viernes, 17 de noviembre de 2017

Pertinença (MG)


Maria Guilera

Cadascú de nosaltres, ho vaig saber molts anys després, conserva la fotografia de Sant Miquel del Fai. Estem dalt unes roques, uns asseguts i d’altres drets. Al darrera nostre cau una cortina d’aigua fruit d’una tardor plujosa. És una fotografia en blanc i negre, la còpia té les vores arrissades i al darrera hi ha escrit el meu nom en llapis. Som figures menudes, agrupades per parelles i amb algun element solitari que intercanvia la mirada amb algú altre. Tots molt joves, gairebé nens. Calcem xiruques, anem amb pantalons o faldilles de roba texana i camises de quadres. Les noies portem el cabell recollit en una cua i ells, alguns, encara no s’han deixat créixer la melena que portarien dos o tres anys després. No hi falta la guitarra en mans del noi melanconiós que de gran seria el més alegre de tots.
Malgrat no estar massa junts, es nota que allò és un grup. En falta un, que fa uns mesos ha marxat a una altra ciutat, que estudiarà a la facultat de Dret i serà un líder del moviment universitari. Qualsevol espai entre nosaltres és un lloc per a la seva absència. Però la resta hi sortim tots, la fotografia va ser llargament preparada per qui després seria un periodista. Va assentar el trípode en una esplanada un xic més elevada, lluny de nosaltres, per això se’ns veu com figuretes de pessebre. 
Un soroll gairebé inaudible ens avisava dels segons que faltaven per disparar. Sobretot no us bellugueu, havia dit el periodista. La noia més jove, que encara no sabia que seria una artista, té els ulls fixos en una fulla caiguda. Jo miro lluny, no sé cap a on, i la meva germana es lliga els cordons de la xiruca.
Que érem una cosa especial, ens ho crèiem de debò. No n’hi havia, d’amics com nosaltres. Com tot el que és nou o es fa per primera vegada, era únic. Teníem la certesa de no deixar-nos mai, de protegir-nos uns als altres, d’alimentar-nos amb les idees dels més brillants, riure amb els acudits dels enginyosos i admirar la bellesa que intuíem eterna.
Clic!
Per si de cas, vam restar immòbils fins que l’amo de la càmera es va alçar. 
-Quedarà perfecta, va dir mentre caminava lentament a buscar-la. 
Llavors el graciós, l’ingenu, va fer una corredissa i li va passar al davant. 
-Meva! va dir mentre l’alçava de terra com un trofeu.
Qui havia de ser un periodista va ofegar un crit i els ulls se li van obrir espantats.
La càmera va sortir disparada i va anar a petar a terra. Ningú no es va moure, com si esperéssim una altre clic que mai no va arribar.  Aquell carret, però, es va salvar.
De tornada, les bombetes grogues del vagó de tren il·luminaven els rostres cansats de viatgers amb motxilles i bastons. Se sentia cantar, tal i com ho havíem fet nosaltres al matí. Ara, però, conversavem amb veu baixa, cadascú amb el company del costat. 
-Ell no ho podia saber, que la càmera estava gairebé descargolada.
-Però, per què l’ha feta, aquesta ximpleria? Sempre vol destacar, fer la gracieta…
-I ara, per què ho dius això? Era una broma sense mala intenció…
Alguns sortien a respirar fora el vagó, emboirat pel fum de les cigarretes i d’altres aprofitaven per ocupar el seu lloc i parlar del mateix tema.
-Quin disgust. Li hauríem de pagar la reparació entre tots. 
-Sí home! Que li pagui ell, que ha fet el desastre. 
-Però si no té un duro… 
Quan vam arribar a l’estació tots semblàvem tenir pressa. No hi va haver la conversa interminable, la resistència a separar-nos, el comiat lent decidint la propera trobada. Ens vam veure més vegades, però el nostre teixit tan ben tramat semblava haver-se desfilat. Ja no érem un tot, havíem pres partit.
Avui, tant de temps després, torno a veure les imatges de sant Miquel del Fai i no sé si és bona idea la de fer una retrobada. Potser m’estimo més deixar el meu grup ben endins, protegir el sentiment de les anàlisi i oblidar el trípode que ho va fer anar tot enlaire. 
Però m’arrisco. Busco els seus telèfons i començo a escriure missatges. I si per a alguns mai no hi ha tornat a haver un sentiment tan gran de pertinença?

viernes, 10 de noviembre de 2017

Arte, matrimonio, fotografía, whisky (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Weegee)

Cuando murió su marido, pensó que debía buscarse un entretenimiento, algo que la ayudara a no pensar demasiado en lo que no quería pensar. Era una persona resolutiva, así que pronto tomó una decisión: iría a aprender fotografía. Encuadrar, enfocar, disparar...; no le daba ningún miedo.
Se apuntó a un par de cursos en un centro cívico. En uno de ellos se hablaba de técnicas fotográficas; el otro trataba sobre los principales autores de la historia de la fotografía.
En el curso de los martes conoció a Fernando, un hombre muy amable que sabía más de fotografía que la profesora. Era una chica bastante joven y, durante las clases, se apoyaba descaradamente en él.

Lo que aprendió el primer martes fue que la fotografía es, por encima de todo, luz. Ajustando diferentes parámetros, la cámara ayuda al ‘artista’ a captar la luz del modo más fiel posible a sus intenciones. Oír en las clases esa palabra, ‘artista’, referida a ella, aunque solo fuera de un modo tan indirecto, le hacía sonrojarse.
Con el paso de las sesiones fue familiarizándose con palabras como ‘diafragma’, ‘profundidad de campo, ‘obturación’, ‘temperatura de color’... Le gustaba. Era un mundo nuevo que se abría ante sus ojos; un mundo de conceptos que ella podía entender con menos esfuerzo del que había imaginado.
Hubiera preferido, en cualquier caso, que la fotografía siguiera siendo como años atrás. Su marido había tenido una cámara Leica que apreciaba como un trofeo; algún día dejó de funcionar, pero seguro que aún debía de andar por ahí, en algún rincón, en la habitación de los trastos que ella todavía no se había atrevido a tocar. Las cámaras como aquellas eran muy bonitas; las de ahora no tenían la misma magia. La fotografía, como casi todo, había cambiado.
Cuando se llega a cierta edad, se decía ella, el mundo te hace comprender que le traen sin cuidado tus deseos; no por maldad, sino porque es su obligación. Sí, era una manera inocente de verlo, pero pensar así, en esos términos, a ella le había hecho más bien que mal.

Contra su idea inicial, el taller de los jueves, al que también asistía Fernando, resultó ser el más interesante. Allí fue descubriendo a algunos fotógrafos -y fotógrafas- cuyo trabajo le fascinó. No recordaba haber oído hablar de casi ninguno de ellos, pero descubrió en cambio que algunas de sus obras le resultaban familiares. De las primeras clases le interesaron, por ejemplo, las fotografías de un reportero de prensa que tenía un nombre raro, con varias letras repetidas. Muchas de sus fotos eran de asesinatos, en blanco y negro. Fernando se acordaba de todos esos nombres, pero ella no; nunca había sido buena para los nombres. Una de las fotografías, en la que se veía el cadáver de un hombre tumbado boca abajo sobre la acera, cerca de un revólver, la había visto antes en alguna parte, puede que en la televisión. Fernando le contó que aquel fotógrafo había conseguido conectar su radio a la emisora de la policía y que así era como podía llegar antes que nadie a los lugares donde se cometían crímenes; además, había montado un laboratorio fotográfico en el maletero de su coche para enviar cuanto antes su trabajo a su periódico. Qué interesante debía de ser, se decía ella, una vida así. Peligrosa, tal vez, horrible también en cierto modo, pero interesante.

La joven profesora les habló de otro fotógrafo cuya obsesión era retratar aspectos cutres de la sociedad. También era americano. Su marido se hubiera quejado; ¿por qué todo lo que pasa en el mundo tiene que venir de América?, habría dicho. En las imágenes de ese fotógrafo se veia a gente con sandalias y calcetines tomando el sol en la playa, torsos desnudos enrojecidos por el sol, grupos numerosos de turistas haciéndose fotos delante de monumentos famosos, relojes baratos con imágenes religiosas  grabadas en sus esferas… cosas así. Nunca hubiera pensado que el trabajo de un fotógrafo pudiera consistir en retratar cosas tan feas, tan desprovistas de gusto. Sin embargo, eso le parecía un gran descubrimiento. ¿Por qué poner el ojo siempre en las cosas bonitas: modelos con cuerpos increíbles, actrices, monumentos, ciudades con aspecto de postal…? Bien pensado, el mundo no era tan maravilloso. Estaba lleno de lugares insulsos, de barrios pobres, de personas vulgares y gente irresponsable que no era capaz de preocuparse ni de ponerse un poco de crema para prevenir un cáncer de piel. Y de cosas peores, por supuesto, cosas mucho peores en las que ella prefería no pensar.

Siempre se había considerado una persona más bien optimista. Quizás era la ausencia de su marido, tan reciente, tan injusta -y cuál no lo es, se decía-, lo que la llevaba hacia pensamientos sombríos. Al salir de clase, solía hablar con Fernando de estas cosas en la cafetería del centro cívico. Pobre Fernando, qué culpa tendría él de sus tristezas, pero era un hombre tan atento, que su actitud la invitaba a sincerarse. Alguna vez se le habían escapado incluso las lágrimas ante él. Se sentía sola, esa era la verdad. No dejaba de ser normal. Si al menos hubieran tenido hijos...; pero no había podido ser.

Un día, en clase, tuvo una revelación. La chica dedicó toda la clase al trabajo de una fotógrafa, una mujer. Se había pasado muchos años fotografiando las vidas de la gente que conocía, de sus amigos. Pero se trataba de fotografias que, una vez más, no dejaban constancia de la belleza, o de momentos felices, sino de un mundo nada fácil, protagonizado por la violencia, las drogas, el sexo, la pobreza, la enfermedad… Un mundo triste; y, por lo menos, podía replicar ella, igual de real que el otro. Un mundo de morados, traumas, cicatrices, camas revueltas…, jeringuillas, sida. Y también de gente abrazándose, queriéndose sin alegría, pero de un modo que no admitía dudas. Mientras asistía a las explicaciones de la profesora y veía esas imágenes, algunas de ellas bastante duras, pensó que las vidas que mostraban nada tenían que ver con la que ella había vivido. Afortunadamente. Y aun así, ella también había tenido una vida. Y sus propias cicatrices.

Un chico que asistía a las clases intervino para decir que quizás aquellas fotografías estuvieran tratando de mostrar otro tipo de belleza. Y la profesora, que le había dado la razón, había añadido que la autora era muy valiente, porque se había empeñado en contar justamente lo que se esperaría que permaneciera escondido. Por ejemplo, su propio paso por una clínica de desintoxicación o, más aún, la paliza que en cierta ocasion le había dado su marido.

Todo aquello era mucho más interesante que las prosaicas clases de los martes sobre la profundidad de campo, el tiempo de exposición o el revelado, que habían pasado a un segundo plano para ella. Su vida, desde luego, no había tenido gran interés, ni grandes trastornos. Había tenido una infancia sin sobresaltos, se había casado pronto, tal vez demasiado pronto, y su marido no le había pegado nunca; y no solo no había probado ninguna droga, sino que ni siquiera le había dado por fumar, ni siquiera de vez en cuando. Tampoco había llegado a tener un empleo de verdad, salvo muy al principio. Después de que compraron el piso, para poder pagar la hipoteca, estuvo trabajando un par de años en el taller de una casa de costura que luego se hizo bastante famosa. Hacía patrones. Fue una época bonita, la única de su vida en la que logró sentirse importante. Se le daba bien; por eso solían encargarle los vestidos de novia. Pero después su marido dijo que con el sueldo de él ya les llegaba, y ya se sabe que en aquella época no era la voluntad ni el criterio de las mujeres lo que solía imponerse en un matrimonio. En cualquier matrimonio de la época. Le siguieron ofreciendo encargos durante un tiempo, pero ya no era lo mismo. En casa trabajaba una sola y no eran fáciles de llevar las urgencias, las noches sin dormir y lo mal que le seguían pagando.

Le hubiera gustado dedicarse a la alta costura, si eso hubiera sido posible. Si hubiera vivido en una época más alegre, si hubiera tenido estudios, si hubiera sido un hombre… Pero no había sido así. Quizás también podría haberse dedicado a la fotografía, y ocupar su tiempo en algún proyecto que la hubiera hecho vibrar, que hubiera reflejado su personalidad y su forma de ver las cosas. En resumidas cuentas, ser algo parecido a una artista, sin grandes pretensiones. ¿Hubiera sido ella capaz?

Uno de aquellos jueves, a la salida de clase, en el bar, Fernando le preguntó si le gustaría acompañarlo el sábado a la exposición de un fotógrafo catalán muy conocido por sus fotos de gente en la calle, en blanco y negro. Fotos de la posguerra. Por qué no. Sin pensárselo dos veces, le dijo que sí. Quién se lo iba a reprochar.

Al día siguiente, viernes, tenía programada una visita médica a primera hora de la tarde. Nada importante. Como que ya estaba en el centro, aprovechó para acercarse a las calles en la que se habían concentrado en los últimos años la mayor parte de las tiendas de fotografía de la ciudad. Sabía lo que buscaba; lo llevaba apuntado en un papel. Se acercó un empleado y le pidió que le enseñara el modelo de cámara que, en clase, varias personas habían elogiado más de una vez. Una buena réflex, habian dicho, ideal para principiantes con ganas de trabajar a gusto desde el primer momento. Y aunque costaba algo más de 500 euros, podía permitírselo. La decisión ya estaba tomada.

Al llegar a casa, sin cambiarse siquiera, se dirigió directamente a la habitación de los trastos. No le llevó demasiado tiempo localizar la Leica de su marido dentro del armario, en una caja. Le sorprendió su tamaño: era más pequeña de lo que recordaba. Y muy bonita, eso ya lo sabía, aunque ella nunca se hubiera fijado mucho en ella. En el reparto de papeles de su matrimonio, las fotografías no le habían correspondido a ella. Estuvo tocando los botones de la cámara. Ahora sabía cuál era su utilidad. Sus manos temblaban.

Desembaló la otra cámara, la que acababa de comprar, y le hizo una foto a la Leica de su marido, y después otra, y otra, y muchas más. De más cerca, de más lejos, dentro y fuera de la caja y con la caja dentro y fuera del armario. En diferentes posiciones y desde diferentes ángulos. También le hizo fotos al armario. A las estanterías repletas de trastos, de las que tantas veces se había quejado. A su colección de revistas (Historia y vida, National Geographic, Investigación y Ciencia, Muy Interesante, …). A sus guía de viaje (Sicilia, las islas griegas, Dinamarca, Turquía…) . A sus aparatos electrónicos, sus cables, sus DVD y sus discos (Gardel, Machín, Nino Bravo, Joan Baez…). Hizo fotos de sus fotos antiguas y de sus álbumes de fotografías. Del suelo de parquet, de las lámparas, de los cuadros de la pared. Del techo. Y después hizo fotos de ella misma: sentada en el suelo, cansada, soñadora, burlona, llorosa...

Se había hecho muy tarde. La habitación estaba completamente revuelta y ella, agotada. El bolso se había quedado en el comedor, encima de la mesa. Le escribió un mensaje a Fernando. Eran las cuatro de la madrugada. No podría ir a ver la exposición. De pronto, se había sentido fatal; algo le debía de haber sentado mal. Quizás en otra ocasión. Se sentó en el sofá. Fernando solo era una persona normal. Una buena persona, nada más. ¿Para qué quería ella a un hombre como su marido? ¿Para no estar sola?

Se acercó al mueble bar. Él no había sido un hombre bebedor; alguna que otra cerveza, en verano, y, de tanto en tanto, una copa en la sobremesa de una comida familiar. Había una botella de whisky apenas empezada dentro del mueble. Sacó de la vitrina uno de aquellos vasos anchos que les había regalado su sobrina unas navidades. En la cocina, puso la bandeja del hielo bajo el grifo. Puso un par de cubitos en el vaso. Era así como se hacía, ¿no? Encendió el televisor y dio un trago. Daban una película del oeste, en blanco y negro. El sabor era extraño. Decían que sabía a madera. No iba a volver a las clases; ya no las necesitaba. Iba a cambiar de arriba abajo aquel piso. Iba a hacer fotografías. Fotografías de todo: lo viejo y lo nuevo. Iba a hacer fotografías para explicar lo que le pasaba. Lo que le pasara, lo que le pasara por fuera y por dentro. Iba a explicarse antes de quedarse sin luz, antes de que fuera demasiado tarde. Iba a salir al encuentro.

jueves, 26 de octubre de 2017

Tal vez no pase (MS)


Mónica Sabbatiello (texto e ilustración)

Algo puede pasar. Y será todo. Pero tal vez no pase.
Si no pasa, voy a ir hasta el fondo de la bruma y el vacío y llegaré sin carne y sin alma. Voy a ir hasta el final de la fila de espejos, hasta la situación que dio comienzo a esto.  A esto de estar hoy sentada al fondo del pasillo, en el primer escalón del piso de Juan, el que siempre me espera. Y al que nunca llego.
Mi cuerpo tiembla y gano la calle.
Si llegara a pasar lo que podría pasar, abrir la puerta, abrazarnos y temblar, su miembro erecto y mi humedad, ocurriría todo.
Como al final del espejo, podría reconocerme entera en ese estar fundidos, en ese otro que respira y jadea. Y dejaría de recorrer una y otra vez el pasillo.
Pero, me pregunto: ¿por qué he de cambiar, si hay orden y soledad tranquila en este estar?,  ¿por qué abordar el peligro que el cambio conlleva?
Siempre practico hacerme la muerta. Inmóvil el cuerpo en el suelo y la respiración tan sutil que casi desaparece. Y el  frío que sube desde los pies y gana el pecho. Y cuando estoy a punto de descubrir algo, me asusto, y como ocurre con Juan, vuelvo atrás el pasillo y gano la calle.
Hay juegos que son a todo o nada.
Cuando venza el miedo no tendré vuelta atrás. Por ahora son ensayos.
Imagino un conocimiento oscuro. Mi piel más transparente y las noches más luminosas. Será un salto enorme. Lo sé.
Puede pasar y será todo, pero tal vez no pase.

jueves, 19 de octubre de 2017

Emprenedoria (VH)


Vicenç del Hoyo

—Fes força aquí. Vaa.... vinga... he de fer entrar la palanca.
—Faig el que puc. Això està clavat.
—Una mica més..., va... Ara! Molt bé.
Es va sentir cruixir la fusta i el pany va cedir. La porta però, continuava tancada. El pare va fer una passa enrere i li va donar una puntada de peu i la porta es va obrir de cop.
—Voilà!
Vam entrar sense tancar la porta. Estalvia't accions inútils, vaig pensar que hauria dit el pare.
Per ser una segona residència semblava tenir de tot, menys alarma. El pare va seure al sofà i amb el comandament a distància va encendre la tele.
—Ves a veure si hi ha alguna cosa fresca per beure.
La cuina era al costat de la sala d’estar. Granit negre, cuina d’inducció i la nevera d’un sorprenent color groc lloro. Era una extravagància que em convidava a la indulgència. Vaig agafar dues cerveses i després de regirar alguns armaris vaig preparar una safata amb una bossa de patates, un plat amb olives farcides d’anxova i una llauna de musclos en escabetx.
La televisió emetia un documental sobre la vida salvatge a l’Àfrica, en el qual es mostrava com algunes espècies accepten la proximitat d’altres amb la finalitat de compartir beneficis variables. Era un moment de tranquil·litat. Amb els peus sobre la tauleta baixa i repapats al sofà contemplàvem com una mena d’esplugabous introduïa tot el cap dins d’un mandrós hipopòtam per fer-li d’escuradents.
—Què, ens hi posem?
El pare era impacient de mena. Amb el ganivet a la mà va esbudellar el sofà deixant veure cintes elàstiques i espuma de color groc. D’una estrebada va fer caure les cortines, arrancant l’ancoratge de la paret. Mentre, jo obria calaixos per escampar pel terra el contingut, bolcava les cadires, trencava els vidres dels quadres i dels miralls. Durant deu minuts no es va sentir altra simfonia que música contemporània per a ganivet i martell. Vam procurar no mostrar favoritisme amb cap de les estances ni armaris.
—Què estàs fent?
M’havia quedat admirat mirant els títols dels centenars de llibres que hi havia a una llarga llibreria que folrava una paret del passadís.
—És increïble! El propietari d’aquesta casa deu ser un especialista en literatura. I són tots, els alemanys:  Goethe, Buchner, Hoffman, von Kleist; els francesos: Zola, Flaubert, Víctor Hugo, Dumas; els anglesos ...
—Para el carro! —em va aturar el pare amb gest de traginer—. Tu de què vas? Et penses que ets a la biblioteca i vols fer ús del servei de préstec?
—No res, pare. Ha estat un moment de feblesa. De sobte m’han vingut una allau d’imatges de la facultat, de les classes, de les lectures, dels debats... de la il·lusió d’un futur entre els llibres i la cultura.
No va poder contenir tanta impaciència. Va donar una braçada, com si nedés i va fer caure dotzenes de llibres. Després una altra braçada. Va recórrer el passadís amb un estil crol impecable. Va deixar una estela de llibres al seu darrera.
—La culpa és meva! Vaig ser jo qui et va inculcar unes idees equivocades. Pensar en el futur! Esforçar-se al màxim!. Sacrificar-se! Com ens han enredat.  
—No, pare —em vaig atrevir a contradir-lo—. A mi sembla em va agradar estudiar i aprendre. Ha estat una etapa bonica i enriquidora.
—I de què t’ha servit? Es pot saber? —va dir el pare donat puntades de peu a un exemplar de “Vermell i negre” de Stendhal—. Més valdria que t’hagués felicitat quan duies males notes de l’escola i que t’hagués pagat un viatge a Eurodisney si algun cop hagués arribat una carta per mala conducta. Així que de llibres no en vull veure ni un més.
D’aquesta manera va donar per acabada la conversa. Em va fer una mica de pena. Ell que sempre havia estat tan rígid amb les idees. El blanc és blanc i el negre no té res a veure. Això és així perquè sempre ha estat d’aquesta manera. La mentida és una fosca falsedat i mai podrà esdevenir lluminosa veritat. Una llàstima. Tota la vida havia viscut embolcallat amb els seus proverbis i frases fetes. Un mèrit se li havia de reconèixer, havia estat capaç d’adonar-se de tots els gats que ens volen fer passar per llebre i canviar de principis.
Un cop fora, vam pujar al cotxe que havíem deixat un parell de carrers més enllà.
—Quant creus que hauré d’esperar?
—No gaire. Com a molt dues setmanes. D’aquí quinze dies et passes per aquí i ja s’haurà escampat la por als lladres.
—Tu creus que s’avindran a contractar un servei de protecció amb alarma?
—N’estic segur. I sinó farem un altra batuda per la urbanització. Ja saps que per aconseguir feina pel meu fill sóc capaç de qualsevol cosa.

viernes, 13 de octubre de 2017

Hard rock (VA)


Vicente Aparicio
 
Juanito tiene un blog. Ahora que se han pasado de moda, a él le ha dado por abrirse un wordpress para escribir de sus cosas. Sus cosas son la nostalgia de la vida de barrio en los ochenta, Led Zeppelin, la Unió Esportiva Júpiter, la revista Historia y Vida, la defensa del tabaquismo como último reducto de la pureza o el despotrique indiscriminado contra los politicos de todos los colores. Genio y figura. Con su inseparable chupa de cuero y las greñas hasta mitad de la espalda, incluso para abrirse un blog tenía que ser un antiguo.
Me hablaba orgulloso de su nuevo hobby mientras volvíamos de farra el viernes a las tantas, algo perjudicados por el alcohol. La última parada de nuestra romería nocturna había sido la barra de un garito cervecero en el que todavía ponen hard rock.

-Es lo que tiene ser culto, Carlitos -me decía mientras liaba con maestría el enésimo cigarro de la noche-. Puedes hablar casi de cualquier cosa sin miedo a hacer el ridículo como un soplapollas cualquiera.

Mientras caminábamos vía Laietana arriba tratando de mantener la compostura, la estatua ecuestre de Ramon Berenguer proyectaba su enorme sombra en la fachada del regio edificio frente al que trota desde hace décadas.

-El tio de la estatua, por ejemplo -empezó a discursear-, que a pesar de tu vasta ignorancia, puede hasta que sepas quién es…

-¿Me estás llamando soplapollas? -le interrumpí, solo por tocar un poco las narices. La agresividad verbal de Juanito, más que molestarme, despierta en mí una benévola ternura. Si le sigues el juego, él siempre te lo agradece.

-Calla, capullo, que pierdo el hilo. Me juego medio riñón a que no tienes ni idea de que el colega este luchó contra el Cid Campeador en persona apoyando a unos moros rebeldes en Oropesa, provincia de Castellón, donde unos siglos más tarde el gran Josemaría de las Azores veraneaba cada año a la orilla del mar en compañía de mrs. Botella. Muy bien, pues resulta que luego se le dio la vuelta a la tortilla, hicieron las paces y el conde Ramón Berenguer acabó casándose con una de las hijas del Cid, que por cierto, ni se llamaban Elvira ni Sol ni se casaron con los infantes de Carrión. Para que veas.

-¿Y de qué sabes tú todo eso, Juanito? Me has dejado con la boca abierta. ¿Ahora eres experto en Historia Medieval de Catalunya y España? ¿O es que ha salido en El ministerio del tiempo?

-Ni de coña, chaval. Pero soy un tío con inquietudes. Si tienes un blog y quieres tomártelo un poco en serio, no quedan más huevos que documentarse. Ahora fíjate en el caballo en el que va montado el conde. ¿No notas nada raro?

-¿Te refieres a sus atributos? Es que lo veo todo un poco borroso.

-La cola, ignorante, la cola. Resulta que ese caballo es una réplica en bronce de un original al que se le perdió la colita. Al genio que hizo la copia se le fue la mano y le salió una cosa más desproporcionada que mi Rufina-. Y se llevó la mano a la entrepierna. 

Juanito ha mantenido intacta a lo largo de los años dos discutibles costumbres: asirse con descaro a las primeras de cambio sus genitales con la mano cerrada por encima del pantalón y denominar su más apreciado atributo masculino con los más variopintos apelativos femeninos de corte tradicional.

-Joder, Juanito -dije sin hacer caso de su ordinario gesto-, de verdad que te veo muy puesto. ¿No estarás preparándote de tapadillo para superconcursante de Saber y ganar?

Volvimos a casa en el N12. Nada más llegar a mi dulce hogar, inicié una febril investigación, levemente obstaculizada por la cogorza, sobre la flamante actividad bloguera de mi colega. 

Así pude averiguar que la direccion de su blog es juanito_bonham.wordpress.com, en honor al batería de los Led Zepellin, un mito de la historia del rock que murió con poco más de treinta años ahogado en su propio vómito a resultas de una noche demasiado loca. Claro que él no ha elegido idolatrarlo por ese motivo, sino por la forma novedosa y nada académica en que tocaba la batería.

Me entretuve leyendo transversalmente los siete u ocho posts que Juanito llevaba publicados, cuyo contenido aproximado ya me había avanzado en el transcurso de la noche -y, bien mirado, de tres perseverantes décadas de amistad. Me supo mal constatar que la bitácora de Juanito apenas tiene seguidores ni comentarios, como tantas otras en las que se cuentan cosas que nadie lee o escucha.

Según pude comprobar al levantarme el sábado a mediodía, tras algún que otro cambio de rumbo mi navegación nocturna había desembocado en los datos de contacto de una administradora de fincas de Sant Carles de la Ràpita llamada María Elvira Cid Revuelta, que a duras penas podía tener algo que ver con el insigne Rodrigo Díaz de Vivar salvo por obra y gracia de la madre de todos los buscadores. Mientras me tomaba el segundo café, fantaseé con la idea de enviarle por correo electrónico a esa mujer, en un gesto de complicidad con los antojos del azar, una foto del caballo de Ramon Berenguer con la desproporcionada cola saliendo de su grupa.

Si alguien me pregunta por qué me cae bien Juanito, siempre digo que, como todos, necesita ser alguien. A él no le queda más remedio que ser Juanito. Por coherencia. Otros corren medias maratones, buscan setas, viajan al fin del mundo, ven crecer orgullosos a sus vástagos, se hacen expertos en vinos, frecuentan clubes liberales, se apuntan a la moda vegana, toman pastillas sin prescripcion médica, hacen ondear banderas de colores o se apuntan a Movistar+. Pero lo de Juanito es un juramento de fidelidad eterna al heavy metal, a las birras, a la nicotina, los partidos del domingo a las doce en el municipal de La Verneda, el pastiche histórico y los estallidos y destellos de su pirotecnia verbal.

Ahora le ha dado por poner en la red un tablón de anuncios de sí mismo. Un acto de afirmación y desahogo que yo aplaudo por amistad y voluntad de compenetración. Una forma más de mirarse en el espejo y poder seguir viéndose a sí mismo, que no es poco. A mí me pasa aproximadamente lo mismo, solo que lo llevo con más disimulo. Los viejos rockeros nunca mueren. Ole tus huevos, Juanito.