martes, 29 de enero de 2008

Un final previsible

Vicenç del Hoyo
No sempre començar vol dir arribar al final. En canvi, finalitzar sempre implica haver començat.
Estar casat no vol dir necessàriament haver estat enamorat. Tampoc estar enamorat comporta haver de casar-se. Sovint són termes excloents.
Tenir amics no vol dir estar acompanyat, ni estar acompanyat reclama tenir amics.
Però el que segur que no pot passar és que tenir sort vulgui dir ser afortunat i, per tant, els veritablement afortunats són el que no tenen “bona sort”.
Titlleu-me de càndid. Potser penseu que sóc com la conformista guineu davant del raïm massa alt per ser agafat, però esteu plenament equivocats. Sé de que parlo.

El meu pare era un exitós industrial pel qual els diners havien d’arribar allà on ell no estava disposat a desplaçar-se, a fer o sacrificar-se. I ell no volia moure’s gaire, però tenia molts i molts diners. He tingut tot allò que es pot comprar i ho he tingut en escreix. La meva mare era una lletraferida que va construir la seva vida sobre realitats literàries on l’òpera jugava el paper de banda sonora. Així que tampoc ha estat ni cultura ni sensibilitat artística el que ha faltat a casa meva.
Dir que la meva salut ha estat excessivament bona seria una impertinència sinó fos perquè he abusat follament de tot allò que a vegades una petita dosi ja és un excés, i mai, fins ara, el desgastat cos m’ha passat factura per tal depravacions.
El repte més gran de la meva vida ha estat combatre la indiferència. Per això he viscut al límit de l’abisme sovint, inclús m’he despenjat per més d’un penya-segat. Ja que disposava de tots els conforts materials, no havia d’acceptar més limitacions que els de la meva audàcia.
L’únic inconvenient d’aquesta opció vital, que cada cop m’ha pesat més, és el de la solitud. Va haver de transcórrer força temps abans de que la descobrís. Durant anys vaig viure rodejat de companys, però amargament vaig anar adonant-me que cap d’ells era un veritable amic. Uns perquè, davant de la seva mediocritat, la meva opció vital els fascinava com si fos un animal exòtic, molts perquè eren senzillament uns aprofitats, i altres perquè no varen saber estar a l’alçada de les circumstàncies i ser prou agosarats per viure sense xarxa sota els peus, la qüestió és que m’ha tocat viure sense amics.
Vaig decidir renunciar a tota la riquesa familiar. Va ser la meva ambició dilapidar-la. Com a fill únic només havia de passar comptes amb la meva consciència, i jo li havia donat unes llargues vacances. Així que un cop morts els meus pares vaig vendre la fàbrica, totes les finques, edificis i participacions en negocis, de tal manera que em vaig traslladar a viure a l’hotel. No volia tenir altra preocupació que gastar l’herència, i a fe de déu que va costar consumir-la. De fet he gastat tota la vida en liquidar-la.
Ha estat una llunyana i nostàlgica felicitat la que vaig començar a sentir aquests dies quan em van fer fora de l’hotel. Feia mesos que no pagava però després de tants anys no es podien creure que no tingués diners. Per fi tornava a sentir les veritables emocions que provoquen una vida autèntica. La realitat no podia ser disfressada pels diners. Per fi podia sentir fred, calor o gana. Unes punxades de realitat i de veritat, després de tan de temps on l’únic agulló que he sentit és el desig.
Aquesta tarda he sentit les emocions de demanar almoina. Ha estat impagable veure la compassiva mirada d’un cambrer de l’hotel al que tantes vegades havia donat generoses propines quan dipositava una càlida moneda a la meva mà.
En mala hora he decidit entrar al casino. No ho volia fer però feia massa fred per estar al carrer. Volia, tan sols, escalf. No sé perquè he canviat la única moneda per la funesta fitxa. La he apostada al tretze. Quina estranya sorpresa ha estat recuperar en un instant tota la fortuna que tan costosament havia dilapidat durant aquests anys.
És per això que em sento incapaç de tornar a començar. És la mala fortuna dels que tenen sort. Pistola ajuda’m a sortir d’aquest embolicat món!

lunes, 21 de enero de 2008

Huelga de transporte

Rosana Román
Esto es serio, no se vaya usted a pensar, por eso vamos a dar un rodeo para evitar las calles principales. Porque ahí andan los estudiantes poniendo barricadas, quemando llantas y disparando con fuego de mortero ¿no oyó?
Si te ven trabajando los piquetes, te paran y te ponchan las ruedas y si sales a quejarte, te cachimbean de lo lindo. Si te arrechas, peor porque te rompen los cristales o le pegan fuego al carro. ¡Ah sí!, así es la cosa.
Pero eso no debería ser así, porque como digo yo, yo respeto que ustedes hagan huelga, pero ustedes respétenme a mi si quiero trabajar, porque aquí los reales no te los regalan y hace falta plata para vivir. Si no ganas ¿ah? ¿cuál es el chiste?
Yo siempre voy armado por mi trabajo. Ando mi pistola en el cinto y una vez la tuve que usar.

Fue en otra huelga de taxeros donde me obligaron a bajarme del carro. Yo me enfrenté a ellos y uno me dio un golpe en el pecho para empujarme. Fue fuerte mire, porque caí de un solo sentado en el suelo. Yo soy lisiado de guerra y tengo mal el pulmón y el golpe seco me dejó sin respiración y empecé a asfixiarme. Y yo creí que me palmaba ahí mismo, por eso miré al “maje” y pensé, yo muero pero me llevo a este jodido por delante y saqué la pistola y le disparé. Mire, no se imagina que tensión, yo me estaba ahogando, suerte que una mujer policía vio mi estado y me abrió la boca y empezó a darme aire. Si no es por esa mujer, hoy no se lo estoy aquí contando. ¿El tipo? le di en el hombro y la bala entró y le salió por detrás, fue un tiro limpio y no lo maté, aunque le digo: ni me molestaron para ir a declarar.
Lo bueno es que ahora estamos en la misma cooperativa del taxi, lo que es la vida y hasta nos llevamos bien. Los compañeros nos respetan, viera como nos respetan. Alguna vez vamos de tragos y el me dice “perdona hermano que casi te mato” y yo le digo pues, ni modo, porque yo a ti también, la verdad es que la jodimos los dos. Y seguimos bebiendo. Cuanto más bebemos, mas amigos somos y mas nos perdonamos.

domingo, 20 de enero de 2008

Un lugar en el medio

Mónica Sabbatiello
—¿No le dije, querido Repeto, lo que me pasó el otro día?
—No, amigo Sagasola, ¿qué le pasó?
—El viernes fue, ¿vio?, cuando fui al dentista. La gallega de la mercería, no sé cómo se llama, ¿sabe cuál le digo?, esa que tiene la piel blanca como la leche, me la crucé y me dijo que tenía algo para darme. Fui hasta su casa y ¿sabe qué hizo?: sacó un pecceto asado al horno, mechado y todo, lo metió en un táper y me lo dio. ‘Tome, para usted y para Repeto —me dijo—, para que se lo coman los dos, el domingo’, o sea hoy.
—¡Qué cosa, che! ¿Y por qué lo habrá hecho?
—Vaya a saber.
—¿Le estará arrastrando el ala, viejo?
—No joda, Repeto. ¡A esta edad!
—¿Por qué no? Usted tan mal no está.
—¿Usted cree?, con esta busarda.
—No se mueva tanto, que me destapa.
—Tranquilo, viejo, quería que la viera.
—No me joda, ya se la conozco. ¿O cree usted que me embelesa su panza?
—Y... a lo mejor, de tan necesitado que anda.
—Prefiero carne de vaca loca antes que la suya, Sagasola. Alcánceme una rodaja de salame y no me hinche las pelotas.

—Espere, le paso la bandeja.
—¡Qué pesada! ¿Qué hay en este táper?
—El pecceto. Está frío, pero con la mayonesa no va a estar mal. De su lado, mire, abajo de los diarios está la caja de los cubiertos.
—¡Qué lindo estar aquí, che, con la que está cayendo afuera! Cada día me gusta más esto de estar en la cama, sin hacer nada.
—Sí, muy lindo, pero usted ocupa mucho lugar. Muévase un poco, viejo.
—Y usted, ¿qué?, también me joroba con esos pelos en las gambas, que pinchan que no le digo.
—No se enoje. Páseme el pan y tome su vaso de vermut.
—Ay, la pucha, se me cayó un poco.
—Una mancha más al tigre...
—Menos mal que el martes viene la gringa.
—Es remolona la gringa, a veces se hace la boba y no cambia las sábanas.
—Llaman a la puerta.
—Adelante, está abierto.
—Hola, ¡qué sorpresa!
—Miren qué lujo. Parecen dos reyes. No les falta nada, jo-der.
—¡Qué mal hablada es usted, gallega!
—Paca, llámenme Paca. Mire, seré mal hablada pero no ando criticándolos como los otros del barrio, que no se imaginan todo lo que dicen de ustedes, de esta costumbre tan rara que tienen.
—No nos importa. Que hablen lo que quieran.
—Ustedes, ¿cuándo empezaron a vivir así, en la cama? Fue cuando vendieron la papelería, ¿no?
—Así es, hace seis meses. Siempre soñábamos con hacer esta vida. Estamos muy organizados, ¿sabe? Por suerte en este Buenos Aires es fácil: todos los comercios tienen delivery y nos hacemos traer a casa lo que se nos antoja.
—Se dan la gran vida, paparulos no son.
—No se vaya a pensar que dormimos todo el día. A eso de las nueve ponemos el despertador para hacer gimnasia, estiramientos y algo de yoga, después de la ducha arrimamos las mesitas con lo que necesitamos. Con todo cerca: ya está. No salimos más. Leemos, oímos música, escribimos...
—¡Linda la decoración! Y tienen todo bastante limpio.
—Viene una mucama dos veces por semana.
—Y todas esas revistas, ¿quién se las trae?
—Las compramos por Internet, lo mismo que los libros. ¿Le gusta la cama?
—El tallado es precioso, con esos pajaritos. ¡Y qué grande! Tenía ganas de conocerla. El carpintero de la otra cuadra dice que hay gente que los imita, que le encargaron unas cuantas parecidas a ésta. Maxicamas, las llama.
—¿Y qué la trae por aquí?
—Pensé que al pecceto le vendría bien un Balcarce, aunque no sé si les gustará este humilde postre a personas tan modernas.
—Nos encanta, ¿no, Repeto?
—Ya lo creo. ¿Por qué no se sienta, Paca? No nos va a hacer el desprecio de no comer con nosotros.
—Venga, aquí tiene sitio.
—Repeto, muévase despacio. ¡Cuidado con la bandeja!
—No se preocupe que no se va a caer; pero usted córrase un poquito para allá.
—Antes de sentarme, si les parece, traigo otro plato de la cocina. ¿Hay más bandejas?
—Tenemos un montón. Las verá en la mesada.
—¿Seguro que no molesto? ¿No interrumpiré algo?
—Para nada. Al contrario. Nos gustan las visitas, cuando son como usted.
—Bueno. Voy a buscar otro vaso y algunos platitos para el postre.
—Vaya tranquila, agarre lo que quiera.
—Dígame, Sagasola: ¿se cambió los calzoncillos? Porque si la gallega lo ve con esos agujereados.
—Mejor me saco los lienzos y los escondo debajo de la cama.
—Apúrese, no vaya a venir justo ahora.
—¿Se fijó qué delantera tiene la gallega?
—Talle 140, por lo menos.
—¿Le harán los corpiños a medida?
—¿A usted le parece bien que la invitemos a la cama?
—Si ella quiere...
—Menos mal que la hicimos de tres metros de ancho.
—¿Y si nos pasa algo, Sagasola? ¿Me entiende lo que le digo? ¿Si con ella en la cama se nos enerva lo que usted ya sabe?
—Ya veremos... Shhh, me parece que ahí vuelve.
—Venga, Paquita, póngase aquí, que le acomodo las almo-hadas.
—¿En el medio? ¿No van a estar incómodos?
—Aquí cabe un regimiento. Mejor en el medio, así nosotros la servimos, que sabemos dónde está todo. En las mesitas tenemos lo justo para no levantarnos.
—¡Qué bien se lo han organizado, señores!
—¿Le gusta? Venga, entre aquí. Si quiere puede sacarse los pantalones, que no la miramos.
—Humm... ¿Le parece?
—Como quiera. Se lo digo para que esté cómoda.
—Bueno, pero cierren los ojos. Sigan así, que ahora me meto. Ay, disculpe Repeto si lo aplasté un poquito. Ya está. Pueden abrir. ¡Qué buen colchón! ¡Qué firme!
—Póngase cómoda.
—¡Qué gusto! Algunos días, cuando estoy cansada de estar ocho horas de pie en el negocio, me acuerdo de ustedes. Y no soy la única que los envidia. Me dijeron que las de Hidalgo, las maes-tras jubiladas, ¿se dan cuenta?, las solteronas de la calle Dorrego, se hicieron hacer una cama como ésta o parecida. Y también otros dos señores, que viven en la calle Andrés Argibel. Ustedes están trayendo la moda al barrio.
—Aquí tiene su bandeja. ¿Empieza con el fiambre?, ¿quiere un vermut?, ¿unos palmitos con mayonesa?, ¿jamón cocido?
—Ponga de todo un poco. De vermut, dos dedos, el resto soda.
—Tiene los pies fríos, póngalos entre nuestras piernas.
—Uno entre las mías y otro entre las de Repeto... Así... ¿Mejor, no?
—Qué suave es su piel, Paca.
—Me pasa el pan, Repeto.
—Está fresquito, nos lo trajo el tano esta mañana. Por favor, Sagasola, suba un poco la música.
—Le sirvo también unas fetas de carne y ensalada. Está muy tierno este pecceto. ¿Lo hizo usted?
—Sí, está mechado con ciruelas.
—Galleguita, ya tiene caliente este pie... Déjelo ahí, que es un gusto.
—Usted está bastante sola, ¿no, Paca?, desde que enviudó.
—Bastante. ¿Y ustedes?, perdón por la indiscreción: ¿por qué no se casaron?
—Cosas de la vida.
—A Repeto se le murió la novia y yo tuve mala suerte con las mujeres.
—La gente dice que entre ustedes dos..., ya me entienden, ¿no?
—Si algo aprendimos con los años es a no darle ninguna importancia a las habladurías. Espere, que le acomodo mejor el edredón, no vaya a tener frío. Perdone, si la toqué fue sin querer.
—Como si lo hace queriendo.
—¿Y yo también puedo tocar?
—¡Cómo no, Sagasola!, pero, ¿qué les parece si antes sacamos las bandejas? O mejor, si nos servimos un poco de postre. Con el merengue y el chantilly podemos hacer muchas cosas.
—Así me gustan las mujeres, de armas tomar.
—Aquí está.
—Cierre los ojos. Saque un poquito la lengua.
—Humm...
—Y si le ponemos por aquí, a ver, le voy a levantar la blusa...
—Mejor me la saco.
—Eso, sáquese todo, que aquí no va a tener frío.
—Acomódese bien.
—Por esta le pongo un poco de crema.
—Y otro poquito en esta otra. ¡Qué grandes y blancas!
—Hace mucho que ustedes no tocan unas de éstas, ¿no?
—Huy, sí hace. Y tan buenas, yo nunca. ¿Qué le parecen, Repeto?
—Maravillosas. Y estas puntitas tan duras. Le voy a poner un poco más de crema. ¿Le gusta?
—No. ¡Es broma! Se va a derretir la crema... de tanto que me gusta.
—Le vamos a poner un poco más. Usted, Repeto, de ese lado y yo de este.
—Y abra la boquita, así va disfrutando del merengue.
—Si le parece, siga con los ojos cerrados, ¡está tan linda!
—¿Podemos, Paquita, lamerle el chantilly?
—Si no se empalagan, adelante.
—Hum, hum...
—Hum, hum.
—Cuidado, no vaya a aplastar el Balcarce. Lo voy a sacar de la cama. Así está mejor, estírese todo lo que quiera.
—Hum.
—Ah
—Hum.
(Música de Mozart, Vivaldi...)
—Ahhhhh.
—Ahhhhh.
—Huyyyy.
—Tengo que irme ahora, que ya es muy tarde. ¿Puedo volver otro día?
—Cuando quiera. Pero no es necesario que traiga nada. Usted es el mejor postre y el mejor pecceto.
—Llámenos antes, si le parece, para encargar alguna cosita rica. Aunque más rica que usted...
—Ustedes tampoco están nada mal.
—Hasta pronto.
—Adiós, adiós. ¡Que descanse, Paquita!
—Chau.
—Ya se fue.
—¡Qué buena está!
—Estuvo genial.
—Si le parece, hablamos mañana, que estoy molido. Échese para allá, que voy a torrar. Ah, mañana no cuente conmigo para la gimnasia.
—Hoy ya hicimos bastante. Duerma tranquilo, que yo voy a hacer lo mismo. Voy al baño y después apago la luz.
—...
—...
—Sagasola, son las diez, despierte. Si quiere darse una du-cha, yo ya fui. Mientras, voy a preparar el termo. Ya encargué las medialunas. Las trajeron calientes de la panadería. No tarde, que se van a enfriar.
—Ya voy. No se las coma todas, eh.
—Voy calentando un poco la leche.
—...
—...
—Repeto, dígame: ¿usted está mal de la chaveta? Me dejó sin gel de baño y se echó medio frasco de colonia encima. No hay quien lo aguante con esa baranda. ¡Y se puso gomina para meterse en la cama! ¿Qué le pasa viejo, se arregla por si vuelve Paca?
—¿Y usted qué me dice, con ese pijama absurdo? Con esos dragones dorados parece Kung Fu vestido para una boda.
—¿Quiere que le diga la verdad? Me gustaría que vuelva Paca. Yo tengo cuerda para rato. ¿Y usted?
—Soy un tigre, Sagasola.
—Sí, un tigre de Bengala.
—Anoche no estuve tan mal.
—Ni yo.
—¿Será por el Gingseng que nos regaló el coreano?
—Llaman a la puerta.
—¿Quién es? Ah, sí, adelante.
—Bueeenas, permiso.
—Pero Gladys: ¡qué sorpresa más agradable! ¿Qué hace usted por aquí?
—Qué linda habitación. Les traigo una tarta de duraznos con crema de ‘Los dos chinos’. Paca me contó que son muy golosos.
—Ah, habló con ella. Muchas gracias, nos gusta mucho.
—Pase. No sea tímida. ¡Qué bien le queda ese traje!
—Pero Gladys, ¿hoy no trabaja?
—Por la tarde.
—¿Sigue lloviendo?
—Ya paró. ¿Puedo abrir un poco las persianas?
—Sí, por favor, como a usted le guste. ¿Quiere un café?
—Bueno. Solo y con dos cucharaditas de azúcar. ¡Qué alegre este cuarto! Ustedes son dos bon vivant, de los que no quedan.
—Venga, que le hacemos un lugar. Entre las cobijas va a estar más calentita.
—¿Le parece?
—¡Cómo no! Si se quita el saco, la pollera y las medias va a estar muy desahogada.
—Soy una pecadora, decente, eso sí, y no voy a andar con vueltas. No es mi estilo. Acepto.
—Si quiere, mientras se quita la ropa, cerramos los ojos.
—Como gusten. ¿Puede poner Radio Nacional?
—Usted es de las nuestras: le gusta la música clásica. Encienda, Sagasola, en su cajón está el mando.
—Ya lo sé, Repeto, me a enseñar ahora dónde están las cosas.
—Es una verdadera alegría recibir la visita de una mujer tan culta y bonita. ¿No, Sagasola?
—Ya lo creo, porque usted es un bombón, Gladys. Siempre lo comentamos entre nosotros.
—Ustedes tampoco están mal. Permiso, voy a entrar.
—Adelante. Métase en el medio.
—¡Esto es vida! Ah, que no se me olvide: mañana a la tarde vendrá mi amiga Amalia, la maestra de la calle Báez. La pelirroja. Es una experta en alfajorcitos de maizena.

Mónica Sabbatiello