miércoles, 27 de febrero de 2008

Sentimientos desencantados

Mónica Sabbatiello
Los últimos testimonios del desencuentro fueron unas uñas menguantes y amarillentas, sucias quizás, en indolente caída sobre una marchita alfombra.

Trac trac, latigueaba la tijera. Danza macabra sobre los retorcidos pies de un hombre impávido.
Ella se alejó hacia la ventana, imbuida de desprecio.
Pero aún aullaban los lobos en su carne. Por sus despojos. Reliquias de un choque de dos especies, de un copular sin tregua, de una piel antaño complacida.
Las uñas seguían el sendero del desdén. Cayendo.
Huellas estériles en la tarde rota.
El mundo familiar se desmoronaba, hermanando la profanación
Sin remedio.
Detrás de los cristales ella vio el solitario álamo movido por el viento.
Se iría mañana. Aún no sabía adónde. Pero se iría.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Dos fechas

Marc Ballester
Creo que lo único seguro entre el nacimiento y la muerte es que hay que escribir un texto, de mayor o menor longitud, de mejor o peor calidad.

Presiento que la vida que nos es prestado vivir entre esas dos fechas es breve, como el escaso jamón y queso cortado a máquina de un mal bocadillo. Si no, ¿cómo se podría resumir toda una existencia en un escueto epitafio? No hay lápida ni recipiente en el mundo donde esculpir con verosimilitud una vida corriente, mucho menos la de un genio o persona ilustre que haya ostentado una o dos subsecretarías, qué decir de un ministro o un galán de cine.
Opino que las urnas deberían albergar vidas pequeñas, de niños o niñas de corta edad, abortos o gente baja, a los que la oportunidad se les cayó de las manos. No merecen más que un bote pequeño junto al televisor. Sin embargo, las vidas de medida estándar necesitan un nicho donde esculpir sus nombres y apellidos y poder colgar, como un moco seco, flores de plástico. Los panteones y monumentos son pues para los hombres (curioso que siempre sean hombres) que deben pasar a la posteridad.
Sé que la esperanza, que en mi barrio era una señora con la que nadie se hablaba, queda para los estúpidos, confiados en que después de esta vida de sufrimiento hay otra mejor, que equilibra, compensa y dignifica. Me temo que perdí la esperanza la última vez que la grúa se llevó mi coche, mis amigos me ignoraron, un desconocido atropelló mi perro, se me cayó el pelo, eyaculé antes de tiempo, perdió mi equipo, tuve diarrea, y me suicidé pero no me salió bien; lo único seguro es que, mientras se pueda, hay que escribir un texto, ni corto ni largo, ni bueno ni malo.

martes, 12 de febrero de 2008

Siete contra doce

Vicente Aparicio
Les voy a contar la historia de cómo rompí con mi novio. Es una absurda historia, pero... qué quieren que yo le haga.
Un día nos pusimos a jugar. Hacía calor y llevávamos poca ropa, y chancletas. O quizás esté equivocada, quizás estuviéramos ya cerca del invierno y por lo tanto yo debía de ir muy abrigada y él, quién sabe si en chancletas.
Quiso jugar a los dados.
Él me dijo -Le llamo ‘él’ porque me resisto a pronunciar su nombre-: "Di un número, nena".
Y yo contesté: "Tú primero, cariño".
Eso le gustó.
"Siete", dijo sin pensárselo dos veces, con una sonrisa de oreja a oreja.
"¿Por qué siete?", repuse yo con mi mejor cara de imbécil.
"Porque así es como más posibilidades hay de ganar. Es la combinación más probable, nena, simplemente por eso.". Y me miró con condescendencia.
"Aaaaaaaaaaaaah", dije yo.

"¿Y tú? ¿Por qué número apuestas tú?", preguntó.
"Doce", respondí entornando los ojos.
"¿Doce?", repuso él con una mezcla de asco y asombro. O quizás fuera de asombro y asco, es difícil de precisar después de tanto tiempo.
"Sí, doce", dije, "Me gusta el doce. Suena bien: seis más seis, doce".
"Tú sabrás", añadió para cerrar el tema.
Lancé los dados.
Antes de que se detuvieran, les puse la mano encima.
Estaba contenta. Juguetona. Estaba jugando a los dados con mi novio. Siete contra doce.
Quiso levantar mi mano para ver la tirada, pero mantuve la presión.
Las suyas eran unas manos grandes, llenas de pelos.
Le guiñé un ojo y me las compuse para ver los dados sin que él pudiera hacerlo. Inmediatamente, volví a taparlos.
"Anda, nena no seas pesada", dijo él. "¿Cuánto?".
Manejé teatralmente un ratito de silencio. Llámenme bruja, llámenme traviesa.
"Trece", contesté en voz baja, arrastrando un poco las sílabas.
Miró muy fijamente dentro de mis ojos. Pasaron unos cuantos segundos.
"Sabes que eso es imposible", afirmó. Estaba irritado. Varonil.
Retiré la mano.
Allí estaba la tirada. Trece. Seis más siete, trece.
Puse cara de campeona.
Me gustaría haberles contado una historia algo más romántica, o más trágica, o más épica, pero fue así como él me abandonó, y no de otro modo. No recuerdo si llevábamos chancletas.
Lástima: yo le quería.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Antes de hacerme mayor


Maria Guilera
No te había visto nunca y ya me interesabas. En los distintos departamentos de La Empresa era muy frecuente escuchar comentarios sobre tu persona. Se especulaba, se imaginaba, se ataban cabos. La mayor parte de los hombres hablaba de ti con cierto desdén, con un falso despego. Tampoco las mujeres parecían muy entusiasmadas. Escuchándolas, se tenía la misma impresión que al observar los rostros en una partida de póquer: nadie quería descubrir su juego.
Había escuchado que eras un hombre extraño, que no hablabas demasiado de ti mismo, que provocabas tanto rechazo como admiración.
Había quien pensaba que no te gustaban las mujeres y también quien estaba convencido de lo contrario. Pero todo eran suposiciones.

Te vi un lunes a las nueve de la mañana. En la sala de juntas, hablando con el Gran Jefe y con una taza de café en la mano. Ferrero es alto, pero parecías mucho más alto que él.
No llevabas corbata.
Oí que decías, déjeme pensarlo una semana más.
El acento extranjero era casi imperceptible, pero tu apellido delataba tu origen. Evtushenko.
Observé tu perfil perfecto y la mitad de tu sonrisa. Fue solo un momento. Te diste la vuelta y caminaste hacia el fondo de la sala con pasos elegantes y algo amanerados. Supe más tarde que habías estudiado danza en tu juventud.
Salí sin que me vieras. Pensé en ti toda la mañana, toda la tarde y toda la noche.
No pude dormir. Te imaginaba de frente, mirándome. Te imaginaba hablándome y para eso debía recordar también tu voz. Déjeme pensarlo una semana más.
Poco después supe que te habían contratado de forma algo irregular. Alguien te había recomendado desde arriba, eras un intocable.
Culto, educado, misterioso, diferente. Divorciado.
Averigüé el teléfono y llamé varias veces a tu casa. No contestabas nunca, hasta aquel sábado a las nueve de la noche. Tu voz al otro lado de la línea me sorprendió y no pude responderte.
Insistías. Diga, por favor.
Olvidé mi discurso estratégico y te dije lo único que pude, la verdad. No puedo dejar de pensar en ti.
Hablamos durante más de una hora, pero conseguí mantener el secreto de mi identidad.
Todavía no quiero decirte quién soy, ten un poco de paciencia, dije.
Una semana después fui a tu casa.
Tardaste en abrir la puerta. Desde el rellano de la escalera podía escuchar un piano que posiblemente ensordecía el timbre.
Abriste cuando ya casi me daba por vencida. Te vi de frente, solo tus ojos se reían.
Estaba seguro de que serías muy guapa.
La ese silbaba entre tus labios. Enrojecí.
Entra, por favor.
Te sentaste en el taburete del piano y cerraste la tapa. Yo estaba de pie junto al sofá y pensaba, qué estoy haciendo aquí.
Luego hablamos un poco.
Me llevaste hacia la ventana y dijiste, mira qué luna.
Sobre una mesita redonda, al lado de la cama, se apilaban muchos libros. No duermo demasiado. Me gusta leer.
En el suelo, el esqueleto de una pantalla dejaba la bombilla al descubierto y la cubriste con mi pañuelo. Mejor así, no crees.
Nos vimos durante algo más de un mes, casi a diario, siempre que podíamos.
A veces decías, ¿hoy tampoco me dirás quién eres? Y yo te contestaba, no, nunca te lo diré. Estaba convencida de que lo único interesante de mi misma era el secreto. Algún día me verías en La Empresa, pero hasta entonces podría mantenerlo.
Supe mucho de ti, porque por encima de todo me emocionaba escucharte. Contabas historias de tu infancia, de tu familia, de las vacaciones en el Mar Negro. Del primer viaje a España, del horror y el desconcierto ante la miseria, del difícil acomodo a un país que te pareció bárbaro.
De amores apasionados con bailarinas, de conflictos con maridos ofendidos, de huídas.
De conversaciones con Dalí, de partidas de ajedrez con Marcel Duchamp, de tertulias parisinas, de noches en Cadaqués y de regresos clandestinos a Moscú.
Antes de ti yo no sabía nada. No existía Marguerite Yourcenar, ni Virginia Wolf. Ni Bach, ni Malher, ni Txaikowski.
Pero tampoco Barral, ni Gabriel Ferrater, ni Gil de Biedma.
A solas, ponía la música que oíamos juntos, buscaba en la biblioteca los nombres que te escuchaba pronunciar y que grababa en mi memoria. Visitaba exposiciones y leía como poseída por una fiebre extraña.
No quería parecerte una idiota. Pero tú jamás me examinaste.
Una tarde miramos fotografías y te vi cuando tenías mi edad. Eras perfecto, hermoso, joven.
Una lástima que me hayas conocido tan tarde, Misha.
Estabas algo triste.
Yo te escribía poemas. Los leíamos tumbados en la alfombra mientras me adiestrabas el paladar con las delicias del auténtico caviar ruso y me descubrías los efectos de la marihuana.
Me llamabas con nombres magníficos. Mediterránea. Mi Soplo del Caos.
Yo vivía en el sueño más que en la vigilia. Mi familia, mi trabajo y mis amigos eran estorbos que procuraba evitar. Solo quería estar contigo, darle todo el tiempo al secreto. Verte.
Siempre en tu casa, a la que llegaba sola y de la que me iba, cada vez más tarde, después de haber llamado a un taxi.
En el camino cerraba los ojos. Intentaba retener el amor y la información en algún lugar entre la piel y el alma.
Que no se acabe nunca, pensaba.
El diecinueve de febrero me descubriste.
Lo siento, Marushka. Eres más peligrosa de lo que creía. La Gran Pasión es un juego prohibido cuando se trata de la mujer del Gran Jefe.
Antes de cerrar la puerta me dijiste, si puedes, no te hagas nunca mayor.
Pero en el taxi, yo ya había crecido.