domingo, 28 de diciembre de 2008

La línea de tiza

MARC BALLESTER
No quiero contar según qué cosas. No quiero hablar de determinadas situaciones y no soporto que me pregunten sobre ellas. No se equivoquen y vayan ustedes a pensar que se trata acaso de grandes secretos, de misterios insondables o de males ocultos. No, qué va, son de lo más normal, tan normales como la vida y la muerte. Pero quizás necesiten algo, algún detalle con el que soñar y saciar su sed de chismes. ¿Para qué? ¿Acaso no durmieron bien? Siempre con lo mismo.

Creo que para solucionar estos insomnios se podría trazar con tiza en el suelo una línea discontinua y después repartir a las personas en función de si desean saber algo de los otros o si, por el contrario, lo que les hierve entre pecho y espalda son las ganas de contar. Seguro que unos correrían decididos hacia un lado y, al contemplar a los que se quedaron tras la línea, decidirían al instante que se han equivocado y que prefieren estar del otro lado, del lado de los que cuentan, por ejemplo, pero al alcanzar la otra orilla y contemplar que aquel o aquella a quien le iban a contar algo crucial les ha seguido y está también dispuesto a explicar... ¡horror!, aquello se convertiría en un traspasar la línea a cada segundo, como en un paso cebra de una calle céntrica. Unos hacia un lado, otros hacia el otro, y en medio el caos, la confusión, caminos sin retorno, porque hasta que no se encuentran en la otra acera no pueden regresar. Y si, por un casual, descubren que a quien le quieren preguntar o explicar coincide por fin enfrente suyo, le hablan o preguntan sobre un tema. Pongamos por ejemplo aquel día en que llegaron tarde al trabajo. Y entonces se disponen a contar toda la verdad, solo la verdad: su verdad. Y resulta que ella, o él, le pregunta a otra persona algo muy importante; por ejemplo, si le gustó el regalo. Y mientras ustedes se exprimen explicando lo más importante de sus vidas, aquel a quien le dirigen el discurso pierde el tiempo con si le gustó o no el libro, la blusa o la cerámica vallisoletana. Lo peor de todo es que saben seguro que no volverán a coincidir en tan idónea situación comunicativa, y que luego ella o él insistirá y le preguntará a alguien que está a su lado otra nueva gilipollez.
Al final, cansados, cruzarán de nuevo la línea, la calle, la frontera, y querrán preguntarle a ella (ahora sí, siempre es ella) y coincidirán, de nuevo, con el merluzo que estuvo antes a su lado. Pero ahora es peor, ahora lo ven de frente y además les contesta algo tan raro como su cara. La verdad es que estoy cansado y tal vez no lo entiendan, pero lo que más agota es ir de un lado a otro intentando contar historias para después levantar la cabeza y descubrir que nadie prestó atención. ¿Qué me dicen a esto? ¿Eh? ¿Eeeeehhh?

viernes, 19 de diciembre de 2008

Con o sin frenillo

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
-Diga Roma.
-Goma.
-Bien. Sople la vela. Ahora pruebe a alargar la «rrrrr»
-Gggg. Gggggoma.
-Bien. Imite el ruido del motor de su coche.
-Gggggg.
-Ahora diga «tres».
-Gess.
-Biiien. Haga pompas de jabón con este pompero. Diga «roto».
-Gooto.
-Bien. Relájese. Levante los hombros. Diga “aroma”.
-Adoma.
-Bien. Ahora tápese la nariz, beba agua, respire. Tómese su tiempo (...). Y diga “pronto”.
-Puonto.
-Súbase a la silla de un salto y, en el momento de saltar, grite «¡¡EUREKA!!». Pero grite, ¡¡eh!!, ¡¡GRITE!

Luis Alfonso se sube a la silla y grita: ¡EUDEKA!

- Verá, esto va a ser un problema de frenillo. No todos los frenillos inhiben la correcta articulación de fonemas, pero el suyo, sí.
-¿Y qué solución hay?
- Tendría que someterse a una FRENECTOMÍA.
- ¡’Uy!! No, no, no.
- Pues seguiremos como hasta ahora.

Las sesiones de Luis Alfonso con su logopeda se fueron repitiendo una vez por semana durante años. Hasta que Luis Alfonso se casó y se fue a vivir a una casa en la montaña.
Sucedió un día que, cortando leña, se dio con el hacha en un dedo. Por reflejo del dolor, levantó la mano que aguantaba la herramienta y se golpeó con la hoja en medio de la boca. Y gritó, y gritó tan fuerte que su mujer salió al patio alertada por los gritos. Y allí estaba Luis Alfonso llorando, sangrando y gritando: ¡joder!, ¡joder!
Cuando se hubo recuperado de las heridas, su mujer hizo un pastel de nueces para celebrar semejante acontecimiento.

- Luis Alfonso, vuelve a pronunciar mi nombre, que me gusta escucharte.
- Rosaura, Rosaura, Rosaura -susurró complaciendola.

Luis Alfonso olió el pastel, le dio un mordisco final. La masa de nueces se atragantó en su tráquea imposibilitando la entrada de oxigeno. Unos minutos de agonia terminaron con la vida de Luis Alfonso.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Hallo

MARIA GUILERA
Clara conoció a Thomas Larsson durante el viaje de fin de estudios que organizó el instituto, en el albergue para estudiantes de un barrio a las afueras de París. Thomas no era estudiante, sino el chofer que acompañaba a un grupo de suecos recién licenciados en odontología.
Se enamoraron y durmieron en el interior del autocar.
A la mañana siguiente los suecos salieron de regreso a Upsala y Clara le contó a Rosa que creía haber encontrado al amor de su vida y que iba a gastarse en teléfono lo que tenía y lo que no.
Llamarle mientras duró el viaje le costó no comprar recuerdos para su familia, pero antes de cruzar la frontera consiguió un préstamo para el peluche que le había prometido a su hermana pequeña.
Ya en Barcelona intentaba no telefonear a Thomas desde su casa para evitar problemas con su padre cuando llegase la factura. Pero a veces no podía resistir la tentación y se levantaba a las cinco de la madrugada para marcar el número y decirle solamente buenos días.

Le llamaba desde cabinas callejeras o desde el interior de algún bar. Casi nunca podían mantener una conversación larga, se le acababan las monedas.
Robaba a su madre paqueñas cantidades del monedero de la compra, vaciaba las huchas de sus hermanos y acabó metiendo mano en el bolsillo de su abuela, que dejaba ahí la calderilla.
Pero no era suficiente, telefonear a Suecia era muy caro.
Consiguió un trabajo como dependienta en una pastelería, solo los domingos por la mañana. Al salir se gastaba la paga en una sola llamada y luego se culpaba por ser tan poco previsora y sudaba de angustia pensando en cómo conseguir dinero para escuchar la voz de Thomas Larsson durante la semana.
Un lunes por la tarde jugó y perdió en una tragaperras. Necesitaba decirle que le quería por tercera vez , solo dos te quiero eran poca cosa.
Le suplicó al dueño del bar un préstamo y cuando él se negó se lo pidió a los clientes de la barra. Uno le dijo a cambio de qué y ahí se le abrió el cielo y al mismo tiempo las puertas del infierno. Desde entonces podía llamar varias veces al día. Y lo hizo.
Cuando llegó navidad Thomas le dijo basta, no more calls, Clara. Se acabó.
No le creyó o no quiso hacerle caso. Siguió telefoneando hasta que le obligó a cambiar de número. Pero ella le localizó en el listín telefónico internacional y siguió llamando para saber por qué, qué había hecho mal.
Thomas borró su nombre de la guía.
Clara preparó oposiciones y consiguió un empleo de operadora en Telefónica de España.
Fue despedida al cabo de un mes por fraude a la empresa. Se dedicaba a llamar uno a uno a los usuarios de Upsala para distinguir entre todas las voces que respondían hallo, la de su antiguo amor.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Dentista

VICENÇ DEL HOYO
― Fiu fe futa! ―vaig dir. Volia fer un bram que se sentís a tot l’edifici, però en canvi en va sortir efeminat xiuxiueig. Tenia un volcà dins de la boca, i la lava sortia per un tubet fins a una petita aigüera sangonosa.
― Ho veu? ―em va respondre el dentista. Sostenia a les mans unes ridícules tenalles que agafaven una blanca i immaculada dent. Em mirava des de darrera d’unes gruixudes ulleres de miop. Com podia ser que hagués anat a parar a les mans d’aquest carnisser, es preguntava la part del meu cervell que no utilitzava en maleir-lo.― Faci el favor de no moure’s. Amb tant moviment ha fet que m’equivoqués de queixal. Ara li hauré d’arrencar un altre. Però no s’amoïni, no li cobraré més car.
―Grafias, fiu fe futa!

El dolor no em deixava pensar. Notava un forat volcànic a la boca, on durant una època, al bell mig havia viscut un frondós arbre, i ara feia un minut l’havien arrancat amb arrels i tot. Començava a descobrir que aquell arbre no estava sol i que un segon estava a punt de caure.
―Obri més la boca, i deixi de bavejar! ―em va ordenar el cec amo de l’escorxador―. No se n'adona que així no veig res? Vol que li arrenqui la peça amb el mètode Braille, o què?
Sentia com un nou tronc era a punt de ser abatut sota les macabres mans del llenyataire-dentista. Les frondoses arrels d’un queixal sense seny no podrien resistir gaire més el ferotge setge d’un pervers miop.
―Ho veu? ―va esclatar triomfal―. Aquest tampoc és el corcat. Prou bé es veu. Massa perfecte, i amb unes senyores arrels. M’ha fet suar el malparit. M’ha volgut enredar, s’ha fet passar per un de dolent, però no m’enganyarà pas.
Ha llençat el voluminós tros de la meva boca dins d’una metàl•lica palangana, al costat de l’anterior. Arromangant-se les mànigues de la camisa s’ha abraonat sobre la meva boca.
―No te m’escaparàs ―ha cridat ―. A mi no em cal fer punyeteres radiografies per trobar-te, maleït queixal. Ja et trobaré.
No ho podia creure. Què feia jo assegut amb la boca oberta, caient-me la bava, incapaç d’aixecar-me davant d’un sàdic armat amb unes terrorífiques alicates?
― Fiu fe futa! ―vaig dir l’única cosa que em sortia de la boca.
― Calli, calli, no veu que és pitjor si intenta parlar?
Una a una va anar abatent totes les peces de la meva boca, i arrenglerades apareixien amb una pal•lidesa mortal l’una al costat de l’altra dins de d’asèptica palangana. Queien dringant contra el metall.
― Aquesta tampoc és..., clinc..., ni aquesta..., clinc... ― i així fins a trenta-dues. Van caure els molars, els premolars, els ullals i finalment els incisius, i quan va tenir tots els cadàvers dentals arrenglerats encara va dir: ―Doncs no entenc on t’has ficat, no és cap d’aquests.
Aleshores em va mirar per primer cop fixament als ulls i va preguntar:
― No serà vostè el que havia de venir per a una neteja dental?
Jo feia dues hores que només podia repetir tres paraules: fill de puta, però en canvi sonaven així:
― Fiu fe futa!

domingo, 30 de noviembre de 2008

Un cuchillo jamonero

VICENTE APARICIO
¿Habeís llevado alguna vez un cuchillo dentro de un vagón del metro? Un vagón hasta arriba de gente y el cuchillo dentro de una bolsa del Caprabo, me refiero. Un cuchillo cogido por el mango, dentro de la bolsa, con la hoja hacia abajo, las manos pegadas a los costados...
Yo sí.
Me lo dio mi hermana. Fue el día en que se fue a vivir a Nueva Zelanda. El día antes, mejor dicho. El día en que fui a su casa a decirle adiós.
¿Qué se le habrá perdido a esta en Nueva Zelanda?
- Oye, Jose, ¿tú tienes en tu casa un cuchillo como dios manda? Mira, niño, mira tú qué maravilla -me dijo después de abrir un cajón y enseñarme un cuchillo jamonero con una pinta estupenda-. Si lo vas a usar, prefiero que te lo quedes tú. A saber quién vendrá a vivir aquí.
- Trae p’acá -le dije.
¿Sabéis cortar jamón? Para cortar bien jamón no hace falta tener ningún máster, pero sí que se necesita un buen cuchillo, un cuchillo como el de Ester.
- Tendrás que dejarme una bolsa -le dije-. No vaya a ser que me confundan con un asesino en serie.
Hice como si clavara en al aire una cuchillada jamonera.
Entonces ella trajo la bolsa del Caprabo y yo le di un par de besos y me marché. Ya le vale, a Ester. Mira que irse a Nueva Zelanda.

El metro iba hasta los topes. Parecíamos sardinas en lata.
Yo había hecho un nudo con las asas de la bolsa para que el cuchillo no estuviera muy a la vista, pero la verdad es que aun así me sentía ridículo llevando un cuchillo en una bolsa del Caprabo como si fuera la cesta de Caperucita. Así que me pareció que empuñarlo por el mango, bocabajo, dentro de la bolsa, y con la hoja pegada a mi muslo era la mejor opción, la menos comprometedora.
Ya sé que no pasa nada, pero qué queréis que os diga.
Ester está en Nueva Zelanda porque se ha enamorado de un tipo y se ha ido a vivir con él. Toda la vida en Lavapiés y, de un día para otro, a tomar por saco. Lanzo esta pregunta: ¿puede una persona normal enamorarse de alguien durante unas vacaciones de veinte días y tener decidido enviarlo todo a tomar por saco antes de aterrizar en el vuelo de regreso?
Opino que no, por muy largo que sea el vuelo.
¿Habéis estado a punto de clavarle un cuchillo a alguien en un vagón del metro? ¿Habéis estado a punto alguna vez?
El metro, cuando va lleno, huele que alimenta. Lo guarra que es la gente. Mira que yo viajo siempre en transporte público, pero todo ese olor concentrado a humanidad... me saca de quicio.
Aquel día, el día del cuchillo, había un chavalito cerca de mí que hacía una peste de mil demonios. Olía tan asquerosamente mal que, aunque el metro iba hasta los topes, se había formado a su alrededor una especie de cordón de seguridad. Yo, con mi cuchillo pegado al muslo derecho, estaba justamente en el perimetro exterior del cordón.
Algunos pasajeros ponían cara de impaciencia; otros se reían entre dientes.
Ester siempre ha sido mas rara que un perro verde. Si los viajes interplanetarios estuvieran a la orden del día, ella se habria enamorado de un extraterrestre, por supuesto, pero es que además habría sido un extraterrestre de Plutón. Como si lo viera. Podéis creerme si os digo que no bromeo.
El caso es que el niño, no contento con atufar el vagón entero, encima armaba un escándalo de tres pares de narices. Estaba jugando con el móvil. A juzgar por el ruido que armaba el trasto aquel, tenía que tratarse de algo relacionado con la guerra mundial. Obuses, o algo por el estilo.
En la estación de Callao subió una señora de unos cuarenta y tantos. Tras abrirse paso como pudo entre la gente, se quedó parapetada justamente entre el chavalito y yo, dentro de la franja de seguridad. Pronto pude ver como arrugaba la nariz. Movía las aletas disimuladamente y después la expresión de su cara se contraía hasta parecer una alcachofa un poco pasada.
- Joven -le dijo en un momento dado-, ¿no le da a usted vergüenza armar el escándalo que está armando? Somos todos trabajadores, ¿sabe usted? -añadió a continuación, y debo confesaros que yo todavia le doy vueltas a esa ultima frase.
El chaval, sin dejar de apretar las teclas del teléfono como un poseso, le contestó:
«No me ralles.»
Qué admirable respuesta. Que eficacia. Tres palabras: «No-me-ralles.» Ni siquiera se molestó en levantar la vista. Y siguió dale que te pego con el móvil, armando un estruendo bélico descomunal, como si tal cosa.
La mujer alcachofa se puso de los nervios. Empezó a gesticular. Empezó a soltar el clásico discurso sobre la juventud de hoy en día y los valores y adónde vamos a ir a parar... Todo ese rollo.
Y dale, y venga, y venga y dale, y el chaval con una actitud chulesca sin decir ni mu y todo el mundo mirándose y poniendo caras como diciendo ya ves tú, el niñato, o qué pesada, la tía, según miraras a izquierda o derecha, y la mujer dale que dale con la juventud y los valores y yo que hacía rato que hubiera desconectado, si no fuera porque, mientras salia veneno de su boca, con el sofoco la mujer no paraba de refregar el culo contra mi costado, y yo, entre la olor a podrido que llegaba del otro lado de la franja de seguridad, la emisión en directo de la Guerra de las Galaxias y los refregones, entre una cosa y la otra estaba... estaba... estaba a punto de fugarme a Nueva Zelanda.
Fue entonces cuando levanté el cuchillo.
Noté que la mano se aferraba al cuchillo y se levantaba con un movimiento seco.
- Mecagüen la hostia -dije en voz alta con aquel trasto en alto, dentro de la bolsa, y se hizo un silencio ensordecedor-. Usted -dije señalándola a ella-, escúcheme bien. Uno: o deja usted su trasero quieto o le juro que mañana salimos en los periódicos. Dos: cállese la boca. Y tres: en la próxima estación se me baja del vagón sin chistar. En cuanto a ti -le advertí al mofeta-, tienes dos opciones: o apagas el móvil ahora mismo o te lo comes antes de llegar a Plaza de España. ¿Me habéis entendido los dos? -dije a modo de conclusión-, ¿He hablado suficientemente claro?
Me entendieron a la primera.
Ella se bajó en Plaza de España. El chaval quiso poner cara de decir «No me ralles», me juego lo que queráis, pero se quedó mirando la bolsa del Caprabo y prefirió no enterarse de lo que vale un peine.
Joder, qué nervios.



Había restricciones de agua. Puse a tope la bañera. Me hice un trabajito.
Sonó el teléfono.
Hola, mamá -dije, resoplando aún.
La salud de mamá es de hierro. Tiene setenta y tantos años, pero su edad mental está entre quince y... doce.
Disparó sin compasión uno de sus monólogos surrealistas. Prefiero no entrar en detalles. Cuando empezó a hablarme de su último ligue, la interrumpí.
- ¿Has hablado con Ester últimamente?
No había hablado con ella.
- Se ha ido a vivir al extranjero, mamá -le informé.
«¿Y los niños?», preguntó ella, que no pareció extrañarse con la noticia. Tampoco parecía preocupada.
Me quedé pensando. Qué fuerte, no se me había ocurrido pensar en los niños. Debían de estar con su padre, ¿no?.
- Yo qué sé, mamá. Pregúntaselo a ella.
Menuda familia.
«Tu hermana es muy capaz de haberse largado por ahí sin los niños, ¿te das cuenta?, debe creerse que tiene aún doce años», dijo mi madre en tono de reproche.
Volví a quedarme pensando. Se me ocurrió una contestación billante.
- No me ralles -le dije, y a duras penas pude contener la risa.
Colgué.
Entonces clavé el cuchillo jamonero en el sofá, sin sacarlo de la bolsa del Caprabo.
- Mecagon la hostia puta -dije.



Han pasado tres meses y ayer hablé por primera vez con Ester. El tipo del que se enamoró es un imbécil. Por ahora no piensa en volverse a España. En primer lugar, porque no tiene pasta para el billete de vuelta; en segundo lugar, porque está perdidamente enamorada de un músico australiano que va a hacerse famoso y inmensamente rico el día menos pensado. Desde que se fue, Ester aún no hablado con mamá, porque mamá es una histérica y ojalá se muera. Los niños están con su padre, que es un cabronazo pero se ocupa de ellos bastante bien dentro de lo que cabe.
Yo estoy aquí sentado en mi sofá, que ha quedado bien chulo con su hermosa raja en el lomo. Lástima que nunca venga nadie aquí. Encima de la mesa tengo un platito de jamón recién cortado, una botella de aceite de oliva virgen extra y una copa de vino que no se la salta un galgo. Estáis todos invitados. No tenéis ni idea de lo que os perdéis si no probáis este jamón. ¿Hay algún imbécil en el mundo a quien no le guste el jamón?
Hasta hoy no había vuelto a usar el cuchillo. Corta que te cagas.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La visita

LOLA ENCINAS
El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz, así como la humedad, que taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre, un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, un oasis etílico y de compadreo, simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, pero no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy al fondo, a una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, así como los cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos; a un lado, hombres en busca de compañía y cháchara proporcionadas por mujeres que, recostadas en la barra, cubren necesidades propias y ajenas, vaciando y llenando sus depósitos con la droga del olvido.
Como es habitual, nadie repara en mi presencia, una vez más soy un privilegiado espectador de la vida, los actores desfilan ante mí interpretando el guión que, la mayoría de veces, eligen voluntariamente.
Ahí está él, tendrá unos 25 años aunque parece mayor, los estragos de la mar y el sol han hecho mella en la piel de su rostro.
El tabernero se niega a servirle la nueva copa que le ha pedido y le reclama el pago de lo servido. Con gesto pueril y fanfarrón saca su abultada cartera del bolsillo trasero. Se nota que acaba de cobrar su último viaje.
(Según he oído comentar, ha tenido mucha suerte, se ha salvado por los pelos del accidente que tuvo en el barco hace dos días).
Al final, paga a regañadientes y sale de la taberna, dando tumbos, a enfrentarse con la noche y el frío.
Dos marineros que han estado pendientes de la escena, salen también, tras él.
Y como se acerca la hora, también yo me uno a la comitiva.
Los dos hombres caminan más rápido y más seguros que el chico, que tambaleándose avanza y retrocede. Yo procuro guardar una cierta distancia para no ser descubierto. Pronto le alcanzan, le flanquean, el muchacho les mira sorprendido y sonriente, ellos sacan de sus bolsillos dos hojas que iluminan la calle con su brillo, entran y salen varias veces del cuerpo con la misma rapidez con la que ellos recogen la cartera y se pierden en la bruma.
Me acerco a la desmadejada figura, que yace en el suelo herida de muerte… Me mira, creo que me reconoce, su agónica mirada me suplica que le deje, que aún es pronto, que tiene muchas cosas pendientes por hacer...
Pero le digo que esta vez no puede eludir su destino, igual que yo debo llevar a cabo la misión encomendada, la de ampliar y renovar la tripulación del universo, un año más.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El cebo humano

ROSANA ROMÁN
Cuando escuché el aullido de aquel lobo algo dentro de mí salió corriendo. Sin embargo, yo permanecí inmóvil, aterrado y en el más absoluto de los silencios. Fue en aquellos momentos cuando me di cuenta del grave error que había cometido aceptando la propuesta del cazador.
Confieso que la idea de convertirme en el cebo de un lobo es tan disparatada como atractiva. A mí, que siempre me ha gustado jugar con el riesgo y vivir situaciones límite, me produjo un escalofrío pensar en ese reto, ese pulso a “lo salvaje” que subiría el nivel de mi adrenalina y, de paso, el de mi ego.

Siempre he sido un buen corredor. Tengo mi habitación llena de trofeos ganados en diferentes ediciones de carreras regionales. Una vez corrí la Jean Bouin en Barcelona y quedé muy bien clasificado; por eso pensaron en mí cuando se habló de un cebo humano con el que poder tender una trampa al lobo que tenía aterrada a toda la comarca.
Hacía un año que merodeaba por aquí y se había intentado todo lo humanamente posible para cazarlo. Mientras tanto, el animal, que tenía una inteligencia sobrenatural y rasgos asesinos, se paseaba burlón asustando a la gente, atacando los ganados y las granjas, e incluso había estado a punto de matar a un niño.
Fue entonces cuando decidieron hacer una batida todos los cazadores de la zona y poner precio a su cabeza.
Alguien propuso contratar a un rastreador experto llamado Santiago Jiménez cuya fama de cazador de lobos se extiende por toda la Cordillera Cantábrica. Una vez estuvo con Félix Rodríguez de la Fuente ayudándole a filmar un reportaje sobre el lobo ibérico, que se hizo muy famoso. En aquella ocasión, evidentemente, no cazó ningún animal, pero su colaboración fue fundamental para poder acercarse a ellos. Conocía bien sus guaridas, sus horarios, sus costumbres y todo lo necesario para tomarles la delantera.
Cuando decidió aceptar el trabajo de cazar al lobo, se informó bien sobre todos los intentos que se habían hecho hasta entonces. Con un tono grave y firme dijo: “Necesitamos un cebo humano, o nunca lo cogeremos”.
De entrada, la idea pareció descabellada, pero cuando se habló de alguien que pudiera correr a gran velocidad, todo el mundo estuvo de acuerdo en que ese alguien sólo podía ser yo.
Quizás por eso me sentí halagado. Confieso que también me tentaron los seis mil euros que me ofrecieron por ello. Una cosa estaba clara: esa hazaña la compartiríamos a partes iguales el cazador y yo. Pasaría a la posteridad por mi valor y mi capacidad física. No estaba mal, sobre todo para un chico de un pueblo de mil habitantes perdido entre los Picos de Europa.
Según Jiménez, la cosa era fácil y yo tendría todas las garantías para protegerme.
El plan consistía en llegar hasta la zona donde se sospechaba que el lobo tenía la guarida y esperar a que empezara a anochecer. Debía embadurnarme con sangre de un carnero para atraer su atención y, en el momento en que lo percibiera, lanzar una bengala para avisar de la posición a los cazadores. Después de eso mi misión consistía en correr, correr todo lo deprisa que pudiera, jaleando para que el lobo me persiguiera. Del resto se encargaban ellos, y yo no debía parar hasta que cobraran la pieza. Si no era testigo de ese momento, una bengala me avisaría del fin del animal y por tanto de la aventura.
- Pero... ¿y si lo pierden?, ¿y si no consigo quitármelo de encima?-pregunté indeciso.
- Tendrás una pistola para defenderte – dijo el cazador -; claro que para que sea eficaz has de disparar desde cerca, pero si necesitas usarla será porque lo tienes prácticamente encima. Te enseñaré los puntos más vulnerables.
En aquel momento me pareció un plan atrevido e ingenioso, y por eso acepté.
El domingo siguiente, que era el día señalado, preparé una pequeña mochila con algo de comida, agua, un frasco de sangre, la bengala y la pistola y me adentré en el bosque cuando el sol todavía estaba alto.
Tuve un mal presentimiento desde el principio. Caminar por el bosque no me daba la misma seguridad que hacerlo sobre el asfalto y aunque practicaba campo traviesa, la frondosidad de la zona alta (mayor de lo que recordaba) y la irregularidad del terreno me hacían más vulnerable. Con la emoción de la aventura subestimé estos detalles tan importantes.
Todo ocurrió muy deprisa. Estaba untándome la sangre del carnero por todo el cuerpo cuando, al levantar una pierna, resbalé y caí rodando por un terraplén. A mis pies, una gran abertura parecía querer tragarme igual que acababa de hacer con la mochila y todo su contenido. Rodó hacia abajo con tanta prisa que no pude recuperarla; apenas pude sujetarme a las raíces de un árbol para evitar precipitarme yo también al vacío.
Me sentí abandonado. La bengala para avisar y la pistola para defenderme habían desaparecido, estaba anocheciendo ya y en aquel momento pensé en las jugadas que te hace a veces la vida sin más ni más. Estaba tan asustado que no podía pensar, tenía que salir de allí. Se trataba de correr, correr, eso me habían dicho. Daba igual que no oyera todavía al lobo, su aliento calentaba mi nuca y toda mi columna vertebral desde hacía rato.
Intenté incorporarme pero no pude porque un latigazo de dolor quemó mi pierna. La observé con dificultad ya que la noche iba cayendo cada vez más deprisa; mi pierna estaba en una posición extraña, vuelta del revés, torcida, como si fuera un miembro ajeno a mí. Cuando comprendí que la tenía rota, oí el aullido del lobo; y aquella fría noche sin luna se cerró sobre mí como una helada mano que me hubiese atrapado para siempre. Sabía que ya no podría escapar.

martes, 11 de noviembre de 2008

8 de marzo

MARC BALLESTER
La redactora como siempre quiere comprobar si soy capaz de desenvolverme en cualquier tesitura. Siempre poniéndome a prueba, -¡Para pruebas está uno!-, así que nos marcamos una apuesta, ella que no, yo que sí, total, tuve que coger la grabadora y saltar a la calle y preguntar a las mujeres que se cruzaban en mi camino, si sabían qué ocurrió un ocho de marzo. Para muestra, un botón.

Sí, y tanto que lo sé, fue aquell combate de Perico Fernández. ¿Como? ¿El cumpleaños de Pujol?... Mira, reina, me parece que es el puente de la Constitución, ¿No? No, lo siento, tengo prisa. ¿Saldré por la tele?... ¿El descubrimiento de América?... Un año de crisis de los lagos; hay que ser más humanitarios, creo que lso gobiernos deberían intervenir mediante una plataforma de acción rápida y... ¡Sí!, ¡el cumpleaños de su santidad!... ¿Qué se celebra?, pues claro que lo sé: la final de Wembley... ¿Cómo dice?... Ah, el ocho de marzo, sí y tanto que me acuerdo, la Revolución de los Claveles... Sí, sí, es lo de Maastrich ese, ¿no?, o lo de la plataforma digital... El día que el hombre pisó la Luna; si llega a ser una mujer no se celebraría, seguro... Perdone pero no soy de aquí, ayer llegué de Azuaga y no sé, no sé... Me suena mucho, ¿no será eso de los papeles del CESID? Sí, mujer, lo del juez ese tan guapo... Tiene gracia, es el día de mi cumpleaños. ¿Que es el Sorpresa, sorpresa?... Lo siento, tengo prisa, se me quema la comida...La entrega de los Oscars, ¿lo darán en la tele o hay que abonarse?, nos han jodido... Mira que es curioso, ayer lo hablábamos en casa y no nos poníamos de acuerdo, mi marido... ¡El sitio de Zaragoza!... Cuando ganó el Indurain el Tour... A mií no se me han dado bien los estudios... Sorry, I don´t understand...Cuando entra en vigor la ley de Extranjería, por esos hay tantas colas... Se murió alguien importante, pero ahora mismo no me acuerdo... Huy, qué risa, es la primera vez que me preguntan algo, espere que venga mi hijo, que es muy listo; está haciendo el Bachiller y saca muy buenas notas... Bueno, si tiene prisa puedo volver mañana, que estaré aquí. Nada, a usted, muy amable... El día que murió Carrero Blanco... No lo sé , ni me importa.

sábado, 25 de octubre de 2008

Juego de tetris

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
Juan se topó con un joven en el pasillo de su casa cuando se disponía a ir a orinar.
Sobresaltado, se atrincheró en el rincón del pasillo contra la pared. Llevaba una camiseta azul y vieja a conjunto con los calzoncillos de goma gastada que utilizaba para dormir.
Juan, desconcertado, miraba a aquel joven sonriente que le saludaba y le preguntaba por su vida efusivamente.

- Hola, ¿cómo vas?, ¿qué es de ti?, cuánto tiempo sin verte.
- Puees ¡bien!, bien -dijo arrastrando las vocales y con un hilo de voz le preguntó:- ¿Cómo has entrado? ¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
- ¡¡Soy Manel!!- le contestó sonriendo.

Y le explicó en poco espacio de tiempo varias anécdotas que, según él, habían protagonizado juntos.

- Perdona, pero no te conozco -le dijo Juan.

Trató de interrumpirlo varias veces, pero el intruso no dejaba de hablar.

- ¿Te acuerdas del proyecto final de carrera? Se lo mangamos a un japonés que se dejó sobornar entre copa y copa. Qué momentos. Éramos unos caras. Nos comíamos el mundo.
- ¡¡Déjame!! -alzó la voz para imponerse esta vez.

Manel se acercó a Juan sin cambiar el rictus de su cara. Una sonrisa como pintada. Y esa cara que parecía flotar y se acercaba a la de Juan.
Juan se orinó encima originando un charco de líquido caliente que le alivió los pies desnudos y fríos.



Juan no tenía una vida sencilla de explicar, como para soltarle parte de ella a un desconocido en la madrugada de un sábado. Divorciado por tercera vez. Tenía cuatro hijos. Uno de cada una de sus dos primeras mujeres y dos de la última relación. Actualmente estaba con una cuarta pareja pero sin convivencia y sin hijos en común.
A Juan le pesaba la responsabilidad de ser padre, y sólo cumplía con la parte económica. Quería y necesitaba una vida más tranquila. Con el tiempo acudió a hacerse una vasectomía por miedo a continuar fertilizando los óvulos de sus diferentes conquistas. No era ningún Adonis, pero tenía la capacidad de captar la atención de las mujeres. Y no precisamente por su forma de hablarles, sino por su forma de escuchar y mirarlas atentamente . En una conversación larga, absorbía las palabras del comunicador y las devolvia filtradas transmitiendo calma y serenidad. Exhibía una mirada penetrante de ojos claros y grandes que hipnotizaban.
Trabajaba de arquitecto y tenía un gran prestigio en su profesión. Podía decirse que se ganaba bien la vida. Sus creaciones gustaban por su sencillez y originalidad.
Esa era su particularidad. La originalidad. Una originalidad que encontraba en sus perturbaciones mentales.
Sucedía cuando Juan dejaba de estar en un plano tangible, para pasar a otro. De repente su mente entraba en un sueño profundo y desconectaba de la realidad terrenal. Eso le podía ocurrir a cualquier hora del día o de la noche.
Así le ocurrió aquella madrugada. Cuando se levantó del suelo, entendió que el joven Manel había sido una de sus tantas alucinaciones, que le aparecían cuando sufría uno de sus ataques de narcolepsia.
Así que, antes de olvidarse de todo lo ocurrido, fue rápidamente hacia su estudio y empezó a hacer esbozos de la idea que su mente aturdida le había ofrecido.
Compartimientos que se deslizaban con solo empujarlos y que reconvertían estancias más grandes o más pequeñas según la necesidad del momento. Más que viviendas era la revolución en el mundo inmobiliario. Paredes que, como si fueran piezas, se iban encajando para dar paso a espacios minimalistas. Este principio se lo aplicaba Juan intentando acomodar dentro de la mente su vida, con los ojos cerrados, encajando piezas entre la vigilia y el sueño.

sábado, 18 de octubre de 2008

Ultramarinos

VICENTE APARICIO
(Reescritura de un texto original de Rosa Gálvez)


Del mar, lo más cerca que había estado fue la vez que su tío le mandó limpiar el viejo letrero.
Subida en la escalera sin mirar al suelo, una tras otra fue viendo aparecer las gastadas letras que un día fueron blancas. Allí, tan cerca de ellas, maldiciendo para sus adentros con palabras blandas, preocupada por mantener el inestable equilibrio, ¡qué largo le pareció el camino desde la «U» hasta la «Z».
Pero una vez abajo, liberada del pánico a las alturas y a la desvencijada escalera -en realidad, no pudo evitar pensar, fugazmente y con más remordimiento que odio, que aquello habia sido un intento de su tío para librarse de ella-, al dar una última mirada a su obra, ahora con más perspectiva, las letras amarillentas casi le parecieron de un color azul verdoso, un reflejo de aquel despejado cielo de mayo. «Ultramarinos Páez». Ultramarinos. Ultramar... ¿Se reflejaban ahí las olas? Ultramar... Se quedó dentro el misterio, la promesa. Ultramar...
¿Por qué una palabra tantas veces pronunciada sin reparar en ella formaba ahora, de repente, como la piedra lanzada al agua, círculos concéntricos? Círculos que envuelven, que atrapan y lentamente se disuelven hasta que la superficie del agua vuelve a ser plana de nuevo. ¿Se puede evocar lo que no se ha vivido?

- ¿Qué haces ahí plantada como un pasmarote? -dijo su tío-. ¿Has terminado? ¿Acaso no tienes nada más que hacer?
Siempre el mismo. Mil preguntas a la vez sin esperar respuestas, sin necesitarlas.
Volvió adentro. No había nadie en la tienda, como casi siempre.
En el piso de arriba, la voz rasposa de su tío seguía farfullando entre dientes algo que ella no fue capaz de entender.
¿Qué era lo que tanto le molestaba?
Siempre estaba donde no debía.
Pero ¿cuántas veces hay que repetirte a ti las cosas? ¿No te tengo dicho que no dejes sola la tienda? ¿Es que hablo yo en chino? ¿Qué tienes tú que hacer andando la calle arriba y abajo? Siempre en la luna, como tu madre...
Siempre hacía lo que no debía.
Siempre decía lo que no debía.
Siempre había sido quien no debía.
Se prometió esperar la hora del cierre sin moverse de su puesto. Permaneció un buen rato apoyada en el mostrador, imaginándose un centinela de cuya atenta vigilancia dependiera la vida de toda una guarnición. Pero aquel bosque, no cabía duda, estaba desierto. Tras la puerta, el color de la luz fue cambiando como una invitación...
Cruzó la calle y se sentó en el bordillo. Miro sus rodillas, que tanto odiaba, las piernas anchas que su madre le habia dejado como herencia. Si supiera hacerlo se dibujaria asi, sentada en la acera, mirandose a si misma desde enfrente, dejando que se escurra el tiempo.
El negocio apenas daba para vivir. Pasaba poca gente por la tienda, pues la calle no llevaba a ninguna parte. Cuatro abuelas enlutadas y alguna que otra madre, viejas prematuras envueltas en batas de colores chillones como sus voces.
Apenas una voz monótona y rasposa, siempre quejandose, en una penumbra de cajas y polvo. Eso era su tío. Su única familia. ¿Por qué no la quería?
Habría deseado no haberlo pensado, pero lo había pensado.
Resbalando, llegó hasta la boca de su estómago y se quedó allí, una opresión, un vacío creciente, un agujero negro que intentaba tragársela, hacerla desaparecer dando vueltas y vueltas, rápido, muy rápido, por el sumidero de su interior.
Anselma era nombre de otra época. Quizás se habia producido un error. Ella no debía estar aquí. ni llorar por nada. ¿Lloraba una vida no vivida o una vida pasada? Nunca había visto el mar...
Sentada en el bordillo con el mentón apoyado en las rodillas, alzó la vista hacia el letrero. «Ultramar...», pronunció a media voz. Casi era una invocación.
Para ser mayo, hacía mucho calor. Su tío sacó la silla a la puerta de la tienda, como solían hacer los vecinos. Con el pañuelo se secó las pequeñas gotas que relucían al resbalar por su calva y, como si Anselma hubiera brotado repentinamente del suelo, la miró con los ojos muy abiertos.
- Espabila, muchacha. ¡Espabila!
Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Tenía que preparar la cena. Se acercó al tocador, aquel mueble antiguo y macizo que tanto le gustaba, y comenzó a pasar la mano por su superficie, lentamente, acariciándola, formando un dibujo involuntario al arrastrar el polvo acumulado, el polvo que se acumula siempre demasiado deprisa, que enseguida vuelve a estar ahi cuando acabas de limpiarlo. Tenía que preparar la cena...
Se miró en el espejo mecánicamente, como había hecho tantas veces por la mañana al despertarse, para comprobar que seguían en su sitio las oscuras ojeras que nunca la abandonaban, o por las noches mientras se cepillaba largamente el pelo como las mujeres de otra época, como las mujeres de las películas. Nunca se reconocía inmediatamente en la imagen que recibia, necesitaba siempre unas décimas de segundo tras las cuales, en realidad, comenzaba a desinteresarse.
Y sentada frente al espejo no vio salir la luna, no oyó los golpes en la puerta ni las voces de su tío, irritado, ensordecidas por el oleaje que batía en el fondo de sus ojos azul ultramar...

lunes, 13 de octubre de 2008

Hechizo latino

MARIA GUILERA
Luís Héctor, cielo, ya lo hice. Quería sorprenderte el sábado y ver la cara de alegría y asombro que pondrías con la notícia, pero no puedo esperar a contártelo, también tú tienes derecho desde ahora a ser feliz.
Ya está, ya me lancé.
Tú me diste fuerza. Pensé en tus palabras dulces, en la música de tus frases cariñosas, las que me dices bajito mientras bailamos en la pista del Hechizo Latino.
Recordé la presión de tus manos en mis nalgas, tus dedos sabios recorriendo el rosario de mi columna vertebral, tus piernas guiando las mías y enseñándoles suavemente los pasos del bolero.
Morenito mío, ya no más abrazos disfrazados de lambada. Desde ahora me tendrás sin disimulos, seré tu pareja no tan solo en el baile, sino en cada momento de la vida.
Ay, te cuento. Se lo dije ayer noche, cuando nos sentamos en el sofá a ver las noticias de las nueve.
Tengo que hablarte, Venancio, le solté.
Y él respondió, espera mujer, déjame ver el telediario.
Insistí porque ya me había decidido y no podía frenar. Se lo expliqué desde el principio, desde la inocencia de nuestros primeros encuentros, cuando tú eras para mí tan solo mi profesor de baile.
Él abría los ojos incrédulo, movía la cabeza como diciendo no, no, no puede ser.
Mi amor, necesité toda la energía para seguir adelante con mi confesión. Tuve que echar mano de mis recuerdos más fuertes, del olor dulzón de tu colonia, que permanecía en mi jersey como un ancla que me fijaba a tu cuerpo.
Le hablé con pena, qué quieres que te diga. No quería hacerle daño. Y cuando me preguntó por qué se lo contaba, por qué le explicaba lo que me hubiera podido callar, no le comprendí.
Porque le quiero, Venancio. Porque ya no puedo seguir aquí contigo ahora que he conocido la pasión latina, el amor del bueno.
Supongo que los nervios le traicionaron. Se puso a reír como un loco y a decirme ay Cuqui, pero qué cándida eres, qué pardilla.

Por qué, por qué, le preguntaba yo. Qué quieres decirme con eso.
No te lo vas a creer, vidita mía. Me dijo que yo no te interesaba por mí misma, sino porque era su mujer. Que eran las cenas a las que te había invitado, la ropa que te compré, los zapatos italianos, la cadenita de oro que llevas con tanto orgullo al cuello y que simboliza que soy tu dueña. Por eso me la pediste en cuanto la descubrimos en el escaparate del Oro del Rhin.
Me dijo que era eso, lo material, lo que te había llevado a seducirme.
Qué triste ser tan cínico. No te conoce, no sabe que tú no necesitas riqueza, que tú eres oro puro.
¡Qué poco sabe de amor, el pobre Venancio! Pero no tiene la culpa. Desde pequeño le faltó el calor de una familia. Vivió rodeado de niñeras y mucamas que hacían lo que debieron hacer sus padres en lugar de viajar por el mundo atendiendo a sus negocios y amasando una fortuna.
¡Qué distinto a ti, rey mío, que has vivido entre tus siete hermanos, con lo justo para comer, sin lujos, pero con cariño y música arropando tu infancia!
Quédate con todo, le dije. A mi moreno no le importa lo material. Su capital es el ritmo, bebe melodías, su alimento es el amor que le doy y la pasión que me entrega.
Venancio me miraba con lágrimas en los ojos. Se sostenía la tripa mientras seguía con sus carcajadas y, al contrario de lo que yo había pensado, no se lo tomó a mal.
Pues nada Cuquita, me dijo. A bailar, que son cuatro días.

Esta mañana hemos ido juntos al notario. He firmado unos documentos renunciando a mi parte de la empresa.
Ya soy como tú, sin lazos, sin compromisos. Ahora yo también quiero una cadenita alrededor de mi cuello. Yo toda tuya. Tú mi dueño.
Espérame el sábado en nuestra mesa del rincón con un mojito de los que me gustan. Prepárate para una nueva vida, esa que me prometías al oído, la que me cantabas haciendo tuyas las palabras del bolero, parece que te esté escuchando:

“Como no tengo fortuna,
esas tres cosas te ofrezco
alma, corazón y vida y nada más.
Alma para conquistarte
corazón para quererte
y vida para vivirla junto a ti”

Allá voy, tesoro. A partir de hoy, sí, mi único tesoro.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La travessa

VICENÇ DEL HOYO
— Per a vostè un tallat amb bufanda cremosa i per a vostè un cafè eufòric. Preparo el compte?
Era l’hora d’esmorzar! Com tots els dijous al matí el vell Tomàs entrà a la petita granja de la plaça. Arrossegava els peus, i l’ Esquitx, com un pigall, el guiava entre les taules fins arribar a una de discreta que era arrambada a la paret, i que estava a tocar d’un radiador inactiu. L’ Esquitx s’ajassà com si esperés que l’ornamental radiador s’hagués d’engegar. Tota la seva actitud feia pensar que sovint esperava. La paciència més que una virtut és un costum per a ell.
Tomàs, com tants matins de dijous va tractar d’omplir la butlleta de la travessa que aquella mateixa tarda lliuraria a la petita oficina d’apostes situada a l’altre costat de la plaça. El reclam principal era una jove i simpàtica noia que atenia infatigablement els clients habituals i els seus tediosos romanços.
— Maties, fes-me un cafè.
— Un de filòsof?
— Què vols...? Sí, això. Ni curt ni llarg: en la seva justa mesura.
L’ Emma Tous arrossegava el carretó de correus entre les taules. Quan per fi va seure, ja havia calculat la mitjana d’edat de tots els clients del bar, la proporció d’homes per cada dona i quin calaix hauria de fer en Maties en la propera mitja hora. És que la Tous té la mania de traduir-ho tot a xifres.
— Hola, Tomàs, temptant la sort? —va dir, mentre remenava minuciosament el seu cafè peripatètic.
— No, que va. La fortuna no són els diners sinó tenir raons per viure —respon Tomàs alhora que passa la mà tova per sobre del llom de l’ Esquitx—. Digues un número que t’estimis.
—Ai, Tomàs, tu sempre traginant números amunt i avall. En això ens assemblem. El trenta set. És un nombre primer. Són els que els hi tinc més estima, no accepten ser dividits per ningú més que per l’u i per ells mateixos, com jo i com tu, Tomàs —proposà la Tous mentre mirava la cullereta cercant restes de sucre adherit.
—No t’equivoquis amb mi, que jo tinc parella: l’Esquitx, i algunes pretendents —respongué, alhora que escrivia una «X» sobre el número 37 a la butlleta—. Per a mi el números són una excusa, no un fi en si mateixos.

La tarda era freda. El Sol s’emmirallava a la part alta de les façanes però no tocava ni l’asfalt ni les voreres. En Tomàs, embotit dins d’una caçadora massa estreta per la seva talla i que havia viscut èpoques millors, recorria la curta distància que hi havia entre casa seva i l’oficina d’apostes. L’Esquitx ensumava troncs d’arbres i rodes de cotxes. Ho fa amb ofici però amb poc entusiasme.
—Qui no es mulla no pesca —va dir la noia asseguda darrera del taulell; a un costat tenia un teclat i, una mica més enllà, la pantalla d’ordinador—. Vostè puntual com les orenetes, cada dijous a provar sort.
La Carlota se’l va mirar amb un somriure als llavis i uns ulls espurnejants de joventut i d’innocència. Duia els cabells llisos i li queien despreocupadament sobre les espatlles. Al coll duia un collaret de fils dels quals penjaven unes enigmàtiques boletes, de diferents grandàries, que es bellugaven i rebotaven sobre l’estern. Una mica més avall la sinuosa línea de la samarreta obria un previsible interrogant. Les mans, plenes de llargs dits, ossuts i gastats, esperaven per ballar sobre el teclat.
—No és temptar la sort el que em porta aquí cada dijous —respongué Tomàs amb veu serena i profunda, com si fés una confidència inconfessable—.Tu ets massa jove per entendre-ho. La sort és poder venir aquí cada dijous.
El vell Tomàs va doblegar amb deteniment la butlleta abans d’introduir-la dins d’una cartera massa nova per ser la d’un vell. Encara es va demorar una mica més mentre agafava el bastó del taulell on l’havia penjat i, un cop el va tenir de nou, amb l’altra mà tibant la corretja del gos va donar una petita estrabada per fer aixecar l’Esquitx.
—Bona setmana, Carlota.


Uns homes vestits amb uniforme de sanitari entraven i sortien de l’habitatge. Duien una llitera entre dos. Un altre transportava uns pots de sèrum amb els tubs transparents penjant. L’Esquitx els seguia amunt i avall, actuava com un amfitrió preocupat perquè els convidats no trobessin res a faltar. No bordava, només corria davant dels sanitaris obrint camí, com si els guiés pels passadissos i habitacions.
—Senyor Tomàs, què passa? Que es troba bé? Que és malalt?
Ningú va respondre a tantes preguntes. Els homes semblaven massa ocupats per poder respondre. Només l’Esquitx va sortir a atendre la veïna, la senyora Eloïsa.
—És molt greu? Se l’han d’endur?
L’absència de resposta no va ser cap obstacle perquè la senyora Eloïsa anés passadís endins. Ningú semblava escoltar las seves preguntes. Al costat de les parets hi havia apilades bosses negres d’escombreries. Tanmateix el pis només feia olor a vell i a gos. Era més el desordre visual que el real. Hi havia dotzenes de bosses amuntegades. Semblaven contenir llibres, o revistes, alguna cosa rectangular, angulosa. Com que ningú semblava fer-li cas, la senyora Eloïsa no s’hi va poder estar de mirar el contingut d’una d’elles que estava mal tancada. Eren papers, efectivament. Lligats amb faixes de paper. Semblaven bitllets. Eren bitllets! Centenars de feixos, tancats dins de piles de bosses.
—És aquí dins, senyora! —va respondre per fi un jove sanitari—. No sembla gaire greu. La tensió massa alta li deu haver provocat rodaments de cap.
Ara la que semblava tenir forts rodaments de cap era la sorpresa veïna.
—Ens l’haurem d’endur per fer proves —va continuar parlant el sanitari—. Se’n podria cuidar del gos?
—El gos? Ah, sí.... i tant —més que parlar, va semblar un sospir—. Com es troba, Tomàs? —ara sí que havia aconseguit articular paraula. Era palplantada davant d’un Tomàs intubat i que duia la boca dins d’una màscara d’oxigen. Era conscient, amb una mirada desperta—. No s’amoïni que ja cuidaré de l’Esquitx. Ja veurà com no serà res, Tomàs.
—Ah, no es pot pretendre viure eternament, senyora Eloïsa. Ni que et toqui dues vegades seguides la rifa. Tot i que això, a vegades, pot arribar a passar— va sentenciar Tomàs mentre se l’enduien dins de la llitera, a través del llarg passadís, sortejant destrament les muntanyes de bosses de brossa apilades.
—Vol alguna cosa més? —se li va ocórrer cridar.
—Sí, Eloïsa —es va sentir quan el començaven a baixar amb la llitera escala avall—, dugui la butlleta aquest dijous a l’oficina.
—Molt bé, així ho faré. Alguna cosa més? —va tornar a preguntar.
No sabia per què continuava cridant des del replà, des de la porta d’una casa que no era la seva, amb un gosset que li ensumava les sabatilles, a un vell que s’enduien a l’hospital. Era una estranya situació. La vida és rara, va pensar. I en aquell moment li va arribar una frase que va pujar pel forat de les escales, debilitada per la distància.
—No oblidi de baixar la brossa.
I la porta del carrer va espetegar al tancar-se.

jueves, 2 de octubre de 2008

La cuarta hermana

ROSANA ROMÁN
En mi familia nacer mujer no era ninguna desgracia, salvo en mi caso, que fui la última de cuatro niñas sin ningún hermano con que contentar a papá.
Tardó varios días en conocerme; mamá, después del parto quedó muy débil y tuvo que quedarse unos días en la clínica. Allí estuvimos las dos, huérfanas de compañía masculina hasta que volvimos (en mi caso llegué por primera vez) a casa.
Vivir en las afueras de la ciudad nos permitía tener un hogar más amplio, al tiempo que disfrutábamos de espacios de campo o, lo que es igual, de vivir en libertad.
Desde muy pequeña quedó patente que yo no iba a ser una niña «femenina».
Me molestaban los lazos del vestido que siempre algún gracioso se divertía en deshacerme, odiaba los adornos en la cabeza porque cuando no se me caían me estiraban el pelo y tampoco jugaba con las muñecas, ya que nunca pude entender por qué jugábamos con algo tan pequeño y tan estático cuando podíamos hacerlo con niñas de verdad. Siempre había alguna de las pequeñas, por ejemplo las hermanas de mis amigas, que se prestaba gustosa para hacer de bebé y dejarse trajinar, vestir, pasear o dar la merienda.
Por el contrario, me encantaba leer los tebeos de aventuras que no sé por qué motivo se llamaban “de chicos” y durante varios años pedí a los Reyes Magos un caballo y una espada (sin resultado, claro). También disfrutaba jugando a tocar y a parar o a churro-media manga-mangotero, trepando a los árboles para coger fruta y esperando a que papá llegara del trabajo para subirme con él en la furgoneta y recorrer el corto tramo entre la entrada y el garaje.
A él nuestras afinidades le compensaron y, a falta de chico, halló en mí el consuelo que no le daba ninguna de mis hermanas. Yo había encontrado por fin mi lugar en la familia, ya que con tres niñas por delante no era fácil llamar la atención.
Todo estaba perfectamente equilibrado hasta el día en que llegó la hermana de mi madre y estuvo a punto de complicarlo todo.

Tía Inés era una mujer cariñosa y elegante que de vez en cuando venía por casa para comprobar que no nos faltara de nada y ayudar en los gastos extras.
La verdad es que su matrimonio había sido más acertado que el de mamá (económicamente hablando) ya que se casó con un médico de buena posición y sólo tenían un hijo que en aquella época iba ya a la universidad.
Papá, sin embargo, continuaba con su trabajo de repartidor y su sueldo, justito, el único de la casa, tenía que estirarse para mantener seis bocas además de la de nuestro perro Ron.
Aquella tarde mamá y tía Inés estaban sentadas en el porche y hablaban sobre mí.

- Esta niña está subiendo muy salvaje –decía tía Inés mientras me rehacía la trenza despeinada.
Yo intentaba escabullirme, pero ella tiraba del pelo para que me estuviera quieta.
- Tendría que hacer alguna actividad más femenina -continuaba mientras mamá, resignada, la escuchaba dándole la razón, sin perder comba mientras zurcía un calcetín-.
- Quizás ir a un internado para señoritas... -sugirió con un tono de gran idea.
- Yo no quiero ir a un internado, quiero estar aquí como las demás- dije por fin, enfadada por que estuvieran haciendo planes sin contar conmigo.
- Es por tu bien, Isabelita- continuó mi tía dulcemente.
- MI bien es quedarme aquí, si me encerráis me escaparé.
- Pero bueno, ¿es que no vas a decirle nada a tu hija...?

Mamá intervino entonces con convicción:

- ¿Qué quieres que le diga?, sólo dice lo que piensa, y es verdad: o se escaparía o la echarían del colegio. Es incorregible. No, no creo que sea una buena idea que se vaya, aunque algo tendremos que hacer si queremos casarla algún día.
Se quedaron las dos proyectando mi futuro mientras yo, cansada de oír tonterías, me escapaba a jugar al jardín. Pero aquella noche durante la cena, mamá volvió a la carga intentando convencer a papá.

- He estado hablando con Inés y está dispuesta a pagarle una academia a Isabel para que haga alguna actividad en la que aprenda modales más delicados. ¿Y sabéis en cuál he pensado? -dijo entusiasmada mirándonos a todos- ¡Ballet!

Un silencio de cinco segundos invadió el comedor de forma excepcional. Después, mi padre, con la cara más sorprendida que le he visto nunca, repitió conteniéndose la risa:

- ¿Ballet?, ¿Isabel bailando ballet...?

Todos excepto mi madre y yo estallaron en carcajadas; mamá no entendía qué había dicho que fuera tan gracioso. El motivo de que yo no riera era otro. Después de que ella expusiera su idea y ante la sorpresa que me había preparado, al ir a protestar se me atragantó un pedazo de pan que se cruzó en mi garganta impidiéndome respirar. Mientras todos se ponían rojos de risa, yo me ponía roja de asfixia, hasta que por fin me miraron y me encontraron en aquel trance del que no podía reaccionar.
Mamá gritó y papá se levantó rápido y me dio un fuerte golpe en la espalda. El pan salió disparado de mi boca y aterrizó en el vaso de agua de mamá, que se sentaba enfrente.
Ni que decir tiene que jamás volvió a hablarse del asunto.
Afortunadamente, aquellos días críticos en los que parecía decidirse mi futuro se superaron al llegar septiembre con el regreso a la escuela. Anduvieron tan ocupados en uniformes, libros y horarios que se olvidaron de la ridícula idea del ballet y yo pude continuar haciendo mi vida de siempre. Desde entonces, eso sí, aprendí a cuidar lar formas, sobre todo cuando venía tía Inés o cualquier otra visita.
Papá siempre había escuchado con interés mis ideas, mis sueños, mis proyectos, y nunca los criticaba; muy al contrario, me animaba a conseguirlos haciéndome pensar en la manera en que recorrería el camino que me llevaría hasta ellos. Era entonces cuando yo misma, después de ese ejercicio, descartaba algunos o me reafirmaba en otros.
Cuando me saqué el carné de conducir y les dije que quería dedicarme al reparto se armó un gran revuelo.
Papá intentó disuadirme, sobre todo porque se lo pidió mi madre, pero él sabía que yo tenía claro mi proyecto de conseguir en el futuro una flota de transporte propia y al final me permitieron hacerlo. No se si en aquellos días ya le habían diagnosticado el tumor cerebral, pero sí sé que cuando él murió saqué a la familia adelante con mi trabajo hasta que mis hermanas terminaron sus estudios y encontraron un empleo. Como hubiera hecho su inexistente hijo, el único “hombre de la casa”.
Por aquellos tiempos, mientras mis hermanas cuestionaban mi vestuario que según ellas sólo servía para ahuyentar hombres, yo lo encontraba de lo más cómodo para conducir, y para quitármelo en la trasera de los camiones... Las manos rudas de un conductor no están hechas para lencería fina, y supongo que por ese motivo no encontré a un solo camionero que le pusiera pegas a mi indumentaria. Ni mucho menos al hecho de que no llevara ropa interior.
Fue en aquella época loca cuando me quedé prendada para siempre de los cuerpos fibrados y musculosos. Cuando conocí en el gimnasio al que ahora es mi marido, no dudé ni un momento en aceptar su invitación a una copa.
Después de unos días de vernos, empecé a tener dudas. Tenía un cuerpo de fábula pero su carácter me parecía algo blandito, sensible dice él, desde luego muy diferente al de los hombres que yo solía frecuentar.
Estuvo persiguiéndome durante meses hasta convencerme de que yo era la mujer de su vida, y unos pocos más para persuadirme de que él era mi hombre.
Casi me atraganto de nuevo cuando un día, mientras cenábamos, me confesó que en su infancia, durante dos cursos enteros, había asistido a clases de ballet. Nos reímos tanto que esa noche le dije que sí.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Isla gris

MARC BALLESTER
Rogelio Gris era el menor de tres hermanos, apenas recordaba a su padre, murió cuando él aún era muy pequeño. Su madre desde entonces tuvo que despellejarse las manos año tras año reparando redes en Puerto Roca, donde el aguardiente se convertiría en su mejor alimento. Más tarde los hermanos de Rogelio Gris se enrolarían en un barco extranjero que fondeó unos días frente al puerto. No los volvería a ver jamás. En los siguientes cincuenta años ningún barco extranjero apareció en la bahía.

El día en que siendo joven Rogelio Gris tomó la decisión de reincorporarse a la flota se desató el peor vendaval que recordaban los habitantes de Isla Tormenta; así que, después de sospesar su iniciativa y de cargar todos los aparejos en su macuto y proveerse de un chubasquero, guantes, arpón y correajes, se paró en el umbral de la puerta de su casa y, acto seguido, arpón, guantes, chubasquero y correajes fueron a dar contra el suelo de madera. Rogelio Gris volvió a la cocina y se preparó una nueva cafetera, como cada madrugada, para saborearla a lo largo del amanecer. Luego, como venía siendo costumbre, se desnudaría y se cubriría con las mantas hasta que el sol irrumpiese en el dormitorio y él tuviera hambre.
Cuando Rogelio Gris ya no tuvo edad para la pesca dejó de fingir. En Isla Tormenta los hombres pescaban hasta que la muerte aparecía en forma de arrecife o niebla. Todos repetían que morir en tierra firme era poco menos que una desgracia, un mal que aquejaba a aquellos que por miedo o tristeza no se habían atrevido a responder al desafío del océano. A los enterrados en las afueras de la aldea nadie los recordaba, las únicas oraciones se dirigían siempre a los que no volvieron, a los que cumplieron con su deber. Ahogarse era el triunfo y enfermar una blasfemia.
Un día soleado y de calma chicha Rogelio Gris decidió entrar en la historia de Isla Tormenta. Todos lo recordarían siempre como el único muerto que logró burlarse del mar. Se ahorcó frente a la iglesia, endomingado, y con un barreño de agua salada bajo su cuerpo seco.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Complicidad laboral

NATÀLIA LINARES CASTELLÓ
- Deja que me tome otra, otra copa y ya está -le dije aquel viernes fatídico a mi compañero de trabajo.
Estábamos en un bar latino, a las afueras de la ciudad. En calma, sin que nadie nos increpara, ni nos pidiera justificación alguna por nuestro criterio profesional.
No somos gente aburrida. Pero lo que sí somos, es gente maltratada por la miseria humana.
Nuestro trabajo consiste en intentar enderezar vidas familiares descompuestas.
De quienes ven el mundo desde el agujero que se forma al juntar su índice con el pulgar. Y aprietan y aprietan hasta cerrar el puño y dar un golpe de frustración allí donde sea.
Intentar arreglar vidas es en principio imposible, pero de lo que se trata es de apaciguar, reconducir, y un continuo de objetivos que muchas veces se quedan en papel.
Ocurrió que ese viernes entró en el despacho un señor muy nervioso. Un señor al que en argot laboral denominamos usuario; porque usa el servicio, como quien va al WC.
El señor en cuestión, nos informó de que iba repleto de Goma 2. Que su cintura estaba rodeada de bombas y el artefacto se pondría en funcionamiento al cabo de cinco horas. Si alguien intentaba impedirlo, sólo con apretarse el tórax, en donde estaba el detonador, todos saldríamos volando.

Su petición era que le ayudáramos a recuperar sus pertenencias. Su piso, su mujer y sus hijos, custodiados por la administración, por su mal comportamiento.
Aseguraba que él era un ciudadano honesto y cabal y que todo había sido una encerrona de su suegra, que nunca lo había visto con buenos ojos.
Todos, dejamos de trabajar en lo que nos ocupaba e intentamos razonar con semejante individuo, con nervios, prisas, entre risas alocadas, lloros, llamadas.
En un momento el edificio quedó rodeado de policía municipal y nacional. Bomberos, ambulancias, chafarderos. Todo el mundo estaba en la calle, pero dentro del despacho con el loco suicida, estábamos nosotros: Juan, Rosario, Graciela y yo.
No sabíamos cómo reconducir la situación. Sus hijos estaban con la madre, fuera del alcance de él, por indicación del juez. El expediente, ya cerrado, nos confirmaba que habían salido del país. No sabíamos como notificar al kamikaze que parte de sus pertenencias estaban en su país de origen, viviendo otra vida lejos de su enfermedad mental, y que su piso había sido subastado por su entidad financiera, en los años en que él estuvo en prisión. Los únicos que estábamos a su alcance éramos nosotros. Sus pertenencias actuales.
Graciela dijo:
-Mire, aquí no podrá conseguir nada, así que si quiere empezar a darle al detonador, hágalo. Déjeme antes llamar a mi hijo que está en la escuela para despedirme de él.
La miramos estupefactos. Nos había incluido a todos en su plan sin consultar si estábamos preparados o no.
Empezamos a insultarnos entre nosotros. Que si tú eres una inútil, que si tú te crees superior, que sí a ti se te ha subido el cargo a la cabeza. Empezaron a volar objetos lanzados entre nosotros. La calculadora fue a parar a la cabeza de Juan, el calendario a la de Graciela. Rosario empujó la pantalla del ordenador originando un estruendo. Cayó la botella de agua que Juan tenía siempre encima de su mesa. El agua encharcó el suelo en décimas de segundo, la pantalla del ordenador echó chispas. Al kamikaze se le mojaron los pies.
Y dijo: “¡Basta!”, dando un palmetazo encima de la mesa mojada de la que todavía caía el agua. El señor usuario se quedó donde estaba, pero no paralizado, sino moviéndose de forma extraña, dando sacudidas.
El señor usuario cayó desplomado
En unos segundos, todo dio un giro, solo hubo silencio en esa habitación.
- ¿Cómo es que no ha explotado?- dijo Juan. Rápidamente nos acercamos a él. Le desabrochamos el abrigo. Y todo era una farsa. Como quien juega al póker y gana o pierde con un farol. En este caso, la mesa de juego lo había electrocutado.
¿Cómo íbamos a explicarlo?
El silencio volvió a llenar el despacho. Minutos largos de silencio se metieron profundamente por los rincones de las cuatro mesas.
Nos miramos cómplices, profesionales, conformes. Sabíamos sin hablar que era lo más conveniente.
Avisamos a la policía, le dijimos que el señor se había ido por la puerta trasera. Que por favor despejaran la calle para no alertar más a la vecindad. Todo el mundo se fue. Nosotros nos quedamos dentro trabajando en cómo deshacernos del cadáver.
Nos aprovisionamos de utensilios. Recopilamos seis cúters de varios despachos, ocho tijeras y el cuchillo de Rosario, con el que se cortaba su manzana de cada mediodía. Dividimos su cuerpo en cuatro partes: cabeza, extremidades superiores, extremidades inferiores, tronco.
Por suerte no era muy alto, ni muy corpulento. La droga había hecho su cometido en él.
Teníamos que actuar con rapidez. Y resolver lo antes posible.
En el armario teníamos rollo de papel de embalaje, que usábamos para murales en presentaciones de trabajo. Envolvimos los paquetes por separado. Dónde los íbamos a llevar, y cuándo iba a ser, eso era problema de cada cual. Ninguno tenía que saber la estrategia del otro.
Yo todavía lo llevo en el maletero. Y bebo, bebo mucho.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cumpleaños con pularda

VICENTE APARICIO
Juana fue la primera en llegar. Se oyó un timbrazo enérgico, prolongado, e Isabel le dijo a su marido: «Ya está aquí tu hija, Manuel». Él, que leía el periódico con las gafas de cerca, no contestó. No levantó la cabeza. Juana vestía una falda corta y un jerséy rojo, ceñido. «¡Felicidades, mamá!», saludó muy efusivamente, mientras ponía en sus manos un par de botellas de vino. Se acercó al sofá y se inclinó para besar a su padre. El olor que llegaba desde la cocina la llevó a exclamar: «Mmmmmm. ¡No me digas que estás haciendo pularda!». Isabel sonrió levemente. Iba a hablar cuando sonó el teléfono. «Era Pedro», les anunció al colgar, «que acaban de salir de casa y llegarán un poco tarde». Manuel pasó una página del periódico. Juana se arregló la falda y dijo: «Para variar.»

Isabel compró la pularda aquella misma mañana. También, un solomillo de cerdo, pimientos y, por supuesto, las trufas. A las doce, casi recién levantado, Manuel le advirtió: «Isabel, tendrías que empezar con la pularda». Ella replicó que no hacía falta aún, que Pedro y Laura siempre llegaban más tarde y que mejor esperar media hora, por lo menos, no se fuera a quedar fría. Él insistió: «Hemos quedado a las dos. Si la pularda está fría, que se jodan». Isabel puso a cocer un par de huevos. Mientras hervían fue cortando los ingredientes: el solomillo, los champiñones, el pimiento, una manzana, las trufas... Encendió el horno. Echó sal a los pimientos y al cerdo y troceó también los huevos duros. Después fue embutiéndolo todo dentro del ave, hasta que no cupo nada más. De uno de los cajones, cogió hilo y aguja. Lo cosió todo bien cosido, añadió sal. Untó la piel del animal con mantequilla. Justo antes de meterlo en el horno, lo roció con un vaso de vino.
Pedro y Laura llegaron a las tres menos cuarto. Traían la tarta. Él iba sin afeitar. Ella, con una camiseta negra y unos tejanos raídos. Besaron a Isabel y la felicitaron también. «Ya os vale», dijo Juana. «Lo sentimos», dijo Pedro, «siempre nos pasa lo mismo». Estaba de pie, en medio del comedor, y solo su madre correspondió, tímidamente, a su sonrisa. Fue ella quien rompió el silencio que se hizo después: «Será mejor que os vayáis sentando. Empezad con el aperitivo.»
La pularda no estaba del todo fría. Mientras la trinchaba, llegaron hasta ella algunos retazos de conversación. «Joder, papá, vale ya», le oyó decir a Juana, «podrías hacerlo por mamá, por lo menos, y no amargarnos el puto día». Distribuyó alrededor de la carne los ingredientes del relleno y les echó el jugo por encima. Apoyó las manos en el mármol, por un momento, y dio un suspiro. Volvió al comedor. A mitad de pasillo, se detuvo un instante. Estaban todos callados. Continuó caminando. «¿Ya estáis?», preguntó, «¿traigo ya la carne?». Laura dijo que sí con la cabeza. «Anda, Pedro, hijo», añadió, «abre esa botella y sírveme un poco de vino». Entró en la cocina y cogió la bandeja. Desde el pasillo oyó hablar a su marido: «Tú y tu mujer no sois más que dos gilipollas, eso es lo que sois tú y tu mujercita.» Isabel volvió a depositar encima del mármol la bandeja. Se sentó en una silla y permaneció quieta, así, durante unos segundos.
Durante unos segundos permaneció sentada en la silla. Se incorporó. Se inclinó sobre la bandeja y escupió. Removió la saliva con una cuchara de madera, mezclándola con el jugo de la pularda, y volvió a escupir, dos o tres veces. Volvió a remover con la cuchara. Cuando ya estuvo sentada a la mesa, dijo: «Que aproveche». Nadie le respondió. Estaban callados, de nuevo, con caras largas. Dio un trago a su copa de vino.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Pruebas fehacientes

MARIA GUILERA
Mi habitación era enorme y preciosa, con una ventana que daba a un patio de vecinos. Se podía escuchar la radio y varias emisoras a la vez y también era posible conocer la vida de mucha gente, saber lo que comían, cuándo estaban tristes y cuándo felices, quién llegaba y quién se iba dando un portazo.
En la única cama de mi habitación, con dos colchones de lana, uno sobre el otro, inventé travesías a bordo de una piragua y mi hermana solía estar siempre a punto de ser devorada por los cocodrilos. Debajo de las sábanas soplaban huracanes con tal fuerza que volaba todo cuanto encontraban a su paso y había que desnudarse y luego buscar refugio y procurar no ser descubiertas por los caníbales.
Mi habitación tenía el suelo de baldosas cuadradas y pequeñas de color blanquecino, con una cenefa marrón.

Algunas de las baldosas se movían y nunca fue el momento adecuado para repararlas. Desde la cama y con la fría claridad del fluorescente de la cocina mis ojos veían figuras terroríficas dibujadas en el suelo y no podía dormir.
Las paredes de mi habitación se llenaron de fotografías de niños cantantes y de banderines triangulares con nombres de ciudades que otros habían visitado alguna vez. Una estantería metálica ordenó libros de texto, cuadernos y cajas de zapatos.
Mi habitación tenía una ventana que daba a un patio interior. De día, y a pesar de tener enrollada la persiana de tablillas de madera verde oscuro, apenas si entraban la luz y el aire. En cualquier caso aquella no era una luz hermosa ni el aire era agradable de respirar.
Llegó un tocadiscos de segunda mano a mi habitación y lo puse cerca del único enchufe, sobre una mesa baja de formica y allí giraban los LP de Simon y Garfunkel. El LP, en realidad. Hora tras hora, The Boxer a tres voces. Las suyas más la mía, que imaginaba un texto que nunca he querido conocer.
Otra estantería se unió a la primera, que empezaba a oxidarse. Mi padre las sujetó a la pared porque mi madre creyó que era probable que se cayeran sobre la cama y mi hermana y yo muriéramos aplastadas por el peso de mis apuntes, de mis libros, de mis carpetas azules forradas con airon-fix.
Se arrancó el papel pintado y las paredes de mi habitación fueron blancas, de un blanco que resaltaba los posters de Picasso, sus ramos de flores y su paloma de la paz. En un ricón apoyé una guitarra de la que solo conocía dos acordes, los suficientes para cantar a Raimon.
En mi habitación un día entraron dos amigos con otro algo mayor a quien yo no conocía y escondieron libros detrás del escritorio. Luego hablamos de música, pero ya no me acordaba de Simon y su compañero y era Paco Ibáñez quien molestaba a mi hermana y me decía por favor, pon otra cosa, estoy harta de ese señor.
En agosto de ese mismo año mi novio, al que jamás pude nombrar así, ocupó la habitación al final del pasillo y se quedó a dormir un par de noches. Su ventana estaba frente a la mía y a once metros de distancia. A pesar de las luces apagadas pudo ver mis pechos al aire, levantada la camisa de algodón con una luna estampada. De noche yo me reía de la Revolución.
Mi habitación fue un hospital de campaña, un puesto de primeros y únicos auxilios donde llorar pérdidas esporádicas o definitivas de amores traicionados, de delatores, de cobardes y de valientes.
Mi habitación fue también una biblioteca de poemas de amor y un probador de minifaldas.
Una consulta de psicólogas atrevidas y un local para fumadores. Un estudio para exámenes de última hora y un confesionario.
Mi habitación fue un pub muy oscuro y un calabozo. Mi habitación fue Francia, concretamente París. Mi habitación fue un archivo de correspondencia y un contenedor de cartas rasgadas.
Cuando una se marcha de casa debe dejar intacta su habitación por si quiere volver algún día a saber quién fue, más allá de su recuerdo.
Son las dos del mediodía y esa era la hora de los olores penetrantes. El trajín de platos y sartenes mantiene por un tiempo el espejismo.
He entrado en la que un día fue mi casa de forma clandestina. Lleva más de un año vendida y en su día fue vaciada sin contemplaciones ni tiempo para seleccionar qué debía ser rescatado de ojos ajenos y qué abandonado. Hoy es un piso en obras, abierto a albañiles, lampistas, pintores y carpinteros. Nadie me pregunta quién soy.
Paso la mano por las paredes de mi habitación y allí está el agujero que hizo mi uña noche tras noche mientras pensaba en no me acuerdo qué, mientras imaginaba quién sería. No hay en ese pequeño hoyo ninguna pista, ninguna referencia a quién soy.
No hay rastro del tocadiscos y solo el enchufe sigue en su lugar. Lo miro como si pudiera recuperar la música, surgiendo circular por dos orificios amigos.
Observo las baldosas y cuento desde la puerta tres pasos y medio hasta llegar al lugar preciso. Se siguen moviendo. Y pienso en Galileo. Y pienso en la fuerza del tiempo, tan devastadora. Y sin embargo, no ha podido conmigo, Eppur si muove. Todo existió y sigue existiendo.
Busca a alguien, me pregunta un hombre joven y con acento extranjero.
Le digo que sí, que estoy buscando a alguien y me mira esperando más palabras. Pero ya no hacen falta.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La barana

VICENÇ DEL HOYO
Jo t’esperava als gronxadors del parc que hi havia al costat de la parada del 47. Sabia que acostumaves a arribar quan faltaven cinc minuts per a les dues, i arribaves per anar a dinar. A la una, quan sortia de l’escola, anava al parc. A vegades abans d’arribar feia un gran tomb. Primer acompanyava alguns companys al portal de casa seva. Anàvem xerrant de pel·lícules que algun de nosaltres havíem vist el diumenge al cinema, de grans i llargs viatges que projectàvem fer en un futur indeterminat però indiscutible, i a vegades inventàvem amors de passió profunda però de realitat fictícia. D’aquesta manera entretenia els cinquanta-cinc minuts. A vegades hi anava directament, sense entretenir-me. Aleshores, m’asseia al banc des del qual podia vigilar l’arribada de l’autobús, i esperava. Jo encara era un nen, tu ja una noia. A mi em pesava l’escola, tu t’aventuraves en el món laboral. Jo fantasiós, tu el meu miratge.

En realitat no era capaç d’imaginar res, ara me’n adono. Vivia en un estat febril, però no de ficció. El que feia era rebobinar els records que em lligaven a tu. Revivia una i altra vegada les frases que m’havies dit el dia anterior, una setmana abans o feia mesos. Ho feia amb una precisió microscòpica. Apreciava cada una de les tonalitats, de les cadències de les síl·labes. M’ho repetia tantes vegades que les paraules perdien el sentit, i es convertien en melodia musical. De la teva cara podia reproduir totes les perspectives. També les diferents maneres en què eres capaç de dur el pentinat: els cabells recollits a la part alta del darrera, amb una retorçat manyoc despreocupat, un pentinat que jo anomenava secretament de niu d’oreneta, o pulcrament raspallats i relligats en una única cua, o lliurement deixats anar i que a vegades t’amagaven una part de la cara. Sóc un home mancat d’imaginació. Només reproduïa obsessivament vivències contingudes al meu cervell.
Quan faltaven pocs minuts per a l’hora, m’enfilava a la barana del gronxador. Passava d’un extrem a l’altre sense tocar el terra. Només amb la força dels meus braços, balancejant-me del principi al final de la barra. No mirava mai si venies o no, havia d’aparentar casualitat. Però si notava, amb un ull que tenia al clatell, que trigava massa l’autobús, o no acabaves mai de baixar d’ell, aleshores m’aturava a mig recorregut. Fent temps, resistint sense deixar-me anar. Hi havia el perill que quan travessessis el parc no contemplessis la petita exhibició que et preparava cada tarda. Les mans em feien mal amb el fregament amb el dur metall, i dels llargs minuts que m’hi penjava. Des d’aleshores tinc unes durícies als palmells que mai han marxat.
—Acròbata, ja has dinat? —preguntaves.
I jo, descaradament aleshores, et mirava a la cara. Ajustava els records a la realitat, i me’n adonava que malgrat la precisió de la meva prodigiosa memòria la realitat era infinitament més rica que el record.
Amb el pas dels anys els gronxadors es van convertir en una estructura mecànica on era impossible realitzar cap acrobàcia. No puc sentir cap simpatia cap als moderns gronxadors. He passat llargues i polsoses tardes a parcs i placetes amb els nostres fills. Anar al parc ja no significa el mateix que ara fa tants estius. És veritat que quan els empento al gronxador, a vegades alço la mirada il·lusionat buscant aquella barra de la que tantes vegades m’hi havia penjat com un mico. Trobar-me amb un gruixut cilindre d’impenetrable acer inoxidable em decep. D’higiènic metall són els aliments que ingerim en els nostres magres sopars dietètics, així com la aigüera on els rentem abans de dipositar-los sobre els silenciosos plats. Tenim un lavabo d’avió. Ara no té personalitat ni la brutícia. Com, en el futur, és podran fabricar records si no queden restes de pintura oxidada als palmells? Si no és possible produir durícies persistents a les mans, què ens restarà del passat? És possible tenir un passat heroic si no violentes els objectes, si no en fas un ús indegut? Potser tu no recordis les meves cabrioles a la barana del gronxador, i de ben segur això et soni a embarbuçament paradoxal, però per a mi la qüestió és: quin passat tindran en el futur els nostres fills si a un gronxador només se li demana que gronxi?

sábado, 30 de agosto de 2008

Café y rosas

Rosana Román
Después de escuchar los ronquidos y comprobar que su padre dormía profundamente y no la llamaría esa noche, Amalia entró en la habitación de su hermano, se desnudó por completo y se metió voluntariamente en su cama.
Dos días antes, los hombres habían ido a la Capital a comprar ganado en la feria. Por primera vez tenía algo parecido a vacaciones y como no estaba cansada se quedó más de lo habitual mirando el televisor. Sentada cómodamente frente a él se acompañó de un cuenco de leche caliente. La butaca, el canal a escoger, la noche, todo era para ella. Entre la programación encontró una película ya empezada que atrajo su atención.
Una pareja se besaba y acariciaba sin prisa y después él, servicial, entraba en la habitación con una bandeja que depositaba sobre la mujer medio desnuda aún en la cama. Desde su sillón a Amalia le parecía que podía oler el humeante café que el hombre había preparado para su pareja. También el aroma de la rosas rojas que descansaba en la bandeja.
“Café y rosas, una combinación increíble, a partir de ahora el amor olerá a café y rosas, ¿0deseas algo más, querida?, me dirá él con una sonrisa, sí, eso es, y me acurrucaré en sus brazos y ya nunca más tendré miedo, qué bonitas sábanas, deben ser de raso, qué guapo es ese hombre, qué cuerpo tan musculoso, ¿te gustan las flores, Amalia?, son preciosas cariño, todo un detalle, abrázame fuerte por favor, huele bien, tengo hambre...”
Se bebió la leche caliente intentando calmar el desasosiego que se abría en la boca de su estómago.

La primavera en que su hermano cumplió diecisiete años (dos más que ella) el chico experimentó un cambio repentino. Un día, mientras Amalia preparaba como siempre el desayuno al despuntar la mañana, él la abrazó por detrás y empezó a tocarle los pechos con afán. Se resistió como pudo, pero él, riendo y jugando con ella, no retrocedió. Desde aquel día, tuvo que soportar cada mañana el aliento de su hermano pegado a su nuca, la respiración entrecortada en su oído y la invasión de su cuerpo.
En la casa siempre se habían organizado bien y, como una rutina más, mientras ella ponía la cafetera y salía el café, Celso tenía tiempo suficiente para desahogarse, invariablemente a la misma hora, de la misma manera.
De nada sirvió que fuera a quejarse a su padre. Cándido, hombre de pocas palabras, simplemente le justificó: “Celso ya es un hombre y los hombres tenemos necesidades.”. Y ella tuvo que aceptarlo como algo inevitable y que parecía costumbre ya en aquella familia.
Los recuerdos de cuando vivía su madre eran ya una niebla, pero sí sabía que aquella época había sido la mejor de su vida. Junto a la devoción con la que guardaba ahora en la bolsa su foto de cantos amarillos, pugnaba por salir un imperioso sentimiento de rabia y enfado hacia ella, por abandonarla, por morirse dejándola sola, perdida a cientos de quilómetros de cualquier lugar, en la aldea donde había nacido, vivido y de la que ahora pretendía escapar. Por irse sin avisar, traspasándole sus tareas de adulta a una niña de doce años, las obligaciones que su padre creyó convenientes, o sea todas.

Volvieron de la Capital la tarde siguiente, cansados y hambrientos, y a pesar de que Amalia preguntó por la feria y pidió que le contaran detalles, fueron escuetos en sus respuestas y se retiraron enseguida a dormir.
Por la mañana Celso la violó en la cocina, como siempre, pero al terminar le entregó una pulserita de plata que había encontrado en la feria.
- ¿Es para mí? - dijo Amalia emocionada
- ¡Claro! ¿Para quién si no? Y se fue silbando, de buen humor.
Esa noche, sorprendido por la iniciativa de Amalia, Celso estuvo menos brusco de lo habitual y se entretuvo algo más acariciándola. Amalia le ofreció su boca, buscando para variar, labios jóvenes que la excitaran. Se besaron, pero pronto él la obligó a poner la boca en otras partes de su cuerpo. Lo hizo lo mejor que supo y él pareció complacido.
Entonces, mientras ella se sobreponía a una arcada, escuchó las palabras de su hermano como si una navaja desgarrara por dentro su cuerpo menudo y su conato de iniciativa tantos años anulada: “No ha estado nada mal, eres una auténtica puta, hermanita”.
Mirando ahora la llovizna fina desde la puerta de la casa, intentaba fotografiar con su mente el paisaje al que ya no volvería. La humedad le confería un tono más brillante al hórreo, la valla de madera, las macetas de la entrada, la extensión verde frente a ella y las cercanas montañas. Supo que aquel paisaje cotidiano sería lo único que añoraría.
Sobre la cama dejó una escueta nota que ni siquiera esperaba que comprendieran, una pregunta que lanzaba al viento y que, de haber sido su estilo, hubiera gritado para que las montañas la ampliaran con su eco: “¿Tanto os costaba hacerme un café?»

lunes, 25 de agosto de 2008

Lo prometido es deuda

Marc Ballester
Hoy todavía ustedes no me conocen, pero mañana sí. Los sucesos que transcurren en la madrugada no aparecen en prensa hasta un día después, cuando ya no interesan. Por lo tanto, no ocuparé ni portada ni grandes titulares. Tendrán que buscarme en un breve, pero en realidad no me importa el periodismo, a mí siempre me gustó el terreno de la ficción, de la narrativa, y en el momento de abrir una novela que desconozco si me gustará o no, me dejo seducir por la promesa del autor, por esas cualidades que en sus primeros párrafos o capítulos son promesa de lo que desarrollará después a lo largo de cientos de páginas. Me insinúa que aquello va a merecer la pena ser leído, abre puertas o caminos por los que con su técnica, su voz, su visión del mundo y de lo que importa, me invita a aproximarme al precipicio y consigue seducirme. Pero no siempre es así, y empiezo a hartarme.
El pasado mes de abril falleció por fin el hipócrita, famoso y laureado escritor Camilo Quintana Gala, nacido en 1936 en Hortaleza del Campo, Segovia, y afincado en Madrid desde los años 50. Su desaparición en tan extrañas circunstancias ha supuesto un duro golpe para las letras castellanas y un alivio para mi persona.

La muerte de Camilo Quintana Gala deja en suspenso la futura y casi cierta adjudicación del próximo Premio Cervantes, y cómo no, el Principe de Asturias, lo cual nos llena a todos de esperanza por un futuro más justo y equitativo. Atrás quedaron sus letras obligatorias en épocas escolares, cuando todos habíamos de purgarnos con las ochocientas páginas de “Te lo diré todo”, su primer gran éxito de crítica, que tras un inicio esperanzador se zambullía en una marisma infestada de laberintos irresolubles para mi corta edad. Ya de más mayor, topé de nuevo con él cuando le adjudicaron el premio de la editorial Mundo por su “Lo prometido es deuda” y, cómo no, me lo regalaron en su día en Sant Jordi y esta vez parecía que en los primeros capítulos conseguía atraparme y asomarme al borde de un precipicio, de una historia impactante, de unos personajes vivos, de carne y papel, pero al traspasar la frontera de la página cincuenta se fueron diluyendo en una nula transformación de la protagonista de resultas de la cual caí en un estado catatónico del que sólo conseguí sustraerme gracias a los fármacos, que estos sí que no engañan, y que, tomados contraviniendo las posología recomendada, te obligan a pernoctar varias noches en el hospital.
Mi rencor hacia Camilo Quintana Gala fue creciendo a la par que sus apariciones televisivas, en prensa especializada, radiofónicas que se deshacían en elogios ante su prosa exquisita y anunciaban una novedad de su infatigable capacidad creativa.
Organicé un altercado mayúsculo la noche de la concesión del Premio Santurce, dedicado a promocionar a autores jóvenes, que él presidía, dieron mis huesos en prisión durante una semana y yo, lector infatigable y adicto, me encontré con una prisión mayor de lo que podía esperar y eso sí que era una sorpresa de verdad y no una estratagema literaria. La biblioteca de la prisión llevaba por nombre Camilo Quintana, en honor suyo, y allí tenía una tras otra, perfectamente ecuadernadas, sus obras completas, en todas las lenguas en que habían sido publicadas, en todas sus ediciones. Se convirtió en una pesadilla. No pude menos que arremeter contra todos aquellos estantes y tirarlos al suelo. Me sancionaron y me incomunicaron, y solo al cabo de varios días me permitieron acceder a sus libros. Para combatir el aburrimiento estudié su caso. En las traducciones al inglés y francés, idiomas en los que yo me había formado, permanecían las mismas constantes iniciales de su obra.
Conocí y odié sus otros libros, los llamados de épocas menores. Allí estaban y repetían promesas, anunciaban atmósferas, clímax, nudos, conflictos que perdían gas y se detenían, y en las siguientes 300 páginas escuchaba al autor opinar y recrear sus aburridas manías. Los personajes habían perdido la brújula y el mapa necesarios para poder avanzar, se reconocían de frente, porque de perfil eran excesivamente planos. Tomé una decisión.
Ya en la calle envié varios anónimos amenazando de muerte a don Camilo Quintana y una noche en que le ofrecían un homenaje, le esperé. Salió del restaurante, me planté ante él y le mostré su última novela sin darle tiempo a reaccionar. “¡Estafador!, nos has vuelto a engañar”. Le lancé su libro a la cabeza.
«Te dije que te partiría la cara y lo haré», comencé a golperle con todas mis fuerzas, por todos esos años de engaños, de cualidades prometidas, de estafas. Y sin quererlo, el muy cabrón va y se muere de un infarto. Me alegré y fastidié a un tiempo.
Pero no faltan nuevos objetivos. Es como una extraña epidemia que ocupa los escaparates y las estanterías de novedades en las librerías, en las grandes superficies. Mi misión, no tengo otra en esta vida, consiste en animaros a denunciar, a matarlos a todos. Que no quede ni uno que no sea honesto con sus lectores. Que solo quede lo honesto, que solo sobreviva lo honesto.