sábado, 18 de abril de 2015

El enrolador (LE)


Lola Encinas (Foto: Marcelo Grande)  


El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz mientras la humedad taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre. Un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, el oasis etílico y de compadreo y el simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, hoy ha sido día de cobro, pero sé que no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy hacia una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, como  fondo se oyen cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos. Hombres rudos en busca de la compañía, cháchara y, por qué no, un poco de ternura que les ofrecen expertas mujeres con apariencia de sirenas interesadas y al mismo tiempo generosas. Unos y otros, recostados en la barra o en mesas cubren sus necesidades, mientras vacían y llenan sus depósitos con la droga del olvido.
Como es habitual, nadie repara en mi presencia, una vez más soy un privilegiado espectador de la vida. Los actores desfilan ante mí interpretando el guión que en raras ocasiones es elegido voluntariamente.
Ahí está él, tendrá unos 25 años, es corpulento aunque no en exceso y bien parecido, pero los estragos de la mar y el sol han hecho mella en la piel de su rostro y le hacen parecer más viejo.
El tabernero se niega a servirle  más copas y le reclama el pago de lo ya servido. Está muy borracho. Con gesto pueril y fanfarrón saca su abultada cartera del bolsillo trasero. Se nota que acaba de cobrar su último viaje.
(Según he oído comentar, ha tenido mucha suerte, se ha salvado por los pelos del accidente que hace dos días hubo en su barco, en el que murieron varios de sus compañeros).
Al final, con dificultad y a regañadientes, paga la cuenta y sale dando tumbos de la taberna a enfrentarse con la noche y el frío. Va en busca de otro bar.
Dos marineros que han estado pendientes de la escena, salen tras él.
Y como se acerca la hora, yo también me uno a la comitiva.
Los dos hombres caminan más rápido y más seguros que el chico, que tambaleándose avanza y retrocede. Procuro guardar una cierta distancia, no quiero ser descubierto. Pronto le alcanzan, le flanquean, el muchacho les mira sonriente y sorprendido.  Sacan de sus bolsillos sendas hojas que iluminan la calle con su brillo. Entran y salen varias veces del cuerpo, recogen la cartera y con la misma rapidez se pierden entre la bruma nocturna.
Me acerco a la desmadejada figura, que yace en el suelo herida de muerte… Me mira, creo que me reconoce. Su agónica mirada me suplica que le deje, que aún es pronto, que le quedan muchas cosas pendientes por hacer...
Le digo que es imposible. Esta vez, ni él ni yo podemos eludir el destino. Una vez más, debo llevar a cabo la misión encomendada, la de seguir ampliando y renovando la tripulación del universo. Me responde con un gesto comprensivo y se viene conmigo.

viernes, 10 de abril de 2015

Churros sin chocolate (VA)


 Vicente Aparicio 

-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado.
Eso es lo que me dice el hombre. Me he asustado. Su agresividad me intimida y me he asustado un poco. No es por mí. Tengo miedo porque algo imprevisible podría suceder. No sé bien el qué. Eso es lo que me da miedo. El día menos pensado a alguien se le va la cabeza y la arma. Lo vemos en las noticias, siempre en las noticias, pero ¿y si fuera este el tipo? ¿Y si fuera ahora, aquí?
Qué tontería.

La vi el otro día pasando con el autobús. Mira, una churrería, le dije a Inés. Pero ya habíamos pasado de largo.
No es fácil encontrar churros por aquí. El primer domingo que quise comprarlos, ella me habló de su churrería de toda la vida. Pero no hace falta que vayas, cariño, añadió. Cuando llegué, estaba cerrada. En el bar de al lado me informaron de que llevaba seis meses así. Lo intentamos más adelante, por vacaciones, en otra zona del barrio, pero habían cerrado también. Un negocio en vías de extinción.
Hace ya dos años que me mudé a vivir con Inés. Hasta el día del autobús no había visto esta otra churrería. Solemos cogerlo en dirección contraria, hacia el centro.

-¿A qué hora abro? A la hora que me da la gana. ¿Qué son, las nueve menos cinco? Pues he abierto a las nueve menos diez porque no me ha apetecido abrir a las ocho y media. ¿Le parece una buena razón?
Me encojo de hombros, no sé qué decir. Uno no se espera que le hablen así, aunque en realidad, ¿por qué no?
-A usted esto le importará un pito, pero resulta que a mí no. Lo siento: le ha tocado. La verdad es que estoy cansado. Hasta los cojones. No me mire así, hombre.
-Con la crisis, ya se sabe: poca gente, ¿no?.
-Poca y mala. Vienen, se sientan ahí en esa mesa, le hacen fotos al desayuno y se las envían a un montón de subnormales como ellos. ¡Fotos al desayuno! Pero esto qué es, dios santo, esto qué es. ¿Lo puede usted entender? Pues lo peor no es que les hagan fotos a los churros. Si su edad mental no da para más, qué le vamos a hacer. Lo que no hay quien soporte es que encima vengan a contártelo. Me enseñan el teléfono y me hablan como si las putas fotos fueran la hostia de interesantes y pretenden… pretenden…, yo qué sé lo que pretenden. Que les ría la gracia. ¿Azúcar?
-Un poco, no mucho.
Desaparece un momento y me deja solo. El local está bastante sucio. Aunque no me he fijado mucho, está claro que él tampoco va muy limpio. En el pelo es fácil de ver. Cuando regresa, parece fuera de sí.
-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado -me grita.
Son solo unos segundos. Tengo miedo durante unos segundos. Nervios en el estómago.
-Ya me dirá usted lo que quiere hacer. Con el chocolate, me refiero. ¿Sabe qué le digo? Que no puedo más. Ya se lo he dicho: hoy soy yo, yo, quien va a dar el coñazo, y le ha tocado a usted. Estoy cansado y enfermo, quiero jubilarme. Pero solo tengo cincuenta tacos. ¿Qué hago yo aquí quince años más, aguantando a gilipollas? Menudo plan.
Lo está pasando mal de verdad, no finge. Sufre. Hay algo que parece haberle superado.
-No se preocupe por el chocolate. ¿Cuánto es?

En casa se lo cuento a Inés. El susto ha durado solo unos segundos. Ahora son las ganas de contarlo. Pobre hombre. Un desgraciado, un friqui. Nos compadecemos de él, pero también nos reímos.
-Escríbelo -me dice.
-No, no puedo escribir eso -contesto-. No tiene mayor interés. Es una situación real, no me parece ético.

Y sin embargo, lo escribo.
Antes de darlo por acabado, me subo al autobús y me bajo en la parada de los churros. No es domingo, sino un día cualquiera. Miro desde la acera de enfrente. La churrería está abierta. Lo veo tranquilamente apoyado en el mostrador, charlando con una mujer. Se la ve contenta. Él también. Respiro aliviado.
Parece mentira pero me he quitado un peso de encima. ¿Qué me creía? ¿Que se iba a saltar la tapa de los sesos? ¿Que iba a hacer volar la churrería por los aires?
Qué tontería.

Pero no es verdad que me haya subido al autobús. He pensado que eso quedaría bien en el cuento y lo he escrito, pero no he ido hasta allí.
Ahora sí. Ahora sí que he cogido el autobús y he venido hasta aquí. Estoy realmente en la acera de enfrente, mirando hacia la churrería. Es domingo, las once de la mañana.
La churrería está cerrada y no tiene pinta de abrir.

jueves, 26 de marzo de 2015

Comerç solidari (MG)


Maria Guilera

Dissabte a la tarda vaig veure gent a la vorera del carrer Estret, a tocar de la plaça. Vaig apropar-m’hi i, tal i com imaginava, inauguraven un altre negoci al local, vint metres quadrats mal comptats, de l’antiga merceria.
No sé què hi han posat, malgrat fer el tafaner una estona, no vaig veure-hi res que em donés cap pista. Només la gent, drets i amb gots de plàstic a la mà al voltant d’un taulell no massa gran on havien deixat un parell d’ampolles i una safata de dolços.
Vaig treure l’agenda. A la página del dilluns vaig apuntar-hi el carrer i el número. “Visita”, vaig afegir.
Des que he plegat de treballar a la immobiliària –Ja són molts anys, sra. Piques, em va dir l‘amo. Es mereix descansar i gaudir de la vida-, des de llavors, i ja fa deu mesos, no puc resistir la buidor de les botigues. Jo, que n’havia llogat i traspassat tantes, que aconseguia cada any el premi al millor treballador, em desespero mirant la dependència asseguda, sense clientela, amb els ulls fixos a la porta, com qui els clava en un horitzó inabastable, esperant algú que l’obri i els doni una oportunitat, l’esperança de vendre.
En un gest innat, el que sempre m’havia dut a aconseguir locals interessants, anoto les botigues que, després d’una observació profesional, veig en situació desesperada. O les que, tot i acabar d’obrir, ja sé que no tiraran endavant. I uns dies després, hi entro. Remeno el que sigui: joguines, llibres, sabates, llaminadures, bijuteria… Acabo comprant alguna cosa que no em desgavelli el pressupost. Per animar, no per res més. És com una mena de deute moral.
La noia de la merceria va començar amb molta il·lusió. A més dels fils i les agulles, dels botons, les cintes i les puntes va muntar un taller de costura i un altre de labors de llana. M’hi vaig apuntar a tots dos, però érem poca gent i no va tenir més remei que plegar. Quin greu.
A veure què hi hauran posat, ara. Hi vindré dilluns, em farà gràcia ser la primera clienta. Sigui el que sigui que hi venguin, ja trobaré on posar-ho. O potser m’ho hauré de menjar.
Em pensó que això meu és com fer de voluntària per mantenir el comerç de barri. Hi ha d’haver de tot.


S’ha de ser burro per obrir una botiga de filatèlia ara, en un temps en què ningú no escriu cartes. I que t’ho hagi de dir jo, fill meu. Si la teníem al despatx de tota la vida i ningú no se la mirava, la col·lecció. Eren coses del teu avi, que sempre va ser un home estrany. Com t’ho diría, bona persona, però molt “cap endins”, que deia la meva sogra. I tu, perdona que t’ho digui, però sembla com si haguessis anat enrere una generació. Tan modern que era el teu pare, un avançat a l’època. I la teva dona, fixa-t’hi, en la teva dona. Eixerida, xerraire, sociable. No sé pas què et va veure, però hauries d’aprofitar i aprendre’n, de com va ella pel món.
No, no em diguis res. Ja sé que cadascú té la naturalesa que té, però si vull aconsellar-te és perquè no l’erris una altra vegada, és pel teu bé. T’ho hauria de dir d’una altra manera, fill, però ja em coneixes, el que tinc al cor em surt per la boca.
Segells, mare de déu senyor, si ja no saben ni el que són, la gent d’ara.
Com ruïnes, dius? Com els tresors soterrats? Però què t’empatolles! Com bocins d’un temps que no tornarà? Tira home, tira… Ni sé com t’han donat crèdit per obrir una botiga així. Vaja, sí que ho sé, perquè al darrera hi sóc jo, la beneita de ta mare que sempre rondina, però acaba dient amén.
Sí home sí, i és clar que pots agafar la col·lecció de casa. Si no ho fessis l’acabaría portant als Encants. Però no n’hi ha prou, fill. No n’hi ha prou. Que no penses en pagar cada mes el lloguer, en l’assegurança, en els impostos? No en tens ni idea del món en que vius.
Si haguéssis posat una botiga de telèfons, posem per cas, t’hauria anat millor.


Bon dia.
Bon dia, que puc demanar-li una cosa? De tota la vida que m’ha fet il·lusió començar una col·lecció de segells… i com que ara tinc temps, sap?

viernes, 20 de marzo de 2015

No, jo sóc l'altra (VH)


Vicenç del Hoyo (Foto: Yannick Faure)  

Una de les més estranyes sensacions que puc imaginar és la de saber que ets bessó d’una altra persona. I més que la de saber-ho és conviure amb una rèplica idèntica en tot a tu mateix.
Quan era petit, a l’escola, a la meva classe hi havia unes germanes bessones. Eren calcades l’una a l’altra. Eren idèntiques en tot, excepte que una d’elles, la Sílvia, tenia una minúscula piga a una galta. A mi em fascinava mirar-les i veure si podia trobar diferències. M’hi passava hores i hores. Les bessones tenien molt bon caràcter i es prestaven a que les examinés amb deteniment. Deixaven que observés amb ulls d’entomòleg les mans, les ungles, els dits, els genolls, el coll. A vegades, a classe, assegut a la cadira del darrera, els aixecava la cabellera per veure si el clatell era diferent. Només adoptant la mirada d’odontòleg vaig tenir èxit. Vaig descobrir que les dents no eren ben bé iguals. L’Helena tenia un queixal menys que la Sílvia. Per a mi tenien un atractiu torbador.
―Us enamorareu del mateix noi?
Elles em miraven i amb la boca tancada deixaven escapar un somriure distret.
Com poden ser tan idèntiques, em preguntava. Era com si fossin la mateixa persona però amb dos cossos, dos caps, quatre cames i quatre mans. Però el mateix ésser.
―No, jo sóc l’altra ―era la frase preferida d’elles. La deien sovint, perquè tothom les confonia. Era una temeritat tenir un secret amb una d’elles, perquè el més probable era que es produís una confusió i s’acabés per esguerrar-ho tot al parlar amb l’altra.
Un dia vaig veure que la Sílvia, la de la piga discreta, li deia a l’Helena:
―No, jo sóc l’altra.
Aleshores la Sílvia va riure mostrant la dentadura al complet. L’Helena se la mirava  una mica estorada. Vaig pensar que la Sílvia semblava tenir més sentit de l’humor que l’Helena.
Segur que elles havien de saber en tot moment qui era cadascuna, però aquest sentit de l’humor de la Sílvia em va semblar explosiu i embriagador.
Un altre dia vaig descobrir que eren capaces d’enganyar els professors. L’Helena es pintava una discreta piga i suplantava la Sílvia a l’examen al qual no s’havia presentat el dia abans perquè suposadament estava malalta.
Anys més tard vaig saber que havien tingut un accident terrible en cotxe. Van sortir de la carretera, van donar dues o tres voltes de campana i el cotxe es va incendiar. M’havien dit que una d’elles s’havia mort mentre que l’altra s’havia salvat. Però no van saber aclarir-me quina d’elles. La casualitat va fer que un temps més tard la trobés. La vaig mirar de dalt a baix i li vaig preguntar:
―Ets la Sílvia?
―No, jo sóc l’altra ―em va respondre.
Malgrat que li vaig veure la piga clarament vaig adonar-me que mentia.

jueves, 12 de marzo de 2015

La habitación de la plancha (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Camino Laguillo) 

Un puto sábado que tengo libre y al final nos hemos levantado más pronto que nunca. Para empezar bien el día, he tenido que llevar a las niñas con el mamón de su padre. Despiértalas, prepara el desayuno, consigue que no tarden tres horas en comérselo, arréglate tú mientras tanto, hazlas que se vistan, discute con ellas por cualquier gilipollez de esas que te has jurado que no volverán a ponerte de los nervios, sal de casa corriendo porque, para variar, ya vas tarde y cáscate tres cuartos de hora de carretera hasta llegar al pueblo de mierda al que el señorito se ha ido a vivir. Divorcio. ¡Ja! Si tuviera tiempo, iría a un abogado a hacer los papeles. Pero desengáñate, guapa, en tu vida no hay tiempo, ni ganas, para las cosas importantes. Trabajo, niñas, trabajo, niñas, trabajo, niñas, niñas, trabajo… Uf. Al fin llegas, aparcas delante de la casita de la pradera, que mira que es fea, y te abre la puerta la furcia esa. En chándal y con tacones. ¿No querías caldo? La casa se traga a las niñas, que están tan cortadas que ni se despiden. Y de su padre, ni rastro. Me dan ganas de gritarle cuatro frescas, subnormal, cobarde, cabronazo, pero no tiene mucho sentido dar alaridos delante de una fachada y ya hemos hecho mucho el ridículo últimamente. Motor en marcha. La primera misión del día, cumplida. Ahora viene lo peor.

Es decir, lo de mi suegra. Pobre mujer, mecagüen la hostia, por qué me meteré yo en estos berenjenales. Por lo menos ahora ya no tengo prisa. Si tardo una hora como si dos. La carretera, dentro de lo que cabe, me relaja, y si voy sola, me gusta pisarle un poquito. La chatarra esta tampoco da para más. La verdad es que me cae bien mi suegra: a diferencia del empanao de su hijo, tiene mal genio, como yo, y eso más me ha servido de desahogo unas cuantas veces. Es muy jodido pelearse con un trozo de corcho. ¿Y ese fitipaldi de ahí quién se ha creído que es, Fernando Alonso? La madre del susodicho ya pasa de los ochenta y hasta hace unos meses estaba más sana que yo, pero desde que se cayó en el súper, dio un bajón de narices y ya no parece la misma. Lo típico, ¿no?

Cuando he llegado, debían de ser las doce. Mejor me ahorro las explicaciones sobre cómo tenía el piso y cómo olía allí dentro. Se le cae a una el alma a los pies. No es que me haya venido de sorpresa, que por algo una hace lo que hace aunque le joda, pero tiene cojones que hasta me han entrado ganas de llorar, que no hay derecho. No ha parecido extrañarle. Nos hemos subido en el coche y venga, otra panzada de kilómetros. Menudo sábado, parezco un puto taxista, con todos los respetos para el gremio, que mi padre fue taxista más de treinta años, que conste. Ha sido raro que estuviera sentada ahí, en mi sofá, viendo un concurso en la tele tan tranquila mientras yo preparaba la comida, con el pelo mojado después de la ducha, que buena falta le hacía, y la bata de mi hija la mayor. Solas ella y yo, cágate, lorito. He hecho macarrones y pollo rebozado, por cierto, que no está una para filigranas, pero me han sabido a gloria. Tendré que hacer algunos cambios en la habitación de la plancha. No habla mucho, mi suegra. Después de comer se ha puesto a ver la telenovela. Mañana, antes de ir a recoger a las niñas, me acercaré otra vez al piso a ver si limpio un poco a fondo, ventilo aquello y cargo en el coche unas cuantas cosas que la mujer va a necesitar. Hoy no, hoy voy a descansar, que estoy un poco blanda, joder. Y es que tengo que acostumbrarme y dejarme de hostias, lo sé, pero no veas cómo echo de menos a las niñas. Soy la más gilipollas en varios cientos de kilómetros a la redonda, pero qué coño le voy a hacer yo, a estas alturas.