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Mostrando entradas de febrero, 2008

Sentimientos desencantados

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Mónica Sabbatiello
Los últimos testimonios del desencuentro fueron unas uñas menguantes y amarillentas, sucias quizás, en indolente caída sobre una marchita alfombra.

Trac trac, latigueaba la tijera. Danza macabra sobre los retorcidos pies de un hombre impávido.
Ella se alejó hacia la ventana, imbuida de desprecio.
Pero aún aullaban los lobos en su carne. Por sus despojos. Reliquias de un choque de dos especies, de un copular sin tregua, de una piel antaño complacida.
Las uñas seguían el sendero del desdén. Cayendo.
Huellas estériles en la tarde rota.
El mundo familiar se desmoronaba, hermanando la profanación
Sin remedio.
Detrás de los cristales ella vio el solitario álamo movido por el viento.
Se iría mañana. Aún no sabía adónde. Pero se iría.

Dos fechas

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Marc Ballester
Creo que lo único seguro entre el nacimiento y la muerte es que hay que escribir un texto, de mayor o menor longitud, de mejor o peor calidad.

Presiento que la vida que nos es prestado vivir entre esas dos fechas es breve, como el escaso jamón y queso cortado a máquina de un mal bocadillo. Si no, ¿cómo se podría resumir toda una existencia en un escueto epitafio? No hay lápida ni recipiente en el mundo donde esculpir con verosimilitud una vida corriente, mucho menos la de un genio o persona ilustre que haya ostentado una o dos subsecretarías, qué decir de un ministro o un galán de cine.
Opino que las urnas deberían albergar vidas pequeñas, de niños o niñas de corta edad, abortos o gente baja, a los que la oportunidad se les cayó de las manos. No merecen más que un bote pequeño junto al televisor. Sin embargo, las vidas de medida estándar necesitan un nicho donde esculpir sus nombres y apellidos y poder colgar, como un moco seco, flores de plástico. Los panteones y monument…

Siete contra doce

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Vicente Aparicio
Les voy a contar la historia de cómo rompí con mi novio. Es una absurda historia, pero... qué quieren que yo le haga.
Un día nos pusimos a jugar. Hacía calor y llevávamos poca ropa, y chancletas. O quizás esté equivocada, quizás estuviéramos ya cerca del invierno y por lo tanto yo debía de ir muy abrigada y él, quién sabe si en chancletas.
Quiso jugar a los dados.
Él me dijo -Le llamo ‘él’ porque me resisto a pronunciar su nombre-: "Di un número, nena".
Y yo contesté: "Tú primero, cariño".
Eso le gustó.
"Siete", dijo sin pensárselo dos veces, con una sonrisa de oreja a oreja.
"¿Por qué siete?", repuse yo con mi mejor cara de imbécil.
"Porque así es como más posibilidades hay de ganar. Es la combinación más probable, nena, simplemente por eso.". Y me miró con condescendencia.
"Aaaaaaaaaaaaah", dije yo.

"¿Y tú? ¿Por qué número apuestas tú?", preguntó.
"Doce", respondí entornando los ojos.
"¿Doce?&qu…

Antes de hacerme mayor

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Maria Guilera
No te había visto nunca y ya me interesabas. En los distintos departamentos de La Empresa era muy frecuente escuchar comentarios sobre tu persona. Se especulaba, se imaginaba, se ataban cabos. La mayor parte de los hombres hablaba de ti con cierto desdén, con un falso despego. Tampoco las mujeres parecían muy entusiasmadas. Escuchándolas, se tenía la misma impresión que al observar los rostros en una partida de póquer: nadie quería descubrir su juego.
Había escuchado que eras un hombre extraño, que no hablabas demasiado de ti mismo, que provocabas tanto rechazo como admiración.
Había quien pensaba que no te gustaban las mujeres y también quien estaba convencido de lo contrario. Pero todo eran suposiciones.

Te vi un lunes a las nueve de la mañana. En la sala de juntas, hablando con el Gran Jefe y con una taza de café en la mano. Ferrero es alto, pero parecías mucho más alto que él.
No llevabas corbata.
Oí que decías, déjeme pensarlo una semana más.
El acento extranjero era cas…