miércoles, 6 de febrero de 2008

Antes de hacerme mayor


Maria Guilera
No te había visto nunca y ya me interesabas. En los distintos departamentos de La Empresa era muy frecuente escuchar comentarios sobre tu persona. Se especulaba, se imaginaba, se ataban cabos. La mayor parte de los hombres hablaba de ti con cierto desdén, con un falso despego. Tampoco las mujeres parecían muy entusiasmadas. Escuchándolas, se tenía la misma impresión que al observar los rostros en una partida de póquer: nadie quería descubrir su juego.
Había escuchado que eras un hombre extraño, que no hablabas demasiado de ti mismo, que provocabas tanto rechazo como admiración.
Había quien pensaba que no te gustaban las mujeres y también quien estaba convencido de lo contrario. Pero todo eran suposiciones.

Te vi un lunes a las nueve de la mañana. En la sala de juntas, hablando con el Gran Jefe y con una taza de café en la mano. Ferrero es alto, pero parecías mucho más alto que él.
No llevabas corbata.
Oí que decías, déjeme pensarlo una semana más.
El acento extranjero era casi imperceptible, pero tu apellido delataba tu origen. Evtushenko.
Observé tu perfil perfecto y la mitad de tu sonrisa. Fue solo un momento. Te diste la vuelta y caminaste hacia el fondo de la sala con pasos elegantes y algo amanerados. Supe más tarde que habías estudiado danza en tu juventud.
Salí sin que me vieras. Pensé en ti toda la mañana, toda la tarde y toda la noche.
No pude dormir. Te imaginaba de frente, mirándome. Te imaginaba hablándome y para eso debía recordar también tu voz. Déjeme pensarlo una semana más.
Poco después supe que te habían contratado de forma algo irregular. Alguien te había recomendado desde arriba, eras un intocable.
Culto, educado, misterioso, diferente. Divorciado.
Averigüé el teléfono y llamé varias veces a tu casa. No contestabas nunca, hasta aquel sábado a las nueve de la noche. Tu voz al otro lado de la línea me sorprendió y no pude responderte.
Insistías. Diga, por favor.
Olvidé mi discurso estratégico y te dije lo único que pude, la verdad. No puedo dejar de pensar en ti.
Hablamos durante más de una hora, pero conseguí mantener el secreto de mi identidad.
Todavía no quiero decirte quién soy, ten un poco de paciencia, dije.
Una semana después fui a tu casa.
Tardaste en abrir la puerta. Desde el rellano de la escalera podía escuchar un piano que posiblemente ensordecía el timbre.
Abriste cuando ya casi me daba por vencida. Te vi de frente, solo tus ojos se reían.
Estaba seguro de que serías muy guapa.
La ese silbaba entre tus labios. Enrojecí.
Entra, por favor.
Te sentaste en el taburete del piano y cerraste la tapa. Yo estaba de pie junto al sofá y pensaba, qué estoy haciendo aquí.
Luego hablamos un poco.
Me llevaste hacia la ventana y dijiste, mira qué luna.
Sobre una mesita redonda, al lado de la cama, se apilaban muchos libros. No duermo demasiado. Me gusta leer.
En el suelo, el esqueleto de una pantalla dejaba la bombilla al descubierto y la cubriste con mi pañuelo. Mejor así, no crees.
Nos vimos durante algo más de un mes, casi a diario, siempre que podíamos.
A veces decías, ¿hoy tampoco me dirás quién eres? Y yo te contestaba, no, nunca te lo diré. Estaba convencida de que lo único interesante de mi misma era el secreto. Algún día me verías en La Empresa, pero hasta entonces podría mantenerlo.
Supe mucho de ti, porque por encima de todo me emocionaba escucharte. Contabas historias de tu infancia, de tu familia, de las vacaciones en el Mar Negro. Del primer viaje a España, del horror y el desconcierto ante la miseria, del difícil acomodo a un país que te pareció bárbaro.
De amores apasionados con bailarinas, de conflictos con maridos ofendidos, de huídas.
De conversaciones con Dalí, de partidas de ajedrez con Marcel Duchamp, de tertulias parisinas, de noches en Cadaqués y de regresos clandestinos a Moscú.
Antes de ti yo no sabía nada. No existía Marguerite Yourcenar, ni Virginia Wolf. Ni Bach, ni Malher, ni Txaikowski.
Pero tampoco Barral, ni Gabriel Ferrater, ni Gil de Biedma.
A solas, ponía la música que oíamos juntos, buscaba en la biblioteca los nombres que te escuchaba pronunciar y que grababa en mi memoria. Visitaba exposiciones y leía como poseída por una fiebre extraña.
No quería parecerte una idiota. Pero tú jamás me examinaste.
Una tarde miramos fotografías y te vi cuando tenías mi edad. Eras perfecto, hermoso, joven.
Una lástima que me hayas conocido tan tarde, Misha.
Estabas algo triste.
Yo te escribía poemas. Los leíamos tumbados en la alfombra mientras me adiestrabas el paladar con las delicias del auténtico caviar ruso y me descubrías los efectos de la marihuana.
Me llamabas con nombres magníficos. Mediterránea. Mi Soplo del Caos.
Yo vivía en el sueño más que en la vigilia. Mi familia, mi trabajo y mis amigos eran estorbos que procuraba evitar. Solo quería estar contigo, darle todo el tiempo al secreto. Verte.
Siempre en tu casa, a la que llegaba sola y de la que me iba, cada vez más tarde, después de haber llamado a un taxi.
En el camino cerraba los ojos. Intentaba retener el amor y la información en algún lugar entre la piel y el alma.
Que no se acabe nunca, pensaba.
El diecinueve de febrero me descubriste.
Lo siento, Marushka. Eres más peligrosa de lo que creía. La Gran Pasión es un juego prohibido cuando se trata de la mujer del Gran Jefe.
Antes de cerrar la puerta me dijiste, si puedes, no te hagas nunca mayor.
Pero en el taxi, yo ya había crecido.

6 comentarios:

  1. Por favor seguir escribiendo y ójala nazcan mas libros.

    Y sobretodo nunca perdáis la ilusión, ni las ganas.

    ResponderEliminar
  2. La Pasión, la clandestinidad, el Deseo. El ambiente, lo que se deja de decir, lo que asoma. Los ámbitos más preciosos de tu escritura. Enhorabuena, María.

    ResponderEliminar
  3. Genial,como todas tus historias de amor,tengo la extraña sensación de un "dejà vu"...y tal vez no sea la única. Necesito emborracharme de tus palabras, sigue y no pares.Por siempre tu amante admiradora.

    ResponderEliminar
  4. En un principio pensaba que la frívola, enamoradiza y juguetona Misha nos mentía. Nos camelaba porque, huyendo de los años que la separan de su esposo, jugaba a la emoción del engaño. La conclusión de un flirt (¿el primero?) no podía dar más paso que a otro, sin que ello entrañara un cambio de actitud.

    Luego, la duda me ha llevado a pensar que Marushka se había enamorado por la fascinación que le producía el ruso y se esforzaba en sintonizar con él y con su mundo, nuevo para ella. Sin embargo, la ruptura me parecía rápida, sin lucha, tal vez resignada, aceptada o negociada. No me convencía ese cambio a mayor, conducida en una sola y simple carrera de taxi.

    Finalmente, me retracto. He reconocido a Evgueni, para el que la vulgaridad es inmortal al igual que la resistencia a ella. Ante tal personalidad, no sólo la Señora Ferrero, sino cualquiera de nosotr@s, un diecinueve de febrero nos sentiríamos cambiados, maduros, adultos, porque al igual que Evtushenko, no hemos de malgastar el alma en cobardía, sino en prepararnos para la pérdida de todo lo que nos espanta perder.

    Enhorabuena María, me has tenido en vilo hasta que he reconocido la magnitud de la carga submarina.

    Quiconusco.

    ResponderEliminar
  5. Los comentarios, las opiniones y los buenos deseos son muy estimulantes.
    Gracias Anónimo por tu petición de continuidad.
    Y a Nina, perspicaz y precisa.
    Y a Solo Lola -para qué más- por su incondicionalidad histórica. Las críticas elaboradas se agradecen, Quiconusco ¡Quién iba a pensar que un relato corto fuera objeto de tantas reflexiones!
    María Guilera

    ResponderEliminar
  6. ¡Qué bonito!
    También sería precioso que alguna historia tuviera final feliz... Pero feliz de verdad... no melancólico, ni dudoso, ni con una simple puerta abierta a una resolución ambigua ¿por qué no pruebas?

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar