VICENÇ DEL HOYO
No sé què em porta a dir-te això, potser són coses de l’edat, o potser del caràcter del teu germà, però la veritat, filla meva, és que et trobo molt a faltar. M’agradaria sentir la teva veu greu i pausada pels passadissos de casa. De ben segur que et pentinaries com la teva mare i et faries obstinadament un serrell corbat amb el que voldries amagar el teu preciós front del que, tinc la més absoluta certesa, t’avergonyiries, com ella. Mai hauries d’haver renunciat a ser la filla gran! Amb la teva assenyada vida ens hauries fet sentir orgullosos. No hi ha dubte que et barallaries amb el teu germà. Ell ho necessita. Està creixent com un nen mimat per culpa de la teva absència. No ha de negociar amb ningú, no ha aprés a compartir, sempre acapara tota l’atenció. I, en especial, qui més et necessita és la teva mare. Ella que tant d’esforç ha destinat a ensinistrar-nos, amb tan poca recompensa, està mancada d’una veritable amiga, algú a qui confessar-li els inesperats desànims, les inconfessables febleses i amb qui compartir les alegries sobtades. Tu no hi seràs per jugar aquest paper. Una dona condemnada a viure en un món masculí sorollós i poc receptiu a les subtileses. I, jo? Un pare que no podrà sentir la tendra abraçada d’una noia jove, ni podrà mai oferir una desinteressada protecció paternal a les inevitables angoixes d’una jove. I, nosaltres? Amb qui compartirem l’afeblidora vellesa quan el teu germà hagi volat?
No saps el mal, el dolor que ens causa la teva absència?
Per què no has nascut, filla meva?
sábado 7 de noviembre de 2009
domingo 1 de noviembre de 2009
Estación central
ROSANA ROMÁN
Los últimos viajeros fueron abandonando la estación hasta dejarla vacía.
Llegó el turno entonces para los limpiadores, que volvieron a dar vida a los andenes.
Varios trabajadores pasaban la mopa a la vez abarcando el vestíbulo central. Caminaban en paralelo, todos a un tiempo, como si interpretaran la coreografía de una danza silenciosa.
Raúl se encontraba en un extremo y deslizaba la basura tratando de empujar también sus preocupaciones, como si apartándolas lograra borrar aquella etapa de su vida, aburrida y monótona a causa de su trabajo.
Mientras pasaba la mopa topó con una maleta que parecía olvidada junto a un banco. Iba a retirarla cuando, un poco más allá de donde se encontraba, acurrucada en el suelo descubrió a su propietaria.
-¿Está bien? -dijo amablemente.
La joven asintió pero no se movió, ni siquiera cuando el hombre pasó el cepillo a pocos centímetros de ella.
-¿Ha perdido el tren? Puede descansar en la sala de espera, estará más cómoda.
-Gracias –dijo mientras se incorporaba y se hacía cargo de su equipaje. Pero una vez en pie, no parecía decidirse a tomar ninguna dirección. Su mirada lánguida se perdía en un punto indeterminado.
Él le indicó con el brazo extendido.
-Hacia allí los que van al sur y hacia allá los que van al norte. ¿A dónde va usted?
-A ninguna parte, ¿sabe usted donde está eso?
-Le queda un poco lejos, al final de esta vía, aproximadamente.
Los dos rieron al unísono. Por un momento sus ojos sonrientes se cruzaron aunque la mirada de ella se apagó de nuevo en seguida.
-¿De verdad no sabe a dónde ir?
- Aún no. ¿Qué me aconseja?
- Al sur, siempre al sur, en busca del sol.
La joven, agradecida, recuperó su rumbo. Raúl, silbando, se incorporó a la danza del grupo.
Los últimos viajeros fueron abandonando la estación hasta dejarla vacía.
Llegó el turno entonces para los limpiadores, que volvieron a dar vida a los andenes.
Varios trabajadores pasaban la mopa a la vez abarcando el vestíbulo central. Caminaban en paralelo, todos a un tiempo, como si interpretaran la coreografía de una danza silenciosa.
Raúl se encontraba en un extremo y deslizaba la basura tratando de empujar también sus preocupaciones, como si apartándolas lograra borrar aquella etapa de su vida, aburrida y monótona a causa de su trabajo.
Mientras pasaba la mopa topó con una maleta que parecía olvidada junto a un banco. Iba a retirarla cuando, un poco más allá de donde se encontraba, acurrucada en el suelo descubrió a su propietaria.
-¿Está bien? -dijo amablemente.
La joven asintió pero no se movió, ni siquiera cuando el hombre pasó el cepillo a pocos centímetros de ella.
-¿Ha perdido el tren? Puede descansar en la sala de espera, estará más cómoda.
-Gracias –dijo mientras se incorporaba y se hacía cargo de su equipaje. Pero una vez en pie, no parecía decidirse a tomar ninguna dirección. Su mirada lánguida se perdía en un punto indeterminado.
Él le indicó con el brazo extendido.
-Hacia allí los que van al sur y hacia allá los que van al norte. ¿A dónde va usted?
-A ninguna parte, ¿sabe usted donde está eso?
-Le queda un poco lejos, al final de esta vía, aproximadamente.
Los dos rieron al unísono. Por un momento sus ojos sonrientes se cruzaron aunque la mirada de ella se apagó de nuevo en seguida.
-¿De verdad no sabe a dónde ir?
- Aún no. ¿Qué me aconseja?
- Al sur, siempre al sur, en busca del sol.
La joven, agradecida, recuperó su rumbo. Raúl, silbando, se incorporó a la danza del grupo.
martes 27 de octubre de 2009
La piedra caliente
VICENTE APARICIO
Leyre se deja llevar. Las escaleras mecánicas chirrían; a lo mejor se quejan porque se aburren, querrían averiarse. Leyre ha venido en metro (línea roja, fin de trayecto) y ahora está arriba, al aire libre, en la plaza donde los niños juegan y las mamás charlan, menos pendientes de su columpio (ya no se balancean, ya casi no arriesgan) de lo que quieren hacer ver. Al cruzar la plaza, una calle por donde los coches pasan a izquierda y derecha, coches de colores nuevos. Y más allá, siempre hacia el oeste, el descampado donde en abril ponen la feria, música festiva, niños y niñas que despiertan al sexo, zapatos manchados de tierra. Leyre camina y camina. Va hacia alguna parte.
El terreno propone al caminante, muy al principio, el incentivo de una ligera pendiente, contra la monotonía. Leyre entiende pronto que es una trampa, una leve nota de cansancio que se volverá ruido de fondo. Camina siempre hacia el oeste, y desde un rincón (siempre hay rincones, da igual la geometría) los gatos exhiben su curiosidad, su distante soberbia. Cuando hace rato que el paseo es una gran planicie de color paja, Leyre se empieza a hartar. Dolor de zapatos, cardos, olor a estiércol. Si tuviera quince años, se descalzaría. Apoyaría las plantas de los pies en el suelo, sentiría la longitud completa de sus pies a cada paso, temblando de emoción. Caminar cansa.
Si mira al frente, aún es de día. Cuando la feria, un río de gente; ahora nadie. Leyre se estremece. Los juncos, a su alrededor, han ganado altura. Plantas, tallos, maleza... A lo mejor los descampados son más amables cuando una puede alargar la vista hasta donde quiere; a lo lejos, siempre hay un infinito. Leyre ha olvidado a dónde va. Ha pisado una piedra. Se ha hecho una pregunta. Siempre le gustó tirar piedras: verlas como saltan, elegantes, a ras de agua, y como se esconden entre las hierbas después de cruzar el río.
¿Qué hago aquí?, se ha preguntado.
Y entonces, exhausta, se ha detenido.
La luz se ha revestido de un tono más preocupante, aunque el atardecer aún ha de hacerse esperar. Son los árboles y sus sombras, tan cerca, lo que más cansa de todo. Leyre se ha sentado en el suelo y ha guardado la piedra en el bolsillo de la chaqueta. Un souvenir, un amuleto. Si se parara a pensar, concluiría que ahora mismo no puede recordar en qué dirección está la parada de metro, el extremo oeste de la línea roja. No piensa (no piensa en eso: se ha prometido mantener a raya a los fantasmas). No tiene hambre ni sueño. De su garganta mana el principio de una canción que no recuerda haber oído nunca antes. Está sola ahí en medio y, contra lo que podría esperar, se sabe dueña de un inmenso poder. No una nana, ni un himno, no una musiquilla de feria, no una melodía aristocrática envuelta en violines y algodón. Una sencilla canción, apenas tres o cuatro notas que se suceden nítiidamente, despacio, y vuelta a empezar. Al cabo de unos minutos, pocos, Leyre ha oído un ruido dentro de la garganta, muy cerca de los oídos.
En algún lugar, un susurro de ramas agitándose. Pisadas que presagian un cambio, algo que por alguna razón a Leyre no le parece una amenaza. Frente a ella, la evidencia de un ser que no estaba previsto. Un ser fuera de toda lógica. Un palo de escoba hace las veces de esqueleto. El esqueleto (una estructura) viste harapos, el recuerdo de una pasada elegancia. Hay un casco en su cabeza filamentosa, un casco de astronauta, y sobre los hombros, una negra capa raída. No estaba previsto, pero Leyre tiene de él, con toda seguridad, una experiencia previa. En la espalda, al darse la vuelta, una cruz roja bordada. Después una reverencia, el rostro grave, rodillas a tierra. Y una voz que dice (una voz inconfundiblemente humana): «Debes regresar». Y no dice nada más. «Debes regresar». Embelesada como una niña que atiende a un cuento (que atiende a un cuento como si las palabras fueran el mundo), no tiene ninguna intención de comprender. Sabe, sin embargo, que es mentira. Que no es verdad. Que lo que está sucediendo no está sucediendo, que los espantapájaros no existen. Que no existen los astronautas, ni los fantasmas, que no existe casi nada. Acaricia con la yema del dedo índice la yema de su dedo pulgar. Las yemas son suyas; existen, ellas sí. Levanta la mano, el dedo casi recto a un palmo de su cara, y entorna los ojos, no del todo. Con la misma yema borra un poco de aire, en el lugar adecuado (en el área de influencia de unas coordenadas concretas), y así consigue borrar del paisaje también toda esa incongruencia. Pero no era esa su intención, o eso se dirá luego a sí misma. Un rubor pálido acude a sus mejillas. No quería hacerlo, pero no tuvo más remedio. La.súbita desaparición de un ser tan poco creíble (la intervención milagrosa de la goma mágica) ha dibujado en su cara un estupor de bebé a quien su padre, traicionado por la emoción, le retiró el estímulo con demasiada brusquedad. «Debes regresar», dice un eco que ha tardado algunos segundos de más en desandar el camino. Y Leyre sigue sin comprender. A veces preferiría ser como un bebé, poner cara de sorpresa, ignorarlo casi todo; protestar llorando con vehemencia, depender absolutamente de alguien que te quiera. No hacer daño nunca. No pesar.
Leyre se echa a andar. El camino de vuelta es más ralo, más despejado. Apenas algún que otro charco alegra la monotonía del paisaje, y los maullidos de los gatos. Camina siempre hacia el oeste y sin embargo, ahí tiene la calle, por la que ahora no pasa ningún coche (y es aún de día). Mira a un lado y a otro antes de cruzar, pues Leyre siempre ha tenido miedo de morir atropellada por un conductor sin brújula (arrollada por un columpio sin control, secuestrada por un espantapájaros sin habla.). Hay bancos vacíos en la plaza, y columpios. Ahí tiene también la boca del metro, por la que se deja engullir sin oponer resistencia, casi se diría que con prisas.
Dentro del vagón, la música regresa; son, no cabe duda, tres o cuatro notas. Como que está completamente sola, deja a su garganta que haga lo que quiera; a lo mejor habría que jugar más a menudo, jugar a lo que a una le diera la gana. El tren arranca, atraviesa el túnel, se detiene. Se abren las puertas. Leyre advierte que ha llegado a una estación donde no ha estado nunca antes, como si en un breve lapso de tiempo alguien hubiera sido capaz de prolongar la línea roja. Una prolongación hacia atrás (pues ella tomó la dirección correcta).
Una mujer entra en el vagón. Una mujer guapa, de piel blanca, muy maquillada; zapatos de tacón rojos, blusa blanca, falda negra. Un pañuelo rojo, también. El corazón de Leyre late con fuerza. Mete las manos en un bolsillo: la piedra está caliente. Sonríe, aliviada, pues la piedra está caliente, y empieza de nuevo a cantar.
Leyre se deja llevar. Las escaleras mecánicas chirrían; a lo mejor se quejan porque se aburren, querrían averiarse. Leyre ha venido en metro (línea roja, fin de trayecto) y ahora está arriba, al aire libre, en la plaza donde los niños juegan y las mamás charlan, menos pendientes de su columpio (ya no se balancean, ya casi no arriesgan) de lo que quieren hacer ver. Al cruzar la plaza, una calle por donde los coches pasan a izquierda y derecha, coches de colores nuevos. Y más allá, siempre hacia el oeste, el descampado donde en abril ponen la feria, música festiva, niños y niñas que despiertan al sexo, zapatos manchados de tierra. Leyre camina y camina. Va hacia alguna parte.
El terreno propone al caminante, muy al principio, el incentivo de una ligera pendiente, contra la monotonía. Leyre entiende pronto que es una trampa, una leve nota de cansancio que se volverá ruido de fondo. Camina siempre hacia el oeste, y desde un rincón (siempre hay rincones, da igual la geometría) los gatos exhiben su curiosidad, su distante soberbia. Cuando hace rato que el paseo es una gran planicie de color paja, Leyre se empieza a hartar. Dolor de zapatos, cardos, olor a estiércol. Si tuviera quince años, se descalzaría. Apoyaría las plantas de los pies en el suelo, sentiría la longitud completa de sus pies a cada paso, temblando de emoción. Caminar cansa.
Si mira al frente, aún es de día. Cuando la feria, un río de gente; ahora nadie. Leyre se estremece. Los juncos, a su alrededor, han ganado altura. Plantas, tallos, maleza... A lo mejor los descampados son más amables cuando una puede alargar la vista hasta donde quiere; a lo lejos, siempre hay un infinito. Leyre ha olvidado a dónde va. Ha pisado una piedra. Se ha hecho una pregunta. Siempre le gustó tirar piedras: verlas como saltan, elegantes, a ras de agua, y como se esconden entre las hierbas después de cruzar el río.
¿Qué hago aquí?, se ha preguntado.
Y entonces, exhausta, se ha detenido.
La luz se ha revestido de un tono más preocupante, aunque el atardecer aún ha de hacerse esperar. Son los árboles y sus sombras, tan cerca, lo que más cansa de todo. Leyre se ha sentado en el suelo y ha guardado la piedra en el bolsillo de la chaqueta. Un souvenir, un amuleto. Si se parara a pensar, concluiría que ahora mismo no puede recordar en qué dirección está la parada de metro, el extremo oeste de la línea roja. No piensa (no piensa en eso: se ha prometido mantener a raya a los fantasmas). No tiene hambre ni sueño. De su garganta mana el principio de una canción que no recuerda haber oído nunca antes. Está sola ahí en medio y, contra lo que podría esperar, se sabe dueña de un inmenso poder. No una nana, ni un himno, no una musiquilla de feria, no una melodía aristocrática envuelta en violines y algodón. Una sencilla canción, apenas tres o cuatro notas que se suceden nítiidamente, despacio, y vuelta a empezar. Al cabo de unos minutos, pocos, Leyre ha oído un ruido dentro de la garganta, muy cerca de los oídos.
En algún lugar, un susurro de ramas agitándose. Pisadas que presagian un cambio, algo que por alguna razón a Leyre no le parece una amenaza. Frente a ella, la evidencia de un ser que no estaba previsto. Un ser fuera de toda lógica. Un palo de escoba hace las veces de esqueleto. El esqueleto (una estructura) viste harapos, el recuerdo de una pasada elegancia. Hay un casco en su cabeza filamentosa, un casco de astronauta, y sobre los hombros, una negra capa raída. No estaba previsto, pero Leyre tiene de él, con toda seguridad, una experiencia previa. En la espalda, al darse la vuelta, una cruz roja bordada. Después una reverencia, el rostro grave, rodillas a tierra. Y una voz que dice (una voz inconfundiblemente humana): «Debes regresar». Y no dice nada más. «Debes regresar». Embelesada como una niña que atiende a un cuento (que atiende a un cuento como si las palabras fueran el mundo), no tiene ninguna intención de comprender. Sabe, sin embargo, que es mentira. Que no es verdad. Que lo que está sucediendo no está sucediendo, que los espantapájaros no existen. Que no existen los astronautas, ni los fantasmas, que no existe casi nada. Acaricia con la yema del dedo índice la yema de su dedo pulgar. Las yemas son suyas; existen, ellas sí. Levanta la mano, el dedo casi recto a un palmo de su cara, y entorna los ojos, no del todo. Con la misma yema borra un poco de aire, en el lugar adecuado (en el área de influencia de unas coordenadas concretas), y así consigue borrar del paisaje también toda esa incongruencia. Pero no era esa su intención, o eso se dirá luego a sí misma. Un rubor pálido acude a sus mejillas. No quería hacerlo, pero no tuvo más remedio. La.súbita desaparición de un ser tan poco creíble (la intervención milagrosa de la goma mágica) ha dibujado en su cara un estupor de bebé a quien su padre, traicionado por la emoción, le retiró el estímulo con demasiada brusquedad. «Debes regresar», dice un eco que ha tardado algunos segundos de más en desandar el camino. Y Leyre sigue sin comprender. A veces preferiría ser como un bebé, poner cara de sorpresa, ignorarlo casi todo; protestar llorando con vehemencia, depender absolutamente de alguien que te quiera. No hacer daño nunca. No pesar.
Leyre se echa a andar. El camino de vuelta es más ralo, más despejado. Apenas algún que otro charco alegra la monotonía del paisaje, y los maullidos de los gatos. Camina siempre hacia el oeste y sin embargo, ahí tiene la calle, por la que ahora no pasa ningún coche (y es aún de día). Mira a un lado y a otro antes de cruzar, pues Leyre siempre ha tenido miedo de morir atropellada por un conductor sin brújula (arrollada por un columpio sin control, secuestrada por un espantapájaros sin habla.). Hay bancos vacíos en la plaza, y columpios. Ahí tiene también la boca del metro, por la que se deja engullir sin oponer resistencia, casi se diría que con prisas.
Dentro del vagón, la música regresa; son, no cabe duda, tres o cuatro notas. Como que está completamente sola, deja a su garganta que haga lo que quiera; a lo mejor habría que jugar más a menudo, jugar a lo que a una le diera la gana. El tren arranca, atraviesa el túnel, se detiene. Se abren las puertas. Leyre advierte que ha llegado a una estación donde no ha estado nunca antes, como si en un breve lapso de tiempo alguien hubiera sido capaz de prolongar la línea roja. Una prolongación hacia atrás (pues ella tomó la dirección correcta).
Una mujer entra en el vagón. Una mujer guapa, de piel blanca, muy maquillada; zapatos de tacón rojos, blusa blanca, falda negra. Un pañuelo rojo, también. El corazón de Leyre late con fuerza. Mete las manos en un bolsillo: la piedra está caliente. Sonríe, aliviada, pues la piedra está caliente, y empieza de nuevo a cantar.
miércoles 21 de octubre de 2009
La maldición de Pamela y su té verde
LOLA ENCINAS
No somos amigas, sólo nos conocemos por haber coincidido en varios castings, en los que, a pesar de quedar entre las finalistas, ninguna de las dos hemos conseguido trabajo.
Esta vez se trata de un spot televisivo para una importante empresa de ropa interior y lencería.
En el casting de hoy se han presentado más de setenta chicas. Tras varias selecciones y cribas hemos quedado Pamela y yo como finalistas.
No quiero pecar de vanidosa pero creo que en esta ocasión la suerte me va a sonreír y voy a ser yo la elegida.
Pronto entraremos a la sesión fotográfica. Mi mánager me presenta a Ricardo Riera, gerente de la firma. Es un hombre muy interesante y amable.Me invita a tomar un café, aunque me pido una botella de agua, ya que estoy muy nerviosa.
Me dice que está casi seguro de que voy a ser la nueva imagen de la colección otoño-invierno, que tengo muchas posibilidades y que hará lo que esté en su mano para que así sea.
Le llaman por teléfono y se despide con un prometedor “Hasta luego”
Pamela, que estaba en el otro lado de la barra, se acerca. Es evidente por su expresión que aunque no ha podido oírnos, ha intuido toda nuestra conversación.
Me pregunta si estoy nerviosa, le digo que sí y me ofrece un té de importación muy sabroso y con propiedades relajantes que ella suele tomar. Con una sonrisa levanta su taza y me dice: “Por el éxito, que gane la mejor”. Cortésmente correspondo a su brindis. Nos fumamos un cigarrillo y volvemos al estudio.
Ella entra la primera a la sesión fotográfica. He de reconocer que es muy guapa y fotogénica.
De pronto, me encuentro indispuesta. Mi abdomen se ha convertido en un volcán. Posiblemente el agua o el té me han sentado mal. Pido que me disculpen y me voy volando al servicio.
Pierdo la noción del tiempo. Es imposible levantarme del inodoro, cada vez que intento incorporarme, recibo el aviso de una nueva “erupción”… y vuelvo a quedarme sentada.
Al rato, oigo la voz de Pamela al otro lado de la puerta,
-Joana, ¿te encuentras bien?
-Sí, ahora mismo salgo -le digo con un hilo de voz.
-No te preocupes, querida. Al ver que te encontrabas mal, Ricardo tenía una reunión urgente y no podía esperarse, me ha dicho que te mejores y que ya te llamará. Ah, por cierto -ha añadido-, espero que te alegres por mí... Me han elegido como modelo de la nueva campaña, o sea que no tengas prisa en salir.
No somos amigas, sólo nos conocemos por haber coincidido en varios castings, en los que, a pesar de quedar entre las finalistas, ninguna de las dos hemos conseguido trabajo.
Esta vez se trata de un spot televisivo para una importante empresa de ropa interior y lencería.
En el casting de hoy se han presentado más de setenta chicas. Tras varias selecciones y cribas hemos quedado Pamela y yo como finalistas.
No quiero pecar de vanidosa pero creo que en esta ocasión la suerte me va a sonreír y voy a ser yo la elegida.
Pronto entraremos a la sesión fotográfica. Mi mánager me presenta a Ricardo Riera, gerente de la firma. Es un hombre muy interesante y amable.Me invita a tomar un café, aunque me pido una botella de agua, ya que estoy muy nerviosa.
Me dice que está casi seguro de que voy a ser la nueva imagen de la colección otoño-invierno, que tengo muchas posibilidades y que hará lo que esté en su mano para que así sea.
Le llaman por teléfono y se despide con un prometedor “Hasta luego”
Pamela, que estaba en el otro lado de la barra, se acerca. Es evidente por su expresión que aunque no ha podido oírnos, ha intuido toda nuestra conversación.
Me pregunta si estoy nerviosa, le digo que sí y me ofrece un té de importación muy sabroso y con propiedades relajantes que ella suele tomar. Con una sonrisa levanta su taza y me dice: “Por el éxito, que gane la mejor”. Cortésmente correspondo a su brindis. Nos fumamos un cigarrillo y volvemos al estudio.
Ella entra la primera a la sesión fotográfica. He de reconocer que es muy guapa y fotogénica.
De pronto, me encuentro indispuesta. Mi abdomen se ha convertido en un volcán. Posiblemente el agua o el té me han sentado mal. Pido que me disculpen y me voy volando al servicio.
Pierdo la noción del tiempo. Es imposible levantarme del inodoro, cada vez que intento incorporarme, recibo el aviso de una nueva “erupción”… y vuelvo a quedarme sentada.
Al rato, oigo la voz de Pamela al otro lado de la puerta,
-Joana, ¿te encuentras bien?
-Sí, ahora mismo salgo -le digo con un hilo de voz.
-No te preocupes, querida. Al ver que te encontrabas mal, Ricardo tenía una reunión urgente y no podía esperarse, me ha dicho que te mejores y que ya te llamará. Ah, por cierto -ha añadido-, espero que te alegres por mí... Me han elegido como modelo de la nueva campaña, o sea que no tengas prisa en salir.
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