del verano, no regresó al año siguiente. Al cabo de un tiempo, Cebrián Salgado se había convertido en la sombra de sí mismo. No hablaba con nadie, apenas comía y enviaba al carajo con cajas destempladas al cura cada vez que, a instancias de algún compadre bien intencionado, pasaba a visitarlo intentando rescatarlo de su ostracismo.
- Si no se olvida de obedecerse, está perdido.
Comentaba la nana, sin que Emilia la entendiera, cada vez que regresaba a la cocina con el plato lleno sin tocar.
Sebastián, con su padre ausente, intentaba mantener el patrimonio familiar, mientras luchaba contra las sequías y las deudas que se habían acrecentado a causa de una indolente administración. No tardó en quejarse de dolores en el hígado.
- Esto es amargura, no se le pasará aunque se hinche de boldo.
Repetía la nana cada vez que lo veía doblado sobre sí mismo en la hamaca del patio.
Martín, por su parte, había roto su compromiso con la muchacha que hasta hacía poco aspiraba desposar. Ella, cansada de aguantar su humor cambiante y sus olvidos a las citas, había empezado a distanciarse y a dejarse cortejar por jóvenes más avispados que sabían como contentarla. Desde entonces, andaba todo el día enojado y violento, dispuesto a pegarse con el primero que se le cruzara por cualquier vaina.
- Señor, señor, un día te encontraremos con la garganta abierta en cualquier callejón.
Le reprendía la nana cada vez que llegaba magullado o ensangrentado requiriendo sus cuidados.
Una de aquellas noches de trifulca callejera, Emilia decidió que ya había bastante. Por la mañana encargó traer veinte quilos de cebollas y una sartén para doce comensales, y con ayuda de la nana las peló y las troceó poniéndolas a sofreír todas a un tiempo. Después abrió las puertas interiores de la casa y dejó que el olor lo inundara todo, justo a la hora de la comida, cuando su padre y sus hermanos esperaban sentados a la mesa. Fue tan denso el ambiente que se respiraba, que empezaron a lagrimear y a restregarse los ojos. Al poco rato, los tres lloraban con tanto desconsuelo que apenas se les entendía la retahíla de improperios con los que renegaban por el intenso olor de la cocina.
Emilia los encerró en el comedor y los mantuvo aislados allí cinco días hasta que dejaron de llorar. Los hombres, se los pasaron plañendo y tomando hasta terminar con el aguardiente reservado para las fiestas patronales. Cuando las lágrimas les llegaban a las rodillas parecieron darse por satisfechos y poco a poco dejó de oírseles.
Emilia abrió entonces la puerta y dejó desbordar el agua hasta el patio donde después de quedar anegado unos días, crecieron lirios azules, los preferidos de Maria Santina.

martes, 4 de marzo de 2008

Con la sangre y el oro de la vida cotidiana

Natàlia
Había hecho la compra de la semana y la carga era generosa.
Tenía el coche aparcado muy cerca del comercio, así que sólo le iba a tocar andar con el peso de las bolsas unos cuantos metros.
Cuando iba a descargar, escuchó un ruido.
Como un aleteo.
Miró hacia los lados, y al echar la vista hacia arriba vio que, en la rama de un árbol, un pájaro se había quedado atrapado. Tenía la pata enganchada.
Se fijó con más atención. Hizo un zoom con la pupila. Confirmó que el pájaro era una paloma.
Estaba cabeza abajo, agitando las alas con la intención de soltarse, tratando de emprender el vuelo aunque ello pudiera costarle la pata.
Metió los paquetes dentro del coche, sin fijarse, con rapidez. El champú, la fruta y los congelados cayeron a la alfombra, el detergente aterrizó en el asiento trasero, junto al café y la leche, y el papel de cocina chocó contra el reposacabezas y rodó junto a la guía de carreteras que guardaba en el bolsillo de la puerta.
Agarró las llaves, pulsó el cierre y se dispuso a hacer algo para rescatar al animal.
Tenía la necesidad de quedarse. No podía irse sin más. Como quien presencia un accidente y, sin saber qué hacer, tiene claro que no debe moverse hasta que todo se resuelva. Así que... allí estaba. Mirando hacia arriba, hacia el accidente.

La gente pasaba sin prestar atención a su presencia estática, con la cabeza inclinada hacia atrás.
Al lado de la ancha acera pasaba una avenida repleta de coches que circulaban intermitentemente al ritmo del semáforo. Ahora avanzando, ahora parados. Nadie se percataba de su preocupación.
En su afán por liberar a la paloma herida, detuvo a un peatón.
- ¿Me puede ayudar a liberarla? -le dijo señalando hacia arriba.
- Ja, ja, ¿esto qué es, una cámara oculta?
El sr. Anónimo siguió su camino sonriente, como si acabaran de contarle un chiste.
Notaba como suyo el sufrimiento de aquella pata, ya muy ensangrentada. En el estómago, allí dónde se concentran todos los sentimientos. Alarma, socorro, luz roja.
- ¡Señora! -dijo ahora-, ¿puede ayudarme a liberar a la paloma? Mire, mire cómo la han dejado, atada cabeza abajo, y tiene la pata herida.
A veces el animal, cansado, dejaba de aletear. Como si todo hubiera terminado.
Seguía intentando convencer a la señora.
- Si yo, que peso poco, me subo encima de usted, que es alta, seguro que llegaré a poder apoyarme para intentar liberarla.
- No sé quien es usted ni qué interés tiene en esta hazaña -dijo la mujer-, pero no estoy de humor, ni tengo ganas de romperme el espinazo por una tontería así. Deje al bicho en paz -añadió-, los animales se espabilan solos, mucho más que nosotros. Ya vera como se suelta sin ayuda de nadie.
- ¡Pero si sigue estirando, perderá la pata! -la increpó.
- Ellos no sienten dolor como nosotros, y sus heridas enseguida cicatrizan.
La señora Anónima se marchó avenida abajo con cara de perplejidad.
No podía más que quedarse allí acompañando a la paloma en su agonía. Sentía que algo empujaba para que no la abandonara, aunque sólo fuera mirándola.
El árbol era de tronco gris y liso, sin corteza, casi más mobiliario urbano que vegetal con vida propia. Intentó escalarlo y llegar hasta la primera rama, pero le resultaba imposible. Resbalaba, no disponía de puntos de apoyo.
Volvió al súper. Preguntó si le podían dejar una escalera. El encargado supo escuchar su dolor. Salió del comercio con una escalera incomóda de transportar cargada al hombro y se dispuso a llevar a cabo su único objetivo de aquellos últimos minutos.
Buscó el árbol. Pero la paloma ya no estaba allí. Se había ido. Mejor dicho, solo estaba su cuerpo, rígido, empapado de un rojo sucio.
Alguien se había adelantado al rescate. Un perdigón había acabado con su agonía. Ya no sufría.
Todo había terminado. Nada justificaba ya su presencia allí. Devolvió la escalera. Entró en el coche, dio al contacto y, sin colocarse el cinturón de seguridad, se incorporó al tráfico de la avenida.