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Mostrando entradas de 2008

La línea de tiza (MB)

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MARC BALLESTER
No quiero contar según qué cosas. No quiero hablar de determinadas situaciones y no soporto que me pregunten sobre ellas. No se equivoquen y vayan ustedes a pensar que se trata acaso de grandes secretos, de misterios insondables o de males ocultos. No, qué va, son de lo más normal, tan normales como la vida y la muerte. Pero quizás necesiten algo, algún detalle con el que soñar y saciar su sed de chismes. ¿Para qué? ¿Acaso no durmieron bien? Siempre con lo mismo.

Creo que para solucionar estos insomnios se podría trazar con tiza en el suelo una línea discontinua y después repartir a las personas en función de si desean saber algo de los otros o si, por el contrario, lo que les hierve entre pecho y espalda son las ganas de contar. Seguro que unos correrían decididos hacia un lado y, al contemplar a los que se quedaron tras la línea, decidirían al instante que se han equivocado y que prefieren estar del otro lado, del lado de los que cuentan, por ejemplo, pero al alcanzar …

Con o sin frenillo (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
-Diga Roma.
-Goma.
-Bien. Sople la vela. Ahora pruebe a alargar la «rrrrr»
-Gggg. Gggggoma.
-Bien. Imite el ruido del motor de su coche.
-Gggggg.
-Ahora diga «tres».
-Gess.
-Biiien. Haga pompas de jabón con este pompero. Diga «roto».
-Gooto.
-Bien. Relájese. Levante los hombros. Diga “aroma”.
-Adoma.
-Bien. Ahora tápese la nariz, beba agua, respire. Tómese su tiempo (...). Y diga “pronto”.
-Puonto.
-Súbase a la silla de un salto y, en el momento de saltar, grite «¡¡EUREKA!!». Pero grite, ¡¡eh!!, ¡¡GRITE!

Luis Alfonso se sube a la silla y grita: ¡EUDEKA!

- Verá, esto va a ser un problema de frenillo. No todos los frenillos inhiben la correcta articulación de fonemas, pero el suyo, sí.
-¿Y qué solución hay?
- Tendría que someterse a una FRENECTOMÍA.
- ¡’Uy!! No, no, no.
- Pues seguiremos como hasta ahora.

Las sesiones de Luis Alfonso con su logopeda se fueron repitiendo una vez por semana durante años. Hasta que Luis Alfonso se casó y se fue a vivir a una casa en la m…

Hallo (MG)

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MARIA GUILERA
Clara conoció a Thomas Larsson durante el viaje de fin de estudios que organizó el instituto, en el albergue para estudiantes de un barrio a las afueras de París. Thomas no era estudiante, sino el chofer que acompañaba a un grupo de suecos recién licenciados en odontología.
Se enamoraron y durmieron en el interior del autocar.
A la mañana siguiente los suecos salieron de regreso a Upsala y Clara le contó a Rosa que creía haber encontrado al amor de su vida y que iba a gastarse en teléfono lo que tenía y lo que no.
Llamarle mientras duró el viaje le costó no comprar recuerdos para su familia, pero antes de cruzar la frontera consiguió un préstamo para el peluche que le había prometido a su hermana pequeña.
Ya en Barcelona intentaba no telefonear a Thomas desde su casa para evitar problemas con su padre cuando llegase la factura. Pero a veces no podía resistir la tentación y se levantaba a las cinco de la madrugada para marcar el número y decirle solamente buenos días.

Le …

Dentista (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
― Fiu fe futa! ―vaig dir. Volia fer un bram que se sentís a tot l’edifici, però en canvi en va sortir efeminat xiuxiueig. Tenia un volcà dins de la boca, i la lava sortia per un tubet fins a una petita aigüera sangonosa.
― Ho veu? ―em va respondre el dentista. Sostenia a les mans unes ridícules tenalles que agafaven una blanca i immaculada dent. Em mirava des de darrera d’unes gruixudes ulleres de miop. Com podia ser que hagués anat a parar a les mans d’aquest carnisser, es preguntava la part del meu cervell que no utilitzava en maleir-lo.― Faci el favor de no moure’s. Amb tant moviment ha fet que m’equivoqués de queixal. Ara li hauré d’arrencar un altre. Però no s’amoïni, no li cobraré més car.
―Grafias, fiu fe futa!

El dolor no em deixava pensar. Notava un forat volcànic a la boca, on durant una època, al bell mig havia viscut un frondós arbre, i ara feia un minut l’havien arrancat amb arrels i tot. Començava a descobrir que aquell arbre no estava sol i que un segon…

Un cuchillo jamonero (VA)

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VICENTE APARICIO
¿Habeís llevado alguna vez un cuchillo dentro de un vagón del metro? Un vagón hasta arriba de gente y el cuchillo dentro de una bolsa del Caprabo, me refiero. Un cuchillo cogido por el mango, dentro de la bolsa, con la hoja hacia abajo, las manos pegadas a los costados...
Yo sí.
Me lo dio mi hermana. Fue el día en que se fue a vivir a Nueva Zelanda. El día antes, mejor dicho. El día en que fui a su casa a decirle adiós.
¿Qué se le habrá perdido a esta en Nueva Zelanda?
- Oye, Jose, ¿tú tienes en tu casa un cuchillo como dios manda? Mira, niño, mira tú qué maravilla -me dijo después de abrir un cajón y enseñarme un cuchillo jamonero con una pinta estupenda-. Si lo vas a usar, prefiero que te lo quedes tú. A saber quién vendrá a vivir aquí.
- Trae p’acá -le dije.
¿Sabéis cortar jamón? Para cortar bien jamón no hace falta tener ningún máster, pero sí que se necesita un buen cuchillo, un cuchillo como el de Ester.
- Tendrás que dejarme una bolsa -le dije-. No vaya a ser q…

La visita (LE)

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LOLA ENCINAS
El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz, así como la humedad, que taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre, un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, un oasis etílico y de compadreo, simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, pero no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy al fondo, a una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, así como los cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos; a un lado, hombres en busca de compañía y cháchara proporcionadas por mujeres que, recostadas en la barra, cubren …

El cebo humano (RR)

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ROSANA ROMÁN
Cuando escuché el aullido de aquel lobo algo dentro de mí salió corriendo. Sin embargo, yo permanecí inmóvil, aterrado y en el más absoluto de los silencios. Fue en aquellos momentos cuando me di cuenta del grave error que había cometido aceptando la propuesta del cazador.
Confieso que la idea de convertirme en el cebo de un lobo es tan disparatada como atractiva. A mí, que siempre me ha gustado jugar con el riesgo y vivir situaciones límite, me produjo un escalofrío pensar en ese reto, ese pulso a “lo salvaje” que subiría el nivel de mi adrenalina y, de paso, el de mi ego.

Siempre he sido un buen corredor. Tengo mi habitación llena de trofeos ganados en diferentes ediciones de carreras regionales. Una vez corrí la Jean Bouin en Barcelona y quedé muy bien clasificado; por eso pensaron en mí cuando se habló de un cebo humano con el que poder tender una trampa al lobo que tenía aterrada a toda la comarca.
Hacía un año que merodeaba por aquí y se había intentado todo lo huma…

8 de marzo

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MARC BALLESTER
La redactora como siempre quiere comprobar si soy capaz de desenvolverme en cualquier tesitura. Siempre poniéndome a prueba, -¡Para pruebas está uno!-, así que nos marcamos una apuesta, ella que no, yo que sí, total, tuve que coger la grabadora y saltar a la calle y preguntar a las mujeres que se cruzaban en mi camino, si sabían qué ocurrió un ocho de marzo. Para muestra, un botón.

Sí, y tanto que lo sé, fue aquell combate de Perico Fernández. ¿Como? ¿El cumpleaños de Pujol?... Mira, reina, me parece que es el puente de la Constitución, ¿No? No, lo siento, tengo prisa. ¿Saldré por la tele?... ¿El descubrimiento de América?... Un año de crisis de los lagos; hay que ser más humanitarios, creo que lso gobiernos deberían intervenir mediante una plataforma de acción rápida y... ¡Sí!, ¡el cumpleaños de su santidad!... ¿Qué se celebra?, pues claro que lo sé: la final de Wembley... ¿Cómo dice?... Ah, el ocho de marzo, sí y tanto que me acuerdo, la Revolución de los Claveles... Sí…

Juego de tetris (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Juan se topó con un joven en el pasillo de su casa cuando se disponía a ir a orinar.
Sobresaltado, se atrincheró en el rincón del pasillo contra la pared. Llevaba una camiseta azul y vieja a conjunto con los calzoncillos de goma gastada que utilizaba para dormir.
Juan, desconcertado, miraba a aquel joven sonriente que le saludaba y le preguntaba por su vida efusivamente.

- Hola, ¿cómo vas?, ¿qué es de ti?, cuánto tiempo sin verte.
- Puees ¡bien!, bien -dijo arrastrando las vocales y con un hilo de voz le preguntó:- ¿Cómo has entrado? ¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
- ¡¡Soy Manel!!- le contestó sonriendo.

Y le explicó en poco espacio de tiempo varias anécdotas que, según él, habían protagonizado juntos.

- Perdona, pero no te conozco -le dijo Juan.

Trató de interrumpirlo varias veces, pero el intruso no dejaba de hablar.

- ¿Te acuerdas del proyecto final de carrera? Se lo mangamos a un japonés que se dejó sobornar entre copa y copa. Qué momentos. Éramos unos caras. …

Ultramarinos (VA)

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VICENTE APARICIO
(Reescritura de un texto original de Rosa Gálvez)

Del mar, lo más cerca que había estado fue la vez que su tío le mandó limpiar el viejo letrero.
Subida en la escalera sin mirar al suelo, una tras otra fue viendo aparecer las gastadas letras que un día fueron blancas. Allí, tan cerca de ellas, maldiciendo para sus adentros con palabras blandas, preocupada por mantener el inestable equilibrio, ¡qué largo le pareció el camino desde la «U» hasta la «Z».
Pero una vez abajo, liberada del pánico a las alturas y a la desvencijada escalera -en realidad, no pudo evitar pensar, fugazmente y con más remordimiento que odio, que aquello habia sido un intento de su tío para librarse de ella-, al dar una última mirada a su obra, ahora con más perspectiva, las letras amarillentas casi le parecieron de un color azul verdoso, un reflejo de aquel despejado cielo de mayo. «Ultramarinos Páez». Ultramarinos. Ultramar... ¿Se reflejaban ahí las olas? Ultramar... Se quedó dentro el misterio, l…

Hechizo latino (MG)

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MARIA GUILERA
Luís Héctor, cielo, ya lo hice. Quería sorprenderte el sábado y ver la cara de alegría y asombro que pondrías con la notícia, pero no puedo esperar a contártelo, también tú tienes derecho desde ahora a ser feliz.
Ya está, ya me lancé.
Tú me diste fuerza. Pensé en tus palabras dulces, en la música de tus frases cariñosas, las que me dices bajito mientras bailamos en la pista del Hechizo Latino.
Recordé la presión de tus manos en mis nalgas, tus dedos sabios recorriendo el rosario de mi columna vertebral, tus piernas guiando las mías y enseñándoles suavemente los pasos del bolero.
Morenito mío, ya no más abrazos disfrazados de lambada. Desde ahora me tendrás sin disimulos, seré tu pareja no tan solo en el baile, sino en cada momento de la vida.
Ay, te cuento. Se lo dije ayer noche, cuando nos sentamos en el sofá a ver las noticias de las nueve.
Tengo que hablarte, Venancio, le solté.
Y él respondió, espera mujer, déjame ver el telediario.
Insistí porque ya me había decidid…

La travessa (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
— Per a vostè un tallat amb bufanda cremosa i per a vostè un cafè eufòric. Preparo el compte?
Era l’hora d’esmorzar! Com tots els dijous al matí el vell Tomàs entrà a la petita granja de la plaça. Arrossegava els peus, i l’ Esquitx, com un pigall, el guiava entre les taules fins arribar a una de discreta que era arrambada a la paret, i que estava a tocar d’un radiador inactiu. L’ Esquitx s’ajassà com si esperés que l’ornamental radiador s’hagués d’engegar. Tota la seva actitud feia pensar que sovint esperava. La paciència més que una virtut és un costum per a ell.
Tomàs, com tants matins de dijous va tractar d’omplir la butlleta de la travessa que aquella mateixa tarda lliuraria a la petita oficina d’apostes situada a l’altre costat de la plaça. El reclam principal era una jove i simpàtica noia que atenia infatigablement els clients habituals i els seus tediosos romanços.
— Maties, fes-me un cafè.
— Un de filòsof?
— Què vols...? Sí, això. Ni curt ni llarg: en la seva j…

La cuarta hermana (RR)

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ROSANA ROMÁN
En mi familia nacer mujer no era ninguna desgracia, salvo en mi caso, que fui la última de cuatro niñas sin ningún hermano con que contentar a papá.
Tardó varios días en conocerme; mamá, después del parto quedó muy débil y tuvo que quedarse unos días en la clínica. Allí estuvimos las dos, huérfanas de compañía masculina hasta que volvimos (en mi caso llegué por primera vez) a casa.
Vivir en las afueras de la ciudad nos permitía tener un hogar más amplio, al tiempo que disfrutábamos de espacios de campo o, lo que es igual, de vivir en libertad.
Desde muy pequeña quedó patente que yo no iba a ser una niña «femenina».
Me molestaban los lazos del vestido que siempre algún gracioso se divertía en deshacerme, odiaba los adornos en la cabeza porque cuando no se me caían me estiraban el pelo y tampoco jugaba con las muñecas, ya que nunca pude entender por qué jugábamos con algo tan pequeño y tan estático cuando podíamos hacerlo con niñas de verdad. Siempre había alguna de las peq…

Isla gris (MB)

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MARC BALLESTER
Rogelio Gris era el menor de tres hermanos, apenas recordaba a su padre, murió cuando él aún era muy pequeño. Su madre desde entonces tuvo que despellejarse las manos año tras año reparando redes en Puerto Roca, donde el aguardiente se convertiría en su mejor alimento. Más tarde los hermanos de Rogelio Gris se enrolarían en un barco extranjero que fondeó unos días frente al puerto. No los volvería a ver jamás. En los siguientes cincuenta años ningún barco extranjero apareció en la bahía.
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El día en que siendo joven Rogelio Gris tomó la decisión de reincorporarse a la flota se desató el peor vendaval que recordaban los habitantes de Isla Tormenta; así que, después de sospesar su iniciativa y de cargar todos los aparejos en su macuto y proveerse de un chubasquero, guantes, arpón y correajes, se paró en el umbral de la puerta de su casa y, acto seguido, arpón, guantes, chubasquero y correajes fueron a dar contra el suelo de madera. Rogelio Gris volvió a la cocina y s…

Complicidad laboral (NL)

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NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
- Deja que me tome otra, otra copa y ya está -le dije aquel viernes fatídico a mi compañero de trabajo.
Estábamos en un bar latino, a las afueras de la ciudad. En calma, sin que nadie nos increpara, ni nos pidiera justificación alguna por nuestro criterio profesional.
No somos gente aburrida. Pero lo que sí somos, es gente maltratada por la miseria humana.
Nuestro trabajo consiste en intentar enderezar vidas familiares descompuestas.
De quienes ven el mundo desde el agujero que se forma al juntar su índice con el pulgar. Y aprietan y aprietan hasta cerrar el puño y dar un golpe de frustración allí donde sea.
Intentar arreglar vidas es en principio imposible, pero de lo que se trata es de apaciguar, reconducir, y un continuo de objetivos que muchas veces se quedan en papel.
Ocurrió que ese viernes entró en el despacho un señor muy nervioso. Un señor al que en argot laboral denominamos usuario; porque usa el servicio, como quien va al WC.
El señor en cuestión, …

Cumpleaños con pularda (VA)

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VICENTE APARICIOJuana fue la primera en llegar. Se oyó un timbrazo enérgico, prolongado, e Isabel le dijo a su marido: «Ya está aquí tu hija, Manuel». Él, que leía el periódico con las gafas de cerca, no contestó. No levantó la cabeza. Juana vestía una falda corta y un jerséy rojo, ceñido. «¡Felicidades, mamá!», saludó muy efusivamente, mientras ponía en sus manos un par de botellas de vino. Se acercó al sofá y se inclinó para besar a su padre. El olor que llegaba desde la cocina la llevó a exclamar: «Mmmmmm. ¡No me digas que estás haciendo pularda!». Isabel sonrió levemente. Iba a hablar cuando sonó el teléfono. «Era Pedro», les anunció al colgar, «que acaban de salir de casa y llegarán un poco tarde». Manuel pasó una página del periódico. Juana se arregló la falda y dijo: «Para variar.»

Isabel compró la pularda aquella misma mañana. También, un solomillo de cerdo, pimientos y, por supuesto, las trufas. A las doce, casi recién levantado, Manuel le advirtió: «Isabel, tendrías que empez…

Pruebas fehacientes (MG)

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MARIA GUILERA
Mi habitación era enorme y preciosa, con una ventana que daba a un patio de vecinos. Se podía escuchar la radio y varias emisoras a la vez y también era posible conocer la vida de mucha gente, saber lo que comían, cuándo estaban tristes y cuándo felices, quién llegaba y quién se iba dando un portazo.
En la única cama de mi habitación, con dos colchones de lana, uno sobre el otro, inventé travesías a bordo de una piragua y mi hermana solía estar siempre a punto de ser devorada por los cocodrilos. Debajo de las sábanas soplaban huracanes con tal fuerza que volaba todo cuanto encontraban a su paso y había que desnudarse y luego buscar refugio y procurar no ser descubiertas por los caníbales.
Mi habitación tenía el suelo de baldosas cuadradas y pequeñas de color blanquecino, con una cenefa marrón.

Algunas de las baldosas se movían y nunca fue el momento adecuado para repararlas. Desde la cama y con la fría claridad del fluorescente de la cocina mis ojos veían figuras terrorí…

La barana (VH)

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VICENÇ DEL HOYO
Jo t’esperava als gronxadors del parc que hi havia al costat de la parada del 47. Sabia que acostumaves a arribar quan faltaven cinc minuts per a les dues, i arribaves per anar a dinar. A la una, quan sortia de l’escola, anava al parc. A vegades abans d’arribar feia un gran tomb. Primer acompanyava alguns companys al portal de casa seva. Anàvem xerrant de pel·lícules que algun de nosaltres havíem vist el diumenge al cinema, de grans i llargs viatges que projectàvem fer en un futur indeterminat però indiscutible, i a vegades inventàvem amors de passió profunda però de realitat fictícia. D’aquesta manera entretenia els cinquanta-cinc minuts. A vegades hi anava directament, sense entretenir-me. Aleshores, m’asseia al banc des del qual podia vigilar l’arribada de l’autobús, i esperava. Jo encara era un nen, tu ja una noia. A mi em pesava l’escola, tu t’aventuraves en el món laboral. Jo fantasiós, tu el meu miratge.

En realitat no era capaç d’imaginar res, ara me’n adono. Vi…

Café y rosas (RR)

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Rosana Román
Después de escuchar los ronquidos y comprobar que su padre dormía profundamente y no la llamaría esa noche, Amalia entró en la habitación de su hermano, se desnudó por completo y se metió voluntariamente en su cama.
Dos días antes, los hombres habían ido a la Capital a comprar ganado en la feria. Por primera vez tenía algo parecido a vacaciones y como no estaba cansada se quedó más de lo habitual mirando el televisor. Sentada cómodamente frente a él se acompañó de un cuenco de leche caliente. La butaca, el canal a escoger, la noche, todo era para ella. Entre la programación encontró una película ya empezada que atrajo su atención.
Una pareja se besaba y acariciaba sin prisa y después él, servicial, entraba en la habitación con una bandeja que depositaba sobre la mujer medio desnuda aún en la cama. Desde su sillón a Amalia le parecía que podía oler el humeante café que el hombre había preparado para su pareja. También el aroma de la rosas rojas que descansaba en la bandej…

Lo prometido es deuda (MB)

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Marc Ballester
Hoy todavía ustedes no me conocen, pero mañana sí. Los sucesos que transcurren en la madrugada no aparecen en prensa hasta un día después, cuando ya no interesan. Por lo tanto, no ocuparé ni portada ni grandes titulares. Tendrán que buscarme en un breve, pero en realidad no me importa el periodismo, a mí siempre me gustó el terreno de la ficción, de la narrativa, y en el momento de abrir una novela que desconozco si me gustará o no, me dejo seducir por la promesa del autor, por esas cualidades que en sus primeros párrafos o capítulos son promesa de lo que desarrollará después a lo largo de cientos de páginas. Me insinúa que aquello va a merecer la pena ser leído, abre puertas o caminos por los que con su técnica, su voz, su visión del mundo y de lo que importa, me invita a aproximarme al precipicio y consigue seducirme. Pero no siempre es así, y empiezo a hartarme.
El pasado mes de abril falleció por fin el hipócrita, famoso y laureado escritor Camilo Quintana Gala, nac…