jueves, 17 de julio de 2014

Fargo (VA)



Vicente Aparicio

Has sido siempre un buen hombre, un tontainas, un agente de seguros con cara de gilipollas.
Has sido siempre un hombre dócil y te has casado con una mujer que solo espera de ti, en vano, que le arregles la lavadora.
Has ansiado ser como tu hermano mayor, que tiene una casa con jardín y también  una esposa ejemplar, tres niños y dos perros.
Has querido gritarle a tu jefe la mala baba que te quema por dentro, pero solo eres un hombre bueno con cara de gilipollas, ¿recuerdas?
Has salido el domingo a buscar setas con un vecino de la urbanización, y una rama, ¡qué mala suerte!, te ha lastimado la nariz. La sangre ha manado abundantemente y te has asustado un poco.
Has venido al hospital y has coincidido en este banco con un hombre de rostro impenetrable, un tipo duro con barba vestido de negro, un hombre que da miedo.
El tipo te ha hecho una pregunta, no recuerdas cuál, y sin saber muy bien por qué, le has contado tu vida. La parte de tu vida que no le cuentas a nadie, la parte de tu vida que no le contarías a tu mujer, ni a tu jefe, la parte de tu vida que no le contarías a tu hermano mayor, ni tampoco al vecino de las setas.
El hombre de la barba ha captado el mensaje. El hombre de la barba ha comprendido tu frustración y tu odio. Tu cobardía, y tu bondad.
El hombre de la barba, el tipo duro, yo que te observo y te miro y te comprendo y te deseo lo mejor, yo que doy miedo a los agentes de seguros y conozco las salas de espera de los hospitales y a todos los tontainas a quienes una rama, en el bosque, ha lastimado la nariz, sé lo que hay que hacer a continuación.
No debería haber culpa en ti. Asumo la responsabilidad, asumo la gravedad del asunto y me dispongo a actuar. Me dispongo a hacer de tu vida un lugar mejor, un lugar un poco más placentero. 
Soy tu benefactor, tu nuevo amigo, el hombre de negro. Sé lo que hay que hacer a continuación. No quiero que sufras. Yo me ocuparé de todo, yo me ocuparé de todos. 

jueves, 10 de julio de 2014

Orientación sexual (MG)




Maria Guilera

La cena acabó tarde. Algunos se fueron después del café, se excusaron diciendo que  vivían lejos y no querían arriesgarse a las copas que irían cayendo una tras otra. Eloy y Clara se quedaron porque Luisa Ferri les pidió que la acompañaran a su casa.
–Es que si no me lleváis me iré pronto, no puedo perder el último autobús.
Eloy dijo que ni hablar, que les venía de paso acompañarla. No era cierto y, cuando miró a su mujer, reconoció la expresión.
–Qué te pasa Clara, no seas tan…
–Tan qué. Tenemos la canguro en casa, tú verás.
Hablaron de la crisis, de los Oscar, de la mala racha de su equipo. Cuando se despidieron eran más de las dos de la madrugada.
Anduvieron un rato hasta llegar al coche. Luisa se sentó delante.
–Así te indico, Eloy. Es complicado. Podemos tomar la avenida, pero si quieres vamos por la ruta del centro y llegaremos antes a la autopista.
Se rió.
–Vamos, si tú no te pierdes, porque yo a estas horas y con tanto Rioja ya no estoy segura de nada.
Él puso el coche en marcha. Arrancó demasiado rápido. En el asiento de atrás, Clara se golpeó la rodilla contra la puerta.
–Ten cuidado –dijo –Me parece que me he roto una media.
–Este coche, en nada se pone a más de cien –Eloy estaba eufórico–. La pena es que en ciudad uno no puede disfrutarlo.
Luisa dijo que a ella le encantaba la velocidad. Que la "ponía”, dijo exactamente.
Giraron a la izquierda y pocos metros más allá vieron una señal de calle sin salida.
–Vaya, otra vez jodiendo al personal –dijo Eloy-. Y puso un cd de música negra.
Siguieron por las calles del centro en un itinerario que no parecía llevar a ninguna parte. Luisa se divertía.
–Ay Clara, me parece que tu marido es de los que necesitan migas de pan para encontrar el camino.
Ella no contestó nada pero pensó, qué imbécil.
Eloy murmuraba como para sí mismo.
–Veo la torre de Giulianni Seguros. La avenida tiene que estar por ahí.
Aceleró y al momento frenó bruscamente ante un semáforo rojo.
–Qué hora es –preguntó Clara.
Luisa reclinó el asiento delantero.
–¿Qué?
–Nada, la hora.
–La noche es joven, mujer. Qué importa, mientras nos lleven…
Siguieron más despacio por un callejón mal iluminado.
–No veo ya la torre Giulianni, Eloy. Me parece que vamos mal.
–Nena, no seas palizas. Que yo he vivido en este barrio.
Dieron un par de vueltas y entraron en un túnel.
–Esto no estaba aquí hace un par de años. Cómo lo complican todo, ya no sabes ni en dónde estás –gruñó él.
Apagó el cd. Las Supremes estaban a media canción, Stop in the name of love.
Al salir del túnel vieron las indicaciones de la autopista. En el sentido contrario al que llevaba a la casa de Luisa.
–Si quieres preguntamos en la gasolinera.
–Y una mierda –dijo Eloy.  Aceleró. El motor hizo un ruido como de coche de carreras.
Al rato, la moto de un policía se puso a su lado y, extendiendo el brazo, les indicó que se detuvieran en el arcén.
La voz de Clara se deslizó como la lengua de una serpiente entre los asientos delanteros.
Qué suerte has tenido, Eloy. Éste seguro que te indica el camino.

viernes, 4 de julio de 2014

Cap a l'escola (VH)


Vicenç del Hoyo

No. No hi penso anar. Fés el favor de mirar on poses els peus i vigila no els posis dins de cap bassal. No veus que tot està ple d’aigua? Vols anar tot el dia amb els peus mullats? Atura’t un moment que passa aquesta miop malparida i encara ens atropellarà. Va, ara! Travessem ràpid. Però, per què carai hi vols anar? No veus que és un lloc per a nens petits o capats mentals? Tot el dia amunt i avall. Quina gràcia té? Pujar per baixar! On s’és vist tanta... Que no saps què és un capat? Què carai t’ensenyen a l’escola a part de fer figuretes de plastilina? Capat, capat... sóc jo. Un paio sense titola. Un paio que no és un paio, a qui li falta el més bàsic i que busqui per on busqui ja no ho podrà trobar. No passis tan a la vora de la farmàcia, que s’obre la porta. No té cap gràcia que quan passo pel davant la foca de la farmacèutica em miri com si fos un delinqüent. Guaita, els de la botiga de mobles ja han plegat. Ja deia jo que no podien resistir tant de temps sense que entrés mai ningú. El mal que han fet els malparits dels suecs. Aquests cabrons, amb el fred que passen, no tenen altre entreteniment que pensar. I mira si pensen! Pensen com fotre els clients de la resta de botigues del continent. Maleïts escandinaus! Fixa’t, acaben de fer la vorera nova, s’han gastat  una pila de diners a fer tot el carrer per a vianants i ja veus. Quatre gotes i has de fer salt de perxa per passar. Va, salta! Si us plau, posa el paraigües cap allà, que tinc tots els pantalons xops. No, no t’espero. Arribem tard i ens queda un bon tros. Mira, ja han arreglat tota la façana del mercat. Fa goig. Igual que fan aquesta merda de voreres, són capaços de fer que sembli nou un edifici de més de cent anys. Has vist aquesta taca negra? Saps de què és? Sí. Un contenidor d’escombraries que van cremar els okupes. Aquests sí que els tenen ben posats. No volen saber res de parlar ni negociar. Això està bé, ja els coneixem prou. Parles i t’enreden. Millor callar i tirar-los pedres. Això sí que ho entenen. Quan parlen les pedres els cauen els taps de les orelles. Que els donin pel sac a tots els llepaculs de l’ajuntament. S’han hagut de baixar els pantalons. Són així. Es pensaven que eren els amos de la ciutat. Que enganyats que estaven! Vigila, que la vorera és massa estreta i està plena de gent. Al forn sempre hi ha cua. Aixeca la cartera que quan agafis el llibre semblarà que has pescat un lluç. Va, corre, que el semàfor es posa vermell. Mira que és lletja aquesta escultura. S’ha de tenir imaginació per veure aquí un ciclista. Som així en aquest país, el que és bonic ens sembla provincià. Preferim les rareses perquè ens fan sentir moderns. Mira com ens deixem enredar. Ai, has vist? Aquest forn és nou. Quina llum més blanca. Fa que les barres de pa semblin més grogues. Deu ser una tècnica gavatxa per vendre més. Es diu “La Baguete du Jour”. Serà del jour però com les fleques d’abans que senties l’olor de pa d’un tros lluny, no hi ha res que s'hi pugui comparar. Aquestes barres de pa són per a anorèxiques. Què se’n deu haver fet d’aquells pans de pagès que duraven una setmana i cada dia eren més bons. Hòstia! Perdona, ja sé que no s’ha de dir. Però, és que no t’he preparat l’entrepà. Com ho farem? Espera un momentet que et compraré alguna cosa. Què? Com diu? No pot ser! Que avui és el primer dia i no hi ha res a la venda? Que tot el que es veu és de prova? No, no m’ho puc creure. Vivim en un món de ciència ficció. Crec que l’única part real de la meva vida són els somnis. És la realitat més real de totes les realitats. La resta és una punyetera pel·lícula. Va, anem de pressa. Sí! No miris! Té, guarda això a la cartera. Què passa? He agafat una pasta quan no miraven. Encara que sigui de ciència ficció sembla comestible. No serà pas de plàstic? Va, afanya’t que ja hi som. Mira, no queda ningú a la porta. Corre! Ep, però fés-me un petó. Carinyo, t’estimo. Que tinguis un bon dia! Adéu. D’acord. Em faré una lobotomia i anirem a Port Aventura. Has vist? Al final m’has convençut.

jueves, 26 de junio de 2014

Entre nubes (NL)


Natàlia Linares

No sé por qué he subido. Sabía que esto iba a ocurrir. Tengo calor. Me sudan las manos.
Siento que voy a gritar.
-Señorita, ¿hay aire aquí?
-¿Aquí dónde? ¿En el pasaje?
-Es que está todo tan cerrado. Estas ventanas tienen triple cristal por lo menos, y he pensado que aquí el aire por dónde entra.
-Tranquila, señora, que si es por eso, aire hay.
-Oxígeno. ¿Hay oxígeno? Es que me ahogo. Y si me ahogo me muero.
-Tranquilícese, señora, ahora le traigo un vaso de agua.
Siempre voy en contra de mis principios. Si digo que no vuelo, es que no vuelo. No he nacido pájaro, ¿eh que no? Es contra natura forzarse a volar.
-Oiga, señorita, es que creo que estoy algo alterada. ¿Falta mucho?
-¿Quiere una pastilla y una revista? Verá qué bien.
-Pero... una hora, dos... ¿Cuánto falta?
-La llegada está prevista a las once.
Todavía dos horas. O más.
¿Por qué dice “está prevista”? ¿Qué significa, que no es seguro? ¿Que puede que tarde más? Me duele la cabeza. Siento náuseas. Si han calculado a las once, tendrán combustible hasta esa hora. Pero si llegamos más tarde el combustible se va a agotar.
¡Y esos tan tranquilos! El chico de mi izquierda duerme plácidamente, se ha dormido abrazándose con sus brazos, se debe sentir más seguro. A mi derecha tengo a un señor que hace crucigramas.
-Oiga, señor, es que no estoy bien, ¿sabe? Me siento aprisionada. ¿Podría cambiarme el asiento? Aunque solo sea por un rato.

Parece que desde aquí veo mejor.
Ahora veo el pasillo. Y el fondo. Allí detrás de esa puerta está la tripulación.
Supongo que ellos tienen familia, tienen una vida feliz y no querrán morir hoy en un accidente. Pero. Y si hoy tienen un mal día, qué se yo, no se encuentran bien, tienen un resfriado y entre estornudo y estornudo pierden el control, o no han pasado una buena noche.
Ahora no se ve a ninguna azafata. Dónde deben estar, esto no es tan grande. Deben estar con la tripulación hablando y celebrando algún aniversario.
Huy, huy qué pasa ahora. Eso pinta mal.
La luz se enciende. Y ahora vienen las azafatas.
-¿Oiga, señorita, qué pasa? ¿Ocurre algo, hay algún problema? ¿Los motores van bien?
-Nada, nada, unas pequeñas turbulencias.
-¿Y si me da un ataque al corazón? ¿Aquí, quién podría atenderme?
-¿Pero usted sufre del corazón? 
-No, pero a partir de ahora podría empezar a sufrir, ¿no?
Si es que me boicoteo yo misma. ¿No le dije que no? Pues es que no. Le dije no, yo no voy a ir. ¿Pues por qué narices tengo que ir? Que se casa, pues ya me enviará las fotos, ya la veré por Facebook.
¿Por qué he subido aquí? Dios, Dios, Vírgenes y todos los Santos, qué oración hay para estos momentos de terror infinito. Algún Santo, un Mártir que venga en mi socorro.
¡Creo que me va a dar un síncope!
¿Y si me levanto? Ahora no están las chicas, otra vez.
-Hola, mire, es que me estoy agobiando mucho, mucho, pero mucho.
-Oiga, señora, ¿quiere tranquilizarse? Está molestando al pasaje. Siéntese. Le tendré que recomendar un calmante. ¿Lo quiere?
-Eso. Deme un calmante. Cálleme la boca, anule mis quejas, desatienda mi dolor, desenchúfeme del mundo. Mejor lánceme por una de esas puertas, como quien suelta lastre.
No sé por qué he subido. O sí. Sí lo sé. He subido para demostrar que soy capaz de hacerlo. Pero ya sabía que lo iba a pasar mal. A la vuelta lo hago andando, todo, antes que volver a esta silla de tortura. Con este minicinturón que parece que no me agarra lo suficiente.
-¿No tienen cinturones normales, como los que tengo en el coche, que me sujeta el cuerpo?
-Tómese este tranquilizante.
-Pero, ¿y si luego no me despierto? ¿Cómo sabe usted que ese tranquilizante, a mí me va a sentar bien? ¿Acaso me ha hecho una analítica? 
Señorita, que usted no me comprende. Que nadie me comprende, que hablo y nadie me escucha. Que me ahogo, y que estoy aquí mirándola, pero es como si ya estuviera muerta.
¿Puedo entrar en la cabina de tripulación? Quiero ver quien pilota este trasto. Antes han dicho por micrófono que se llama Carlos Artes, y ese, precisamente, es el nombre de la calle donde yo viví durante 20 años, cuando estaba casada con un hombre que me lo hizo pasar muy mal, y que se llamaba también Carlos, y fueron unos años de pesadilla.
-Señora, lo siento, y le digo que no puede entrar.
-Seguro que lleva bigote.
-¿Quién?
-El piloto, el sr. Carlos Artes, ¿a que sí? Casi todos los Carlos llevan bigote.
-Pues no.
-Señora, tómese usted esta pastilla y verá qué bien le sienta.
-Que no. Que a saber cómo reacciona luego mi cuerpo.
-Su cuerpo no lo va a sentir.
-Traiga pues, pero que sepa que voy a suicidarme. Me suicido delante de usted, y estoy haciendo, otra vez, algo que no quiero. Solo una cosa más. Cuando esté muerta ciérreme la boca. No quisiera quedarme con la boca abierta, quién sabe lo que luego puede entrar.

jueves, 19 de junio de 2014

El final del cuento (VA)


Vicente Aparicio 

Estaba a punto de terminar el cuento. No había sido fácil. Uno de esos cuentos que se atascan. El cuento hablaba de mí y yo, básicamente, estaba tratando de olvidar a Maite, y el cuento hablaba de mí tratando de olvidar a Maite, solo que escribiendo un cuento sobre Maite no había manera de olvidarla. Y sin escribirlo tampoco, la verdad.
Pero había hecho un gran esfuerzo y estaba a punto de llegar al final.
Fui yo quien dijo hasta aquí hemos llegado. Al principio, sí. Al principio, todo habían sido facilidades. No te preocupes, lo entiendo, las cosas son como son. Pero pasaron algunas semanas y empezaron a llegar los reproches y las llamadas nocturnas y las visitas al psicólogo, mi sentimiento de culpa, y el echarla cada vez más de menos, y las dudas. Pero no. No, porque uno añora lo que añora pero ¿y todo lo demás?
Así que el cuento hablaba de eso, de lo que se añora y de todo lo demás, aunque con un laconismo muy consciente, imprescindible para mi tranquilidad mental. ¿Mi cobardía? Merodeaba sin morder la fruta, no fuera a estar podrida. Nada de escupir, pero haciéndolo ver. Un fraude, vaya. Una mierda.
Y aun así, a trancas y barrancas le había dado un estirón casi definitivo al cuento y estaba llegando al final.
En la calle, afuera, llovía.
Hacía ya dos meses que Maite no llamaba. Ni para reír ni para llorar. Ni siquiera para insultar. Y yo no sabía qué era peor, si aquella omnipresencia del principio o este silencio de ahora.
Sonó el teléfono y me dio un vuelco el corazón. Tuve un presentimiento. Un falso presentimiento. No, no era ella.
Me faltaba el final y tenía una idea de hacia dónde tirar, pero no sabía si acababa de convencerme.
Afuera seguía lloviendo. Salí a la calle. Me apetecía caminar. Abrí el paraguas y antes de llegar a la esquina di media vuelta. Reabrí el ordenador y envié el cuento a la papelera.
-Maite -le dije cuando descolgó-, ¿puedo hablarte un momento?
Era ella, era su voz.
Y escribí otro cuento.