Señor policía de aduanas,
confieso que he pretendido entrar ilegalmente en el país dos chorizos, tres
paquetes de jamón envasado al vacío y una lata de foie.
Ahora bien, la droga, señor
policía, la droga, le aseguro que es de aquel maletón que ve usted allí
en manos del distinguido señor del traje beige.
Esa bestia desalmada me ha
violentado sin piedad en la bodega del avión, como podrá usted comprobar si se
fija –le ruego que con discreción- en estas
desgarraduras.
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En esta casa somos tres. Yo, que
soy la mediana, la gorda del todo a cien y el maletín Samsonite.
El pijo capullo siempre se lleva
el maletín a sus viajes first class.
Ella no sé qué es más, si cutre o tacaña: carne de chino. Así que yo trago
polvo en el altillo, más sola que la una, asmática perdida.
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Yo pensaba que éramos felices.
Comíamos pollo a la plancha, fregábamos los platos y visitábamos exposiciones
de pintura contemporánea.
Ya no solíamos follar, pero veíamos juntos televisión
basura y fumábamos canutos en el sofá .
Entonces ella dijo: “Nene, bájame
de ahí arriba la maleta”.
Y yo, que soy de verlas venir, me
dije: “Laureano, tienes dos opciones”.
Como no quise complacerla, me fui
a la cocina a por el cuchillo. Supongo que de lo demás, será mejor que nos
ahorremos los detalles.
Ay.
