jueves, 23 de octubre de 2014

Entreson (MG)


Maria Guilera (Imagen: José Manuel Navia)

Aviat anirem a collir castanyes tot i que, com els darrers anys, el fred es fa pregar. Dormo encara amb la finestra oberta i al matí el cobrellit apareix a terra. Em desperto sovint i provo de tornar a agafar el son mantenint-me immòbil, acomboiada per la llum dels fars que s’escola pel balcó, però no ho aconsegueixo. Amb compte, apropo la mà al teu coixí i busco la teva, càlida i amagada a sota. Inconscient, obres els dits i els enllaces amb els meus amb un gest idèntic al de cada nit. Llavors arriba suau la son, com un tel que ens cobreix alhora i m’adormo, ara sí, però amb la por que el caminar lent del veí de dalt que arrossega les sabatilles o el plor d’un nen des del celobert em desvetlli de nou i comprovi, amb un bri de tristesa, que no hi ets, que la mà acollidora pertany al temps en que dormíem junts, ens tombàvem alhora, encaixava el meu cos, esquena, natges, cames, en el teu, i sentia un alè tranquil que em travessava els cabells fins que la llum del dia em despertava.

jueves, 16 de octubre de 2014

No te puedo llevar al parque (VA)


Vicente Aparicio (Imagen: Anita Dominoni)

Desde las pruebas, Albert no es el mismo. Ha adquirido un hábito preocupante. Cuando llega del trabajo, se desviste, deja el traje y la corbata encima de la silla y se queda, ya para todo lo que queda del día, en calzoncillos y chancletas.
No sé de dónde ha sacado ese tronco. Lo coge en brazos con mucho mimo y lo acuna mientras camina por la casa pasillo abajo, pasillo arriba y llora desconsoladamente.
-Te he dicho muchas veces -le riñe en voz baja- que no te puedo llevar al parque. Por favor, no insistas, ¿no ves que no lo puedo soportar?
Pero yo no veo que el tronco diga ni haga nada, ni que dé la más mínima señal de vida.
Por las noches lo guarda en el armario. 
Otros años, en verano, mis sobrinas venían al pueblo a pasar las fiestas. Este año Albert no ha querido siquiera que se lo mencionara a mi hermano. Así que aquí estamos, solos, atrapados en ese paseo absorto del que no he podido apartarlo ni siquiera con mis súplicas.
A diferencia de antes, él ya no me habla. Después de las pruebas, se acabaron las discusiones y los gritos.
-Cariño -le digo cuando se hace la hora-, ¿quieres que vaya preparándole la cena?
Por las mañanas lo paso mal. Aunque no puedo pensar en otra cosa, no me atrevo a abrir el armario.

jueves, 9 de octubre de 2014

Flors (VH)


Vicenç del Hoyo

Unes flors granatoses dins del gerro. El gerro sobre la taula. És un gerro transparent, amb aigua fins a la meitat que deixa veure el teixit de tiges verdes i blanquinoses. No m’arriba cap olor però noto que la presència de les flors domina la sala.
―No renunciïs als teus desitjos!
A la pantalla de la TV parpellegen les imatges a un ritme endimoniat. Potser volen imitar la urgència dels nostres volers. Una noia passeja entre flors. N’hi ha de molts colors. Cap com les del gerro. No vull continuar escoltant. A vegades les paraules m’assetgen i m’empresonen. Per fugir cal cavar un túnnel de silenci.
―Vols ser un passerell tota la vida?
És el meu pare qui em parla, però ho fa des de l’interior de la TV. Ha adoptat un aspecte jove que mai va tenir. Està dret, en mànigues de camisa, i al seu darrere hi ha un ramat de dòcils electrodomèstics blancs que s’ofereixen en adopció. Potser les frases són com els còdols que van rodolant món avall. Ara en boca d’uns, ara dins de les orelles d’altres. Però cada cop més arrodonits i amb desgast més pronunciat. Com les flors que només fan olor les dels nostres records.
Quina sort posseir records. Són com les vacances. Et duen de viatge als pocs llocs que val la pena visitar i, sobre tot, olorar.

jueves, 2 de octubre de 2014

Bon Nadal (NL)

Natàlia Linares 
En la petita cafeteria del carrer Raurich, la Mercè explicava a la Núria com va ser acomiadada de la feina.
La força de l‘empresari sobre els drets del proletari/ària, deia.
La noia que servia les taules posava atenció i, a cua d’ull, se les mirava.
Doncs em van dir que prescindien dels meus serveis. I va ser en el moment que estava de baixa.
La Mercè seguia explicant que estava de baixa per un càncer d`úter. Després, quan es va incorporar, massa aviat, segons es queixava, les baixes es van repetir intermitentment per recaigudes. No s’acabava de trobar bé, deia.
Davant la notícia de l'acomiadament, va denunciar l’empresa. El fet va ser desagradable, explicava. Després del judici el jutge va resoldre al seu favor.
Feia 22 anys que hi treballava. Durant aquell temps es va casar, va tenir fills i s’escolaven els anys dins la família. Una família de compromís i empresària. Una família que mantenia un negoci mil·lenari amb sacrifici i orgull.
Ara ni aniversaris ni hòsties, cadascú a casa seva i un concís Bon Nadal. Així mateix ho va expressar.

jueves, 25 de septiembre de 2014

El cangrejo (LE)


Lola Encinas (Foto: Martine Franck)
Hace ya algunos años que descubrí las ventajas que tiene hacer las vacaciones en el mes de septiembre. Es una época en la cual se sigue gozando del clima estival sin el agobio de las temperaturas extremas. Bien es cierto que existe el riesgo de que la cercanía del otoño nos estropee algún día con lluvia pero aun así, compensa. Se evita coincidir con la invasión masiva de turistas que cada verano se produce en ciudades, pueblos, playas, incluso hasta en el más recóndito lugar.
Normalmente preferíamos viajar solos y no padecer las tensiones o roces de los viajes en grupo. Nos gustaba disfrutar plenamente de intimidad pero, sobre todo, tener la libertad de elegir qué hacer en cada momento sin el consenso de nadie.
A Juan le gustaba la montaña y a mí la playa o cualquier sitio donde el mar estuviera cerca. No nos costaba ponernos de acuerdo, lo íbamos alternando. Esta vez me tocó a mí decidir.
El último año había sido nefasto para los dos en muchos aspectos y las vacaciones tampoco habían sido una excepción.
Tocaba montaña y nos habíamos instalado en el margen de un río que bañaba un paradisíaco valle. Durante nuestra estancia disfrutamos de las múltiples maravillas que nos ofrecía la naturaleza, como la pesca y el senderismo. Tuvimos un tiempo excepcional.  Hasta la última noche, en la que, mientras dormíamos, una intensa e inesperada tormenta estuvo a punto de llevarse la caravana y con ella nuestras vidas.
Por todo ello, cuando le presenté a Juan mi proyecto para este año, le pareció genial. Ambos queríamos borrar el penoso recuerdo de lo vivido el anterior. 
A pesar de todo, la experiencia nos había hecho reflexionar sobre nuestra relación y también replantearnos el futuro: queríamos tener un hijo.

Elegí un aislado y precioso chalet de dos plantas instalado a pie de playa, rodeado de palmeras y con unas vistas espectaculares. Su diseño interior era magnífico, el mobiliario nuevo y la decoración exquisita.
Desde el primer día sentimos aquella casa ajena como nuestro hogar.
El tiempo nos pasaba volando, inciábamos el día con un opíparo desayuno en la terraza acariciados por el sol y la brisa marina, nos bañábamos desnudos en el mar. Era raro ver a nadie pasear por aquella zona.
Tendidos en la arena nos sentíamos únicos, la playa nos pertenecía. La vida era nuestra.
Llenábamos las tardes de conversación, lectura y amor. Cada atardecer nos encontraba abrazados, felices por estar uno con el otro y con la mirada hacia el mismo horizonte.
Pero... la vida siempre sorprende.
Una noche espléndida de la última semana, en la que lucía una enorme luna llena, decidimos cenar en la playa. Mientras Juan se bañaba fui al chalet a buscar unas velas y a preparar una ensalada y unos canapés. Mientras sacaba la botella de cava de la nevera, oí el desgarrador grito de Juan. Corrí a su lado. Se revolcaba por la arena con las manos en los genitales. Le abracé, el dolor le impedía contestar a mis preguntas. Cuando miré alrededor buscando una respuesta, sólo vi un extraño cangrejo correr hacia la orilla.
La ambulancia no tardó en llegar más que cinco minutos y otros cinco hasta el hospital. Juan había perdido el conocimiento, se lo llevaron directamente al quirófano. Tras dos horas desesperantes en una sala, se acercó un médico para darme el fatal diagnóstico.
-Tengo que comunicarle que su marido ha sido víctima de las picaduras de un cangrejo invasor y foráneo que últimamente prolifera por esta zona costera. Sus ataques van dirigidos a los genitales masculinos, en concreto a los testículos. El peligro radica en que a través de unos filamentos de sus pinzas inocula una substancia muy dolorosa que produce esterilidad permanente e irreversible.

Sus palabras cayeron sobre mí como un mazazo. Le rogué al doctor que me dejase que fuera yo quien transmitiera a Juan las malas noticias. Permanecí unos minutos más en la sala. Necesitaba recuperarme y asumir la nueva situación, pero sobre todo tenía que encontrar la fuerza y el mejor modo de comunicárselo.
Me acerqué a la ventana.
Se había desencadenado una gran tormenta y una intensa lluvia golpeaba los cristales.
En ese momento supe que el verano había terminado.