viernes, 29 de abril de 2016

Canovelles (VA)


Vicente Aparicio

He madrugado. Una chica nueva, de aspecto eslavo, estaba subiendo las persianas del bar de la estación cuando he llegado. Me ha servido un café malo de cojones.
Frente al panel de horarios, he decidido con desgana, como quien elige un médico de entre la lista de apellidos de la mutua.
No sabría decir nada sobre Canovelles, aparte de que pertenece al Vallès Oriental. Una vez, hace veinte o treinta años, el Hospi jugó contra el Canovelles. Yo diría que  ganamos.
El autocar salía a las 7:42 y costaba 4’80 euros. Para no perder la costumbre, me he comprado un libro de autodefinidos y un Red Bull.
‘Marea alta’, siete letras: ‘Pleamar’. ‘Desconocido’, seis letras: ‘Ignoto’. ‘Viaje, recorrido’, también siete letras: ‘Periplo’. No hace falta ser muy listo para ir rellenando las casillas.
Tres minutos antes de la hora el vehículo se ha detenido en el andén 42, frente a mi banco. El conductor ha abierto el maletero y la gente ha formado una pequeña cola para subir. El hombre tenía pinta de gilipollas, con su bigote y su camisa de rayas algo sucia. Ha intercambiado algunas palabras sobre el Barça con una mujer gorda.
El autocar iba medio vacío. Lo he visto marcharse, con sus viajeros como fantasmas tras los cristales.
Ese es el momento que me gusta. La lata de Red Bull está vacía en el suelo y yo toco el billete con los dedos dentro del bolsillo del pantalón. Me quedo quieto y miro el espacio vacío que antes ocupaba el autocar, el breve silencio que se ha formado para mí, solo para mí.
Otro para la colección.

jueves, 14 de abril de 2016

La quiosquera (MG)


Maria Guilera

Mucho antes de que Ucrania fuera un país presente en las noticias diarias, Yarik dejó la casa de sus padres y salió del pueblo a pie; luego viajó en autobús y atravesó media Europa. Pero nada salió como pensaba. Su amigo Olek le había dicho que encontraría trabajo porque nadie en el instituto sabía tanta informática como la que sabía él ni hablaba inglés como él lo hacía. En seguida se dio cuenta de que no era suficiente. Ninguna de las empresas que había encontrado en internet, a las que se presentó con los informes de la escuela y la única camisa que tenía, le prestaron el menor interés.
Marchó de Alemania a las pocas semanas, cuando la policía empezó a molestarle. En Francia, pidió dinero a la salida del metro y peleó con un grupo de rumanos.  Atravesó los Pirineos en un camión, intentando seguir la conversación del chófer,  y llegó a Figueres en junio. Aquel calor hacía la vida más fácil, pensó.
Durmió con un checo en un cajero automático. Se hicieron amigos, compartían el cartón con una frase que ninguno de los dos comprendía. El checo se llamaba Karel y bebía mucho. También él empezó a beber. Tanto, que casi no podía levantarse del suelo. Y no lo hacía si no era para ir a comprar un brick de vino al supermercado o rebuscar algo de comida, no demasiada, no tenía hambre,  en el contenedor. Ahí encontró al cachorro. Lo recogió y lo abrigó bajo su chaqueta.
El perrito resultó un buen compañero y un reclamo para algunas mujeres que se interesaban por él. Por el animal. Le llevaban bolsas de pienso, huesos falsos con sabor a jamón y galletas para perro. Alguna vez, Yarik las comió.
La mujer del quiosco tenía el pelo rojo y sonreía. Tenía una boca grande y tras los cristales de las gafas una mirada cariñosa. Empezó a saludarle. Primero con un gesto. Después le hablaba despacio mientras  dejaba a su lado paquetes de galletas y alguna fruta.
Una mañana le enseñó un diccionario, pero a pesar de ello no se entendieron.
–Ucrania, le dijo él despacio. No Rusia, Ucrania.
Y se tomó el café que le había llevado en un vaso de cartón. No comió el pan con embutido, le dolía el estómago.

Se despertó en una cama metálica de hospital. No sabía cómo había llegado hasta allí, solo recordaba la botella de ginebra rota que le había dado Jeyson Martínez, el nuevo dependiente del supermercado. Le hizo repetir su nombre muchas veces y cuando lo dijo bien, Jeyson Martínez le dio la botella.
Tenía una aguja clavada en el brazo izquierdo. Por la goma veía deslizarse las gotas de suero.
Se dormía y despertaba sin tener tiempo de preguntar. En una de esas veces, al abrir los ojos, vio a la mujer del quiosco con un joven de pelo muy corto que hablaba ucraniano.
–No te preocupes por el perro, le dijo. Ella lo cuida.
Entró el médico y le habló al chico de pelo corto. Le contaron qué cosa era un coma etílico.
–Okey, okey, les respondió.
Se le cerraban los ojos. La cabeza le pesaba. Volvió a dormirse.
Le pareció escuchar la voz de sus padres, el ruido del tractor y también la risa de su amigo Olek.

El día en que salió del hospital la mujer del quiosco estaba allí. Le dio una camisa de color amarillo y unos calcetines. Se vistió y se miró al espejo. Le pareció ver la cara de su abuelo.
Bajaron en el ascensor hasta la planta baja y se quedaron un rato quietos en la entrada, escuchando el ruido de los truenos.
–Ven, Yarik –le dijo ella. Y le apretó el brazo bajo el paraguas–. Llueve mucho.

lunes, 4 de abril de 2016

DFW o 'Todo es verde' (VA)


 Vicente Aparicio 

-¿Qué libro tiene entre manos?
-La chica del pelo raro, de David Foster Wallace
-¿Ha abandonado algún libro por imposible?
-¿No quiere que hablemos de La chica del pelo raro?
-Por supuesto. ¿Qué le ha interesado de esa novela?
-Es un libro de cuentos.
-Continúe.
-Hay un cuento que se titula Todo es verde. Habla de un amor que se acaba.
-¿Con qué escritor le gustaría tomarse un café mañana?
-Con David Foster Wallace.
-Todo el mundo sabe que está muerto.
-Me gustaría preguntarle si Mayfly existió de verdad.
-¿Mayfly?
-La protagonista del cuento. Una chica con un cuerpo hermoso. Él es mayor y ella no. Ella mira por la ventana que da al jardín, que está mojada porque por la noche ha llovido, y él sabe que todo ha terminado.
-¿Qué experiencias le ha proporcionado la literatura?
-¿Experiencias? Todo es verde solo tiene tres páginas, se puede leer cientos de veces. Me gusta cuando él dice: “Mi corazón las ha pasado canutas por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años”.
-¿Recuerda el primer libro que leyó en su vida?
-La chica del pelo raro, de David Foster Wallace.
-¿Leyó a DFW siendo niño?
-No. A los cuarenta y ocho. Es posible que no fuera mi primer libro, lo reconozco.
-¿Le sobrecogió el suicidio de su escritor preferido?
-Estaba en el jardín escuchando la radio y comiéndome una galleta. La mesa de cámping estaba llena de agua y de latas de cerveza y colillas flotando en los ceniceros. Había un juguete tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junta a la caravana de al lado. No me acabé la galleta y ahí se quedó, en el jardín, sobre la mesa de cámping. Un día u otro la gente muere, qué le vamos a hacer.
-Cuéntenos alguna experiencia cultural que haya cambiado su manera de ver la vida.
-A los cuarenta y ocho años leí “La chica del pelo raro”. Mayfly acababa de dejarme y yo...
-¿Mayflay?
-Brenda, quiero decir. La había pillado mintiéndome mientras se fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana en dirección al jardín. ‘Sé que soy mayor y tú no’, le dije. ‘Me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada”. Todo y nada, ¿comprende? Y ella dijo: ‘Todo es verde’ mientras miraba por la ventana, fumando. ‘Mira qué verde es todo. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde’. Se llamaba Brenda y mentía.
-Regálenos una idea para mejorar la situación cultural de nuestro país.
-No todo es verde. David Foster Wallace lo sabía.

(Nota: La mayoría de las preguntas han sido literalmente copiadas de una entrevista a Fernando Marías publicada en la sección Esto Es Lo Último de 'El Cultural' el 1 de abril de 2016)

jueves, 17 de marzo de 2016

Diumenge a la tarda (VH)


Vicenç del Hoyo 

―”... i el número 10 fa una giragonsa imaginativa i un cop ha esquivat el defensa s’adreça cap a la porteria rival i el porter salta com una taràntula, vol hipnotitzar el porter però el 10 no està disposat que un insignificant número 1 li arrabassi la glòria de la nit i amb un xut parabòlic esquiva les vuit potes de l’aranya i estavella la pilota al fons de la seva teranyinaaaa”.

Tot això ho ha dit d’una glopada, sense respirar i amb un èmfasi ascendent, com si parlés amb una trompeta invertida.
És diumenge a la tarda i com sempre que fan futbol per la tele, en Genís apaga el volum i és ell qui retransmet el partit.
―”... els grocs amb ratlles verdes estan situats a la rodona central, el 5 i el 17 estan al costat de la pilota esperant el xiulet de l’escarabat negre i en aquest precís moment reprenen el partit. El 17 passa la pilota endarrere, al número 3, ...”
El Genís paladeja les paraules com si fossin caramels. Allarga les vocals per fer-les durar una estona més, com si volgués retenir la imatge a la pantalla.
―Serà un locutor formidable! ―diu el meu pare.
Està assegut al sofà i fa dues coses alhora: mira la tele i llegeix el diari del diumenge que li ha de durar fins al proper cap de setmana.
―M’agradaria sentir-te per la ràdio dins d’uns anys ―insisteix el meu pare.
―”... traspassa la línia divisòria amb paciència i eficàcia, s’atura el 7 i mira l’horitzó i no veu cap número senar a qui passar la pilota, així que li entrega al 10 que està a l’altra banda del camp....”
He sentit centenars de vegades el meu germà retransmetre els partits de futbol i sempre m’atrapa. M’interessa més el que ell diu que el que veig. O millor dit, és com si controlés el que passa a la tele i valgués més la imatge que la paraula.
―”... el 4 dels blanc i blaus barra el pas al 10, aquest ha de recular però no està disposat a perdre l’oportunitat d’aproximar-se a la porteria, així que amaga, s’atura, fa una cabriola al costat inesperat i continua avançant, tot decidit i...”
El Genís de peu amb les mans a la boca per fer de botzina accelera les paraules. No s’entrebanca mai perquè les utilitza com un gronxador.
―Pare, el Genis serà locutor de ràdio? ―pregunto.
El meu pare sorprès per la meva pregunta alça els ulls del diari.
―No ho serà, ja ho és! No ho veus?
El meu pare m’ha respost amb una veu ferma i plena de convenciment. Però no m’ho acabo de creure. No he sentit mai dir que algú amb síndrome de Dawn pot dirigir un programa.

viernes, 15 de enero de 2016

És quan bec que et sento a prop (MG)


Maria Guilera  (Foto: Eva Besnyö)

El funeral de l’avi és a les cinc de la tarda. Quan enfilo l’entrada del poble, veig els meus germans, que hi són des del dia abans. Duen uns vestits foscos que els fan semblar nens disfressats. Malgrat passar dels quaranta, penso, mai no han acabat de créixer. 
El pare és a la taverna, em diuen. Nosaltres hi anem una estona. 
Pel retrovisor els veig allunyar-se mentre jo penso en la mare i l’àvia, que deuen ser a casa fent el dinar i deixant anar un sospir de tant en tant.
El cotxe a l’ombra, que després no podré ni tocar el volant. Alço els ulls cap a la finestra de les golfes, allà on m’agradava tant pujar a l’hora de la migdiada. Fa anys que no passo un estiu al poble, quina llàstima.
Entro a casa sense que ningú se n’adoni. Escolto veus, totes de dones. Deuen ser les ties i potser també les veïnes. Si em veuen em petonejaran, em pessigaran les galtes, has de menjar més, nena, estàs massa prima. Ningú no em preguntarà pel Manel, però n’han parlat molt, n’estic segura, i tothom deu saber la historia del divorci més o menys distorsionada.
Baixo l’escala del celler i em rep la humitat de la meva infància.
Vigila amb el segon graó, diu el meu avi difunt amb la cantarella de sempre.
Agafo la gerra i l’omplo amb el vi de la bóta. Damunt la lleixa hi ha els gots de duralex, amb el vidre opac i algunes taques. Gots que es netejaven amb una mica de vi que després es llançava a terra. N’agafo un i desfaig el camí, segueixo escales amunt fins a les golfes i allà hi trobo la pila de sacs on jeia tantes vegades. M’arriba la mateixa olor dels xorissos assecant-se i l’aroma de terra vermella des de la pila de les patates. Bec els primers glops de vi aspre i sec sense aturar-m’hi.
Quina diferencia, avi. Si em veiessis… ara vaig a unes reunions on me’l fan girar dins unes copes grosses. I després l’olorem, el glopegem i, t’ho pots creure? L’escopim.
Són quarts de dues. Tinc l’estómac buit, no he menjat res des del matí, quan m’he pres el cafè amb un parell de galetes. Obro el calaix de la taula coixa i falcada amb un paper de diari esgrogueït i doblegat. Allà hi trobo la teva navalla, avi.
Tallo un tros de cansalada de la que hi ha al racó i mossego la crosta salada.
Posa-hi pa, nena, em dius alçant el dit. Creu-me, millor que els torrons.
Omplo el got una altra vegada i me’l bec de cop. M’he tacat la brusa, això no marxarà.
Miro per la finestra. M’agrada aquest camp sec, el cel sense núvols, les quatre cases velles i engrandides sense ordre ni concert perquè hi visquin els fills.
Aquest vi em fa cremor, però hi torno. Aquest got ja és l’últim. Deixo anar la vista per damunt les teules encavalcades i escolto el motor d’un cotxe que un moment després tomba la cantonada i arriba fins a la porta de casa. Un cotxe llarg i negre que ve a furtar aquest paisatge, el de la teva vida.
No trobo el pa, avi, et dic. Però ja no em contestes.